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Fecha: 19971019

Título: El sentido de la humildad cristiana

Original en audio: 10 min. 55 seg.


En este evangelio habla Cristo sobre el que quiera ser el primero y el que quiera ser el grande. Jesús no dijo que eso sea malo, Él no dijo eso.

A veces se interpreta el cristianismo como una religión de gente acomplejada, de gente que no quiere ser el primero; eso no fue lo que dijo Cristo, Él dijo: "Vosotros sabéis que los que son reconocidos como jefes tratan despóticamente a sus súbditos, entre vosotros no debe ser así. El que quiera ser grande..." San Marcos 10,42-43.

Pero no dijo Jesús: "El que quiera ser grande, que se quite ese deseo", ni dijo: "El que quiera ser el primero, que se olvide". No nos dijo que fuera malo ser grandes o ser el primero, sino nos dijo cuál era la verdadera grandeza, y en dónde estaba el primer lugar.

Así manifestó el Señor quién era Él para nosotros, porque el verdaderamente grande es El, y además, en el Apocalipsis, él se presenta diciendo: "Soy el primero y el último" Apocalipsis 21,6. Lo grave no es querer ser el primero, para el cristiano supone también ser el último.

Jesús, en el Apocalípsis, dice: "Yo soy el primero y el último" Apocalipsis 21,6. Y nosotros tomamos esta expresión y queremos partirla, queremos ser el primero, pero no queremos ser el último.

El mensaje de Jesús, entonces, no es: "No quieran ser los primeros", no. Su mensaje es: "El que quiera ser primero, sea también el último" San Marcos 10,44. Pienso que hay bastante distancia entre una cosa y otra.

Cuando la persona se esfuerza solamente en no ser el primero, acumula resentimiento en su corazón. Dos ejemplos: un matrimonio, dentro del matrimonio a veces hay discusiones sobre cuál es la opinión que se va a imponer.

"¿Se va a hacer lo que usted quiere, o se va a hacer lo que yo quiero? Y vamos a interpretar que, en este caso, ser el primero es salirse con lo que uno quería, eso es ser el primero.

"Es que yo quiero salirme con la mía". Pero supongamos que una persona asiste a Misa, escucha este evangelio y saca una conclusión: "Yo no debo querer ser el primero". Supongamos, para tragedia de esta persona, que la persona sale de la iglesia con esa conclusión: "Yo no debo querer ser el primero".

Entonces supongamos que este caso fue, por ejemplo, la mujer, la esposa, la que pensó eso. Se presenta una diferencia de opiniones en el matrimonio, hay una discusión: "Vamos a ir a tal parte, o vamos a ir a otra".

Y esta señora, esta esposa siente que ella tiene la razón y que las cosas deberían hacerse de una determinada manera, pero ella piensa que no debe ser el primero, como no debe imponer su voluntad, simplemente tiene que reprimir su deseo de ser el primero.

Entonces ella se queda callada y le dice al esposo: "Entonces hagamos lo que a ti te parece". Lo dijo de labios para afuera, pero ¿qué quedó en su corazón? Resentimiento.

Cuando uno quiere ser el primero, y le da una patada a ese deseo de ser el primero, uno, de labios para afuera, se vuelve dizque humilde, dizque dócil, pero por dentro acumula resentimiento.

Y, entonces, supongamos que resulta que ella quería ir para Chía, y él quería ir para Zipaquirá. Y entonces ella dice: "Bueno, entonces vamos a su Zipaquirá, vamos a su Zipaquirá"; ¿estará de buena gana? ¿Qué cara llevará? ¿O qué comentarios va a hacer? Estará resentida y llevará cuentas.

La próxima vez volverá a sacar en cara: "¿Por qué siempre tiene que hacerse lo que usted dice?" En realidad, no cedió. Ella dejó de ser el primero, porque así interpretó este texto de la Biblia, pero en su corazón siguió siendo el primero.

La enseñanza de Jesús no es que uno no debe querer ser el primero, sino cuál es la manera de ser el primero.

Un ejemplo semejante lo tenemos con nuestra vida religiosa. Nosotros tenemos votos de obediencia, nosotros vivimos dentro de una comunidad. Es muy fácil para un religioso vivir una situación semejante a la que he descrito.

Es decir, plegarse a la voluntad del superior por no hacer problema, por no complicar las cosas, por ser admitido a una profesión religiosa, pero sin una convicción interior. Esto no fue lo que dijo Cristo.

Entonces, hay que entender las palabras del Señor. Dice aquí: "El que quiera ser grande entre vosotros, debe ser servidor de los demás; y el que quiera ser el primero entre vosotros, debe ser esclavo de todos" San Marcos 10,43-44. ¿Y usted sabe cuál es el primero que quiso ser el primero? El mismo Jesús.

Él se pone como ejemplo de esto, mira: "Tampoco el Hijo del hombre vino a que le sirvieran, sino a servir y a entregarse a sí mismo en rescate por la multitud" San Marcos 10,45, según lo describía proféticamente, bellísimamente el profeta Isaías en la primera lectura que hemos escuchado en este domingo.

Luego, lo que Cristo pide es que el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos. Cristo no está eliminando las autoridades aquí, no está propugnando por una especie de igualitarismo, o por una especie de comunitarismo, o de democracia, o de comunismo, nada de eso.

Cristo no desarma las autoridades, sino que le da su verdadero rostro. El verdadero rostro de la autoridad es la autoridad del servicio, y el mayor de los servicios es dar la vida por los otros, porque dar la vida es la mayor señal de amor, según dice el mismo Cristo en el evangelio según San Juan.

¿Queremos recuperar la autoridad? ¿Queremos recuperar el sentido verdadero de la autoridad, por ejemplo en la familia? Aquí tenemos una clave: la verdadera autoridad es el servicio y el verdadero servicio es dar la vida, y el verdadero dar la vida es amar. El verdadero ser el primero es ser el primero en el amor.

¿Y qué es amar? ¡Cuántas cosas se dicen sobre el amor! Me gusta el enfoque de Santo Tomás de Aquino: "Amamos, cuando buscamos el bien de la otra persona", ahí amamos".

Mientras se quiera solucionar los problemas de pareja, de familia, de comunidad o de empresa, en términos de un equilibrio de fuerzas: "Tú tienes tantos misiles nucleares como los que tengo yo", "tú sabes dar tan buen garrote como el que yo doy", "tú echas tantas puyas, indirectas, ironías, como las que yo hecho, luego, estamos equilibrados".

Mientras pretendamos fundamentar la autoridad y la paz sobre el equilibrio de fuerzas en conflicto, tendremos, no paz, sino ausencia de guerra. La llegada de la verdadera paz coincide con la llegada de verdadero orden, de la verdadera justicia y del verdadero amor.

Llega en verdad la paz a nuestro corazón, llega en verdad el orden y la justicia a un pueblo cuando las personas que sirven a ese pueblo descubren que, ser el primero, es buscar eficazmente el bien de la otra persona.

Los papás pueden recuperar mucho de su autoridad con los hijos, en este momento grave de la historia de nuestro país y del mundo. Porque esa recuperación de la autoridad de los papás con los hijos, no consiste en gritar más, ni consiste en tener mayor resistencia psicológica en medio de una guerra fría.

Hay familias que viven esto, la guerra fría: "Yo aguanto más días que tú, sin que tú me hables", ¿qué es eso, por favor? Eso se llama anticipar el infierno. "Quítame la palabra, no me saludes; viví sin ti muchos años, otros tantos puedo soportar sin tu presencia y sin tu palabra", ¿qué es eso, por favor?

Entonces, a partir de la búsqueda eficaz del bien de la otra persona, y a partir del deseo, nacido de Dios, del bien de la otra persona, se recupera la verdadera autoridad y se recupera el verdadero servicio.

Con ese mensaje, con este sentimiento, contemplemos a Jesucristo. Nadie hay entre nosotros que haya prestado un servicio más grande. Todos los que estamos aquí, todos dependemos de su Palabra, de su amor, de su alimento.

Él hoy y siempre, sigue siendo el gran servidor de todos nosotros. Y por eso es hoy y siempre, el Primero, el Glorioso y el Rey, a quien se merece honor y la alabanza por los siglos.

Amén.