Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía o162002a, predicada en 20100720, con 7 min. y 45 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Así saludamos siempre al empezar la predicación, queridos hermanos, y nos miramos unos a otros como hijos de un mismo Padre. Por eso también en la Eucaristía la oración de Jesús se vuelve nuestra oración. Por eso hay ese momento especial en que decimos juntos el Padre Nuestro. Nuestra fe nos enseña que somos hermanos. Y lo somos porque tenemos un mismo Padre. ¿Cómo nos ha engendrado ese Padre? ¿Cómo hemos venido a ser hermanos? El Evangelio de hoy nos da una clave. Dice: El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo. Ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Es decir, así como Dios, por su voluntad libre y amorosa, nos creó. Y así llegamos a la existencia, también esa voluntad libre y amorosa del Padre nos ha rescatado de una vida que merecía llamarse muerte y nos ha dado verdadera vida, es decir, la fuerza, el vigor que nos ha traído a esta condición de redimidos no es otro sino el querer de Dios nuestro Padre. La fuerza de su voluntad.

Algo parecido nos dice el evangelista San Juan en el capítulo primero de su Evangelio. Allí, refiriéndose a aquellos que han renacido a la vida, dice: Estos no han nacido de deseo de varón, ni de la carne y la sangre, sino que han nacido de Dios. Según nuestra condición natural, hemos venido a la existencia por esa fuerza misteriosa que se llama la atracción entre el hombre y la mujer. Esa fuerza, ese vigor, ese deseo, ha finalmente florecido en la existencia de lo que nosotros somos. Porque nuestros padres y nuestras madres experimentaron esa clase de fuerza, esa clase de deseo. Se dio la unión natural que finalmente produjo y tuvo como fruto nuestra existencia. Ahí hubo un deseo, pero fue deseo de carne y de sangre. No es un deseo sucio, porque el mismo Dios Creador lo ha puesto en la carne humana. Pero es un deseo imperfecto, un deseo singularmente herido por nuestra condición de pecadores. En efecto, el deseo sexual suele estar unido a un gran egoísmo, a la satisfacción del propio placer.

Qué distinto, en cambio, este otro deseo, el deseo sublime de nuestra redención, el deseo sublime de una vida que no muera, el deseo que ha hecho que Dios nuestro Padre, nos haya arrancado del dominio de las tinieblas y nos haya trasladado al reino de su Hijo querido. Como dice el apóstol San Pablo en su carta a los Colosenses. Hemos sido llamados. Hemos sido atraídos por Dios. Hemos sido transformados por su amor, por su voluntad. Ese querer de Dios es el que nos ha dado la vida. Y esa vida se nos ha comunicado por la palabra, por los sacramentos, por la acción del Espíritu Santo. Pero ahora que esa voluntad divina nos ha arrancado de las tinieblas, esa voluntad tiene que convertirse también en nuestra norma, para que no dejemos de ser lo que hemos empezado a hacer. Porque también en la vida natural existen los abortos. Hay circunstancias en que por enfermedad, por accidente o por la violencia de los hombres, una criatura que ha empezado a existir, se malogra y entonces muere y muere incluso antes de nacer. Y entonces hablamos de un aborto. Hubo una fuerza que lo trajo a la existencia. Pero luego, por accidente, por maldad, por enfermedad, se malogró esa vida.

Pues algo parecido tenemos que decir en el plano del espíritu. Nosotros no queremos ser abortos espirituales. La voluntad del Señor nos ha instaurado en una existencia nueva, a imagen de Jesucristo. Ahora nos corresponde a nosotros colocar nuestra voluntad en la misma línea, en la misma dirección, para poder recibir la misma fuerza de ese querer divino. Por eso también en el Padrenuestro decimos a Dios El que nos ha dado la vida: hágase tu voluntad en la tierra, como se hace en el cielo. Es decir, con esas palabras queremos alinear nuestros corazones, ponerlos en la misma dirección. Así como un velero solo puede ser impulsado por el viento, si acomoda sus velas, así también nosotros solo podremos llevar a plenitud nuestra existencia y nuestra vocación sobrenatural si corregimos nuestro camino y colocamos nuestras velas de modo que el soplo del Espíritu nos pueda llevar por los caminos de la gracia.

Este evangelio, hermanos, tiene promesas muy bellas para nosotros y como conclusión que en primer lugar haya gratitud en el alma. Nosotros que hemos sido bautizados, nosotros que hemos recibido y seguimos recibiendo la Palabra de salvación. Tenemos que vivir en gratitud, en alabanza. Tenemos que saber, como nos dice el Apóstol San Pedro, que hemos sido comprados a precio. Tenemos que saber que somos valiosos ante los ojos de Dios y tenemos que reconocer ese impulso vital que viene del Padre del cielo y que nos ha instaurado en esta condición de redimidos. Pero esa gratitud no puede quedarse únicamente en palabras. Tiene que transformarse también en el deseo cotidiano de poner nuestros corazones y nuestras voluntades en la misma línea del Querer Divino. Solo entonces podremos llamarnos plenamente, hermanos de Jesucristo, y solo entonces la familia humana podrá brillar con el esplendor que Dios quiso, con esa unidad, con esa hermosura que ya resplandece en el rostro del Resucitado.

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