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Fecha: 19990327

Título: Jesus murio tambien para congregar a los hijos dispersos de todo el mundo

Original en audio: 5 min. 22 seg.


El profeta Ezequiel nos describe de una manera poética cómo Dios va a reunir a su pueblo. Ese pueblo congregado de entre todas las naciones va a ser el gran testimonio de la obra de Dios.

Este lenguaje de Ezequiel la gente se lo entendía muy bien, por que resulta que la catástrofe más grande que tuvo el pueblo de Israel fue el destierro.

En realidad, el pueblo se había dividido en dos partes: la parte del norte se llamaba Israel y la parte del sur se llamaba Judá. La parte del norte fue desterrada en tiempos de los asirios y se acabó; la parte del sur, Judá, fue desterrada en tiempos de Nabucodonosor.

Desocuparon Jerusalén casi completamente, se los llevaron a Babilonia. Y aunque es verdad que unos setenta años después volvieron de Babilonia, muchos judíos ya no regresaron, y este es el comienzo de los que se llama la diáspora, es decir, la dispersión de los judíos.

Estos judíos dispersos eran como una vergüenza continua, porque el pueblo de Dios sentía que era Dios quien los había construido, que Dios era el que había querido llamarlos a la ida, y por eso todos esos judíos dispersos por entre las naciones eran como una vergüenza permanente, como el recuerdo permanente de que Dios no había podido realmente hacer su pueblo.

Por eso el capítulo treinta y siete del profeta Ezequiel cuenta la victoria de Dios, cuenta que Dios sí va a poder reunir a su pueblo. En ese momento lo que el profeta está entreviendo, es que Dios va a reunir al pueblo que había salido al destierro, y que se iba a acabar esa vergüenza de que el pueblo de Dios no viviera en la tierra que Dios le había dado.

En el Evangelio, aparece una idea semejante, pero ya con un alcance mucho mayor.

Caifás, que era sumo sacerdote por aquella época, dijo unas palabras que pueden interpretarse de dos maneras: Caifás dijo: “No caéis en la cuenta de que os conviene que una persona muera por el pueblo, y no se desaparezca la nación entera" San Juan 11,50.

Caifás, que pertenecía a la secta de los saduceos, que era sumo sacerdote y que era enemigo de Cristo, estaba buscando la manera de acabar con Cristo y quería convencer al resto del senado, es decir, del Sanedrín, quería convencerlo de que era bueno que mataran a Jesús.

La intención de Caifás no era darle Gloria a Dios, sino quitarse un problema incómodo de encima. Y decidieron matar a Jesús, pero el Evangelista nos muestra cómo Dios escribe derecho en renglones torcidos.

Aunque la intención de esos hombres era perversa, Dios se valió de esta intención para llevar a cabo su plan.

Dice el evangelista: “Esto no lo dijo Caifás por su propia cuenta, sino que como era sumo sacerdote profetizó que Jesús iba morir por la nación” San Juan 11,51. Caifás pensaba: "Morir para que no nos acaben los romanos, que muera Cristo para que no nos acaben los romanos."

Pero el evangelista ve más hondo, murió Jesús por la nación y dice: "Y no sólo por la nación, sino también para unir a los hijos de Dios que estaban dispersos" San Juan 11,52.

De manera que mientras que Ezequiel pensaba en recoger a los judíos dispersos, ya el Evangelista Juan ve más amplio y dice: “Es que Jesús murió no sólo para que se congregara el pueblo de Judá o el pueblo de Israel, sino para que todos los hijos de Dios, para que todos nosotros nos pudiéramos reunir junto a la cruz de Cristo y allí pudiéramos presenciar cómo el mundo era llevado a juicio, cómo el pecado era vencido, como Dios era glorificado y como el amor encontraba una fuente en ese corazón abierto de Jesucristo.”

Eso es lo que va a suceder en la Pascua: espiritualmente nos unimos los cristianos de todas las latitudes, de todos los continentes, no sólo de Israel y de Judá, nos reunimos todos, y todos miramos a la cruz, y todos contemplamos ese amor, y todos le damos gloria a Dios, y así, año tras año, se va constituyendo el pueblo de Dios, se van reuniendo los hijos de Dios que estaban dispersos.