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No hace muchos días, su Santidad Juan Pablo II declaraba a Santa Teresa del Niño Jesús, una carmelita descalza, una mujer de clausura, como Doctora de la Iglesia. Hoy la misma Iglesia celebra a un Doctor, Alberto Magno.
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No hace muchos días, Su Santidad Juan Pablo II declaraba a Santa Teresa del Niño Jesús, una carmelita descalza, una mujer de clausura, como Doctora de la Iglesia. Hoy la misma Iglesia celebra a un Doctor, Alberto Magno.
  
 
Hay varios santos a los que se les añade este adjetivo de grande o magno. De un Papa, San Gegorio, se dice que es grande, San Gregorio Magno; y de otro Papa, León, León Magno; y también está este Alberto, Alberto el Grande.
 
Hay varios santos a los que se les añade este adjetivo de grande o magno. De un Papa, San Gegorio, se dice que es grande, San Gregorio Magno; y de otro Papa, León, León Magno; y también está este Alberto, Alberto el Grande.

Revisión del 17:07 18 oct 2007

Fecha: 19971115

Título: Los Doctores de la Iglesia han unido la verdad en la inteligencia con el amor en el corazon

Original en audio: 6 min. 47 seg.


No hace muchos días, Su Santidad Juan Pablo II declaraba a Santa Teresa del Niño Jesús, una carmelita descalza, una mujer de clausura, como Doctora de la Iglesia. Hoy la misma Iglesia celebra a un Doctor, Alberto Magno.

Hay varios santos a los que se les añade este adjetivo de grande o magno. De un Papa, San Gegorio, se dice que es grande, San Gregorio Magno; y de otro Papa, León, León Magno; y también está este Alberto, Alberto el Grande.

Pero nosotros en este momento no queremos dedicarnos a esa grandeza, sino a este título que tiene tanta importancia para la Iglesia en este año, porque repito, cobra nueva actualidad con la declaración del Papa.

¿Qué es un Doctor de la Iglesia? ¿Para qué sirven los Doctores de la Iglesia? Ante todo, hay que decir que estos doctorados no tienen que ver con la medicina, sino tienen que ver con el verbo latino "para enseñar". Doceo o docere es el verbo latino que significa enseñar, y de esta raíz viene docente, docencia, doctrina, documento.

Todas estas palabras tienen su origen en ese verbo, del que también proviene la palabra doctor (dóctor), en latín, o como acentuamos en castellano, doctor (doctór). Es aquel cuya enseñanza, aquel cuya palabra, unida a una vida santa, se ha convertido como en parte de la enseñanza de la Iglesia. Un doctor entonces es aquel, que por la santidad de su vida y por la sabiduría de sus palabras, le abre un camino al Evangelio en el corazón y en la inteligencia de otras personas.

Los Doctores de la Iglesia no son muchos pero tampoco son pocos, algo más de treinta en este momento, de los cuales hay tres que son mujeres, dos carmelitas: Santa Teresa y Santa Teresita; Santa Teresa de Jesús, la reformadora del siglo XVI, y Santa Teresa del Niño Jesús, a veces llamada Santa Teresita, la contemplativa que murió a tempranísima edad en el siglo pasado; la primera española, la segunda francesa.

La otra Doctora de la Iglesia es una consagrada laica, Catalina de Siena, que vivió en el siglo XIV, pertenecía precisamente a nuestra Comunidad. Los demás son hombres, en su mayoría sacerdotes, también hay obispos doctores de la Iglesia.

¿Qué aportan a nosotros estos Doctores? La evangelización de nuestra inteligencia. Quienes tenemos una labor de docencia, necesitamos volver a estos doctores de la Iglesia, para beber en esas fuentes interpretación, enseñanza, camino, amor, luz.

Lo maravilloso de los Doctores de la Iglesia es que han unido la verdad en la inteligencia con el amor en el corazón, y esta es una síntesis que no siempre se logra.

Porque a veces tenemos muy buenas intenciones en el corazón, pero nos falta sabiduría,nos faltan ideas, nos faltan modos, maneras, caminos para llegar y para alimentarlas; y otras veces sucede lo contrario, hay personas que tienen estudios y títulos, pero les falta ardor en el alma para llegar a los corazones.

Los Doctores de la Iglesia, santos en su corazón, luminosos en su enseñanza, nos invitan a ser totalmente de Cristo, para que nuestra inteligencia y nuestra mente comulguen con el Verbo, y nuestro corazón y nuestro amor comulguen con el Espíritu Santo.

De manera que así nosotros le recibamos las manos a Papá Dios. Porque me gusta recordar que algún Padre de la Iglesia decía que Cristo y el Espíritu Santo eran como las manos de Dios Padre.

Y hay que dar los abrazos con las dos manos. Un abrazo completo y sincero no se da con una mano, se da con las dos manos; Papá Dios salió a recibirnos con las dos manos: con el Hijo y con el Espíritu Santo. El Hijo es el Verbo, la luz, la sabiduría; el Espíritu es la misericordia, el amor, el fuego.

Y hay que saber recibir entonces a Papá Dios con nuestras dos manos, de manera que el Verbo de Dios pueda encontrarse con nuestra inteligencia, y nuestra inteligencia sea evangelizada; y el Espíritu de Dios pueda encontrarse con nuestro corazón, y nuestro corazón sea evangelizado.

De manera que en los Doctores de la Iglesia, como Alberto Magno, lo que se da es un estrechísimo abrazo entre Dios trino y esa especie de dimensión trinitaria o ternaria que tiene el alma humana. En ellos podemos celebrar el abrazo que Dios quiere dar a cada uno de nosotros, y podemos aprender, con gozo, con esperanza, que también nosotros estamos llamados a acoger todo el Evangelio de Jesucristo en todo nuestro ser.

Así nos lo conceda Dios para su gloria.

Amén.