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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El verdadero profeta debe llevarnos a que el pecado tiene que reconocerse, la conversión abrazarse y la alianza con Dios vivirse.
Homilía o182009a, predicada en 20260804, con 8 min. y 5 seg. 
Transcripción:
Algo muy bello de los profetas de Dios, como aparecen en la Biblia. Y un ejemplo notable, indudablemente es Jeremías, es que al mismo tiempo ofrecen el diagnóstico, el tratamiento y el pronóstico. Tres cosas; diagnóstico, tratamiento y pronóstico. Y felizmente podemos resumir cada una de estas funciones o cada una de estas dimensiones de la labor profética. Cada una de estas dimensiones la podemos resumir con una sola palabra. El diagnóstico es pecadores, somos pecadores. Hemos vivido en el pecado. Muchas veces, hemos vivido del pecado, nos hemos acostumbrado al pecado, hemos normalizado el pecado. Ese es el diagnóstico pecadores. Luego viene el tratamiento, puesto que el diagnóstico es que somos pecadores. El tratamiento es conversión. Conversión que fue el llamado profundo de Jeremías. Conversión. Dejen la hipocresía. Dejen la falsa seguridad. Dejen de apoyarse en una confianza tramposa como la que ofrecía Ananías el falso profeta. Dejen de apoyarse en eso y vuelvan al Señor. Ese es el tratamiento se resume en la palabra conversión. ¿Y cuál es el pronóstico? Yo podría decir que el pronóstico es bendición y eso sería correcto. Pero mirando la última frase de la primera lectura de hoy, creo que tenemos que decir. que el pronóstico es alianza, la Alianza, la unión con Dios. La auténtica unión con Dios. Esa es la manera de resumir el pronóstico, lo cual tiene mucho sentido porque el pecado es ruptura. El tratamiento es conversión, que es acercarse al Señor. Y luego viene la Alianza, alianza renovada. Entonces un auténtico profeta sigue estas tres dimensiones. El auténtico profeta tendrá que hablar del pecado. No hay nada que hacer. No pidas otra cosa. Hay que hablar del pecado. Y el pecado, como lo hemos normalizado, pues forma como una especie de costra. Y quitar esa costra le hace sentir a mucha gente que le están arrancando la piel y la carne porque tienen esa costra. O tenemos, somos pecadores, tenemos esa costra pegada. Entonces esa costra pegada, cuando el profeta la denuncia para arrancarla, nos fastidia. Pero el predicador, el profeta, tiene que hablar necesariamente del pecado. Hablar del pecado no es hablar de un solo pecado. Algunas veces, como sacerdotes, nos podemos centrar en un solo tipo de pecado. Cuando yo estaba en mi formación inicial para el sacerdocio, era muy común que el único pecado que se denunciaba era la injusticia social. Ya sabes, era la época en que florecía la teología de la liberación y parecía que el único problema que tenía la humanidad era, pues, la abundancia del pecado de injusticia social. Pero hay muchos otros pecados En otras oportunidades se ha denunciado el pecado o los pecados que tienen que ver con la sexualidad. En otras ocasiones son los pecados que tienen que ver con la incredulidad, o con la magia, o con la brujería, o con la idolatría, o con la envidia, o con el resentimiento, o con la crueldad, o con la violencia. El buen profeta no evalúa la gravedad del pecado por su propia sensibilidad, porque cada uno de nosotros como seres humanos, tenemos una cierta sensibilidad y entonces uno pues muy posiblemente tiene más sensibilidad a ciertos pecados. Hay personas, por ejemplo, que no pueden hacer un sermón si no es para atacar algo de la masonería. Yo sé que la masonería es contraria a la fe católica. Yo sé que no se puede ser masón y católico. Es que lo han dicho claramente varios Papas. Pero que todos tus sermones y que todo tenga que ver con la masonería, simplemente porque es como una especie de obsesión que tú tienes, no. Y otro puede estar obsesionado con la homosexualidad y otro puede estar obsesionado con la nueva era. Y otro, como ya dije, con la injusticia social, no. El auténtico profeta no se concentra en lo que a él particularmente le fastidia o le duele, sino que piensa en la gloria de Cristo. Y debido a su familiaridad con el Señor, obra como Moisés, que después de larguísimo silencio y profunda contemplación, fue recibiendo más y más de la mirada divina para poder hablar como tenía que hablar. De la abundancia del corazón habla la boca, nos dice Cristo. Pues si nuestro corazón se llena, se empapa de aquello que duele al corazón de Cristo, pues ahí tenemos la verdadera predicación, ahí tenemos el verdadero profetismo. Pero es muy importante que no nos convirtamos simplemente en dedos acusadores diciendo esto está mal, esto está mal y esto está peor. No, no, no, no. Hay que ir más allá de eso. Ir más allá de eso, es el auténtico tratamiento. Y el auténtico tratamiento es la conversión. No se nos olvide que el Santo entre los Santos dijo: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y por eso el anuncio de la esperanza, el anuncio de la conversión, es siempre, siempre, parte integral del ministerio profético. Lo mismo sucede con el pronóstico. El pronóstico es bendición. El pronóstico es renovación de la alianza. El pronóstico es unión con Dios y a eso estamos llamados. Para eso hemos sido convocados para recordar a la gente que hay un Dios bello, que hay un Dios santo y que ese Dios Santo nos quiere repetir todos los días. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. Es un Dios que, como decía Catalina de Siena, está enamorado de su criatura, el ser humano, y que eso es lo que quiere con nosotros y que ese es su plan, que es un plan de amor. Entonces hay que denunciar el pecado, hay que anunciar la conversión y hay que prometer la nueva Alianza para aquellos que toman el camino de la conversión. Eso es ser profeta. Y eso cuánto lo necesita el mundo. Aunque a nosotros, como ya hizo con Jeremías, tal vez nos rechace, tal vez nos maltrate, tal vez quiera sepultar nuestra voz. Sin embargo, Dios es más grande, y por los caminos que solo Él conoce, hará su obra maravillosa, la gloria para Él. Amén.

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