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Fecha: 19960920

Título: Cristo, en la Cruz, es la gran apelacion que la humanidad le hace a Dios

Original en audio: 9 minutos 1 segundo


Queridos Hermanos:

La Primera Carta a los Corintios es realmente una fuente fecunda y siempre fresca para conocer el pensamiento, el corazón, el amor, la oración, el esfuerzo, la alegría de ese gigante de la fe, que es el Apóstol San Pablo.

¡De cuántas cosas tan distintas habla el Apóstol en esta Carta! Esas cosas, esos asuntos, provienen de problemas particulares que se vivían en la ciudad de Corinto, que había sido evangelizada por el mismo Apóstol.

Pero lo maravilloso de este escrito es que, como se ha dicho varias veces, el Apóstol sabe dar respuesta a los problemas particulares, pero al mismo tiempo, levantarse a consideraciones más altas y más generales sobre el misterio de Cristo, sobre el misterio de su salvación.

Uno de los problemas que había en la agitada comunidad de Corinto era el de la resurrección: "Los muertos no resucitan, la muerte es el final". Este tipo de pensamiento, este pensamiento pesimista pero que quiere ser realista, tenía sus seguidores en Corinto, como los tiene también en nuestro mundo hoy.

Y de verdad, cuando hemos tratado una persona muy de cerca, quizá un pariente, quizá un amigo, y de pronto tenemos que obligarle a nuestra mente a aceptar la idea de que se fue, de que verdaderamente murió, tanto trabajo nos cuesta a veces convencernos de que realmente se fue, que luego quedamos imposibilitados para creer que un día volveremos a encontrarnos.

Tenemos que hacer tanto esfuerzo a veces para admitir que las personas al partir de esta tierra realmente se van, que quedamos como agotados por ese esfuerzo de aceptación de la realidad y entonces ya no nos quedan fuerzas ni energías para creer que de ahí pueda brotar vida.

Pablo en su Carta es muy claro, "Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado" 1 Corintios 15,13, pero lo importante es la conclusión que saca de aquí, una conclusión que no es del todo obvia: "Y si Cristo no ha resucitado, seguís con vuestros pecados" 1 Corintios 15,17.

Eso ya no es tan fácil de explicarlo. Lo repito: "Si Cristo no resucitó, seguimos con nuestros pecados, nuestra fe es vana y somos los más desgraciados de todos" 1 Corintios 15,17-19, dice también en esa misma Carta y en ese mismo contexto.

Yo quisiera preguntarle a usted, ¿usted cómo explicaría esa frase de San Pablo: "Si Cristo no resucitó, yo sigo con mis pecados"? 1 Corintios 15,17. ¿Eso qué quiere decir? ¿Por qué es así? Para explicarlo, viene en nuestra ayuda el salmo que hemos proclamado como respuesta a ese texto de la Primera Carta a los Corintios. Es un salmo de súplica que dice:

"Señor escucha mi apelación, atiende a mis clamores" Salmo 17,6. En la segunda estrofa dice: "Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío. Inclina el oído y escucha mis palabras" Salmo 17,6.

Y en la ültima estrofa dice: "Guárdame como a las niñas de tus ojos" Salmo 17,8. "Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante" Salmo 17,15.

¿Cómo nos ayuda este salmo a explicar nuestro problema, nuestra pregunta? Muy sencillo: Cristo Jesús murió orando, murió suplicando, murió rogando. Cristo Jesús murió sin defenderse a sí mismo, murió, como lo dicen sus últimas palabras, encomendando su espíritu al Padre: "A tus manos encomiendo mi espíritu" San Lucas 23,46.

Cristo Jesús, muerto injustamente en la cruz, es como una pregunta, es como una suprema súplica, es como la apelación definitiva no sólo de Él, sino de toda la humanidad.

Cristo Jesús es la gran apelación que nosotros, la humanidad, le hace a Dios. Es la gran súplica, es la gran intercesión, porque Él es el gran Intercesor; y su corazón, destrozado y llagado, pero incapaz de odiar, su corazón que no aceptó ni el odio, ni el rencor, ni la venganza, su corazón que no quiso defenderse a sí mismo, quedó puesto en las manos de Dios para ser defendido por Dios.

Si esto es así, imagínese lo que sucedería si Cristo no resucita. Quiere decir entonces, que la suprema apelación de la humanidad, que la oración más vehemente, que la oración más intensa quedó sin respuestas.

Dice el salmista con una gran confianza, con una profunda fe: "Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío" Salmo 17,6, "te ruego porque yo sé que no me vas a dejar; te ruego porque sé que puedo confiar en ti".

Pongamos estas palabras en la boca de Cristo: Si Cristo no hubiera resucitado, estas palabras, esta oración, su sacrificio, su vida entera no tendrían sentido, y por consiguiente, su intercesión por el perdón de nuestros pecados habría caído en el abismo y en la nada; y por consiguiente, no vale la pena ser bueno, no vale la pena esforzarse, no vale la pena intentar el bien, la virtud, el amor, el amor a Dios. ¡Nada de eso vale la pena!

Y San Pablo saca la enseñanza, San Pablo lo aclara paladinamente: "Si es verdad que sólo tenemos esperanza para esta tierra, pues a comer y a beber, porque mañana moriremos" 1 Corintios 15,32.

Y esta es la conclusión práctica que muchas personas sacan: "Pues si todo es lo que vemos en esta tierra, pues la vida es de los más avispados y lo que hay hacer es preparar los codos para darle duro al que se oponga a mis planes, para abrirme paso por una escalera de cráneos y llegar allí donde yo quiero llegar porque eso es lo que a mí se me da la gana".

Ese texto del capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios es de lo más importante, es de lo central que podemos escuchar de todo el Nuevo Testamento.

"Pero Cristo, -dice San Pablo-, Cristo sí resucitó; Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos" 1 Corintios 15,20.

Esto significa que su apelación llegó al trono de Dios; esto significa que su intercesión es eficaz; esto significa que vale la pena seguir a ese Líder: vale la pena estar en las filas de este Caudillo, vale la pena creer en Él, sólo en Él; vale la pena regalarnos a Él como Él se regaló al Padre. Esta vida, una vida así, tiene sentido, y esa es la vida que nosotros recibimos en el bautismo.

Señor y Padre nuestro, fortalece entonces en nuestros corazones el espíritu de hijos, el espíritu de bautizados, gente convencida de tu gloria, gente convencida del poder de la Cruz, de la Pascua y de la Resurrección.

Amén.