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Se trata, entonces, del hundimiento de lo que San Agustín llamaba la Civittas Terrena, la Ciudad Terrena. Porque, como recordamos seguramente, en su obra "La Ciudad de Dios", Agustín dice que hay dos amores y cacad amor edifica lo suyo. El amor a la creaturas, de espaldas a Dios, edificó una ciudad para este mundo, y esa ciudad, llena de orgullo y vacía de fe, termina hundiéndose, ya se llame Jerusalén o Babilonia.
 
Se trata, entonces, del hundimiento de lo que San Agustín llamaba la Civittas Terrena, la Ciudad Terrena. Porque, como recordamos seguramente, en su obra "La Ciudad de Dios", Agustín dice que hay dos amores y cacad amor edifica lo suyo. El amor a la creaturas, de espaldas a Dios, edificó una ciudad para este mundo, y esa ciudad, llena de orgullo y vacía de fe, termina hundiéndose, ya se llame Jerusalén o Babilonia.
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Pero hay otro amor que es el amor del creador más allá de las creaturas, y ese amor va edificando otra ciudad, laaquí o esidad de Dios. Esta ciudad que se corresponde con la Jerusalén Celeste, tiene su misterio y humilde comienzo en el corazón de los creyentes; por ahora no la vemos aparecer.
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Cristo nos advierte que no debemos decir: "Está aquí o esta allá" (''véase''  ); no podemos dar la dirección, no podemos situarla en un mapa y decir: "Aquí está la Ciudad de Dios".
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Y sin embargo, como dice la Sagrada Escritura, esa es la ciudad de sólidos cimientos, esa es la ciudad que no necesita santuario, esa es la cuidad que no requiere lámpara, esa es la ciudad, morada de Dios, que bella como una perla, hermosa como una novia, está preparada por el mosmo Dios para vivir y para ser morada de vivientes por los siglos.

Revisión del 20:26 31 oct 2008

Fecha: 19961128

Título:

Original en audio: 7 min. 43 seg.


El texto que hemos escuchado del Apocalipsis, en cierto sentido es esa hora que llega para los gentiles. Por eso las lecturas que nos ofrece la Iglesia en este día, nos presentan como dos grandes catástrofes, el hundimiento de dos grandes orgullos: todo el orgullo judío, que se hunde en esa Jerusalén sitiada y pisoteada; y todo el orgullo de todos los pueblos, que se hunde en esa Babilonia convertida en moradad de demonios y pájaros inmundos.

Se trata, entonces, del hundimiento de lo que San Agustín llamaba la Civittas Terrena, la Ciudad Terrena. Porque, como recordamos seguramente, en su obra "La Ciudad de Dios", Agustín dice que hay dos amores y cacad amor edifica lo suyo. El amor a la creaturas, de espaldas a Dios, edificó una ciudad para este mundo, y esa ciudad, llena de orgullo y vacía de fe, termina hundiéndose, ya se llame Jerusalén o Babilonia.

Pero hay otro amor que es el amor del creador más allá de las creaturas, y ese amor va edificando otra ciudad, laaquí o esidad de Dios. Esta ciudad que se corresponde con la Jerusalén Celeste, tiene su misterio y humilde comienzo en el corazón de los creyentes; por ahora no la vemos aparecer.

Cristo nos advierte que no debemos decir: "Está aquí o esta allá" (véase ); no podemos dar la dirección, no podemos situarla en un mapa y decir: "Aquí está la Ciudad de Dios".

Y sin embargo, como dice la Sagrada Escritura, esa es la ciudad de sólidos cimientos, esa es la ciudad que no necesita santuario, esa es la cuidad que no requiere lámpara, esa es la ciudad, morada de Dios, que bella como una perla, hermosa como una novia, está preparada por el mosmo Dios para vivir y para ser morada de vivientes por los siglos.