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Fecha: 19990217

Título: Tiempo de Cuaresma, tiempo en el que la alegria se silencia para aprender de que alegrarse

Original en audio: 16 min. 45 seg.


Hermanos:

Nos congrega hoy la Iglesia, nuestra Madre la Iglesia, y nos congrega la virtud de esta Palabra que acabamos de escuchar. Nos congrega la memoria del sacrificio de Cristo, que se hace presente en cada Eucaristía. Nos reunimos, y como toda la Iglesia en este día, celebramos el comienzo de la Cuaresma, una celebración humilde.

A veces asociamos celebración con fiesta, con regocijo. Hoy la alegría queda en lo profundo del alma, queda como a la expectativa, y hace silencio mientras aprende de qué tiene que alegrarse. Hoy es Miércoles de Ceniza.

Este mismo nombre, esta misma señal, está indicando el carácter del día: la ceniza, semejante al polvo que estorba; la ceniza, parecida al barro que despreciamos; la ceniza, restos de lo que ya fue y ya no es; la ceniza, mugre, estorbo, pasado, huesos que ya no tienen carne, que ya no tienen vida.

Y sin embargo, esa ceniza es también un comienzo. Si se parece al barro, quiere decir que Dios, así como hizo con el barro a Adán según la imagen de la Biblia, así también de nuestra ceniza nos puede hacer a nosotros.

Si esta ceniza se parece al mugre y la presentamos ante Dios, se puede cumplir en nuestras vidas aquello que dijo la Palabra: que "Dios haría brotar para nosotros agua para limpiarnos", que "Él nos lavaría de nuestros delitos" Ezequiel 36,25.

No es tan malo presentar el mugre, que es para que lo limpien. No es tan malo presentar una herida, si es para que la sanen. No es tan grave presentar los huesos en la muerte de eso que no hemos podido ser, si es para que la luz de Cristo, el amor de Cristo y la fuerza de Cristo hagan también ahí una resurrección.

Por eso digo que en este día, no es que se haya muerto la alegría, sino que en este día la alegría tiene que entrarse al corazón, y tiene que callarse, tiene que aprender a hacer silencio mientras aprende de qué debe alegrarse.

El Papa Juan Pablo Segundo ha dicho varias veces, que si el mundo pierde el sentido del pecado, pierde también el sentido del amor de Dios y de la gracia de Dios.

La manifestación máxima del amor de Dios, es su gracia. Y el que no descubre el poder de la gracia de Dios, casi me atrevo yo a decir, no conoce a Dios. Pero para descubrir la gracia de Dios, que es como ese médico que nos sana, primero tenemos que descubrir en nuestra vida lo que nos avergüenza.

Y por eso hay que empezar ese tiempo de Cuaresma con la mirada desde el principio puesta en la Cruz de Jesucristo, con los ojos fijos en su muerte, en su sepulcro y en la luz impetuosa, imparable de su Resurrección.

Así como Cristo en el sepulcro, siendo quien era, la vida misma, quiso gustar la muerte, así como Cristo en el sepulcro, sepultado, parece casi que no existiera, así también nosotros los cristianos durante la Cuaresma, parece que sepultáramos la alegría. Hacemos ayuno, nos cubrimos de ceniza, nos vestimos de luto; parece que la alegría no existiera.

Pero en realidad esa alegría está ahí como Cristo en el sepulcro, está ahí dispuesta a ser despertada por el amor de Dios. Y por tanto nosotros hoy empezamos este camino cuaresmal, enterrando en el sepulcro de Jesucristo todo lo que ya tiene que morir.

De la misma forma que Cristo en el sepulcro sumergió, enterró el odio y la muerte, así también nosotros empezamos la Cuaresma enterrando lo que tiene que morir, de manera que Dios encuentre espacio amplio para todo lo que Él quiere que tenga vida en nosotros.

Por eso hacemos ayuno, por eso hacemos oración, por eso damos limosna. Estas son las tres palabras, que desde hace muchos siglos acompañan la Cuaresma: oración, ayuno y limosna. Con esas tres palabras nosotros nos vamos guiando y entramos en el desierto junto con Jesucristo, que fue el que dio comienzo a la Cuaresma.

Cristo, después de ser bautizado en el Jordán, se fue al desierto, y durante cuarenta días y cuarenta noches en la soledad, el ayuno y la oración, se preparó para la misión maravillosa, que luego le vemos desplegar en el Evangelio.

Así también nosotros entramos como en un desierto estos cuarenta días, que nos preparan para la Pascua de Cristo. Entramos al desierto con Jesucristo, hacemos más silencio. ¿Por qué? Porque queremos escuchar mejor la Palabra. Hacemos ayuno. ¿Por qué? Porque queremos que nuestro paladar tenga hambre insaciable del Pan de los Cielos. Hacemos oración. ¿Por qué? Porque reconocemos que no lo podemos todo, que somos necesitados, que necesitamos misericordia, que necesitamos ayuda.

Este es un tiempo, amigos, un tiempo bellísimo, en el cual las palabras de San Pablo nos animan: "En tiempo favorable te escuché, en día de salvación vine en tu ayuda; mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" 2 Corintios 6,2.

Pero, ¿quién entiende de salvación sino el que se sentía ahogarse? ¿Quién entiende de alimento sino el que tenía hambre? ¿Quién sabe de médicos sino el que ha estado enfermo? Por eso, para encontrarnos con el poder de este Médico, para saborear la dulzura del Pan de los Cielos, para experimentar lo que significa ser salvados, necesitamos entrar en Cuaresma, entrar en la Cuaresma.

Mis amigos, algunas veces este tiempo resulta difícil de comprender para algunas personas. Algunas personas quisieran que todo fuera primavera, fiesta, claridad y luz del sol, blancura, gozo, sonrisa, día. Algunas personas quisieran que el mundo fuera un paraíso.

Pero el mundo no es un paraíso, no lo es. Entonces, cuando una persona quiere que el mundo sea un paraíso, huye mentalmente de este mundo, se enajena; eso en mi pueblo se llama "se chifla", se enloquece.

Para ser verdaderamente feliz, para encontrar verdaderamente el camino, hay que partir de la realidad de esta tierra; y la realidad de esta tierra es que hay mucho barro, hay mucha ceniza, hay mucho mugre, hay mucha noche, hay mucho dolor.

La solución para eso no es huir con nuestra mente y hacer de cuenta que eso no existe. La Cuaresma nos hace realistas, como el ayuno. El ayuno nos hace realistas: experimentar vacío como hoy, experimentar hambre como seguramente muchos de nosotros sentimos hoy, palpar nuestros límites, darnos cuenta de que la vida es dura y cuesta trabajo.

¡Ayunar! Pero no basta con ayunar. Hay que abrir espacio para dar, abrir el corazón, abrir el bolsillo, abrir la despensa, abrir el tiempo para dar la limosna, para dar nuestra ayuda, -hoy hay muchas maneras-, para orar y descubrirnos ante Dios.

Este es un tiempo que va a traer grandes bendiciones para todos nosotros. Es la oportunidad de rectificar el camino, es la oportunidad de asumir la vida tal como es, es un tiempo que nos ayuda a desprendernos de lo superfluo, de lo que no nos hace falta.

Es un tiempo que nos ayuda a sentir en nuestro propio vientre y en nuestro propio corazón, las necesidades de otros, y por consiguiente, es un tiempo que nos abre a la generosidad. Es un tiempo en que percibimos la seriedad del amor, en que aprovechamos la profundidad de estar solos. Es un tiempo también, en que nos damos otra oportunidad a nosotros mismos.

Cuando uno entra en tiempo de Cuaresma, en tiempo de penitencia, en tiempo de conversión, alguna gente sólo ve el aspecto triste del asunto: "¡Ay! ¡Qué celebración tan triste! ¡Qué momentos tan tristes! ¡Ay! ¡Tanto dolor! ¡Tanta humillación! ¡Tantos problemas!"

Es que la Iglesia no te va a presentar algo distinto de lo que tiene el mundo. Te va a presentar el mundo, pero tal como Dios lo ve, sobre todo, tal como Dios puede transformarlo.

Mira qué imagen tan grande tenemos aquí del Crucificado. La Cuaresma es el tiempo para fijarnos en el Crucificado. Así como Él está clavado, así nuestros ojos se clavan en Él, para decir: así es la vida, así. Pero de esa vida así, entregada, nace la verdadera vida, la vida que no acaba.

Es un tiempo maravilloso, en el cual nos damos la oportunidad de cambiar verdaderamente. Puede decirse, que la Cuaresma es como un gran retiro espiritual. La Iglesia Católica entera va a entrar a retiro espiritual. Así debería anunciarse el Miércoles de Ceniza: "Vamos a entrar a retiro espiritual.¿Cuándo? Miércoles de Ceniza".

Vamos a entrar a retiro espiritual. Vamos a cambiar. Vamos a darnos la oportunidad de pensar distinto, la oportunidad de hablar distinto, la oportunidad de obrar distinto. Vamos a que nuestra vida sea otra.

Y por eso vuelvo a las palabras del comienzo, con las que ya puedo terminar: este es un tiempo en el que la alegría se entra muy profundo en el corazón y aprende de qué tiene que alegrarse.

Cada uno de nosotros en este Miércoles de Ceniza, imagínese que está como en una atalaya, como en una montaña y que tiene delante cuarenta días de conversión. Cada uno por favor piense desde este mismo día, de qué se tiene que convertir. ¿Qué mañas va a dejar? ¿Qué pecados ya no pueden seguir en tu casa?

El pecado es como un inquilino, que si no lo echas, no se va, y nunca paga arriendo. Este es el tiempo para echar fuera a ese inquilino, es el tiempo para que cada uno se examine y diga: "Cuando acabe esta Cuaresma, cuando venga tal vez a esta misma Iglesia, cuando venga aquí a celebrar la Cena del Señor el Jueves Santo, mi vida tiene que estar libre de este pecado".

Piensa tú de qué pecado tienes que ser libre en ese momento: "Me voy a ir con Jesús al desierto, voy a hacer silencio, voy a hacer oración, voy a abrir mis bienes a los más necesitados, y voy a encontrar libertad".

En la oración de la mañana hoy, precisamente yo le pedí al Señor, que me mostrara de qué pecado me iba a liberar en esta Cuaresma. Fíjate cómo sí es alegre, pero es una alegría distinta. "¿De qué pecado me vas a liberar en esta Cuaresma?" Y me puse a hacer oración con mi Señor Jesucristo, a que Él me iluminara, me ayudara a ver de qué pecado me iba a librar.

¿Y sabe qué sentí? Gozo, sentí alegría. Sentí: "Mi Señor va a hacer una obra grande conmigo". Está empezando la Cuaresma. ¡Bendito sea su Nombre! Él me va a limpiar, Él; Él lo va a hacer, me va a limpiar. Él me va a ayudar, Él me va a cambiar y de esta Cuaresma no voy a salir igual que como entré.

Voy a salir cambiado por la escucha de su Palabra. Voy a salir cambiado por la acción de su Espíritu. Voy a ser transformado por su amor, por su silencio y por su fuego".

Queridos hermanos, empieza la Cuaresma. Es una oportunidad más en tu vida. Disfrútala, vívela, aprovéchala, gózala.

Y cuando se llegue la Pascua, con la bondad de Dios, estallaremos en cánticos de júbilo. El Aleluya, que hoy no pudimos cantar y que no podremos cantar durante este tiempo, ese Aleluya lo vamos a cantar cuando celebremos junto con la Resurrección de Cristo, su obra maravillosa en nuestras vidas.

Así lo conceda el Señor por su amor.

Amén.