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La Pasión invisible, la Pasión interior de Cristo es, de acuerdo con los que saben de estas cosas, infinitamente mayor que la Pasión exterior. Porque a Cristo le dolía no sólo lo que podemos ver nosotros de la psiquis humana, esa también sería como otra Pasión exterior. Me refiero a esto: el verse traicionado de los amigos no es algo que se vea como una llaga, pero es algo que sí se ve si uno lee el Evangelio.
 
La Pasión invisible, la Pasión interior de Cristo es, de acuerdo con los que saben de estas cosas, infinitamente mayor que la Pasión exterior. Porque a Cristo le dolía no sólo lo que podemos ver nosotros de la psiquis humana, esa también sería como otra Pasión exterior. Me refiero a esto: el verse traicionado de los amigos no es algo que se vea como una llaga, pero es algo que sí se ve si uno lee el Evangelio.
  
Sentir que había perdido su tiempo y que estaba frsutrado, es algo que tampoco se ve como se ven las espinas, pero es algo que podemos ver si leemos el Evangelio.
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Sentir que había perdido su tiempo y que estaba frustrado, es algo que tampoco se ve como se ven las espinas, pero es algo que podemos ver si leemos el Evangelio.
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"Tengo sed" Juan 19,28  es algo que sale de las entrañas de Cristo y es algo que nos invita a ahondar hasta el fondo, hasta donde sea posible en el misterio de Jesucristo, ir más allá de toda pasión exterior, de todo dolor que nosotros podamos entender para llegar al dolor que no podemos entender, hasta llegar al dolor que no podemos nombrar, un dolor que tenía que ver con ver a Dios o fendido,un dolor que tenía que ver con descubrir el abismo que separa a Dios de los hombres, un dolor que tiene que ver con ver la gloria de Dios empantanada, enfangada en nuestras miserias.

Revisión del 18:23 18 may 2011

Fecha: 20020329

Título:

Original en audio: 8 min. 26 seg.


Hay un refrán que dice: "Nadie sabe la sed con la que otro camina". Y entre los muchos significados que tiene la sed, uno es precisamente ése: la sed es la señal del dolor que no se ve.

Cristo no pidió nada cuando lo estaban azotando, no pidió nada para sí mismo cuando lo estaban crucificando, nada pidió cuando le hundían las espinas en sus sienes. En esos dolores que no se ven, nada pidió. Pero hay un dolor que no se ve. Y esta frase, perfectamente explicable por el desangre que padecía el Señor, por los acontecimientos espantosos vividos en esas últimas horas de su vida, esa sed no solamente una necesidad interior fisioólgica, esa sed es una puerta, podríamos decir, una puerta mística al dolor que no se ve.

Cómo es de importante, al recordar la Pasión del Señor, prestarle cuidado a esa pasión interior. Porque podemos quedarnos en la Pasión exterior, que ya de hecho, pues nos dice tantas cosas; es decir, las Llagas, la Cruz misma, la Sangre, las espinas. Esa es la Pasión exterior, pero hay una Pasión interior, y parece que con esta palabra: "Tengo sed" Juan 19,28, Cristo abre, discreta pero suficientemente, abre la puerta para que nosotros sepamos que esa Pasión, la que no se ve, también existe.

La Pasión invisible, la Pasión interior de Cristo es, de acuerdo con los que saben de estas cosas, infinitamente mayor que la Pasión exterior. Porque a Cristo le dolía no sólo lo que podemos ver nosotros de la psiquis humana, esa también sería como otra Pasión exterior. Me refiero a esto: el verse traicionado de los amigos no es algo que se vea como una llaga, pero es algo que sí se ve si uno lee el Evangelio.

Sentir que había perdido su tiempo y que estaba frustrado, es algo que tampoco se ve como se ven las espinas, pero es algo que podemos ver si leemos el Evangelio.

"Tengo sed" Juan 19,28 es algo que sale de las entrañas de Cristo y es algo que nos invita a ahondar hasta el fondo, hasta donde sea posible en el misterio de Jesucristo, ir más allá de toda pasión exterior, de todo dolor que nosotros podamos entender para llegar al dolor que no podemos entender, hasta llegar al dolor que no podemos nombrar, un dolor que tenía que ver con ver a Dios o fendido,un dolor que tenía que ver con descubrir el abismo que separa a Dios de los hombres, un dolor que tiene que ver con ver la gloria de Dios empantanada, enfangada en nuestras miserias.