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Fecha: 20001006

Título: Descubrir la sublime vocacion del alma victima

Original en audio: 35 min. 48 seg.


Hermanos Míos:

No cabe duda de que una de las pruebas más duras para el corazón humano es el crisol de la enfermedad.

Job tiene fama de hombre paciente, se habla de la paciencia del santo Job, pero cuando cayeron todas las desgracias sobre Job, cuando perdió sus hijos, su casa, el respaldo de su esposa y la salud de su cuerpo, entonces Job se rebeló ante Dios y quiso encararse con Dios y le reclamó a Dios porque sintió que era demasiado, sintió que era injusto.

Las palabras que dijo en aquella ocasión Job, no son palabras edificantes, no son palabras piadosas: "Maldito el día en que nací" Job 3,3. "¿Por qué no me abortó mi madre?" Job 3,10. "Estaría descansando en el silencio" Job 3,11.

Estas palabras ¿quién las dice, un satanista, un enemigo de la Iglesia? Las dice la Biblia, están en la boca de un por el hombre desesperado llamado Job.

Primera enseñanza del día de hoy: esas palabras nos hieren, esas palabras lastiman el amor que le tenemos a Dios; pero si alguna vez oímos esas palabras, no seamos demasiado duros con esas pobres personas; ya la Biblia muestra que una persona desesperada dice barbaridades.

Y la Biblia también muestra que Dios, a través de la paciencia, el perdón y la misericordia, manifiesta su poder. El libro de la Sabiduría dice: "Tú muestras tu poder" Sabiduría 12,17; "tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes" Sabiduría 11,24.

Y la oración que dijimos al comienzo de la Misa dice lo mismo: "Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia".

Primera enseñanza de hoy: aunque nos duele mucho que se digan estupideces, que se digan tonterías,hay que tener un poco de paciencia; también a esas personas Dios un día puede visitarlas, como hoy vimos que visitó a Job.

No nos desesperemos, no significa que nos anestesiemos y que no nos duelan las ofensas que se dicen contra Dios, pero no nos desesperemos nosotros. Porque si una persona se desespera por la enfermedad y empieza a maldecir, y yo me desespero porque él maldice, ¿a dónde vamos a acabar?

Hay que responder, a la impaciencia, con paciencia. Esa es la primera enseñanza para hoy.

Job, ¿qué le decía a Dios? Que era injusto lo que le estaba pasando, que no tenía razón de ser ese sufrimiento y que tenía que presentársele Dios. Fueron unos amigos de Job, fueron a consolarlo, claro que con esos amigos, ¿para qué enemigos? Porque más que consuelo lo que hicieron fue empeorarle la situación.

Y Job lo que decía era: "Qué sentido tiene tejer palabras bonitas conmigo? Yo también sé decir discursos bellos, yo también sé decir palabras bonitas, pero eso no sirve de nada".

El libro de Job es un libro que lo pone a uno a pensar, lo pone a pensar mucho. Un escritor francés, La Rochefoucauld, famoso por sus frases un poco sarcásticas, decía: "La filosofía triunfa sobre los males pasados, porque les da una explicación; triunfa sobre los males futuros, porque los inscribe en una lógica; pero la filosofía es impotente frente al mal presente,.

Frente al mal pasado, bien, tus explicaciones; frente al mal futuro, muy bien, toda tu lógica; pero frente al mal de hoy, frente al mal que se siente aquí, ya, ahora, frente al absurdo del dolor, de la enfermedad, ¿qué? ¿Qué, por Dios? De aquí surge nuestra segunda enseñanza.

Se ha sicho que nadie sabe la sed con la que otro camina, yo creo que eso toca aplicalo muchas veces. Nosotros difícilmente podremos comprender el dolor de las otras personas, muy difícilmente.

Y tenemos que pedirle a Dios que nos dé mucha humildad, seguramente la que no tenemos, para saber tratar a la persona que sufre, que sufre porque está sola, que sufre porque le fracasó su familia, que sufre porque tiene un hogar que no merece ese nombre porque le faltó el amor del papá o de la mamá. Tenemos que pedirle a Dios humildad y sabiduría frente a la persona que sufre.

Como sacerdote, más de una vez he quedado simplemente mudo ante el dolor, mudo. Tengo grabada en la mente una tarde en que fui a visitar a una enfermita de cáncer, y la conversación fue patética, porque ella empezó dando gracias a Dios por la visita, fuimos buenos amigos, ella ya murió.

Empezó dando gracias a Dios por la visita, sonreía con gran alegría, tenía tantas palabras como dulces, y estábamos hablando de una cosa y de otra. Hicimos alguna oración, de pronto, quién sabe qué circuito se disparó por allá en esos tumores o en esos problemas que tenía.

Se interrumpe la conversación, deja de mirarme y de atender a mí y empieza a gemir, luego a llorar, luego a gritar, delante mío, porque yo no me había ido, ¿y qué se hace ahí? Creo que es de las tardes más patéticas de mi vida.

¿Qué hace uno ahí? Mirar, sufrir, sentir la impotencia, amar, orar y darse cuenta de que uno tiene un límite que uno no puede arreglarlo todo, sentirse infinitamente creatura, reconocer, en algunos de los gestos de esta pobre mujer, a Cristo crucificado.

El dolor, la enfermedad, realmente son un reto, realmente son un rompecabezas, son un enigma para nuestra mente, enigma que algunos de nuestros contemporáneos quieren resolver eliminando el dolor: "Llegó el dolor, me mato, y se acabó el dolor", ¿es eso respuesta? Yo no lo creo, yo no creo que eso sea respuesta.

No creo que el dolor, eliminado por el suicidio, o maquillado por la embriaguez, por la superficialidad, o por el escapismo, no creo que nada de eso sirva. El dolor es un enigma profundo que nos humilla, que nos hace callar.

Todos ustedes saben que Dios en su misericordia me ha regalado un amor inmenso por la predicación, me gusta predicar, soy feliz en la predicación. Nelson, predicador, ¡cállese!, su predicación no sirve nada en este momento. No es el único caso en que me ha sucedido, pero sí es uno de los más impresionantes para mí.

Frente a ese enigma hay que saber detenerse, hay que saber mirar con respeto, hay que descubrir que algo está sucediendo ahí que nos rebasa completamente a nosotros. Esa era la segunda enseñanza.

Vamos para la tercera y última enseñanza que queremos sacar de este ejemplo de Job. Job, haciendo uso de sus derechos de enfermo y atribulado, se volvió altanero. Ciertamente, ninguna persona humana puede ponerse por completo en el lugar de otra, nadie puede saber cuánto está sufriendo otro, pero ojo, eso no te autoriza a ti como enfermo, eso no te autoriza a empeorar tu situación.

Yo, como ser humano que no ha sufrido muchas cosas, yo como ser humano, no puedo ponerme totalmente en tu sito, de acuerdo; nadie puede ponerse en tu sitio, de acuerdo; pero atención, eso no te autoriza para empeorar tu situación con la rebeldía, con el orgullo, con la soberbia, con la blasfemia.

Y por eso, aunque se tratara de un hombre repleto de dolor, sí hubo alguien que le pudo hablar, Dios: "¿Has mandado en tu vida a la mañana? Job 38,12 ¿Has señalado su puesto a la aurora?" Job 38,12, "¿has entrado por los hontanares del mar?" Job 38,19 "¿Por donde se va a la casa de la luz? ¿Dónde viven las tinieblas?" Job 38,19.

Estas preguntas de elevadísima poesía ponen al ser humano frente su condición de creatura. El hecho de que tú tengas sufrimiento, no te autoriza a hacer peor tu sufrimiento; el hecho de que tengas dolor o enfermedad, no te da derecho a empeorar tu enfermedad y tu dolor. Si hay un derecho que no tiene el enfermo, es el derecho de empeorar su condición.

Y por eso hay una palabra de Dios, una palabra que frena el engaño en el que puede caer el enfermo, el engaño en el que puede caer el atribulado. Nadie, ningún ser humano puede decir: "Yo sufro lo mismo que tú", eso es muy difícil saberlo.

Pero hay una palabra que viene de Dios y que previene al enfermo, y que previene al atribulado para que no crea que porque está en esa condición, tiene el derecho de empeorar su situación.

Por eso, así como es necesaria la paciencia, punto número uno; y así como es necesaria la humildad, punto número dos; así también es necesario, cerca del enfermo y del atribulado, es necesario convertirse en una presencia de Dios que ayuda a ese enfermo a no empeorar su situación.

Pasada la crisis de dolor de esta amiga de la que les hablé, hubo otras ocasiones para hablar. Cuando le faltaban unos diez días para morirse, todavía tenía odio por unas personas que le habían tratado de robar un dinero. Faltaban diez días para morirse, y ella estaba repleta de odio por unas personas que le habían tratado de robar un dinero.

Supongamos que esas personas le hubieran devuelto ese dinero y le hubieran devuelto diez veces o cien veces ese dinero, ¿con ese dinero hubiera podido comprar un día de vida? Por eso el enfermo no tiene derecho a todo.

No tiene derecho, y esto es importante que lo oiga el enfermo, aquí no hablo yo como persona humana que no ha sufrido muchas cosas, hablo de parte de Dios, según su Palabra, como me tocó hablar en esa ocasión a esa mujer, así tuviera los dolores que tuviera, y así yo no huebiera sufrido lo que ella había sufrido.

"No seas tonta, ¡cómo vas a destruir en el odio los últimos días de tu vida!" Eso tuve que decir yo, porque faltaban diez días para que se muriera, y todavía estaba pensando en una plata.

Mis hermanos, la enfermedad es un gran enigma, y frente a la enfermedad sólo Dios tiene palabras de sabiduría. Recordemos que frente al enfermo hay que ser humilde, pero recordemos también que frente al enfermo hay que tener una palabra de parte de Dios, precisamente para que ese final de esa vida no se desperdicie.

Cristo, que acompaña el camino de nuestra vida, no nos va a abandonar a la hora de la muerte; Cristo, también en esos últimos momentos tendrá palabras. ¿Estoy hablando fábulas? No.

Tuvimos un padre muy enfermo en este convento, el Padre Enrique Aranda. Estaba tan mal, estaba tan destruido ese señor, en parte por su propia culpa, pero estaba tan destruido su organismo, que algunas veces el cerebro se le afectaba. El último día, el día que iba a morir, unas horas antes de morir, vino a esta iglesia y se sentó donde está esa silla para rezar.

Casi no podía comer, casi no podía hablar, casi no podía pensar, pero su último tiempo lo unió, como pudo, lo unió a Cristo.

Yo llevo como unos siete años en este convento, -razón por la cual toca empezar a moverse un poco-. Resulta que yo tuve una habitación de este lado, frente a mí quedó otro padre que también murió, o sea que es peligroso volverse padre amigo mío. Ese otro padre se llamaba Campo Elías Claro, y él se murió de un cáncer pavoroso como el de la amiga aquella.

Se iba volviendo huesos este señor, ahí frente a nuestros ojos; era mi vecino del frente, se estaba volviendo huesos, destruido por la enfermedad; a los ojos del mundo, eso es inútil: "Mátale una inyección y mátenlo de una vez, eutanasia", a los ojos del mundo. Bendito sea Dios por Fray Campo Elías Claro Carrascal, mi vecino, ¡bendito sea Dios por él!

Un día vino a visitarlo un primo de él, que también es sacerdote, y ya me estoy volviendo amigo de él. Vino a visitarlo y se pusieron a rezar. Tomaron la Liturgia de las Horas y se pusieron a rezar. Campo Elías no podía seguir la lectura, estaba desecho. De pronto, después de un salmo que leyó el primo de él, Campo Elías interrumpió la oración y empezó a orar él.

Campo Elías era un hombre tímido, Fray Campo Elías era un hombre que casi no expresaba sus sentimientos, pero la enfermedad lo hizo extrovertido. Él interrumpió el salmo y empezó a orar, empezó a recorrer a Colombia con su oración, y a pedir por los campos, por las montañas, por las selvas, por las ciudades. Yo estaba ahí cerca y yo oía la oración de él.

Como enloquecido, no pedía venganza contra sus enemigos, como la otra señora que estaba preocupada por sus dólares, no pedía venganza, pedía misericordia por Colombia.

Desecho, vuelto huesos en esa cama, casi convulsionando por la enfermedad, rogaba y rogaba misericordia, perdón, paz, reconciliación; recordaba su pueblo, recordaba Bogotá, recordaba el mundo, ¡Era Cristo sacudiéndose en la cruz y pidiendo por el mundo!

!Eso vale mucho, muchísimo! ¡Una muerte así vale muchísimo! ¡Eso vale demasiado, demasiado! ¿Eso no lo entienden los que quieren acabar a ese viejo con una inyección, o los que se aprovechan de la desesperación del enfermo para matarlo!

Pero yo sé que eso vale muchísimo, porque yo vi ahí a Jesús, y yo pude entender que es verdad que una persona puede estarse muriendo, y tener suficiente amor para pensar en otros. Ese día entendí que es verdad lo que dice el Evangelio, que cuando Cristo se estaba muriendo, tuvo cabeza para pensar en el otro y en el otro.

¡Eso vale muchísimo! ¡La enfermedad vale muchísimo! ¡El dolor vale muchísimo! ¡El sufrimiento vale muchísimo!

Si alguien reniega, si alguien blasfema o dice estupideces, yo trataré de tener paciencia, pero también a ése tengo que decirle que yo he visto cómo muere Cristo y yo sé que eso vale muchísimo.

Otro día Fray Campo Elías hizo una oración por este convento, ese sí fue el día para llorar, ahí sí se le escurren las lágrimas a uno.

Cuando uno piensa que la vocación de uno está sostenida por las oraciones de un anciano que se está muriendo y está pensando en uno, cuando uno piensa que son esas oraciones las que sostienen la vocación de uno, ¿sabe qué piensa uno? Uno piensa que si ustedes hoy reciben una bendición de Dios, eso no es mérito mío, no se engañen, ¡esa es la fila de gente que está rezando detrás de mí! ¡Es esa cantidad de gente que ha ofrecido amor, que ha ofrecido sus lágrimas y sus oraciones!

Yo tuve una amiga, -peligroso ser amigo mío-, yo tuve una amiga, Sor Manuela, monja del Monasterio de Santa Inés. Ella entró en estado de coma vegetativo hace no sé cuántos años, es un caso tristisimo, no sabemos qué pasa con ella, todo indica que su cerebro está muerto, es un caso patético.

Ella no vive en Colombia, se fue a Italia para un monasterio de allá, y allá le dio su trastorno, y allá quedó, y allá está.

Yo hablé con Sor Manuela, y bueno, ustedes saben que uno como religioso tiene ciertos saludos y ciertas despedidas como piadosas. "Bueno, tú oras por mí y yo por ti", es casi una fórmula de despedida.

La última vez que no vimos con Sor Manuela, ella agregó algo más, que es lo que me está taladrando la cabeza hoy aquí.

La última vez que nos vimos, porque unas semanas después se fue para Italia y ya nunca la volví a ver, y ahora está viva, ¡pero en qué condiciones! Me dijo algo como esto, me dijo, -yo no era sacerdote en esa época., me dijo: "-Fray Nelson, tenga la seguridad, -se me quedó mirando a los ojos-, como quien dice, no se le olvide nunca, tenga la seguridad de que usted tiene parte en mis oraciones y sacrificios." "-Sor, muchas gracias, hasta luego, me tengo que ir", y luego le pasa lo que le pasa.

Cuando ustedes oigan que alguien mejoró de vida por una predicación mía, que alguien se curó, porque hay gente que se cura con oraciones; cuando ustedes sientan que algo mejora en sus vidas por mí, yo les puedo asegurar, hay demasiada gente haciendo bien, demasiada gente que nunca recibe los aplausos en los congresos; demasiada gente que nunca recibe los abrazos que ustedes me dan, demasida gente que nunca recibe la sonrisa ni la gratitud.

Están escondidos, están allá como los cimientos de esta iglesia que no se ven, pero si no estuvieran, no habría iglesia. Así, escondidas, hay almas de dolor, hay almas de penitencia, hay almas víctimas que están escondidas y nadie las ve y nadie las agradece y nadie las aplaude, ¡por ellas no se cae el mundo!, ¡por ellas!, ¡por esas almas así!

Por esa gente que nunca recibe un "gracias", pero que está metida en el Corazón de Jesús Crucificado, ¡por esas personas el mundo no se cae! Porque el mundo es injusto, porque el mundo es estúpido.

Esta mañana tuve una mañana amarga. Leo las noticias. La desgraciada Asamblea Francesa, que entiendo que es como la Cámara de Representante allá, obrando como si fuera una antesala de Satanás, porque ¿qué más nombre le damos a eso? Se le ocurre aprobar la siguiente ley: "Queda aprobado en Francia que las enfermeras de los colegios pueden darle a las señoritas de secundaria una pastillita abortiva si acaso no hicieron las cuentas bien".

La pastillita del "día después", y la venerable Asamblea Francesa autoriza a las enfermeras para que den esa pastilla sin necesidad de consultar a los papás. ¡Qué desgracia que eso pase en este mundo! ¡Es una competencia a ver quién mata más gente!

Los cretinos de Estados Unidos ya aprobaron la RU-486, que permite que la mujer no tenga que gastar en hospitales. Y explica la asistente para el Ministerio del Interior de la Asamblea Francesa, una vieja a la que hay que hacerle antesala para poder hablar con ella, explica esa señora: "Deseamos que no se presenten tantos embarazos no deseados". ¿Cómo hacer para no arder de ira ante eso? Bueno, ese es el mundo.

¿Más ejemplos? El señor este candidato a la presidencia de la República en Estados Unidos, el que es actual vicepresidente, Gore, dice: "Yo estoy de acuerdo con eso, porque la mujer debe tener derecho a decidir".

Yo me le pondría delante a ese señor para decirle: "Ser viviente", -creo que de ahí para arriba es difícil agregar algo-, ser viviente, el derecho de la mujer a decidir, y si lo que se abortó fue una mujer, ¿esa no pudo decidir, ¿cierto? Esa sí no puede decidir. Como esos no votan, no le importan a usted, ¿cierto?

El aborto no es el único crimen, hay muchísimos otros crímenes, pero sobre todo los crímenes contra los niños, los crímenes contra los jóvenes, los crímenes contra la familia, los crímenes contra la mujer claman al cielo, y esa es la adelantadísima Europa, y ese es el desarrolladísimo Estados Unidos, esos son.

¿Y aquí estamos mejor? No lo creo. Por lo menos, en términos de leyes, no estamos peor; en términos de realidades, da asco como tantas cosas.

¿Por qué el mundo no se acaba? Por qué el mundo no explota? ¿Por qué el mundo resiste tanta iniquidad? Porque hay unos cimientos, porque hay gente que es buena, buena hasta el fin, y esa gente sostiene al mundo, esperando que se convierta el mayor número de personas. Por eso subsiste el mundo.

Oiga, ¿y por qué Dios deja el mundo? Porque Dios quiere que se convierta el mayor número de personas. ¿Y quiénes ayudan a Dios para que el mundo no se destruya, a pesar de tantas porquerías? Le ayudan esos corazones que están unidos a Cristo crucificado.

vamos a seguir nuestra oración, vamos a seguir nuestra celebración, ¿Para qué? Miren, vamos a pedirle a Dios que bendiga a todos ustedes y a sus familias. Si es su santa voluntad, le pido a Dios que traiga salud a muchos de ustedes, los que estén enfermos, o de sus familias.

Y si Dios tiene un pan distinto para alguno de ustedes que esté enfermo, le pido a Dios que le dé la luz para que descubra la sublime vocación de alma víctima, sublime vocación de alma víctima; si Dios te hace víctima, eres como una hostia; si Dios no te hace víctima, sino que eres tú el que se hace víctima, eso no sirve para nada. Lo que sirve es cuando Dios te hace víctima.

Y eso es o que le vamos a rogar a Dios hoy. Esa es la diferencia entre esta oración por enfermos, y otras oraciones. Porque vamos a pedir por las dos cosas: que Dios sane a los que quiera sanar, y a los que no sana, que les dé esa luz para que descubran la vocación a la que los está llamando.

Que Dios tenga piedad para que sepamos qué es lo que comulgamos cuando comulgamos.