Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El "resto fiel" es transformado por la gracia y pone toda su confianza en Dios. Vive en humildad, conversión y obediencia, orando también por quienes aún viven lejos del Señor.

Homilía o183008a, predicada en 20260805, con 11 min. y 16 seg.

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Transcripción:

Guiados por la primera lectura de hoy que está tomada del profeta Jeremías, quisiera compartir con ustedes dos o tres ideas sobre una palabra clave que aparece en el texto de esta primera lectura, es la palabra resto, concretamente, la palabra resto de Israel. Es una palabra de mucha importancia porque, por una parte, nos muestra con realismo la devastación que tuvo que sufrir el pueblo de Dios. Por eso, se habla de que quedó solo un resto. Pero, por otro lado, es un mensaje de esperanza, porque nos está diciendo que, aunque el mal logrará y efectivamente lograra muchas cosas, siempre queda un resto.

Es decir, que tenemos que ser realistas y reconocer el daño que causa el mal, pero también con el mismo realismo, tenemos que admitir que el mal no lo puede todo, ni lo va a conseguir todo, y que siempre queda un resto. Ese resto de Israel, al que hace alusión este texto de Jeremías, tiene que ver con el destierro. Porque, a ver, la historia es esta. Se habían dividido los israelitas entre el reino del norte y el reino del sur, esto sucedió en el siglo X antes de Cristo. El reino del norte se siguió llamando Reino de Israel.

Y el reino del sur pasó a llamarse Reino de Judá, porque fue prácticamente solo la tribu de Judá la que quedó. Y por eso nosotros hablamos de los judíos, o sea, los descendientes de esa tribu de Judá. El reino del Norte, pues, fue devastado por los asirios, allá a la altura del siglo VII, y entonces ya desapareció ese reino del norte, quedaron tal vez algunos remanentes, de lo cual nos habla San Lucas, por ejemplo, cuando habla de una mujer llamada Ana, que era de la tribu de Aser. La tribu de Aser fue una de las tribus del norte, o sea que sí quedó algo, quedaron algunos vestigios de ese reino del norte, pero la mayor parte fue devastada completamente.

Quedó el reino del sur, y ese reino del sur en el siglo VI antes de Cristo, pues también fue castigado severamente, murieron muchísimos, muchísimos judíos. Además, la gran mayoría de ellos fueron llevados al destierro y esto significó en la práctica como un saborear la muerte, es la expresión que siempre me viene a la cabeza, como un saborear la muerte, algo realmente espantoso. Y luego, cuando terminó ese destierro a Babilonia por la intervención de otro reino, que fue el reino de los persas, con Ciro de Persia a la cabeza, pues entonces, cuando terminó el destierro, tampoco volvieron todos los judíos, no todos volvieron a su tierra.

Entonces, si tú piensas lo que vivieron en el asedio a Jerusalén, la lucha contra los caldeos, el camino del destierro, el tiempo que estuvieron en Babilonia, los que luego se quedaron ahí, pues rápidamente llegas a una conclusión, que los que regresaron del destierro estaban terriblemente diezmados. Y que lo que regresó del destierro, lo que continuó, por así decirlo, el camino del Señor, fue solamente un pequeño resto, un pequeño resto, eso fue todo lo que quedó. Pero ese pequeño resto, utilizando una expresión que no es de Jeremías, sino de Isaías, fue como un brote, fue como un germen.

Y ese germen, pues es el que va a permanecer y va a ser el comienzo del nuevo pueblo de Dios ya con la predicación de nuestro Señor Jesucristo. Y esto va a ser algo muy bello y va a ser algo muy grande. Entonces, ahí nos damos cuenta históricamente cuál es la importancia del resto. El resto es la semilla de ese pueblo que luego escuchó la palabra de Cristo y que, recibiendo, abrazando la palabra de Cristo, pues fue el comienzo de lo que hoy llamamos la Nueva Alianza, de hecho, el comienzo de la Iglesia. O sea que nosotros, los que hoy tenemos fe en Dios, los que tenemos fe en Cristo, pues nosotros somos fruto de ese pequeño resto.

Dicha esa aclaración, hay que hacer un par de anotaciones. Primera, este resto no es solamente un tema de números ni de proporción, este resto es fundamentalmente gente transformada por la gracia. Dice el texto de la primera lectura de hoy: «Halló gracia el pueblo en el desierto». Es decir, que el resto no es simplemente los supervivientes, es que ellos lograron sobrevivir, como decir en un accidente, por decir algo, estos terribles terremotos que ha padecido nuestra querida Venezuela, hay quedaron unos sobrevivientes. Entonces, esos sobrevivientes son el pequeño resto. No es un asunto solamente de números, no es un asunto solamente de estadísticas, es algo más profundo.

Es verdad que muchos perdieron la vida, pero también es verdad, y esto hay que decirlo con toda claridad, que hubo lecciones que ellos aprendieron. Sobre todo, la lección de la humildad y aún más todavía, la elección de poner auténticamente su esperanza en el Señor, apoyarse radicalmente en Dios, eso es lo más importante, apoyarse radicalmente en Dios. En vez de estarse apoyando en este imperio o en este otro imperio, en vez de apoyarse en sus propias fuerzas o en su astucia o en sus armas, aprender a poner su confianza en el Señor. Esa es la gran lección, eso es lo grande y maravilloso que trae ese pequeño resto.

Y este ya no es un dato numérico ni de proporción, sino es un dato teológico y de conversión. Y esto nos lleva al último punto que quiero compartirles, también en nuestra época hay personas que consideran que ellos son ahora el pequeño resto, que ellos son el remanente fiel. Por ejemplo, los de la Fraternidad San Pío X, ese grupo cismático que ordenó sin mandato pontificio cuatro obispos, ese grupo cismático. Pues, ellos obraron bajo este razonamiento: Estamos en una situación de extrema necesidad. Hay que preservar a la Iglesia Católica, que está gravísimamente amenazada porque se está celebrando una misa que está podrida, esa expresión es de Marcel Lefebvre.

Otros dicen que es una misa que es inválida, o sea, la que celebramos ahí en tu parroquia y en la mía y en todas partes, es una misa podrida. Entonces, como todo eso está podrido, todo, todo está podrido desde el Concilio Vaticano II, nosotros somos el resto, nosotros permanecemos fieles. Y para que se perpetúe esta fidelidad y para que se perpetúe esta salvación, entonces, en estado de extrema necesidad, hemos ordenado estos obispos. Y también en las páginas de Internet encontramos una cantidad de perfiles en redes sociales y en otros lugares encontramos una cantidad de perfiles en donde se presenta el remanente fiel. Nosotros somos los poquitos que sí conservamos la fe.

Pero fíjate, son personas que se autodenominan resto, es decir, que están tomando este concepto tan bello, tan profundo, que viene del Antiguo Testamento, y se lo están aplicando, se lo están apropiando ellos. Nosotros ahora somos el remanente, nosotros ahora somos el pequeño resto. Pero una de las características principales de ese pequeño resto es la humildad, que va unida a la obediencia. A mí me impacta, por ejemplo, cómo la Santísima Virgen y San José, que sí pertenecían al pequeño resto, cumplieron en todo la ley, ellos eran obedientes.

Y Pedro, en el libro de los Hechos de los Apóstoles dice: Yo nunca he comido nada que no esté permitido por la ley, él era obediente. Entonces, una característica del pequeño resto es que es obediente a las autoridades legítimamente constituidas, como es el caso, por supuesto, del Santo Padre, el Papa, como es el caso de los obispos que están en comunión con el Papa. En cambio, todos estos grupos, estos grupúsculos que se consideran pequeño resto y que se autodenominan los únicos fieles, ay Dios, brillan por su arrogancia, y ponen por encima su criterio.

Ustedes recuerdan cuánto dolor tengo que experimentar en mi corazón por esto, como el Papa, un día antes de las ordenaciones, esas ordenaciones cismáticas válidas, pero tristemente cismáticas, como el Papa les envía una carta a los de la fraternidad San Pío X y les dice: Retrocedan, no sigan por ahí, no lo hagan. Al día siguiente, lo hicieron, qué pequeño resto ni que nada. En vez de ser pequeño resto, son grandes arrogantes. Ahora el peligro también está para nosotros, porque ahora nosotros podemos pensar que como esos de la Fraternidad San Pío X son tan grandes pecadores, entonces he aquí que nosotros sí somos los verdaderamente fieles.

El único camino, el único camino, es vivir en la humildad, en la conversión, en la obediencia y rogar por todos, rogar por todos, también por los de la Fraternidad San Pío X y también por tantos otros que viven en rebeldía, rebeldía contra el Papa, rebeldía contra la doctrina, la sana doctrina. Pidamos al Señor, espíritu de auténtica conversión y démosle gracias a Dios por ese pequeño resto del que ya habló Jeremías. Amén.

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