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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
No es posible construir una sociedad humana sobre la base de la sola verdad subjetiva.
Homilía p063006a, predicada en 20140528, con 5 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Una de las palabras más difíciles de pronunciar en nuestra época es la palabra verdad. Como escribió en más de una ocasión el Papa Benedicto, nuestra época parece que cree únicamente en un remedo disminuido de la verdad. Esa disminución, esa verdad achicada es lo que podemos llamar, mi verdad. Cada uno tiene su verdad y esa verdad subjetiva que no puede ser contrastada ni rebatida, pero que tampoco, en realidad, puede ser compartida por nadie, es insuficiente para construir el tejido social.
¿Cómo podemos conectar unos con otros, si cada uno tiene su verdad? Es verdad, valga la redundancia, que la tecnología y un cierto entramado de leyes pueden dar una apariencia de cohesión a nuestra sociedad. Pero eso no basta, porque las leyes mismas, en la situación actual de los parlamentos que conocemos, de los congresos y cámaras y senados que conocemos, las leyes mismas están sometidas a los juegos de intereses de la publicidad y de la economía. Dicho de manera más sencilla, el que tiene suficiente dinero para hacer una buena campaña, el que tiene dinero para inyectarle a un proyecto de ingeniería social, el que tiene poder para hacer eso, finalmente, impone las leyes que se le dé la gana, así nos han ido imponiendo y seguramente seguirán imponiendo leyes que no merecen ese nombre, leyes que en conciencia no obligan.
Cuando se despenaliza, por ejemplo, el aborto y en cambio, se quiere penalizar a las personas que tratan de hacer algo para que haya menos abortos, pues ahí tenemos en completa y descarada apariencia y aparición, ahí tenemos lo que significa una ley que no es ley. Entonces, cómo puede la sociedad subsistir si las leyes las manejan los grandes grupos de presión, si simplemente el que tenga más dinero terminará imponiendo su ley, si los países más poderosos inyectan millones y millones de euros o de dólares para que se despenalice el aborto, para que se apruebe el matrimonio, el llamado matrimonio gay, para que se apruebe la eutanasia, esas leyes, esas leyes que se pueden comprar y vender con unos legisladores que igual se pueden vender y se pueden comprar, ¿eso es lo que va a mantener el tejido de la sociedad? Por supuesto que no.
Y si pensamos en la tecnología, pues qué notables son los estándares que se logran, los modos de codificación de video y de audio, los protocolos de transmisión de datos a través de las distintas redes, todo eso está muy unificado y todo eso está muy estandarizado, pero ¿eso realmente nos une como humanidad, eso nos une como sociedad? La respuesta tiene que ser un tristísimo no, porque la tecnología siempre tiene el valor sencillamente de medio y no de fin. Cuando nosotros utilizamos los distintos aparatos, y hoy sí que hay aparatos, cada uno los utiliza para lo que quiere. Se puede utilizar una cámara de vídeo para recibir y transmitir las palabras del Papa o para recibir y transmitir las palabras de un secuestrador que está torturando a su víctima. La tecnología es simplemente un medio, no es un fin y por eso, la tecnología no resuelve el problema del camino que debe tomar la sociedad.
Démonos cuenta en esto fue profeta el Papa Benedicto, démonos cuenta de la dramática situación en que nos encontramos, cuando cada persona tiene simplemente su verdad y cuando dejamos la sociedad al arbitrio de las leyes que pueden ser manipuladas y de la tecnología que es medio, pero que no es fin, en el fondo, en el fondo el ser humano queda en un desamparo absoluto. Y ese triste desamparo y ese dramático desamparo es el que tantas personas experimentan y les lleva a sentir que su propia vida no tiene ninguna relevancia, no marca nada en el curso de la historia, no tiene un verdadero significado.
Por eso, qué necesarias son, en cambio, las palabras de Cristo, ese Espíritu Santo que va iluminando la conciencia, que nos devuelve la pregunta fundamental por lo verdadero, lo bueno y lo santo. Qué importante esa acción del Espíritu que nos conduce paso a paso por un camino de conversión, por un camino de construcción de verdadera virtud, nos va conduciendo, nos va llevando a la unidad, esa que no es simplemente imposición de la soberbia humana, sino don que viene desde el cielo.

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