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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Vivamos unidos al Señor recordando su Palabra e invocando su Espíritu Santo quien nos ayuda a avanzar hacia la verdad completa para alcanzar la santidad.

Homilía p063017a, predicada en 20240508, con 7 min. y 49 seg.

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Transcripción:

Los Evangelios de estos días están tomados de las conversaciones, podríamos decir del Testamento que Cristo deja a sus apóstoles en lo que les dice después de la Última Cena, son los capítulos 14, 15, 16, 17 de San Juan. Y hay dos temas principales en estas palabras de Cristo a sus discípulos. Por una parte, Cristo les enfatiza la necesidad de unirse a Él, de permanecer en Él. Es la idea que se subraya sobre todo en el capítulo 15, con la imagen de la vid: Él es la vid y nosotros somos los sarmientos, como decir las ramas, y tenemos que estar unidos a Él para poder dar fruto. Ese es el primer gran mensaje que nos trae esta, esta parte de la última Cena, esta conversación de Cristo después de la cena.

La segunda parte, que ya ha ido apareciendo y que cada vez se va a enfatizar más, es el papel que tiene el Espíritu Santo, ese Espíritu que no viene a ser otra cosa, sino a confirmar, a fortalecer, a vivificar la unión que nosotros hemos de tener con Cristo el Señor. De tal manera que, con lo que dice Cristo de la unión con Él a través de la Palabra, se reafirma la unión con Cristo a través de la fuerza del Espíritu. Mira que esa idea es muy preciosa, allá en el capítulo 15 dice Cristo: «Si mis palabras permanecen en vosotros», es decir que la unión con Cristo en el capítulo 15 se da a través de la Palabra, la Palabra de Cristo que permanece en nosotros.

Y luego, por ejemplo, en el texto de hoy, se nos habla de la acción del Espíritu y cómo el Espíritu es el que nos mantiene unidos a Cristo. Nosotros estamos unidos a Cristo y esa unión con Cristo, esa preciosa unión con Cristo, es la que va a realizar el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el que nos va a mantener unidos a Cristo. Entonces, estamos unidos al Señor, primero recordando su Palabra y segundo, acogiendo su Espíritu. Hacemos memoria de Cristo y hacemos invocación del Espíritu Santo, y es esa obra conjunta de la Palabra y la del Espíritu la que nos mantiene unidos a Él. Esa unión con él es lo único que puede hacer que nuestra vida dé fruto. Recordemos que ya Cristo nos dijo: «Sin mí nada podéis hacer».

Pero hay otra idea muy importante que debemos destacar, y es que la obra de la Palabra y la obra del Espíritu no son distintas en realidad, ni están simplemente yuxtapuestas, no. Esta presencia de la Palabra y del Espíritu tiene una mutua confirmación, porque la Palabra nos recuerda la acción del Espíritu y el Espíritu, que es lo que aparece en el Evangelio de hoy, nos conduce a la verdad completa. El Espíritu nos hace avanzar en la verdad, nos permite avanzar en la verdad. Una verdad plena, una verdad completa. Esta luz que nos da el Espíritu, nos ayuda a discernir lo que nosotros escuchamos, porque estamos en tiempos de mucha confusión y tenemos que saber que cuanto más dura es la confusión, pues más necesaria, más necesaria es la obra del Espíritu y más necesario el discernimiento.

¿Cuál es el criterio fundamental en el discernimiento cuando se trata de la Palabra de Cristo, cuando se trata de la sana doctrina? El punto fundamental es, ¿esta nueva enseñanza o esto que pretenden que nosotros aprendamos, niega lo anterior? Por ejemplo, antes se nos enseñaba con claridad, tales acciones son pecado. Ahora nos dicen: Bendigan a los pecadores. Nosotros decimos: Ey, espérate. Lo primero que necesita el pecador es el llamado a la conversión. Entonces hay un documento que nos habla de bendecir a los pecadores, pero no dice nada de llamarlos a la conversión. Tal vez hay una cosa muy, muy, muy disimulada ahí, que para que lleven una vida plena, lo cual cada quien lo puede entender más o menos a su modo, ahí hay un cambio, ahí hay algo que no funciona. Eso tenemos que tenerlo claro, sin escandalizarnos más de la cuenta, sin hacer el peor de los dramas por eso. Pero tenemos que ser claros, tenemos que saber, esa no es nuestra fe.

Nuestra fe es que nosotros acogemos, claro que acogemos a los pecadores, pero nosotros acogemos a los pecadores y pecadores somos nosotros mismos, por la misma razón por la que Cristo los acogía, dice en el Evangelio de Lucas que Cristo acogía a los pecadores: He venido a llamar a los pecadores, dice él mismo, para que se conviertan. Entonces, si anda, por ejemplo, por ahí un sacerdote promoviendo y promoviendo la acogida de las personas LGBT, y lo promueve por todas partes y nunca, nunca aparece un llamado a dejar el pecado que implica la práctica homosexual, pues esa persona no está siguiendo el Evangelio de Cristo, esa manera de obrar no es acercarnos a la verdad completa, ese no es, ese no es el mensaje cristiano. Por consiguiente, esa persona está desviando, está extraviando a los que le siguen, ese sacerdote está extraviando a los que le siguen.

Bueno, tomemos esta enseñanza. Vivamos unidos al Señor, recordando Su Palabra, invocando su Espíritu y avanzando con la ayuda del Espíritu hacia la verdad completa, que no será negar las verdades que hemos aprendido, sobre todo las esenciales, que existe el pecado, que es necesaria la conversión, que necesitamos crecer en la virtud y evitar el vicio, y que solo con la ayuda del mismo Espíritu podremos alcanzar esa plenitud a la que Dios nos llama y que se llama santidad. Amén.

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