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		<title>I174005a - Historial de revisiones</title>
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		<subtitle>Historial de revisiones para esta página en el wiki</subtitle>
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		<title>Plataforma: Página creada con «El Evangelio de hoy está tomado del capítulo trece de San Mateo. Seguimos con las comparaciones que utiliza Nuestro Señor Jesucristo, para referirse a lo que es el Reino...»</title>
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				<updated>2015-07-24T16:55:17Z</updated>
		
		<summary type="html">&lt;p&gt;Página creada con «El Evangelio de hoy está tomado del capítulo trece de San Mateo. Seguimos con las comparaciones que utiliza Nuestro Señor Jesucristo, para referirse a lo que es el Reino...»&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;b&gt;Página nueva&lt;/b&gt;&lt;/p&gt;&lt;div&gt;El Evangelio de hoy está tomado del capítulo trece de San Mateo. Seguimos con las comparaciones que utiliza Nuestro Señor Jesucristo, para referirse a lo que es el Reino de Dios, y lo primero que debe quedarnos como enseñanza en este día, es la absoluta centralidad que tiene esta expresión, en la predicación y en la vida de Jesucristo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No se puede entender la misión de Cristo, sin poner muy al centro, lo que significa el Reino, el Reinado de Dios.  Podemos decir que todo lo que Cristo desea, todo lo que Cristo anhela, se condensa en esa expresión: “que Dios reine, que Dios recupere verdaderamente su lugar en nuestra vida”, porque cada pecado es una manera de echar a Dios, es una manera de quitarle la gloria, es una manera de robarle, de usurparle el trono que solamente a Él le pertenece.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Cuando le damos más importancia al poder, al dinero, al placer; cuando ponemos cualquier ídolo como referencia de nuestra vida, como el que gobierna nuestra vida, estamos echando a Dios, estamos quitándole su lugar, estamos robándole su gloria.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Entonces, el primer punto bien importante para hoy; entender que toda la misión de Cristo se puede condensar en esa expresión: “El Reinado de Dios&amp;quot;. Por eso, el Papa Benedicto nos dice: “con Cristo se anuncia y se instaura el Reino de Dios&amp;quot;; Cristo no sólo habla del Reino, sino que con la fuerza de su predicación, con la fuerza de sus exorcismos, con la fuerza de sus milagros, pero sobre todo, con la fuerza de su amor y de su gracia, hace presente el Reino de Dios en medio de nosotros (este es un dato bien importante).&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Luego nos damos cuenta que hay una serie de parábolas que nos presentan al Reino de Dios como un proceso: acuérdate la semilla de mostaza, que luego se vuelve mayor que todas las hortalizas; acuérdate la humildad de la levadura, que luego fermenta toda la masa. Algo parecido tenemos aquí: también hay un proceso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En el texto que se nos presenta hoy, se nos habla de una red que recoge toda clase de peces, y luego viene un proceso: esa red se lleva a la playa y se escogen cuáles son los pescados que sí sirven, y cuáles los que no.   En todas estas breves narraciones que llamamos “parábolas”, en todas estas breves historias que Cristo nos cuenta, hay un proceso: hay un comienzo y hay un desenlace.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y el comienzo siempre tiene esa característica de una puerta que invita a entrar. Aunque te parezca pequeño, el Reino de Dios ya está presente; aunque creas que no es nada, y que no aporta nada, ya está trabajando; aunque creas que no eres digno, ya el Señor de alguna manera te tiene en su red, es decir, el comienzo de estas comparaciones que Cristo utiliza es como una puerta abierta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Centrémonos en el texto de hoy; nos dice Cristo, que el Reino de Dios es como una red que atrapa toda clase de peces, entonces, no te enredes tanto, pensando si eres digno o si no eres digno; no te enredes tanto, pensando si eres de los buenos o de los malos; no te enredes tanto, juzgando quién puede o quién no puede entrar en el plan de Dios.  Lo que nos corresponde a nosotros, por lo menos, en un primer momento, es aceptar el llamado que Dios nos hace a cada uno, por nuestro nombre. Ya vendrá el proceso, el proceso sigue, el proceso avanza.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y aquí viene la segunda parte; si al principio no debemos preocuparnos de si somos muy buenos, o regulares, o malos, ¡sí que hay un llamado!: una vez atraídos por Cristo, ciertamente queremos ser de aquellos que no son arrojados fuera, como los pescados que no sirven para el consumo.  Entonces, aunque el llamado y la puerta, se abren con amplia generosidad para recibirnos, el camino nos invita a crecer, y ese crecimiento de nosotros en el Reino, es también, el crecimiento del Reino en nosotros, es decir, nosotros crecemos en la voluntad de Dios, en la medida en que la voluntad de Dios se hace realidad en nosotros; crecemos en el Reino de Dios, cuando crece Dios en nuestra vida.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Quedémonos entonces con ese triple mensaje: la centralidad del Reino de Dios, la invitación amplia para que acojamos el llamado del Señor, y luego el bendito deber de crecer, para ser en nuestra plenitud, lo que Dios ha querido para nosotros. La única manera de crecer en el plan de Dios, es permitir a Dios, que crezca en nuestros propios planes, en nuestro día a día, en aquello que somos, tenemos, queremos y vivimos.&lt;/div&gt;</summary>
		<author><name>Plataforma</name></author>	</entry>

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