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De Wiki de FrayNelson
Revisión del 03:21 26 may 2016 de Plataforma (Discusión | contribuciones) (Clamemos al Señor por la purificación y renovación de la Iglesia, para que el Papa, obispos, sacerdotes sean santos e iluminados en su mente y en su corazón.)

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El Evangelio de hoy, que es tomado del capítulo once de San Marcos (cf. Mc 11, 27-33), me parece un buen ejemplo de lo que puede regalarnos la Sagrada Escritura, si de verdad le damos atención a los detalles, porque con la Biblia, lo mismo que con tantas cosas de la vida humana, en los detalles está la verdadera riqueza.

Quiero destacar, por ejemplo, la pregunta que le hacen las autoridades judías a Jesucristo. Recordemos que en la escena de ayer, Jesucristo, ha expulsado a los vendedores del templo; ha sido un acto público. Por supuesto, que si el templo, era el corazón de Jerusalén, pues, no solamente es un acto público, sino que es casi un acto desafiante: desafiante, para los intereses de los mercaderes; desafiante, para los intereses de las autoridades del templo. Y por eso, lo que ellos preguntan es, precisamente, sobre la autoridad. Detengámonos en esa pregunta que le hacen a Cristo: “¿Con qué autoridad haces estas cosas?” (Mc 11, 28). Ellos le preguntan a Cristo, qué autoridad tiene, y la razón, es que ellos mismos se consideran la autoridad; ellos se consideran dueños del templo; ellos consideran que lo que suceda en el templo, pues, finalmente, tiene que pasar por la autorización de ellos. Y ellos, que no han tenido problema, en dar autorización para que se hagan esas ventas, pues, ven que su disposición, o su deseo, ha sido quebrantado por Cristo, porque Él ha interrumpido ese negocio, y entonces, la pregunta es, ¿Con qué autoridad haces estas cosas?.

De ahí, aprendemos dos cosas. Primera: observemos que detrás de los mercaderes del templo, había, indudablemente, un acuerdo con las autoridades del lugar. Si las autoridades del templo hubieran estado en desacuerdo con la venta, y llega Cristo y saca los vendedores, pues, ellos no hubieran visto eso, ni como un interrogante, ni como un problema, sino, más bien, como una ayuda: “este tipo, este profeta, este desconocido, este Jesús nos ha quitado un problema de encima”. Ellos no harían la pregunta que hacen, a menos que estuvieran de acuerdo, como efectivamente lo estaban, con el hecho de que hubiera esas ventas ahí, y recordemos que la expresión que utilizó Cristo, o que, por lo menos, vino al corazón de sus discípulos, cuando le vieron arrojar a los mercaderes, fue aquello de: “Pero ustedes han convertido al templo en una cueva de ladrones” (Mc 11,17). Y ahora nos damos cuenta que los primeros ladrones son las autoridades, que han llegado a un acuerdo, seguramente, una especie de cobro por arriendo o alquiler; es decir, los primeros ladrones han sido las autoridades judías.

Y exponíamos, el día de ayer, que cuando Cristo utiliza la palabra “ladrones”, no se refiere a que le estén robando a los pobres, o le estén robando a los que compran; ¡no!, se refiere a que le están robando la gloria a Dios; le están robando el amor, que solo Dios merece; le están robando el tiempo, que debería estar para su servicio; más bien, es a ese tipo de robos, al que se está refiriendo Cristo. Por consiguiente, cuando nosotros decimos que los administradores del templo, o las autoridades judías de aquella época, frente al templo, tomaban esa postura como de dueños, pues, quiere decir que los primeros ladrones eran ellos, y que ellos eran los primeros que le estaban robando la gloria a Dios.

Segunda: yo creo que esta es una gran lección para nosotros, porque nos damos cuenta que la corrupción, por un lado, es cierto que afecta de arriba a abajo; pero, por otro lado, es totalmente cierto que la corrupción del que está en una situación, o en una posición de poder, tiene una repercusión inmediata de justificación, de consolidación del mal en todos los súbditos. Y por eso, nuestra oración, tiene que ser mucho más intensa, para pedirle, para clamarle a Dios, que el Papa sea santo, iluminado en su mente, fuerte en su corazón, que vaya delante de nosotros con espíritu de santidad, como él mismo lo ha pedido varias veces. Él pide con frecuencia que se haga oración por él; y así, también, tenemos que orar por nuestros obispos, por nuestros sacerdotes, por todos los que tienen una posición de autoridad, incluyendo padres de familia, profesores, catequistas y misioneros. Porque cuando el que está arriba se deja corromper, fácilmente su mirada se vuelve cómplice y su palabra se vuelve autorización de pecado para otros.

Clamemos al Señor por la purificación y la renovación de la Santa Iglesia en todos sus estamentos, pero, principalmente, en nuestros sacerdotes. Amén.