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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Lo que aprendió el apóstol San Pablo de su fracaso en la ciudad de Atenas es un verdadero ejemplo de cómo reacciona un auténtico evangelizador cuando las cosas no salen como se había deseado.
Homilía p063013a, predicada en 20200520, con 26 min. y 14 seg. 
Transcripción:
Mis amados hermanos, hay palabras que se ponen de moda y a veces esas modas pueden llegar a fastidiarnos un poco, pero otras veces pueden también enseñarnos algo. Una palabra que se repite mucho hoy, es la palabra resiliencia, es una palabra que se ha vuelto muy popular recientemente. La definición típica de la resiliencia es la capacidad de asimilar los fracasos, las caídas y, sin embargo, levantarse y continuar. Es como una especie de resistencia, pero no una resistencia pasiva que simplemente aguanta los golpes, sino una especie de resistencia sabia y activa que después de un fracaso y después de aprender, quizás unas cuantas lecciones, se levanta. Yo creo que los tiempos en los que estamos viviendo, la resiliencia es algo muy necesario. Todos sabemos que las cifras de desempleo, por ejemplo, y otros indicadores económicos, dan para preocuparnos y preocuparnos mucho. Personas que han hecho grandes inversiones en el mercado de valores, personas que han metido años de su vida y un capital generoso en tratar de sacar adelante una empresa, en estos momentos se preguntan si de verdad van a poder cosechar lo que con tanto esfuerzo sembraron.
Lo mismo podríamos decir de aquellas personas que se han visto aquejadas en su salud. Ayer nada más, estaba mirando un artículo que hablaba sobre estudios que se están haciendo, sobre las consecuencias a mediano y largo plazo de este virus, el causante del COVID-19. Ese virus, pues no, es simplemente que queda vencido por el sistema inmunológico de la persona, sino parece que por lo menos en algunos pacientes deja consecuencias a largo plazo. Esto significa que las personas que han sufrido estas consecuencias de la enfermedad, seguramente tienen que plantearse cómo van a reorganizar su vida después de una crisis que en algunos casos ha sido extremadamente grave. Conozco ya personas que han estado en cuidados intensivos, personas que han estado con la ayuda de estos ventiladores o respiradores que, precisamente, auxilian a los pulmones para que pueda llegar una porción mayor de oxígeno y lograr así sostener su vida. O sea que por muchos aspectos económicos, emocionales, de salud, necesitamos esta resiliencia.
Quiero destacar el papel del aspecto emocional, los primeros días de confinamiento, cuando esta epidemia se volvió pandemia, los primeros días, por supuesto que la preocupación mayor era en el aspecto físico, orgánico. Pero después de tantas semanas de encierro, hay elementos psicológicos y emocionales que están indudablemente afectando a muchas personas con una característica, y es que cuando uno está afectado emocionalmente, muchas veces uno no es el primero en darse cuenta, sino las personas que viven con uno. No te habrá pasado, tal vez, que la gente de tu propia casa te dice: Oye, estás un poco impaciente, estás muy irritable, o tal vez en otro sentido: Se te ve muy decaído, ¿de verdad estás bien? El tema es que, quizás las mismas personas que nos hacen esos diagnósticos, también están pasando por un momento muy complicado. Y esas personas también tienen su propia carga de inquietudes, preocupaciones, desesperanza, frustración, tristeza, irritabilidad. Todas estas son características propias de una exigencia emocional tan fuerte como la que muchos estamos experimentando, unos en mayor grado, otros en menor grado. Pero de verdad estamos afectados muchísimos.
Y hay que tener la humildad, hay que tener la sensatez y la humildad para decir: Yo, yo estoy afectado, yo. Es aquí donde la virtud de la resiliencia, que es un derivado de la gran virtud de la fortaleza. Acuérdate que son cuatro las principales virtudes humanas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. Bueno, la resiliencia es una hija muy importante de la virtud de la fortaleza y vale la pena tenerla muy presente en estos días. Pero ¿por qué estoy hablando de la resiliencia, aparte del hecho obvio de que es una virtud tan necesaria en nuestra época? Estoy hablando de esa virtud, que ya dije es hija de la virtud de la fortaleza, porque en el texto de la primera lectura de hoy encontramos un verdadero ejemplo de resiliencia.
Efectivamente, lo que tenemos en esa primera lectura, tomada del capítulo número 17 de los Hechos de los Apóstoles, solo se le puede dar un nombre: fracaso. Y estamos hablando de uno de los mejores predicadores, uno de los más grandes teólogos, un santo absolutamente fuera de serie, un apóstol con todas las letras, estamos hablando de San Pablo y estamos hablando de fracaso, golpe bajo, caída, morder el polvo, el nombre que le quieras dar, fracaso de Pablo. Y ¿en dónde fracasó? En la capital intelectual del mundo entonces conocido. No cabe duda, mis hermanos, que la ciudad de Atenas, a la vista de todo aquel mundo, era la capital intelectual. Mira, era tan importante la lengua griega que, en todas las costas del Mediterráneo, la lingua franca, la lengua para entenderse, no era el latín de los romanos, era el griego. Una versión relativamente simplificada del griego, no exactamente griego clásico, una versión modificada y simplificada del griego que era conocido como «koiné glotta». Claro que ese término es femenino en griego, «koiné glotta», quiere decir la lengua común. Koiné quiere decir común, de ahí viene koinonía, vida en comunidad, comunión fraterna.
Entonces, si los romanos habían vencido, por decirlo de alguna manera, se habían impuesto sobre todos esos territorios inmensos con su poderío militar, sus leyes y su genio administrativo, debemos decir que, con otras armas, las armas de la inteligencia, Grecia había logrado imponerse en todo ese espacio, no solo por el tema de la lengua, también por el tema de la religión. La religión romana quedó completamente modificada y, en cierto sentido, adaptada al culto griego, de modo que las deidades griegas fueron adoptadas y adaptadas por los romanos. Y así encontramos que el Zeus de los griegos se convirtió en el Júpiter de los romanos, la Hera, con H, de los griegos se convirtió en la Juno de los romanos, la Afrodita de los griegos en la Venus romana, el Ares de los griegos en el Marte de los Romanos, el Hermes de los griegos en el Mercurio de los Romanos, y así sucesivamente.
Es verdad que también los romanos tenían una especie de panteón, ellos eran politeístas, por supuesto, también los romanos tenían una especie de panteón, pero el panteón romano, en realidad, recibió la mitología y recibió la cultura griega. Además, los romanos, cuando llegaron a tierras griegas, tuvieron la sensatez de dejarse enseñar, de modo que muchos de los esclavos griegos adquirieron lugares de alta posición social en el Imperio Romano. Tal vez uno de los ejemplos más conocidos es aquel hombre llamado Esopo, ¿has oído hablar de las fábulas de Esopo? Pues Esopo era un esclavo griego y, sin embargo, su cultura, su genio literario, impactó notablemente a los romanos, de modo que llevó una vida que, en cierto sentido, era superior a la de muchos romanos, aunque éstos fueran ciudadanos libres.
Así que Grecia era la potencia intelectual de la época, y dentro de Grecia, ninguna ciudad podía disputar con Atenas, la gran ciudad de Sócrates, la ciudad donde inició también su labor filosófica un Platón, aunque luego se fue de ahí. El lugar de las grandes discusiones, la plaza, el lugar público pues, donde habló, donde predicó el apóstol Pablo, esa plaza fue el lugar donde se sucedieron las grandes discusiones filosóficas, incluyendo las de las escuelas epicureístas y estoicas, ahí, en esa plaza, de modo que el genio intelectual de los griegos podíamos decir que se respiraba en ese lugar que se conocía como el Areópago. El Areópago era la plaza pública para los asuntos administrativos, políticos, las grandes decisiones económicas y judiciales, también para la filosofía y la religión, ahí estaba el Areópago.
Y Pablo llega a ese lugar, no podemos negar que en ese momento él tenía que tener cierta expectativa, no porque buscara, seguramente una grandeza propia, no era su obsesión su propia grandeza, pero si quería, si quería conquistar, claro que sí, quería conquistar a aquella potencia intelectual que, a su vez, había conquistado al mundo de entonces. Y Pablo, podríamos decir, puliendo al máximo, elevando a su máxima potencia las destrezas notables que tenía como orador, soltó este discurso que hemos oído en la primera lectura y que es considerado como una de las piezas oratorias más célebres y mejor trabajadas de todos los tiempos. Por ese lado, alegrémonos. Pero después, entristezcamos nos hermanos, porque el fruto que obtuvo fue burla, el fruto que obtuvo fue desprecio. Fíjate, como dice el texto que hemos oído: Cuando habló de resurrección de los muertos, unos lo tomaron a broma, otros dijeron sí, sí, sí, de eso te oímos después.
Despreciado y burlado, Pablo tiene que retirarse de ese grupo, en quien él indudablemente esperaba encontrar semilla para una comunidad cristiana, porque ciertamente esa fue su labor como apóstol, sembrar con el poder de la Palabra y con la unción del Espíritu, sembrar comunidades que sirvieran para que se extendiera el Evangelio de Jesús. Pero ya ves cómo fracasó y ya ves cómo, en esas circunstancias, le toca retirarse sin apenas cosechar algún fruto. Hubo algún fruto, se nos habla de una mujer llamada Dámaris y se nos habla de un hombre llamado Dionisio y unos pocos más. Realmente poco cuando pensamos cuántos frutos le concedió Dios a Pablo en otros lugares, ver que aquí solo un puñado de personas parecían estar dispuestas a realmente interesarse por Jesucristo. Eso tuvo que haber sido un golpe fuerte para Pablo, eso no es tan sencillo. Por eso decimos: Se vio en el piso, se vio caído, se vio fracasado.
Pero dice aquí, es la frase final del texto de hoy: «Después de esto, dejó Atenas, dejó Atenas y se fue a Corinto». Ah, la situación en Corinto va a ser completamente diferente, completamente diferente. En la Biblia, nosotros no tenemos primera carta del apóstol San Pablo a los atenienses, eso no tenemos. ¿Qué tenemos? Primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios. Pero no es solamente el valor de levantarse de un fracaso y volver a intentar en otro lugar, no es solamente eso. La verdadera resiliencia siempre supone aprender y Pablo aprendió. No puedo extenderme demasiado, pero si tú miras los capítulos primero y segundo, especialmente el capítulo primero de la primera carta a los Corintios, ahí puedes ver todo lo que Pablo aprendió de este fracaso. Porque el lenguaje que utilizó Pablo con esta gente que era tan adicta al buen discurso, al pensamiento lógico y a la oratoria de la más alta calidad, esa estrategia que utilizó Pablo en ese momento, ya no la va a utilizar en Corinto.
Mira el lenguaje que utiliza Pablo en Corinto: «Entre vosotros no me precié de saber nada, sino solo a Cristo crucificado». Solo a Cristo crucificado, nada más. Es decir, que él cambió radicalmente de estrategia. Si le vemos en el pasaje de hoy, presentarse con esa, llamémosla altura intelectual, si le vemos hablar con esa fluidez y como tan seguro de sí mismo, mira lo que nos dice la Primera carta a los Corintios, en tono autobiográfico dice el mismo apóstol, al que hoy vemos aquí fracasar, mira lo que dice: «Cuando llegué a vosotros me presenté débil y temeroso». Y además, amigos queridos, tenemos indicios de que el apóstol Pablo, cuando llegó a Corinto, no solo llegó fracasado, sino que llegó enfermo. ¿Qué enfermedad tenía? No lo sabemos. Pero él habla también en su Primera carta a los Corintios, él habla de cómo su aspecto no era amable, sino más bien repulsivo, quién sabe, tenía algún tipo de infección, algún tipo de llagas, algún tipo de ampollas, porque es algo que tiene que ver con su aspecto, enfermo, agotado, sin dinero, fracasado, temeroso y, sin embargo, siempre apóstol del Señor, siempre, siempre. Es admirable, es absolutamente admirable.
Es admirable que hay personas que han hecho de sus fracasos, incluso un camino para la evangelización. Cómo no recordar aquí al Padre Damián, el gran apóstol de los leprosos. El júbilo del Padre Damián, que durante tanto tiempo estuvo sirviendo a una comunidad de leprosos, la lepra no es una enfermedad especial o particularmente contagiosa, pero puede llegar a serlo. Y en el caso del Padre Damián, así sucedió. Y el día que la lepra empezó a desarrollarse en él, con júbilo, les dice a aquellos hermanos leprosos, les dice: Hoy más que nunca os puedo llamar hermanos. También yo soy leproso. Fíjate cómo él convierte lo que, para cualquiera de nosotros sería un fracaso y sería un motivo de angustia, de preocupación: Ahora, ¿qué va a pasar conmigo? Fíjate cómo él lo convierte, casi diríamos, en un timbre de gloria, en una especie de medalla o de pergamino que le acredita aún más para servir. Esos son los santos, han hecho de sus fracasos una manera de mostrar la victoria del Señor.
Pero mucho antes del padre Damián y mucho antes de los santos de nuestra Iglesia Católica, miremos el ejemplo de una mujer, capítulo cuarto de San Juan, estoy hablando de la samaritana. Fíjate lo que dice esta samaritana, ella dice, cuando empieza a evangelizar, le dice a la misma gente que la conocía, la misma gente que sabía que ya ella llevaba cinco o seis esposos, la misma gente que sabía que era mujer para mantenerse lejos de ella, la misma gente que muchas veces la había mirado con desprecio o con ira, a esa misma gente habla la samaritana con estas palabras: «Hay un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho». Eso es humillarse demasiado, porque con esas palabras ella estaba reconociendo su pecado públicamente. Aquí hay un hombre que me ha dicho todo lo que yo he hecho, y hubiera podido añadir: Y lo que todos vosotros conocéis. Esa samaritana después añade, como invitando por el suave atractivo de la curiosidad, invitando a todo ese pueblo a que vaya donde Jesús, mira lo que ella añade, esta pregunta tan inteligente: «¿No será éste el Mesías?». Y efectivamente lo logró, muchísima gente de la población de Sicar fue donde Cristo y fueron convertidos por Cristo. Y luego le decían, con una forma de agradecimiento, que es un poco extraño: «Ya no, ya no creemos por lo que tú nos dijiste. Nosotros sabemos que Él es».
Entonces, mis hermanos, hay gente que ha aprovechado los momentos duros para eso, los momentos duros, los momentos de caída pueden servir para humillar nuestro ego y nos duelen. Pero hagámonos esta pregunta ¿no será que necesitamos un poco que se humille nuestro ego? Porque precisamente el primero entre todos los ególatras, quién es, sino Satanás. Y no es verdad que la soberbia es el enemigo número uno, enemigo número uno de la especie humana y sobre todo del que quiera llamarse cristiano. Por algo, mis hermanos, dijo el apóstol San Pedro: «Dios resiste a los soberbios». Y hubiera podido añadir, como viendo en ellos la pezuña, la garra de Satanás, Dios resiste a los soberbios, pero acoge a los humildes. Entonces, que una vez que otra nuestro ego se vea roto y por el piso, aunque nos dolerá, nos dolerá en el alma. Y yo creo que hay muchos que hemos tenido fracasos de unos colores y de otros. Pero, aunque suceda eso, y aunque lleguen esos fracasos, mis hermanos. ¿No será que eso también es medicina, por lo menos medicina para que cortemos con la fuente del veneno, que no es otro, que no es otra, sino el mismo diablo, el mismo Satanás?
Por eso, mis hermanos, el cristiano tiene un motivo adicional para cultivar la virtud de la resiliencia. No es solamente aquello que a veces nos dicen: Bueno, me voy a levantar porque yo soy fuerte, porque yo puedo, porque no me voy a dejar, porque, aunque me caiga, yo me levanto. Esa actitud puede llevarnos a una nueva forma de egolatría. Más hermoso es lo que dice el cristiano, más hermoso es lo que dice la Biblia, busca y encontrarás que en el Salmo 118 se dicen estas palabras: «Me estuvo bien el sufrir, porque así aprendí tus justos mandamientos». El cristiano no ha de ser una persona que simplemente se centra de nuevo en sí mismo y dice: Sí, me dieron duro, me derribaron, pero yo me levanto. O como dice la canción famosísima «I will survive», sobreviviré, me levantaré.
¿Por qué no aprovechas? Está bien que sigas adelante y te felicito, eso se llama resiliencia. Pero ¿por qué no aprovechas para aprender unas cuantas lecciones? Y tal vez una de ellas es: Me cae bien, me llega bien que se rompa mi ego. Me viene bien uno que otro fracaso, me viene bien. Y así, mis hermanos, nosotros estaremos tras las huellas de un apóstol tan grande como Pablo y estaremos, sin duda, descubriendo en nosotros fuentes vivas. Porque las fuentes del orgullo son como las cisternas agrietadas que vio en su profecía Jeremías: «Este pueblo se excava cisternas agrietadas que no pueden retener el agua». Dejemos esas cisternas agrietadas y vayamos a la fuente viva, vayamos al Señor Jesucristo, lleguemos donde Él para decirle: No entiendo, ni tengo que entender qué fue lo que falló, pero yo sé una cosa, Jesús, tú no fallas. Tú, Señor, tú no fallas, no me vas a fallar. Y unido a ti, yo también conoceré la victoria. Amén.

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