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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nosotros participamos del mismo Espíritu de Cristo.
Homilía o253001a, predicada en 19960925, con 4 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Jesús comunica a sus discípulos los mismos poderes que maravillaban a la gente, expulsar demonios, curar enfermedades, predicar con poder la llegada del Reino de Dios. Jesús no es envidioso, no retiene con avidez su poder, su misericordia, sus milagros. Al contrario, lo mismo que Moisés había dicho, ojalá todo el pueblo de Dios fuera profeta, así también Jesús parece decir con su gesto, ojalá todo el pueblo de Dios hiciera los milagros que yo hago, porque en realidad el centro de su misterio no está en esos milagros. Esas obras maravillosas tienen solo una función y es declarar que ha llegado el Reino de Dios, es anunciar la llegada del Reino y ahí está, aparece el centro del corazón de Jesucristo, contar a todos los pueblos, empezando por el pueblo de la promesa, empezando por Israel, la llegada del Reino de Dios.
Cuando Jesús comunica a sus discípulos esa potestad de realizar milagros y de predicar, está también como extendiendo el misterio de su propia encarnación. De aquí en adelante, Jesús ya no tendrá solamente sus manos para sanar enfermos, sino que su misericordia encontrará en las manos de sus apóstoles, como una prolongación de las suyas. Y de esta manera se nos revela también el misterio de una nueva generación, porque, así como los papás a veces sienten que prolongan su hacienda, sus empresas, sus tareas o su herencia en sus hijos, así Jesús prolonga en sus discípulos el misterio de su encarnación. Y así se ve ya, que aunque no han sido engendrados ni de la carne ni de deseo de varón, según palabras del Evangelio de Juan, sí han sido engendrados de nuevo.
Esa carne no ha sido engendrada por la carne de Cristo, pero esa carne si ha sido y va a ser cada vez más poseída por el Espíritu de Cristo. De modo que lo que son los hijos a los padres en el Antiguo Régimen, en la antigua Alianza, esos son los discípulos a Cristo en el nuevo Evangelio, en la Nueva Alianza. Nosotros, los discípulos de Jesús, no somos engendrados por la carne de Él, pero participando de su mismo Espíritu, del don de su Espíritu, formamos uno solo con Él, tenemos como una misma potestad con Él y, en realidad, es como si nuestra carne prolongara su carne y entonces nuestras palabras a las suyas, nuestros ojos a los suyos, nuestro corazón al suyo. Roguemos de Dios, recibir con plenitud esta efusión del Espíritu.
Este es el nuevo nacimiento propio del Nuevo Testamento en el que nos encontramos. Y esto explica también por qué podrá decir Jesús en otro pasaje: «El que a vosotros me recibe, a mí me recibe. El que a vosotros os rechaza, a mí me rechaza». Que viva Cristo, la plenitud de su misterio en nosotros, por la gracia del Espíritu, que transforme enteramente lo que nosotros somos porque ningún padre logra transmitir sin más su pensamiento y su amor a sus hijos. En cambio, Cristo, a través del don del Espíritu, sí nos comunica de tal manera su gracia, que podemos decir con el apóstol San Pablo, nosotros tenemos el pensamiento de Cristo.

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