Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En la medida que se cumple el Evangelio en nuestra vida percibimos de un modo nuevo y maravilloso cuánta Verdad hay en la Palabra de Dios.

Homilía p063011a, predicada en 20190529, con 6 min. y 51 seg.

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Transcripción:

El Evangelio de hoy está tomado del capítulo 16 de San Juan. Como buen pedagogo, nuestro Señor Jesucristo quiere despertar en nosotros, mediante ejemplos y comparaciones, despertar el deseo por el don del Espíritu Santo. Efectivamente, con una frase que se me quedó desde mi juventud, bien podemos decir que Dios, nuestro Dios, es un Dios ganoso de darse, con ganas, con deseo de entregar sus dones a nosotros. Una vez decía el Papa Francisco: Dios está más dispuesto a perdonar que nosotros a pecar. Esa misma frase la podemos utilizar, con toda verdad, para otros atributos de Dios, por ejemplo, Dios está más dispuesto a amar que nosotros a dejarnos amar. Dios está más dispuesto a concedernos sus dones que nosotros a recibirlos, porque el problema no está en el lado de Dios, el problema no es que Dios sea corto en la generosidad, sino que nosotros somos cortos en el deseo.

Haciendo la comparación con un banquete, no es que Dios tenga poco para darnos en el banquete, es que muchas veces somos nosotros los que tenemos bajo y pobre apetito frente a todas las riquezas, frente a todo el alimento nutritivo y dulce que Él quiere darnos. Por eso Cristo quiere acrecentar en nosotros el apetito, por eso Cristo quiere contarnos cuáles son esos hermosos y grandes bienes que el Espíritu Santo puede concedernos. De modo que nosotros, conociendo y apreciando lo que viene, crezcamos en el deseo y aumentando el deseo, podamos recibir más, porque Dios, repito, realmente quiere darnos mucho más.

Hay otra comparación que es de Santa Catalina de Siena y que siempre me ha gustado, dice esta Santa refiriéndose a la Eucaristía, pero igual vale para todos los dones de Dios, que el Señor lo que nos ofrece en la Santa Eucaristía es como una hoguera inmensa, de hecho, infinita de amor, pero que cada persona se acerca a esa hoguera con distintos elementos. Hay personas que se acercan a la hoguera con un pequeño fósforo, es apenas una cerilla, y la persona que va a la hoguera con un fosforito, pues lo único que se lleva es el poquito de luz que cabe en ese fósforo. Si una persona lleva una vela, un cirio más grande, es otra cosa lo que lleva. Y si una persona lleva un cirio gigantesco, como esos que se utilizan en las catedrales para el cirio pascual, si eso es lo que tú llevas, y ese es el hambre que tú llevas, pues entonces de la Eucaristía tú tomas un manantial tremendo de luz, una gran cantidad de claridad, porque según sea tu apetito, así también será lo que recibirás.

Cristo nos dice, por ejemplo, hoy, que el Espíritu Santo nos llevará a la verdad completa. La verdad es algo, según nos enseña Santo Tomás de Aquino, es algo que siempre está presente en el corazón humano. El deseo de la verdad es algo tan arraigado que, incluso las personas que tienen por costumbre mentir no quieren que les mientan, sino que les digan la verdad. Todo el mundo quiere la verdad, incluso si la verdad es una mala noticia, buscamos la verdad. Todavía no he conocido a la primera persona que vaya al médico y le diga: Doctor, dígame una buena mentira. No, la persona lo que le dice es: Dígame la verdad, si es una mala noticia, si es grave lo mío, yo quiero saberlo. La verdad es algo que no podemos dejar de desear, nos enseña Santo Tomás de Aquino. Y por eso, cuando Cristo dice que el Espíritu Santo nos va a llevar a la verdad completa, indudablemente está tocando una fibra muy profunda de nuestro ser, algo que no podemos dejar de desear.

Pero la verdad a la que se refiere Cristo en este texto, no es algo tan elemental como un dato, digamos, del clima, no es algo ni siquiera que tiene la profundidad de la ciencia o de la filosofía. Es algo todavía más profundo, porque la verdad de la que está hablando Cristo aquí es esa verdad que va a aparecer en su bendita oración sacerdotal: «Que te conozcan a ti, Padre celestial y a tu enviado Jesucristo», es esa clase de verdad. ¿De qué manera el Espíritu nos conduce a esa verdad completa? La mejor manera cómo puedo explicarlo es cuando uno mismo se da cuenta que las palabras de Cristo y las palabras del Evangelio tienen como niveles de profundidad y que a medida que uno va avanzando en la vida y, seguramente, uno va creciendo algo en la vida espiritual, uno va encontrando mayor profundidad en esas palabras.

Por ejemplo, piensa lo que significa: «Yo soy la vida», Cristo dice que Él es la vida, que Él es el pan de vida. Piensa lo que significa esa frase para un cristiano común y piensa lo que puede significar esa frase para una Catalina de Siena o para una Martha Robin que vivieron meses, incluso años, únicamente alimentándose de la Eucaristía. Tanto Martha Robin como este servidor hemos oído la misma frase, que Cristo es el pan de vida. Pero cuando una persona ha pasado por cosas tan absolutamente profundas e incluso extraordinarias, incluso místicas, como las que han vivido personas, como esta mujer, te aseguro que ella encuentra en esa frase una verdad que ni tú ni yo alcanzamos a imaginar. Es decir, a medida que vemos cuánto se cumple el Evangelio en nuestra propia vida, percibimos de un modo nuevo y maravilloso cuánta verdad hay ahí. Demos gracias al Señor y pidamos que el don del Espíritu Santo nos lleve a una verdadera profundidad, a una verdadera coherencia en nuestra vida cristiana.

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