Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Quien rechaza la gracia se aleja de Dios, pero el corazón que se duele por el pecado permanece abierto a Su misericordia. Lamentarte por el pecado y no querer quedarte en él no es estéril: te aparta de la muerte.

Homilía o193005a, predicada en 20260812, con 8 min. y 19 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy, mis hermanos, está tomada del profeta Ezequiel, en los capítulos 9 y 10. Hay dos escenas que suceden de manera simultánea. Por una parte, tenemos que la gloria de Dios se aparta, huye de la ciudad de Jerusalén. Por otra parte, encontramos que el mal y, en particular, la muerte, se abalanza sobre Jerusalén, aunque no de una manera indiscriminada, sino de un modo que nos va a enseñar algo bien importante.

Empecemos por la partida, por no llamarla la huida de la gloria de Dios. El profeta Ezequiel recibió unas visiones profundamente místicas que muestran la profundidad del amor de Dios, pero también la profundidad del misterio de Dios. Dios, ciertamente, es misterio insondable, es misterio profundísimo. Y el texto de Ezequiel que sentimos que no terminamos de entender completamente es una gran lección en ese sentido. ¿Qué es la gloria de Dios? Podemos decir que la gloria de Dios es la manifestación en el mundo creado, manifestación entonces entre las criaturas del ser y el poder de Dios.

La gloria de Dios es el atributo propio del templo en particular, en el Antiguo Testamento. ¿En qué sentido? En que la serena solemnidad del templo y la liturgia propia del templo, allá en Jerusalén, era lo más hermoso que podía tener el pueblo de Dios y lo que más elocuentemente le podía hablar de quién es Dios, de cuánto los había amado, cómo los había elegido y adónde quería llevarlos. Esa es la gloria de Dios, manifestación en medio de las criaturas, de aquello que supera todo conocimiento, pero que Dios en su bondad, deja ver.

La gloria de Dios entonces, aparece de muchas maneras, por ejemplo, en una auténtica obra de caridad. Allí donde tú ves una obra de auténtico amor y tú sientes, aquí está Dios, en una celebración litúrgica bien hecha, sobre todo desde la fe, desde la obediencia, desde la humildad, brilla la gloria de Dios. Una persona que tiene un corazón puro, humilde, alegre. Hace poco recordábamos a Santa Clara y junto a ella, claro está, San Francisco. Ver a una persona en tanta libertad, en tanta alegría, en tanta pureza, pues nos despierta un profundo sentimiento y nos deja decir, nos obliga a decir: Ahí está Dios. Eso es gloria de Dios, esa es la gloria de Dios.

Pues lo que vio Ezequiel es que este pueblo rebelde, el pueblo judío, pero es que nosotros también somos rebeldes, este pueblo rebelde de tal manera se opuso a la predicación de los profetas, los cuales le hablaban de parte de Dios, que finalmente es como si Dios dijera: Pues si ustedes no quieren nada conmigo, yo tampoco quiero nada con ustedes. Y yo creo que ahí hay una lección supremamente profunda y es que Dios no va a obligar, esa no es la tarea de Dios. Recuerda esa frase famosa de Apocalipsis, capítulo tres: «Estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre», dice él.

Él llama, no obliga, no se impone por la fuerza. El profeta Isaías describía la labor del siervo de Dios diciendo: «No gritará, no voceará por las calles». Entonces Dios, Dios no se va a imponer. Y esto significa que cuando una persona se resiste, realmente se resiste a Dios, pues Dios dice: Yo te ofrecí mi amor, yo te ofrecí mi ley, yo te ofrecí mi camino, yo te ofrecí mi Salvador, yo te ofrecí mi propio Hijo, yo te ofrecí tantas oportunidades de mi gracia. Parece que no te interesa, has mostrado que no te interesa, quieres seguir tu propio camino. Síguelo, yo me voy.

Eso es lo que muestra el primer aspecto de la lectura, de la primera lectura de hoy. Y ¿sabes una cosa? Y voy a pronunciar esa palabra, eso es el infierno, exactamente eso es el infierno. El infierno es eso, tú escogiste un camino diferente, a ti no te interesa lo que yo te he dado, a ti no te interesa lo que yo pueda darte. Entonces, tú sigues por tu lado, yo sigo por el mío. Tú te vas, entonces, yo me voy también. Y eso es lo que significa que se ha ido la gloria de Dios. Pero quiero destacar el otro aspecto, lo que sucede con la muerte. San Pablo nos dice: La paga del pecado es la muerte.

Va en la misma línea de lo que estamos explicando de la gloria de Dios. Pero San Pablo, cuando dice eso, nos está hablando del pecado que cada uno comete, eso también lo dijo Ezequiel, hay una responsabilidad personal. ¿A dónde voy con esto? Pues es que el pasaje de hoy nos muestra con mucha claridad, bendito Dios, que hay algunos que aunque no podían hacer nada exteriormente, aunque en cierto sentido lo único que podían hacer era dolerse, lamentarse del pecado. Ese lamento, ese no comulgar con el pecado, es valioso ante Dios.

Que te duela el pecado, así no puedas hacer nada más. Casi siempre uno puede hacer algo más, pero a veces, cuando son situaciones tan generalizadas, por ejemplo, lo que vemos de la secularización rampante, la apostasía masiva, el desprecio y la desobediencia a Dios por grandes porciones del pueblo que Él eligió. Hay veces que uno siente que lo único que puede hacer es lamentarse, pero es que ese lamento vale, porque ese lamento significa que tú no comulgas con el pecado, que tú no quieres quedarte en ese pecado y eso vale.

Y por eso, fueron señalados en la frente aquellos que se dolían del pecado, que no comulgaban con el pecado, y esos no fueron a la muerte. De alguna manera, la gloria de Dios, aunque se había ido de la ciudad, de alguna manera estaba todavía presente en esas historias, en esas vidas. Qué hermoso, qué hermoso lo que nos enseña Ezequiel y qué profunda es la Palabra de Dios, la gloria para Él. Amén.

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