Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Dejemos de oponer doctrina y misericordia; más bien descubramos que quien sabe enseñar bien, quien comparte la verdad de Dios hace una obra de misericordia que no morirá nunca.

Homilía p063014a, predicada en 20210512, con 5 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Hoy hay una tentación que ronda por ahí y es la tentación de oponer la doctrina y la misericordia, algo así como oponer la verdad y el amor. Algunos piensan que la doctrina, es decir, que el conocimiento teológico serio y fundamentado, la doctrina, es decir, por ejemplo, el Derecho canónico o las disposiciones para la liturgia, toda esa, toda esa parte doctrinal, es opresiva, opresiva, es decir, limita a las personas, se convierte como en una especie de absoluto que no deja la libertad del Espíritu y que cierra las puertas a la misericordia. Mientras tanto, la misericordia se suele representar como una especie de manera de romper con la ley, es decir, si la ley es lo opresivo, entonces romper con la ley es lo liberador y ahí es donde aparece la misericordia. Claro, quienes piensan de esa manera y quienes la predican creo que no están tomando suficientemente en serio lo que dijo Jesucristo: «Yo no he venido a abolir la ley», eso dijo Cristo, «Yo no he venido a abolir la ley». Parece que no toman suficientemente en cuenta estas palabras que son vitales.

La verdad es que, en una recta predicación, en un anuncio correcto de la ley y en un anuncio correcto del Evangelio, nos damos cuenta que la doctrina y la misericordia van unidas y que, de hecho, dar la sana doctrina es un acto de misericordia, óigame eso por favor, óigame eso porque es que el Evangelio de hoy relaciona al Espíritu Santo que es el amor mismo de Dios, lo relaciona con la verdad, dice: «Los conducirá, el Espíritu Santo, los conducirá a la verdad completa». Oiga eso, el amor que nos conduce a la verdad, si te das cuenta cómo no están rotos, como no están separados, como si están conectados, ¿si te das cuenta lo conectados que están? Es el amor de Dios el que nos va a conducir a la verdad completa, es una maravilla eso, es una maravilla, es algo muy importante, es algo que no debemos olvidar.

Y repito la frase que dije antes, mira, cuando nosotros hablamos de la misericordia, casi siempre cometemos el error de relacionar la misericordia solamente con el aspecto corporal, es decir, vamos a ayudar dándole de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedando al que no tiene techo. Y ahora se habla también, y está muy bien que se hable de eso, de otras obras de misericordia, como por ejemplo, facilitar las vacunas para aquellos que son más vulnerables, todo eso es verdad y todo eso es misericordia. Pero por favor, que no se nos olviden las obras de misericordia espirituales, como por ejemplo, dar buen consejo al que lo necesita, o también aquello de orar por los vivos y los difuntos, eso también es misericordia. Y ahí es donde descubrimos que no hay una verdadera distancia entre la verdad y la misericordia, porque dar la verdad, la verdad que muestra quién es Dios, cuál es el plan de Dios, cuánto te ha amado Dios, qué ha hecho Dios por ti. Esas son las verdades, esas son las verdades que estamos llamados a mostrar, que estamos llamados a enseñar, que estamos llamados a compartir.

Y en esas verdades hay una gran misericordia, sobre todo por estas dos razones. Mira, resulta que cuando nosotros hablamos del dar de comer, que está muy bien, repito, y que es una obra de misericordia, esa obra de misericordia dura un tiempo, dura un tiempo, y aunque tú alimentarás durante el resto de su vida a aquella persona, queda toda una eternidad. Por eso dice sabiamente San Agustín que en el cielo esas obras de misericordia cesan, ya no siguen, ya no más, ya no hay que alimentar a los hambrientos en el cielo. En cambio, si tú has compartido la verdad de Cristo, si tú has compartido la verdad del valor de la sangre de Cristo, si tú has compartido la posibilidad del perdón y de la acción del Espíritu con aquél que tiene cerca ese bien, ese bien durará hasta la eternidad, para siempre, para siempre, eso no se destruye nunca.

Resumen, dejemos de oponer doctrina y misericordia, y más bien descubramos que el que sabe enseñar bien, el que sabe compartir, el que de verdad comparte la verdad de Dios, hace una tremenda obra de misericordia, una obra que no morirá nunca, nunca, que siempre estará ahí. Es importante la misericordia corporal, pero no nos olvidemos de la gran misericordia que está en la luz de la verdad y en el anuncio de la salvación.

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