Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El demonio quiere arruinar la obra de Cristo y San Martín nos enseña cómo vencerlo: oración perseverante, humildad para reconocer que todo lo ha recibido y la penitencia para corrección de sus pecados y para pedir perdón por los pecados de los demás.

Homilía smtp012a, predicada en 20211103, con 6 min. y 58 seg.

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Transcripción:

El Tres de Noviembre recordamos y celebramos la memoria de San Martín de Porres, aquel humilde religioso dominico que dio testimonio tan claro de caridad hasta el punto de que la gente lo llamaba Martín de la Caridad. Hoy quiero compartir con ustedes unos pensamientos sobre la victoria que tuvo Martín frente a las acechanzas del demonio. Pocas veces se predica de este tema. Pero yo tuve ocasión de visitar el convento de San Martín de Porres que existe en Lima, donde también están sus restos. También visité la casa de San Martín. Esto fue ya hace años y estoy profundamente agradecido por esa oportunidad. Y en ese convento se recuerda uno de los combates, pero fueron muchos. Uno de los combates que tuvo Martín con el espíritu del mal. Tengamos presente que el demonio quiere arruinar la obra de Cristo. El demonio quiere hacer fracasar lo que Cristo quiere hacer florecer en nosotros.

La verdad es que Cristo quiere que en cada uno de nosotros florezca la santidad. Que cada uno de nosotros sea expresión. Y será una expresión única, expresión de la belleza de la gloria de Dios. Así como no hay dos flores exactamente iguales, no hay dos santos exactamente iguales, y en cada uno de ellos Dios derrama dones particulares, belleza, belleza que refleja algo de su belleza eterna. Por consiguiente, el demonio lo que quiere es arruinar esa obra de santidad, sin importar si la persona es laico o es casado, es religioso, es sacerdote, es obispo, es misionero. Al demonio le interesa arruinar eso. Y de distintas maneras podemos detectar en la vida de Martín de Porres cómo el demonio quería a toda costa arruinar la obra preciosa que Dios finalmente logró hacer, eso es lo más bello, que Dios finalmente la sacó adelante.

Yo quiero mencionar tres o cuatro ataques del demonio para luego que tomemos en cuenta cuáles fueron las armas de Martín de Porres, porque las armas que el Espíritu Santo le dio a él son armas que también nos sirven a nosotros. Y mientras digo esto, caramba, siento dolor de no aplicar todo lo que yo debiera, esas herramientas, esas armas del Espíritu.

Observemos lo primero. Martín de Porres tenía todos los ingredientes para ser un resentido social. Nació por fuera del matrimonio, era hijo ilegítimo, como se decía en aquella época. Nació por fuera del matrimonio. Además, tenía su componente de raza negra, una raza particularmente despreciada en aquel tiempo. Y bueno, ya sabemos que también en nuestro tiempo hay toda una cantidad de situaciones de racismo. Como excluido, no necesariamente contaba con todos los bienes de su papá. Su papá era un hombre de cierto caudal, de cierta riqueza, pero Martín no tenía pleno acceso. Martín, de niño, no tuvo acceso a esos bienes del papá. Entonces, excluido y legítimo marginado, son los ingredientes para un resentido. De hecho, muchas personas llegan al resentimiento social por eso, porque se sienten excluidas, porque se sienten marginadas, porque se sienten rechazadas. Entonces el primer mordisco que el demonio le lanza a la carne de Martín es ese, tratar de llevarlo al resentimiento. Y no lo logró.

Luego nos damos cuenta que aparte de esta marginación, él tuvo que soportar en más de una ocasión insultos, maltrato. Siendo una persona de temperamento amable y más bien alegre, tuvo que soportar eso, el ataque, la agresión. No es solamente el ser marginado, es el ser atacado. ¿Y cuál es la reacción más natural cuando uno es atacado? Pues por defenderse. Muchas veces uno se llena también de rabia, de odio. Ni resentido, ni lleno de odio.

Luego hay otro elemento. A medida que Martín iba progresando en su unión con Dios, vino la gran tentación, esa que se recuerda en el convento de Lima. Cuando el demonio empieza a llenarle la cabeza y a decirle. Oh, qué bueno eres o qué perfecto eres. Qué gran altura de santidad has alcanzado. Claro, todo eso para que dejara las prácticas de oración y de penitencia. Es decir, que si el demonio no lo lograba con el garrote, quería lograrlo con la asquerosa caricia del elogio, de la adulación. Para ser más precisos, son los ataques del enemigo. Pero, Martín se refugia en la oración, se refugia en la penitencia.

Las armas de Martín fueron esas, la oración, la humildad, la fe y la penitencia. Esa fe con la que vivía cada instante de su vida delante de Cristo, tan presente ante Cristo, como si lo tuviera aquí, aquí, aquí nomás. Esa es la fe viva de Martín. Oración perseverante, prolongada. Humildad para reconocer su nada y que todo lo ha recibido. Espíritu de penitencia para corrección de sus pecados. Penitencia también para pedir perdón por los pecados del mundo. Martín de la Caridad ruega por nosotros.

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