I111003a
Fecha: 20110613
Título:
Original en audio: 4 min. 15 seg.
Tuvimos ayer la gran fiesta de Pentecostés, y quizás algunos estamos sintiendo ese sabor dulce pero con un toque de nostalgia que queda después de una gran celebración.
En efecto, es como cuando hay un matrimonio, es como cuando hay una ordenación sacerdotal y brilla el esplendor, la hermosura del pueblo de Dios, qué linda la liturgia, preciosos los cantos, qué bien estuvo todo: tan organizado, tan bien hecho, con tanto cariño, pero también ¿qué decimos después de esas grandes festividades? La vida debe continuar, la vida ordinaria, el día a día, lo cotidiano.
Pero lo cotidiano tiene también su importancia, tiene también su hermosura. Si miramos la vida de Jesús, se supone que vivió algo así como treinta y tres años, y de esos treinta y tres parece que unos treinta fueron lo que solemos llamar "la vida oculta"; es decir, era el tiempo en le que Cristo permanecía como escondido, no en el sentido de que se estuviera ocultando o tuviera algo que ocultar, sino en le sentido de que la humildad, el silencio, el trabajo eran la ley de su vida.
¿Qué quiere decir esto? Que Cristo nos ha redimido, nos ha santificado también con ese silencio, también con esa humildad. Además, ese fue el tiempo de la escucha profunda de la Palabra de Dios.
Yo creo que hay un versículo que jamás debemos dejar de perder de vista, está en el evangelio según San Lucas, ahí se nos dice que Jesús crecía en edad, sabiduría y gracia" Lucas 2,52