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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Aunque fracasara, Pablo nos dejó señal de los dos grandes puentes que unen los anhelos religiosos de todos en todas partes: trascendencia y cercanía.
Homilía p063007a, predicada en 20150513, con 5 min. y 19 seg. 
Transcripción:
La primera lectura de hoy ha sido tomada del capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles. Puede decirse que estamos acompañando la misión de San Pablo, en el capítulo 16 lo vimos en la ciudad de Filipos, que fue su puerto de entrada, su camino de entrada al continente europeo. Hoy lo encontramos capítulo 17 en la ciudad de Atenas, conocida por supuesto, por la historia de toda la civilización occidental y especialmente, por la historia de la filosofía. Podemos decir que el discurso del apóstol Pablo en Atenas es uno de sus discursos más elaborados intelectualmente, más finos. Lamentablemente, no dio mucho fruto. Y las lecciones que aprendió Pablo de esa escasez de fruto, van a florecer después en otra comunidad, también en Grecia, la comunidad de Corinto, porque después de salir de Atenas, sin mayor fruto en sus manos, Pablo fue para Corinto y ahí la cosa fue distinta, con otras dificultades, pero fue distinta.
¿Qué fue lo que pasó en Atenas? Atenas tiene toda esa tradición filosófica y entonces Pablo quiso, de alguna manera, acercarse al modo de razonar de aquellos griegos, de aquellos atenienses, y su manera de acercarse fue básicamente tendiendo dos puentes con los pensamientos que eran comunes en el mundo pagano, ideas que tenían más o menos circulación dentro del mundo pagano. Primero, aquella idea de que debe haber algo más, ese anhelo de trascendencia que podemos llamar religiosidad natural.
Pablo apela a esa religiosidad natural y toma como punto de partida una cierta estatua que había en Atenas que se llamaba la estatua al Dios desconocido. Eran tan supremamente obsesionados con la religión estos atenienses que no solo tenían templos para las distintas deidades de la época, como decir Zeus, Hera, Hermes, Hefestos, sino que también habían reservado una estatua por si acaso se les había olvidado algún dios importante. Entonces, tenían una estatua al Dios desconocido. En esa estatua, en esa escultura, Pablo ve una señal clarísima de cómo el ser humano necesita siempre trascender, ir más allá. No le basta quedarse con las cosas de este mundo.
El segundo puente que trata de utilizar el apóstol Pablo es el puente de la relación nuestra con esa divinidad, es decir, aquella frase que se cita precisamente en la lectura de hoy: «Somos estirpe de los dioses». Es curiosa la situación del ser humano, porque al mismo tiempo siente que está llamado a algo que está más allá, a algo que es trascendente, pero se siente conectado con eso que está más allá. Siente que aunque eso le supera, de algún modo tiene relación con su corazón. Ese más allá que, sin embargo, tiene una conexión conmigo, es una anticipación vaga de lo que nosotros vamos a encontrar después en la fe cristiana, porque efectivamente sabemos que Dios es mayor que todos y por eso responde a nuestro anhelo de trascendencia, pero a la vez se ha hecho cercanísimo en Jesucristo, que es el Dios con nosotros, que es el Emmanuel, el que ha venido precisamente para que podamos conectar con Él, para que podamos identificarnos con Él, para que podamos saber cuál es su nombre, cuál es su rostro.
Entonces, Pablo indudablemente estaba bien encaminado, él quería, a partir de esas huellas de religiosidad en el mundo pagano, él quería hacer un itinerario que llevara hasta la persona de Cristo, porque en Cristo está al mismo tiempo el rostro de Dios Padre y está la cercanía de ese Dios con nosotros. Sus oyentes no le entendieron el discurso, sus oyentes no supieron aprovechar eso. Quizás en ese momento no tenían suficiente capacidad autocrítica o suficiente interés para sacar el máximo de estas palabras tan sabias. Si ellos desperdiciaron ese discurso, no lo desperdiciemos nosotros. Nosotros sí que podemos aprovechar las palabras de Pablo sabiendo que en Cristo Dios se ha manifestado al mismo tiempo con toda su fuerza, con toda su belleza, con toda su santidad, pero también con toda su ternura, con toda su compasión y con toda su cercanía. A Él sea la gloria por los siglos. Amén.

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