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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La comunión con el Padre y el Hijo.
Homilía p063001a, predicada en 19980520, con 16 min. y 33 seg. 
Transcripción:
En el Evangelio según San Juan, Jesús dice en alguna ocasión: «La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del que me ha enviado. Y ahora dice: «El Espíritu recibirá de mí, lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará». Tratemos de relacionar estas expresiones y tratemos a través de ellas, de acercarnos al misterio que se nos revela. Jesús no tiene una palabra suya, sino que dice: la Palabra que es del Padre. Pero, todo lo que tiene el Padre es de Jesús. El Espíritu Santo no hablará de lo suyo, dice el texto de hoy: Lo que hable no será suyo. Hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Y la Palabra del Espíritu Santo es de quién, es la Palabra de Jesús. Y ¿por qué es de Jesús? «Porque todo lo que tiene el Padre es mío». Esto es profundo, desde luego que es profundo y muy bello. «Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará». Ahí hay tres personas. El Espíritu no hablará de lo suyo, el Espíritu habla lo que oye. Y eso que oye, explica Jesús con estas palabras: «Todo lo que tiene el Padre es mío. Me glorificará. Recibirá de mí».
Así llegamos a la conclusión de que Jesús no dice lo suyo, sino lo que oye al Padre. Y el Espíritu Santo no dice lo suyo, sino lo que oye al Padre, y que pertenece también al Hijo. Además, sabemos que Jesús no tiene nada suyo, sino que dice lo que le ha encargado el Padre. Y también sabemos que todo lo que tiene el Padre es de Jesús. A través de estas palabras, lo que podemos decir es que Jesús no tiene nada suyo y que el Espíritu Santo no tiene nada suyo, y, sin embargo, lo tienen todo. Y esto es como el modelo, esta es la manera de hablar de este misterio trinitario en el Evangelio de Juan. La manera de construir la comunión en la Trinidad, o mejor, la manera de describir la comunión que hay en la Trinidad, que es también la manera de construir la comunidad entre los cristianos, es no considerar nada como propio y, sin embargo, tenerlo todo. Jesús no habla, dice Él, por cuenta propia. El Espíritu Santo tampoco habla por cuenta propia, el Espíritu toma del Padre lo que es de Jesús, y Jesús toma del Padre lo que dice a nosotros. Y así se realiza la revelación en nosotros.
¿Cómo podemos nosotros aplicar estas palabras tan profundas y, en cierto modo, tan abstractas a nuestra vida? Las intentamos aplicar de este modo. Dice el mismo evangelista Juan, el mismo apóstol San Juan dice en su carta: «Y nuestra comunión es con el Padre y con el Hijo». Por consiguiente, la comunión que nosotros tenemos con Cristo solo puede consistir en que nuestra palabra sea la Palabra de Él, para que todo lo de Él sea de nosotros. Y nuestra comunión con el Padre será que nosotros no hablemos por nuestra cuenta, sino que tengamos como alimento nuestro, la voluntad del Padre. No hablar uno de su propia cuenta, situarse uno como en los intereses de Dios, como en el celo de Dios, como en el amor de Dios.
¿Qué es hablar uno por su propia cuenta? Es hablar uno atendiendo a sus propias necesidades e intereses. Y ¿qué es hablar solo lo que se oye al Padre? Es hablar pensando en la gloria del Padre, dando gloria a su nombre y sabiendo que el Padre es el que nos sostiene, el que nos soporta. La comunión, entonces, con el Padre y con el Hijo tiene dos dimensiones. Primera, sentirme apoyado por Él. Si yo me despreocupo de mis intereses es porque sé que hay quien se preocupa, quien se preocupa por mí. Dejar mis intereses, mis inquietudes, mis dificultades de hambre, mi vida en Él. Así construyo comunión con el Padre y con el Hijo.
Segunda parte, Él se preocupa de mí y yo le glorifico. Dice Jesús también en este evangelio de Juan, que es el evangelio infinito. Todos son inagotables, pero a mí me gusta decir que este no solo es inagotable, sino infinito. Dice Jesús: «Todos os vais a ir, me dejaréis solo. Pero no estoy solo, el Padre está conmigo». Cómo construir una vida de comunión con Dios sabiendo que Él es el que me apoya, Él es el que se preocupa de mí, Él es el que me sostiene, yo no tengo otro oficio que cumplir su voluntad y darle gloria a Él. De una manera sintética le decía Dios esto a Catalina de Siena: Tú ocúpate de mis cosas y yo me ocuparé de las tuyas. Es algo parecido, pero más profundo de lo que sucede en un matrimonio. Él se preocupa de ella, ella se preocupa de él. Él se interesa por ella y ella por él. Es algo así, pero es más profundo, porque aquí se trata de la gloria. Bueno, esa es una aplicación a nosotros.
La otra aplicación es entre nosotros, no solamente la comunión con el Padre y con el Hijo en el Espíritu, sino la comunión entre nosotros. Cuidar, cuidar del otro. Muchas personas se sanarán de sus temores, de sus miedos, de sus preocupaciones cuando acojan las preocupaciones de otros. Recibir las preocupaciones de otros es una manera de sanarse de las propias preocupaciones, porque así lo quiso Dios. Podemos decir que cada uno de nosotros tiene un rompecabezas al que le faltan algunas piezas, y esas piezas están en otras personas. Cuando me intereso por la otra persona, yo le doy piezas que le hacen falta de ese rompecabezas y él o ella me da piezas de las que hacían falta a mi vida. Si cada uno se encierra en sus preocupaciones, todos mueren de miedo, de soledad y de frío. Si yo intento interesarme por la otra persona.
Y ¿qué es interesarse por la otra persona? Es intentar a la manera humana lo que hace Dios, es decir, sostener. ¿Qué preguntas nos ayudan a esto? Preguntas como las siguientes, preguntas como las que se podría hacer, por ejemplo, la mamá de esa persona, el amor materno dice mucho. Me enseñó mucho el amor materno. Esto es casi mágico, si se pudiera utilizar la palabra magia de entre los católicos, es casi mágico que las personas que nos caen mal. He leído una o dos entrevistas de mamás de terribles criminales y terroristas, de esa gente a la que todo el mundo odia. Gente, por ejemplo, que comete atentados, que tortura, que mutila. Esa gente que todo el mundo detesta, han entrevistado a las mamás de esos seres que son prácticamente repugnantes para la sociedad. Recuerdo una entrevista a la mamá de un terrorista. Y ella, sin negar, claro, sin negar los actos de barbarie, de muerte, de los excesos de su hijo, tenía, sin embargo, alguna manera, alguna manera no de justificar, pero sí de sostener, sí de acoger, sí de proteger, sí de algo.
Si yo fuera, debe preguntarse uno, si yo fuera la mamá de esta persona que me cae tan mal, ¿yo cómo miraría a esa persona? Esa es una pregunta que sirve. Casi siempre dejamos de mirar a las personas porque en el fondo estamos es mirándonos a nosotros. Uno mira, por ejemplo, que una persona le estorba, que una persona se interpone ante uno, ante los intereses de uno. Eso no es mirar a la persona, eso es mirar un obstáculo: ¿Por qué todas las ideas que yo propongo Fulanito intenta echármelas abajo? Hay dos maneras de ver esto. Una manera es, él es mi enemigo porque no me deja prosperar mis ideas. La otra manera es, y ¿qué hay dentro de él para que obre así?
Jesús obró con nosotros como el Padre obra con Él. Jesús obró paternal y maternalmente con nosotros, hijitos, le dice en alguna ocasión a los apóstoles, hijitos. Pero Jesús invita, en esta tierra, a mirar a cada persona así. Esta persona, ¿por qué nunca se interesa por mí? ¿Esta persona por qué nunca me escucha? ¿Esta persona por qué pretende hacerme daño, por qué me insulta, por qué quiere humillarme? Estoy hablando de los casos difíciles en donde hay enemistad o cosa parecida. Hacerse esas preguntas. ¿Qué hay dentro de esa persona? No mirarla solo en cuanto a lo que me hace a mí, sino a ella misma, ella misma. Los casos más conmovedores que yo he oído de estos ejercicios son los que suceden cuando los hijos aplican este ejercicio a sus propios papás.
Por ejemplo, una señora, ya hija de un papá alcohólico que dio mal ejemplo, que maltrató, que humilló, que hizo pasar trabajos a la familia. Y ella toda la vida había visto a su papá desde la perspectiva de, él nos hizo daño, él no me dejó, él me humilló, él me, me, a mí, conmigo, yo. De pronto invite a mirar las cosas de otro modo: Bueno, ¿y qué hogar tuvo mi papá, de dónde salió él? ¿Cuál es el pasado de él? ¿Qué pasó con él? ¿Quién era él? No, quién era él con respecto a mí. No, es, qué fue lo que hizo a mi favor o en contra mía. El punto es ¿quién era él? Él ¿quién era? Este es Jesús. Así era Jesús. Jesús mira a cada uno con esos ojos. Y esta persona, ¿ella quién es? No quién es para mí, quién es, a favor mío o en contra mía, sino quién es ella, quién es, independientemente de que me caiga bien o mal, de que se oponga o no a mí, quién es esta persona. Cuando una obra así, uno está obrando como Dios, o mejor, Dios está obrando en uno.
Y cuando Dios está obrando en uno, Dios está sanándole a uno. Mira, no puede pasar un torrente de misericordia para tu hermano sin que ese torrente te lave a ti. Pero si tú estás cerrado para tus hermanos, ¿qué torrente puede llegar ahí? Un pozo de agua que se pudre vas a ser. Si tu vida está abierta a tus hermanos, si puedes mirar a esa persona, especialmente a tu enemigo, a tu enemiga, al que te cae mal, al que te estorba, si puedes empezar a mirarlo así, entonces es Dios mismo el que ama en ti, y es un torrente el que se establece y ese torrente que circula y recircula. Eso es lo que se llama la obra del Espíritu. Eso es lo que se llama la koinonía, la comunión. Y esta es nuestra comunión con El.

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