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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
De la vid, interesa su sangre, que es el zumo de la uva; de Cristo, la redención por el poder de su Sangre.
Homilía p053012a, predicada en 20200513, con 8 min. y 7 seg. 
Transcripción:
Mis queridos hermanos, varias enseñanzas podemos tomar de este precioso texto que pertenece a la conversación que Cristo tiene con sus discípulos en la Última Cena. Este elemento circunstancial o cronológico es importante porque no debemos olvidar el papel que el vino tiene dentro de esa cena que Cristo comparte con sus discípulos. Efectivamente, la vid es una planta apreciada por una sola razón, no son sus hojas, ni sus flores, ni su madera lo que cuenta. Lo único que se espera de la vid, lo único valioso de la vid, es, por así decirlo, su sangre. Esa sangre, ese jugo de la uva, es lo único apreciado de la vid. Y si Cristo se llama a sí mismo verdadera vid, es porque será Su sangre la que renovará nuestra sangre, será su vida la que nos dará vida, será su entrega la que cambiará nuestra suerte.
Cristo nos pone en esta imagen de la vid, nos pone frente a una decisión trascendente. ¿Qué se hace con una vid o con un sarmiento que no da fruto? Solo sirve para el fuego, solo sirve para arder. Así también la vida humana, según la mirada de Cristo, solo tiene dos desenlaces posibles o una vida que da fruto, o una vida que se consumirá en el fuego. Los nombres que nosotros le demos a estos dos destinos pueden cambiar. Podemos decir que la alternativa es una vida con significado o una vida absurda, o tal vez podemos decir también una vida que tiene propósito y que hace bien a los demás, o una vida que se encierra en la esterilidad y termina comiéndose a sí misma.
En todo caso, esta comparación de Cristo nos obliga a preguntarnos ¿en qué ruta vamos? No se nos olvide que este es el mismo discurso, largo discurso en el que Cristo también se ha llamado a sí mismo, camino. De modo que tenemos que escoger si vamos a seguir el camino de dar fruto, dar abundante fruto, que es en lo que termina el texto de hoy, o si vamos a escoger el camino de la esterilidad y del fuego. Ese es un segundo punto de meditación.
Luego, un tercer punto. Cristo compara la situación del Sarmiento, la rama, diríamos tal vez, el sarmiento que no da fruto, que es arrancado y el sarmiento que sí da fruto y es podado. Por supuesto, son muy semejantes esas dos acciones, arrancar el sarmiento o podarlo. Nos está mostrando el Señor que el camino del seguimiento a Él no es un camino sencillo, en cada uno de nosotros, aunque busquemos la fidelidad al Señor, siempre hay algo que mejorar. Y por supuesto, el acto de podar tiene un aspecto de dolor. Si lo miramos en nosotros mismos, ¿qué es lo que Dios tendría que quitar de mi vida? ¿Qué es lo que le puede disgustar a Dios de mi vida? ¿Qué es lo que no le gusta a Dios, pero a mí sí me gusta, a qué estoy apegado yo, que sin embargo es rechazado por el Señor, es rechazado por Dios?
Esa pregunta tenemos que hacerla porque esas cosas que las sentimos nuestras, pero que Dios sabe que no son parte de su plan de amor para con nosotros, son las cosas que Él tendrá que podar. Decía San Pablo, después de pasar terrible persecución en la ciudad de Listra, como hemos oído estos días en la Misa, decía San Pablo a los discípulos: «Hay que pasar por muchas cosas para entrar en el reino de Dios». Y la manera como Dios, vamos a decirlo de ese modo, podó a Pablo, fue terrible. Azotes, cárceles, incluso aquella ocasión en Listra, donde fue salvajemente apedreado, hasta el punto de que ya lo daban por muerto.
Y una última reflexión, todo consiste en permanecer. Nosotros no tenemos el arte ni la capacidad de hacernos a nosotros mismos, como el bloque de piedra no puede esculpirse a sí mismo, pensemos en uno de esos magníficos bloques de mármol que le sirvieron a un escultor como Miguel Ángel. Ese bloque nunca hubiera podido producir el David o la Piedad. Así como el bloque de piedra no puede esculpirse a sí mismo, así también nosotros estamos llamados a ser hechos, a ser esculpidos, a ser modelados por Dios, por la providencia del Señor. Y ¿qué puede hacer entonces el bloque de piedra? ¿A dónde debe centrar su acto voluntario? Si puede hablarse de esa voluntad, pues solo en un punto, permanecer.
Hay que permanecer en el taller del escultor, hay que permanecer en la viña, hay que permanecer en el horno, hay que permanecer en el camino. La clave, el nombre del juego es, permanecer. Y cuando permanecemos, y cuando estamos y cuando seguimos, entonces el Señor va haciendo su obra. Porque hasta el último día de nuestra vida, hasta el último y hasta la última hora y el último minuto, Dios estará trabajando en nosotros hasta que tengamos aquello que Pablo llama en el capítulo cuarto de la carta a los Efesios, la medida de Cristo, hasta que lleguemos a la medida de Cristo. Así nos lo conceda el Señor, porque es piadoso, porque es misericordioso. Amén.

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