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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Los atenienses se habían acostumbrado a oír novedades: buscaban más el entretenimiento que la verdad. Por eso no tuvieron oídos al mensaje de Pablo, que pudo cosechar poco fruto entre ellos.

Homilía p063003a, predicada en 20110601, con 4 min. y 26 seg.

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Transcripción:

Habíamos dejado a Pablo recién entrado a Europa, él llegó por el norte de Grecia, la región que se llama Macedonia, y su primer punto de evangelización fue la ciudad llamada Filipos, ahí fundó una comunidad que llegó a ser muy querida por él, una comunidad que también lo quiso mucho, esos son los filipenses. Si queremos conocer el corazón de Pablo como amigo entrañable, como hermano en la fe, la carta a los Filipenses nos ayuda grandemente. Pero siguiendo más hacia el sur, Pablo llega a la capital del mundo griego, a la gran Atenas, esto es lo que encontramos en la primera lectura de hoy, el capítulo 17 de los Hechos de los Apóstoles.

En Atenas había una gran plaza que se llamaba el Areópago y era parte de la tradición de los atenienses que en la plaza pública se ventilaban todo tipo de cosas. En primer lugar, las que tenían que ver con el bien de la ciudad, es decir, la política, la economía, las estrategias de guerra, la parte judicial, las condenas, los juicios, todo eso tenía que ver con la vida del Areópago. Se puede decir que el Areópago era algo así como el pulmón de la vida democrática de los griegos, y era también un poderoso centro de comunicaciones, porque siendo un sitio que convocaba a tantas personas, es natural que todo tipo de maestros, todo tipo de predicadores, buscaran ese lugar para difundir sus ideas. Lo cual quiere decir que los atenienses estaban acostumbrados a oír toda clase de discursos, desde los más sublimes y elaborados hasta los más vulgares, extraños, esotéricos, místicos, locos, todo tipo de palabras circulaban en Atenas. Esto había creado una especie de vicio en ellos, el vicio de simplemente oír novedades, es decir, cuando la mente humana deja de buscar la verdad, entonces busca sencillamente el entretenimiento y eso fue lo que sucedió en Atenas.

Pasó entonces que Pablo, cuando llegó a Atenas, echó su propio discurso, quizás sin tener suficientemente en cuenta que los oídos que iban a recibir sus sublimes palabras, eran oídos que estaban acostumbrados a eso, a simplemente fascinarse con la novedad, como el que pasa las páginas de una revista en un quiosco, o como el que, en nuestro tiempo, oprime incesantemente el botón de cambio de canal en el control remoto del televisor. Y por eso no hubo muchas conversiones entre los atenienses, porque ellos no buscaban verdad, sino solamente distracción y entretenimiento. Algo en lo que yo creo que se parecen bastante a nosotros.

Y, sin embargo, sí hubo quienes tomaron en serio el mensaje de Pablo, un mensaje que hablaba de la muerte de Cristo, del poder de la resurrección manifiesto en Cristo y, sobre todo, en el señorío de Cristo, porque como decimos en el Credo, sabemos que Cristo ha sido designado como Juez de vivos y muertos, sobre todo la parte de la resurrección y del juicio universal, pues no llamó la atención de los atenienses, solo unos pocos. Un hombre llamado Dionisio, que pasaba mucho tiempo en ese Areópago y por eso se llamaba el areopagita, Dionisio, una mujer llamada Dámaris, y algunos más se convirtieron. Pidamos a Dios que nosotros busquemos con ansia la verdad y que al encontrarla nos quedemos con ella. Que no seamos simplemente gente entretenida, sino gente verdadera.

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