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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El sentido pleno de la Escritura no se alcanza por la sola vía del estudio sino que se completa solamente cuando esa palabra se realiza en la historia humana.
Homilía p063008a, predicada en 20150513, con 7 min. y 13 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, una de las joyas del Concilio Vaticano II es la Constitución Dogmática Dei Verbum, es el documento del Vaticano II que se refiere a la Sagrada Escritura. Entre muchas cosas importantes que nos enseña este documento está el hecho de la relación que hay entre las palabras y los hechos, nos dice Dei Verbum que Dios se revela en palabras y en hechos. Dando un paso más, nos enseña que las palabras iluminan los hechos, es decir, los acontecimientos, lo que a uno le pasa, la historia. Las palabras iluminan los hechos y los hechos confirman las palabras, de manera que éstas no sean solamente palabritas. Hay esta relación intrínseca entre palabras y hechos. Antes del Vaticano II, el cardenal Yves Congar, dominico, decía una cosa semejante y profundamente cierta, refiriéndose al mandato del Señor resucitado que tenemos que ir a evangelizar a todo el mundo, o como dice San Marcos, a toda la creación. Dice el cardenal Congar, de benemérita memoria: ¿Qué significa evangelizar a todo el mundo? Solo lo sabremos cuando lo hayamos hecho.
Esa frase, ese pensamiento de Congar, tiene una relación con lo de la Dei Verbum. Y sobre todo nos enseña que las palabras, particularmente las palabras de la Escritura, para ser comprendidas en su plenitud, no basta simplemente un esfuerzo racional, ni es un problema de capacidad intelectual. Hay secretos que las palabras tienen, secretos que solo aparecen cuando esas palabras tropiezan con el pedernal de la vida. Así como el metal y el pedernal no sueltan chispas separados el uno del otro, sino solamente cuando choca el metal contra el pedernal, surge la chispa, así también hay secretos preciosos de la Palabra divina, hay secretos maravillosos de la enseñanza de Cristo que solo llegaremos a entender cuando las circunstancias mismas de la vida, con su propia dureza, sirven como de pedernal y entonces, aparece la chispa. Y esa chispa es la que Cristo compara con la iluminación progresiva del Espíritu Santo a la comunidad creyente.
Es el Espíritu el que va acompañando a la misma comunidad, es el Espíritu el que va guiando al pueblo creyente, esos somos todos nosotros, de manera que podamos experimentar la verdad de la Palabra cuando nos sucede lo que nos tiene que suceder. Muchas veces las palabras que uno aprende en una catequesis, como decir primera comunión o confirmación, son palabras que quedan un poco en abstracto. Sí, recuerdo mi propio proceso, pienso, por ejemplo, en la palabra cruz. La palabra cruz es una palabra que a uno le queda un poco vacía. Hace referencia a que Cristo sufrió un montón y que eso fue terrible, fue escandaloso, fue cruel y fue sucio, hasta ahí llega el significado de la palabra cruz. Pero luego va pasando la vida y hay circunstancias en que los textos bíblicos que hablan de la cruz de repente se iluminan ante nuestros ojos, surge la chispa, aparece la acción del Espíritu y uno empieza a comprender lo que eso quiere decir.
Si pensamos en la Iglesia en su conjunto, podríamos hablar de la evolución homogénea del dogma católico, título de una obra muy famosa. Podríamos hablar, por ejemplo, de los concilios, especialmente del primer milenio, concilios que se vieron en la colosal tarea de definir nuestra fe en términos que la misma Biblia no hace, y fue necesario acudir a categorías nuevas y a su vez reformar esas categorías, categorías como persona, sustancia, naturaleza. Hubo que tomar palabras nuevas, hubo que forjar como un herrero forja, hubo que forjar conceptos nuevos para poder decir qué es lo que Dios nos ha dado en su Hijo Jesucristo. Lo más hermoso de esto es darnos cuenta de que la palabra divina es una palabra viva, no es una palabra que agotamos con un doctorado en Sagrada Escritura, no es una palabra que se agota en publicaciones científicas, sino es una palabra que está depositada en nuestro corazón, en el corazón de la Iglesia para dar su fruto, para esparcir su perfume, para iluminar con su belleza nuestra propia vida.
Desde esa convicción, les invito a que sigamos esta celebración eucarística, sabiendo que llevamos ese tesoro y sabiendo que, si somos dóciles, si somos orantes, los acontecimientos de la vida no apagan ni oscurecen la palabra, sino que, al contrario, nos van mostrando luces inesperadas. Las personas que han llevado este proceso hasta el final son los santos, y entre los santos, particularmente los mártires. Yo pienso que frases como aquella de Cristo: «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere», una frase de esas que más o menos la entendemos los que estamos aquí, cuando uno está a punto de ser devorado por las fieras, como le pasó a San Ignacio de Antioquía, en ese momento, esa palabra simplemente te llena el cielo entero. Yo espero que nuestra fidelidad al Señor, nuestra entrega a Cristo, nos permita experimentar lo mismo con esa y con otras palabras.
Porque lo que celebramos en la Misa también tiene palabras de Cristo. Cómo sería nuestra vida cristiana si un día llegáramos a entender lo que quiere decir eso de: «Esto es mi Cuerpo», el día que eso le llega a suceder a un sacerdote, yo pienso que se convierte el día que eso le llega a suceder a una persona, como le pasó a Catalina de Siena, empezó a pedir cosas absurdas, por ejemplo, que se celebrará la misa todos los días, eso no existía antes de Catalina. Pero el día que ella empezó a entender eso aceleró la Iglesia, le puso un nuevo cambio, una nueva velocidad a la Iglesia. Y ese es el tipo de experiencia que el Espíritu trae a nuestra vida. Que la intercesión de María Santísima, que recordamos con cariño hoy, acelere ese proceso en nosotros y nos haga conscientes del tesoro que llevamos en nuestro corazón. Amén.

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