Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El Espíritu, vida plena que brota del más hondo ser de Dios, nos revela el misterio del Padre y del Hijo.

Homilía p063005a, predicada en 20130508, con 4 min. y 38 seg.

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Transcripción:

Según nos enseña nuestro Divino Salvador, el Espíritu Santo de Dios, viniendo a nosotros, nos guía hacia la verdad completa, es esta frase la que quisiera que reflexionáramos por un momento. El Espíritu Santo es la vida de Dios, es la vida de Dios, el apóstol Pablo dice: «¿Quién conoce lo íntimo del hombre sino el Espíritu que está en el hombre? ¿Quién conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios?» Es decir, la intimidad de Dios, la verdad más profunda, la fuente misma de su amor, la profundidad de su misterio, todo esto es lo que nos es participado cuando viene a nosotros el Espíritu Santo. Yo creo que es buena idea asociar al Espíritu, ante todo con la vida, porque como explica Santo Tomás de Aquino, la vida es una especie de concepto que abraza una plenitud. Así vemos, por ejemplo, que cuando decimos que una persona está llena de vida, no decimos únicamente que tiene buenas ideas, o que tiene buena salud, o que tiene buenos amigos, sino que sentir que una persona está llena de vida es como decir tiene una plenitud, tiene salud, tiene amigos, tiene un buen trabajo, tiene expectativas, tiene proyectos.

La palabra vida está muy cerca de la palabra plenitud y el Espíritu Santo viene a darnos esa vida que ya no es solamente vida humana, sino que es la vida misma de Dios. Y ¿esto en qué se refleja? Se refleja en que nosotros podamos empezar a mirar las cosas, un poco como las mira Dios. Se muestra en que nosotros podamos amar a los hermanos como los ama Dios. Se refleja en que, en la transmisión, en la comunicación de la Buena Noticia, nosotros no peleamos únicamente con nuestros argumentos, con nuestras razones o con las virtudes que acaso tengamos, sino que ahora con el Espíritu Santo, esa voz poderosa, esa voz que puede crear y recrear, es la que resuena en nuestra boca.

Además, como dice Santa Teresa de Jesús, las palabras de Dios son obras. Y esto quiere decir que el Espíritu Santo no nos va a dejar simplemente conversando o diciendo o pronunciando, mucho más que eso. El Espíritu Santo se deja sentir en obras específicas y esto es lo que sucede con los carismas, es lo que sucede con las sanaciones, con los milagros, con los prodigios que han hecho los santos de todos los tiempos. Pero claro que no son ellos, es el Espíritu Santo obrando en ellos. Eso es lo que hace el Espíritu y por eso debemos asociar al Espíritu con la vida, es vida de Dios en nosotros.

Pero lo primero que se necesita para esa vida es que nosotros podamos conocer a nuestro Padre y conocer a su Hijo Jesucristo, porque el mismo Cristo dijo en el capítulo 17 de San Juan: «Esta es la vida eterna que te conozcan a ti, Padre, y a tu enviado Jesucristo». Donde se ve que en ese conocimiento está la verdadera vida, cuando podemos contemplar ese rostro, podemos decir que somos salvos. Muéstrame tu rostro, es la gran súplica que hace el salmista: «Que brille tu rostro y nos salve». Y eso es lo que hace el Espíritu, hace brillar sobre nosotros el rostro divino. Y entonces, aparece la verdad de lo que somos. Y entonces, los engaños y las mentiras del demonio, del mundo y de la carne palidecen y se deshacen como se deshace el hielo en el fuego. Pidamos al Señor, entonces, clamemos al Señor, el don del Espíritu, para que esa gracia se haga realidad en nosotros, para que tengamos esa vida y para que lleguemos a esa verdad plena.

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