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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La madera de la vid sólo sirve para dar fruto, unida a la planta, o para dar fuego, separada de la planta.
Homilía p053006a, predicada en 20150506, con 5 min. y 1 seg. 
Transcripción:
El Evangelio del día de hoy está tomado del capítulo 15 de San Juan. Aquella comparación famosa, la de la vid. Una cosa bien interesante en esta planta es que la madera de la vid, por lo menos hasta lo que se conocía en tiempos de Cristo, la madera de esta mata, de este, de esta planta, realmente no se utiliza para nada. Es decir, que las ramas de la vid sirven para que la vid produzca fruto, y si no sirven para eso, no sirven para nada, solamente sirven para alimentar el fuego. Cuando se piensa en este detalle, yo creo que se percibe con mayor fuerza la comparación que Cristo nos propone, servir para dar fruto o servir para el fuego. El sarmiento, la rama separada de la vid, no puede dar fruto, como no da fruto, no sirve para nada, entonces se seca y finalmente, arde. Es un camino que se bifurca hacia el fruto o hacia el fuego.
¿Fruto o fuego, qué quieres tú? ¿Qué quieres de tu vida? Por supuesto, en la predicación de Cristo, que tantas veces habló sobre la condenación eterna, un detalle que no debemos perder de vista. Ese fuego está hablando del infierno, ese es el nombre que eso tiene, la condenación eterna, el infierno. O sea que una vida con fruto o el infierno, no hay más posibilidades para el ser humano, de eso es de lo que se trata. Pero si lo miramos, incluso quedándonos en el ámbito de esta vida y del tiempo anterior a la muerte, fíjate que también esa palabra de algún modo se cumple. Una vida que da fruto es una vida que tiene propósito, que tiene significado, que tiene sentido y que, por consiguiente, tiene alegría, tiene fuerza. En cambio, una vida que no da fruto, una vida cerrada sobre sí misma, una vida estéril, es una vida que se convierte ya, en una especie de pequeño infierno, anuncio del infierno eterno que vendrá si no hay conversión.
O sea que ya en esta vida nosotros experimentamos eso, si no vamos a ser fecundos con la fecundidad de Dios en nosotros, ya lo que empezamos a experimentar en esta vida, es infierno. Y por eso, Cristo nos llama a estar unidos a Él, Cristo nos llama a dar fruto, no cualquier fruto, porque esa es otra explicación importante dentro de este pasaje, no cualquier fruto. Estamos hablando del fruto que permanece, fruto que permanece, porque uno puede decir: Bueno, pues yo hago cosas, sí hacemos cosas, pero esas cosas, esas cosas qué dejan a largo plazo, cuál es el bien, cuál es el amor, cuál es la bondad que está ahí. Porque lo que no tiene bondad, lo que no tiene amor, finalmente es rechazado, olvidado, despreciado.
Entonces, el ser humano tiene esa alternativa y tenemos que escoger entonces, queremos una vida con fruto, para eso hemos de escoger una vida que dé frutos de amor verdadero. Pero nuestra propia capacidad de amar es limitada y frente a las burlas, frente a las ingratitudes, frente a los ataques, frente a la indiferencia, nuestra capacidad de amor indudablemente se va agotando. Entonces necesitamos conectarnos a esa fuente que no se agota. Únicamente unidos al que es la fuente de caridad eterna, empezamos a dar un fruto, un fruto que permanece. Y entonces, hemos hecho la mejor elección de nuestra vida, de hecho, hemos elegido la vida misma, porque si no optamos por dar un fruto que dure, estamos optando por un fuego que no se apaga.

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