K053004a
Fecha: 20030409
Título: Darle permiso a Dios de que cambie nuestros planes para seguir los suyos.
Original en audio: 34 min.
Hermanos:
Con la ayuda que nos dé el Espíritu Santo que inspiró estas palabras que acabamos de escuchar, busquemos su significado, busquemos su aplicación, busquemos su fruto en nuestra vida.
Y lo primero que nos llama la atención es cómo Nabucodonosor se sorprende de ser desobedecido, y esa desobediencia primero le causa ira y después le causa admiración y después le causa alabanza al Dios verdadero.
Esos tres pasos son los pasos con los que Dios contradice a Nabucodonosor para bien de Nabucodonosor; esa es la primera enseñanza que quisiera que aprendiéramos.
Dios contradice a este rey para bien del mismo rey y lo hace recorrer un camino, el primer paso es el disgusto, es lo que encontramos cuando nos dice el libro de Daniel: “Nabucodonosor montó en cólera y su rostro se demudó” Daniel 3,91.
El primer paso al sentir que nuestros planes son contradichos, nuestras órdenes desobedecidas, nuestros esquemas rotos, el primer paso es muy humano, es muy explicable, es la ira; se descompuso este hombre porque había sido desobedecido, pero la ira es apenas el principio, después viene otro paso que es la admiración.
Esto corresponde a aquel versículo: “El rey, estupefacto, se levantó aprisa y dijo: ¿No eran tres los que habíamos echado atados al horno?” Daniel 3,91. Un hecho sorprendente, una figura nueva que no estaba en las cuentas de Nabucodonosor, aparece; él echó tres y ahora aparecen cuatro, de manera que la ira queda atrás, y ahora viene otra fase que es la admiración.
Ya el no aparece bravo, ya no dice: “Echen mas fuego”, ya no dice: “Calienten más el horno”, está solamente estupefacto, está lleno de admiración, pero la admiración no se queda en simple extrañeza sino que da paso a una tercera etapa.
Rendido ante la grandeza de Dios, Nabucodonosor entrega sus armas y entonces alaba, bendice al mismo Dios que lo venció: “Bendito sea el Dios de Sidraj, Misaj y Abed-nego, que envió su ángel a liberar a sus siervos” Daniel 3,95.
Es el itinerario de una conversión a la fuerza, porque este hombre tenía todos los ingredientes para no convertirse y fue vencido por el poder y también por la misericordia de Dios.
De manera que el texto de Daniel nos presenta las tres fases de una conversión inesperada, de una conversión a la fuerza: primero, rechazo; segundo, admiración, extrañeza, hay un elemento nuevo, tercero rendimiento: entrega de las armas, alabanza a Dios, reconocimiento de su grandeza.
Este texto está tomado completamente del capitulo tercero de Daniel, que es donde está también ese largo cántico de alabanza a Dios a sus criaturas que, por ejemplo, tenemos el domingo de la primera semana en los Laudes.
Pero lo interesante es que en un solo capítulo de la Biblia aparecen estas tres etapas y en un solo hecho, en un solo evento, es decir, en esta escena del horno encendido, las tres etapas se pueden dar así, pero las tres etapas también pueden tomar muchos años, también pueden tardar demasiado.
Hay personas que se estancan en la ira, en el rechazo, se quedan como congeladas en esa primera etapa del rechazo y solamente miran que sus planes se desarmaron, que sus esquemas se rompieron y que las cosas no salieron como ellas querían, y uno puede durar años, uno puede durar media vida o mas, simplemente en eso, rechazando la realidad, rechazando lo que Dios le muestra a uno.
Hay una parte interesante de ese capitulo tercero del libro de Daniel que no aparece aquí en el texto litúrgico, seguramente por no hacer demasiado larga la lectura. Cuando estaban preparando el horno super caliente, algunos de los servidores del rey murieron, estaban tratando de calentar tanto el horno y estaban tratando de preparar un castigo tan ejemplar, que a algunos de los siervos del rey murieron.
Esa parte que ustedes encontrarán ahí en el capítulo tercero es muy interesante, porque muestra que en medio de su ira el rey termina haciéndose daño, termina lastimando sus propios intereses, termina perjudicándose a sí mismo; su misma ira lo desencaja, le impide pensar y lo pone en una situación de destruirse, de hacerse daño.
Uno pude quedarse en esa primera etapa solamente haciéndose daño, renegando con el rostro desencajado, a uno se le puede ir la vida en eso y realmente uno se quedaría en eso si no llegara ese segundo punto, que es cuando uno comienza a abrir los ojos para descubrir la novedad que Dios trae en el nuevo orden de cosas.
Cada vez que Dios contradice mis planes yo tengo una alternativa: o me quedo mirando mis ideas que no funcionaron, mis afectos que cayeron en el vació, mis proyectos que ya no se van a realizar, o me quedo mirando lo que no pudo ser o abro los ojos y miro qué de nuevo me trae la oferta de Dios, cuál es la novedad.
Nabucodonosor, aunque estaba desencajado y descompuesto de ira, alcanzó a tener ojos para ver al ángel ahí en el horno. Dios te desobedece, Dios te contradice, pero a la vez te muestra algo nuevo.
Si tú te quedas mirando solamente lo que no funcionó en tu vida, pues te llenarás de tristeza, de amargura, de rabia y terminarás como Nabucodonosor, haciéndote daño a ti mismo o a ti misma, destruyendo tu salud, acabando tu paz, impidiéndote pensar y seguramente dañándote la circulación, propiciando un ataque cardíaco o no sé cuántas cosas mas.
Si te quedas únicamente mirando lo que no funcionó, lo que no pudo ser, ahí preparas tu tumba; se necesita abrir los ojos y mirar cómo en la nueva situación Dios ofrece algo nuevo.
A pesar se su ira este rey cruel, impío, tuvo ojos para ver que ahí había un ángel en medio de esa rebeldía, de esos muchachos, santa rebeldía, porque era obedecer a Dios antes que al rey.
De manera que para dar el segundo paso hay que abrir los ojos, qué es lo nuevo que me trae esta situación, y de ahí se pasa al tercer punto, a la tercera fase, por ejemplo, lo que le sucedió a Nabucodonosor: “Bendito sea el Dios” Daniel 3,95. Ya se rinde, ya descubre que hay algo aún mejor y aún mayor en la nueva situación.
“Bendito sea este Dios que contradijo mis planes, que no me dejó seguir mis ideas, que no me dejó por el camino por el que yo iba” Daniel 3,95; "pero bendito sea Dios que no me dejó ir por ese camino".
Podemos aplicar esto ahora a nuestra vida pensando en cuáles son las veces en que la vida nos contradice, las veces en que nuestros proyectos se frustran, la vida está llena de frustraciones grandes y pequeñas, todos tenemos grandes y pequeñas frustraciones, desde cosas tan sencillas como perder un amigo o separarnos de alguien que queríamos o hasta cosas tan complicadas como un plan pastoral que de pronto se ve frustrado en un cambio de gobierno.
Desde las cosas más elementales, como sentir que no nos comprenden, que no nos aceptan, que no estamos a gusto, hasta las cosas más difíciles y dolorosas como contemplar las miserias y pecados de los ministros de la Iglesia, en todos los ámbitos.
La vida está llena de frustraciones, está llena de dolores chiquitos y grandes, y en todas partes vamos a encontrar contradicciones.
Nosotros podemos quedarnos en la primera etapa, dice aquí que a Nabucodonosor el rostro se le descompuso, entonces podemos ser gente de rostro descompuesto, gente mala, amargada, repartiendo hiel por todas partes.
Todos vamos a tener contradicciones, todos vamos a tener problemas, todos tenemos, cada uno de nosotros tenemos un pequeño imperio y en ese pequeño imperio, nosotros, como Nabucodonosor, queremos que nadie nos desobedezca.
Entonces, si vamos a aplicar esta lectura a nuestra vida, lo primero que tenemos que hacer es identificar cuál es nuestro pequeño imperio y en ese pequeño imperio en qué cosas nos cuesta trabajo que nos contradigan: "En mis ideas", por ejemplo, en mis cosas, que nadie toque mis agujas, que nadie se meta con lo mio, que nadie me contradiga, que todo me salga como yo he pensado".
Es impresionante la cantidad de cosas en las que uno se apega y cuando uno lee que Nabucodonosor era un rey tan cruel, uno dice: “Qué tristeza, ese señor allá en ese reino lejano o en esa época sombría”.
Pero esto somos nosotros, porque nosotros tenemos nuestro imperio, uno jamás pelearía si no tuviera un imperio y un imperio puede ser un disquette que solamente utilizo yo, o el cojincito donde yo me recuesto, o la aguja que solo yo utilizo, o el programa de televisión que nadie me puede cambiar, o mi manera de hablar que no soporto sea objeto de burla de nadie: "Usted puede hacerme lo que quiera, pero menos burlarse de mí".
Porque así hay gente que tiene una gran capacidad para reírse de los demás, pero cuidado que le hagan un chiste de lo suyo, porque su imagen es su pequeño imperio, porque su respetabilidad, su dignidad, su aire de virtud o de santidad, eso no puede ser cuestionado, y desde esa imagen y desde esa fama o desde esas agujas o desde ese cojín o desde ese automóvil.
Decía un predicador en un retiro que nosotros tuvimos que en los conventos: "Las peleas son siempre por las llaves: "A ver quién es el que tiene las llaves, a ver, quién puede abrir, a ver, yo cerré eso, no se puede abrir; usted abrió y yo cerré”.
La llave es el símbolo del poder, aquí por ejemplo tenemos esta llavecita, significa que yo tengo poder sobre algo, es el candado que sólo yo abro y este es mi imperio.
Jesús de Nazaret es el hombre que no tiene imperio sino que tiene reino, el reino de su Padre, el reino que busca Jesús es el reino de su Padre, lo sorprendente de Jesús, lo maravilloso de Jesús, es que no busca un reino para sí mismo sino que busca un reino para su Padre, el Creador de todos, el que es fuente de misericordia para todos, el que es luz y el que es vida para todos.
Nuestros imperios, desde un cojín o una aguja, hasta una llave o un país, nuestros imperios son el lugar donde no soportamos las contradicciones, y por eso lo primero es localizar cuáles son los imperios de uno. La mejor manera de encontrar cuáles son los imperios de una persona es ponerla a vivir con otras personas.
Porque mientras uno vive solo, uno cree que uno está desprendido, uno está desprendido de todo hasta que lo ponen a vivir con otra persona; sólo cuando aparece otra persona en mi vida, me empiezo a dar cuenta de cuáles son las cosas en las que yo reclamo soberanía.
Usted puede ser todo lo santo que quiera, "pero esta matera no me la mueve", esa matera es su imperio, ahí es donde usted maneja, ahí en esa matera; entonces sólo cuando aparece otra persona es cuando uno se da cuenta de cuál es el imperio de uno, y por eso san Basilio consideraba más perfecta la vida en común, origen en la espiritualidad griega, de la que luego fueron nuestros conventos.
Los conventos nuestros son herederos espirituales de los cenobios griegos, que vienen del reconocimiento de esto. Sólo en contacto con otras personas llego a conocer cuáles son mis imperios.
La vida en comunidad es maravillosa para descubrir esto, y por eso en la vida de comunidad nosotros nos damos cuenta de cuán aferrados estamos a unas u otras cosas, cuán aferrados estamos a cosas materiales o a otro tipo de cosas, como la que ya mencionaba de aquella gente de la que nunca se puede hacer un chiste, porque es tan digna, tan respetable, tan estudiada, tan experimentada y tan santa, que esa santidad no se puede cuestionar.
Una vez que uno detecta el imperio, lo mejor que le puede pasar es que le lleguen unas cuantas contradicciones, las contradicciones llegan a nuestra vida, por eso será siempre una manera más perfecta de penitencia aceptar lo que está sucediendo, porque en las penitencias que uno se pone, aunque tienen una cierta virtud de ejercicio, pues están limitadas, tienen su límite por uno mismo.
En cambio, nadie sabe cuánto le puede estorbar a uno otra persona, hay gente que no sabe cuánto estorba, y eso, el hecho de que no sepan cuánto estorban es una bendición para nosotros, porque el que no sabe cuánto me estorba es en realidad un mensajero de Dios que está penetrando mi imperio, que está contradiciendo mis proyectos, que está cambiando mis planes y que está derrumbando mi esquema.
Los religiosos, para asegurarnos de que eso sí va a suceder, no nos contentamos con la vida comunitaria sino que además hacemos un voto de obediencia, la obediencia es el permiso oficial que uno le da a otra persona para que se meta con la vida de uno.
Cuando uno hace un voto de obediencia, lo que está diciendole a otra persona es eso, yo un día le dije a mi Provincial, le dije más o menos estas palabras, claro que la versión litúrgica y la versión para televisión es otra, pero lo que yo estaba diciendo a mi Provincial era esto: “Oiga, señor, le doy permiso de que se meta en mi vida".
"Le doy permiso de que interrumpa mis ideas, le doy permiso de que cambie mis planes, le doy permiso de que desarme mi imperio, porque yo no quiero tener un imperio mio sino quiero que sólo reine Dios”. Y el Provincial dijo: ¿Usted sí cree que pueda con eso? Y yo le dije que: “Pues yo pienso que sí puedo, con la misericordia de Dios”. Y ese fue el voto de obediencia que dije.
Ese es un voto de obediencia, es darle permiso a otra persona para que desarme mi imperio, esa es la diferencia entre un voto de obediencia y la gerencia compartida en una empresa. ¿Es bueno hablar con mi superior? Sí es bueno hablar con mi superior, pero uno tiene que hablar con el superior.
Si buscamos la perfección de la obediencia, no para negociar con el superior, sino para brindarle mejor y más completo conocimiento de lo que uno está viviendo, de modo que sea él o ella según el caso quien pueda marcar el rumbo en nuestra vida.
No es que uno no deba hablar con el superior, la actitud de esconderse, la actitud de encerrase, la actitud de enconcharse, no es sino otra manera de decir: “Bueno, es que usted puede disponer en muchas cosas, puede disponer en la hora de mi levantada, puede disponer en qué día debo lavar la loza, puede disponer en cuáles son las clases que voy a dar, pero yo me voy a enconchar, me voy a encerrar para conservar un pedacito en que siga diciendo: “¡Ay, todavía me queda este pedacito de imperio!”
Por eso, la perfección de la obediencia no está en la persona que calla mucho, sino en la persona que da toda la información que honestamente cree que tiene que dar para que el superior realice con perfección su propio ministerio, esa es la perfección de la obediencia.
Por eso, decir lo que nosotros deseamos no es contradecir la obediencia, hay gente que piensa que es más perfecto callarse uno lo que uno quisiera, eso no es cierto, es más perfecto en la obediencia expresar incluso lo que uno quisiera sin por eso presionar que tenga que hacerse lo que uno quisiera, esa sí es la perfección de la obediencia.
Entonces dice uno: "Lo que a mí me gustaría, claro, que eso es un suicidio porque en el momento lo que uno dice: “Lo que a mí me gustaría”, ya es estar entregando todas las armas, ya está diciendo: "Contradígame también en eso".
Pero fijate que la perfección de la obediencia es perfectamente bíblica, a través de la entrega de nuestra voluntad, lo que estamos diciendo es: “Yo no quiero ser Nabucodonosor, pero sobre todo no quiero ser Nabucodonosora".
Es entregar el imperio, es entregar mi reino, porque no quiero tener reino, porque sólo quiero que Dios reine. Primer paso, es identificar cuál es mi imperio para lo cual ayuda mucho la vida comunitaria.
Segundo paso, es que empiecen las contradicciones, y para asegurarnos de que empiecen las contradicciones, nada mejor que un superior, los superiores son expertos en contradecirlo a uno.
Por eso los frailes dicen que la mejor manera de que a uno lo cambien es estar contento y decirlo, cuando uno ya empieza a contar que está contento entonces está brindado información preciosa para el superior.
Muchos superiores calman sus nervios así, cambiandolo a uno, moviendo, eso les calma los nervios, eso les da paz, uno tiene que tener esa caridad con el superior.
El tercer paso, después de que uno ha buscado esa perfección de obediencia, el tercer paso es que obviamente eso duele; duele y duelo están muy cerquita en español, uno tiene que aprender a hacer sus pequeños duelos.
Fíjate como Nabucodonosor montó en cólera, pero luego se tuvo que desmontar de cólera, porque Dios le dio el derecho al pataleo y eso es saludable. Una señora amiga decía, a los hijos siempre hay que guiarlos, pero siempre hay que concederles el derecho al pataleo.
Uno tiene que saber hacer sus duelos, uno tiene que saber dolerse, porque las cosas a veces duelen, nosotros no entramos en la obediencia y nosotros no le entregamos nuestro reino a Dios como si no nos doliera. Hay muchas cosas que nos van a doler, y hay que saber hacerle el duelo, ojo, dije duelo con letra “d” no dije drama, que también se escribe con la letra “d”.
A las cosas hay que hacerles duelo; pero no hay que hacerles drama, uno hace el duelo correspondiente, porque le duelen las cosas, porque siente incomodidad, porque siente fastidio; hay que saber vivir ese momento.
Jesucristo no se anestesió, ustedes saben que a Jesús en la cruz le iban a dar una bebida mezclada con mirra, que era como una especie de narcótico, a algunos de los crucificados les daban esa bebida, porque eso les anestesiaba y morían medio drogados.
Jesús no quiso un narcótico; obedecer, renunciar a nuestros planes, buscando la voluntad de Dios, es algo que nos va a doler y por consiguiente, los maestros y los superiores tienen que saber esto, porque la diferencia entre un buen maestro y un buen sádico es que el maestro busca la voluntad de Dios, el sádico busca la voluntad de Dios sin que al otro le duela.
Es sadismo pretender que a la otra persona no le va a doler, le duelen,le duelen nuestras palabras, si somos superiores, a nuestros súbditos, a nuestros formandos les duelen las cosas que les hacemos.
Y es normal que a una persona le duela y es normal que en ciertos momentos se produzca un fenómeno biológico de alargamiento de trompa que muestra el profundo disgusto de la persona, es normal este fenómeno que ha sido estudiado en la espiritualidad, a veces llamado alargamiento de hocico, muestra que la persona está sufriendo.
Dios no le mandó un rayo a Nabucodonosor, a quebrarlo por la mitad porque estaba renegando; hay que tener una dosis de paciencia, hay que tener una dosis de caridad para entender que a la persona le duele, le duele ver que sus planes son contradichos, le duele ver que iba por el camino equivocado, la persona tiene que hacer un duelo.
Si somos superiores tenemos que entender eso, si somos súbditos tenemos que saber hacer el duelo sin hacer drama, una vez que se vive esa etapa del duelo, entonces tenemos que buscar qué es lo nuevo que me trae Dios.
"¿Qué me quiere decir el Señor con esto?" Ahí viene una etapa que no la vivió Nabucodonosor, pero que nosotros sí la podemos buscar, si somos creyentes, y es pedirle a Dios que nos ilumine: “Muéstrame, Señor, muéstrame, ¿qué me quieres decir Señor con esto?” “¿Por qué esto? o mejor, ¿para qué esto? "¿Qué quieres con esto, Señor?”
Sin llegar a hacer la oración que hacía una novicia, en alguna ocasión decía: “Señor, pero habiendo tanto infarto suelto por ahí, ¿por qué no asoman por esta casa, por la pieza de la maestra? Habiendo tanto infarto suelto...”, no; nosotros no tenemos que enredarnos en los cambios de planes.
Santa Catalina de Siena, a la que hay que mencionar con frecuencia, decía que lo peor que puede uno hacer como súbdito es enredarse en la humanidad del superior o del maestro: “Ah, esto me lo hace por esto, y esto fue por lo que le pasó con esta, ah, porque claro, como ella le dijo esto...”
Eso sirve para trabajar en RCN, Caracol, eso sirve para trabajar en Telemundo o en Univisión, pero no sirve para buscar la voluntad de Dios.
Enredarse con la humanidad de la otra persona, eso no sirve para nada, resulta mucho más práctico vivir honestamente el duelo sin volverlo drama y empezar a buscar qué es lo nuevo, qué me trae Dios con esto, qué me quiere enseñar con esto, para qué me guía Dios por este camino.
A medida que vaya llegando la luz iremos entregando nuestro ser, iremos confiando nuestro corazón y estoy seguro que llegaremos también a ese último paso, a esa ultima fase.
"Bendito sea Dios, bendito Dios porque me contradijo", esta es la cosa más paradójica, a los ojos del mundo, Dios me ganó y así gane yo; yo perdí y así gané", esta es la maravilla del amor de Dios.
Cuanto menos orgullosos seamos, cuanto menos tercos seamos, cuanto menos resentidos seamos, cuanto más dóciles, humildes, orantes y sabios seamos, vamos a encontrar más prontamente esta etapa y llegaremos a decir ese “bendito sea Dios que me desobedeció, bendito sea Dios que no hizo como yo le estaba pidiendo, bendito sea Dios que no me llevó por donde yo pensaba, bendito sea Dios que me puso al lado a esta persona que no es de mi temperamento, que no es de mi estilo, que no obra como yo quisiera, bendito sea Dios”.
Yo por lo menos, si examino mi propia vida, tengo que decir que en la comunidad debo especial agradecimiento a los frailes, es decir, a los formadores, a los superiores que han cambiado, muchas veces contradiciendo mis planes. Bendito sea Dios por esos hermanos, bendito sea Dios por esos frailes, por esos superiores, es misericordia del Señor que pueda decirlo.
Pero cada vez que yo perdí, cada vez que las cosas no salieron como yo quería, como yo tenía planeado, cada vez Dios me estaba mejorando.
Seamos consecuentes, si Dios dijo por boca del profeta Isaías: “Mis planes no son vuestros planes” Isaías 55,8 ¿eso qué significa? Que en algún momento se tienen que acabar mis planes para que empiecen los planes del Señor.
Que en algún momento Dios tiene que contradecirme para empezar a decirme su voluntad, para empezar a decirme su Providencia, para empezar a decirme su amor, con una actitud renovada, con una actitud de profundo convencimiento, con una actitud de mayor humildad y sabiduría.
Terminemos esta recta final de la Cuaresma, porque la Cuaresma se acabó; vamos a vivir esta recta final de la Cuaresma en ese espíritu renovando los permisos que le damos a Dios, para que interrumpa nuestros planes cuando no le gusten, y nos conduzca hacia su plan, que es también nuestra salvación, nuestra realización y nuestra felicidad.
Amén.