Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Un apóstol revela su alma

Homilía o093006a, predicada en 20200603, con 10 min. y 41 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Queridos hermanos, hagamos un ejercicio de lectio divina, acercándonos a la primera lectura del día de hoy, que es el comienzo de la segunda carta de Pablo a Timoteo. No cabe duda que estas cartas pastorales tienen una resonancia especial en el corazón de aquellos que queremos empeñar nuestra vida completamente en el servicio de Cristo. Porque el motivo que nos ha llevado a consagrarnos, a desear una profesión religiosa y a ser ordenados sacerdotes, si tal es el caso, es precisamente servir al rebaño de Cristo. Por eso, estas cartas que fueron escritas con la inspiración del Espíritu para formar el corazón de verdaderos pastores, tienen que resonar muy adentro de nosotros.

De hecho, se nota en el tono que utiliza Pablo, en el saludo mismo de la carta, lo llama hijo querido. Siempre que aparece la palabra hijo en la Escritura, me acuerdo de la explicación que da Santo Tomás cuando dice: Hijo es aquel que procede de otro en su misma naturaleza. Esa amplísima definición de Tomás vale desde las criaturas que estudia la biología hasta el Hijo del Eterno Padre en la Trinidad. Es una de las definiciones más perfectas sobre lo que significa ser hijo. Y aquí Pablo llama a Timoteo, hijo suyo, porque ha sido engendrado por el poder de la palabra, porque ha sido formado por el ejemplo de Pablo y porque participa de la misma naturaleza de Pablo, es decir, de su celo apostólico incontenible.

Cabe recordar que las circunstancias en las que Timoteo fue engendrado para la fe tenían o le añaden un valor especial a las palabras de Pablo. Timoteo era natural de la población de Listra en el Asia Menor y uno puede ver en los Hechos de los Apóstoles que fue ese el sitio donde peor trataron a Pablo, fue allí donde lo apedrearon hasta darlo por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Pues, de esa ciudad donde tanto padeció el apóstol por predicar el Evangelio y de ese ejemplo absolutamente asombroso nació Timoteo para la fe y para el apostolado.

Seguimos con las explicaciones de Santo Tomás. El saludo que le da Pablo a Timoteo lo utiliza en otras cartas mencionando la gracia y la paz. En el caso presente añade otra palabra: gracia, misericordia y paz. Nos enseña Tomás de Aquino que este saludo es especialmente perfecto, porque la gracia es el primero de los dones en el orden sobrenatural, y la paz es la culminación o corona de todos ellos. Efectivamente, todo lo que somos en cuanto hijos de Dios y en cuanto habitación del Espíritu, todo proviene de la gracia, todo es regalo y por eso ese es el primer don. Pero luego, el último de los dones es la paz, porque supone la adquisición armoniosa y plena de Aquel que tiene lo que desea, lo que puede anhelar. Y por eso enseña Santo Tomás que este saludo es tan perfecto, porque al decir gracia y paz, es como decir alfa y omega, como decir te deseo lo primero y lo último que Dios quiera darte.

Más adelante le dice el apóstol a su discípulo tan querido: «Reaviva el don, el don que recibiste por la imposición de mis manos». Entiendo yo de esa expresión de San Pablo que nosotros debemos estar en guardia porque el don se puede adormilar, se puede enfermar y en algún caso grave agonizar y morir, reaviva el don. Me hace acordar también aquella expresión que utilizaba el Papa, hoy emérito, el Papa Benedicto, cuando inauguró el Año de la Fe. En aquella oportunidad dijo el Papa Benedicto: No demos los dones de Dios por descontados, y no pensemos que por haberlos poseído, automáticamente los tendremos para siempre. Él lo decía refiriéndose a la fe, pero creo que podemos aplicarlo a los demás dones. Por eso, también en otros lugares de estas cartas pastorales y también otros autores, como por ejemplo Pedro, nos invitan, nos exhortan: Creced en la gracia y el conocimiento del Señor. De hecho, escuchábamos esa exhortación en la Santa Misa de ayer.

Entonces, es bueno esto de reavivar el don. Es la invitación que la Iglesia nos hace también cuando nos pide que hagamos un examen de conciencia cada día, o cuando nos invitan a que hagamos retiros espirituales cada año, o cuando llegan aquellos tiempos litúrgicos, especialmente de Adviento y de Cuaresma, donde se nos exhorta a entrar en nosotros mismos y a reavivar el don que hemos recibido. Cada uno, pues, puede aplicar estas palabras a su propio caso. Cuando Pablo escribe la segunda carta a Timoteo se encuentra prisionero. Algunos autores dicen que se trata del último cautiverio que tuvo Pablo y, efectivamente, así lo va a decir en el final de esta carta, aquellas palabras tan impresionantes, tan dramáticas: «Yo estoy a punto de ser sacrificado». Esas palabras le dan el carácter de un testamento espiritual a lo que estamos leyendo y meditando hoy. Pablo está prisionero y le dice a Timoteo que no se acobarde. Se trata no de una cobardía, simplemente de temperamento, sino de la cobardía que es fruto de ver cuál será el desenlace de un verdadero discípulo de Cristo. No debemos olvidar que los apóstoles del Señor se acobardaron al ver lo que le pasaba a su Maestro. Esa es la cobardía frente a la cual quiere prevenir Pablo a su discípulo tan amado, a Timoteo: No te acobardes.

Y le dice: «Lo que nosotros hemos recibido es un espíritu de energía, de amor y de buen juicio». Y eso ¿qué quiere decir? Pues eso quiere decir que la manera de afrontar las dificultades, las persecuciones, los ridículos, las crisis, las depresiones, no es simplemente como el que va caminando por la calle y le toca aguantarse un chaparrón. De alguna manera, el cristiano hace lo máximo en las circunstancias más difíciles y el hecho de que Pablo siga evangelizando, estando en prisión es la actitud desafiante y enérgica del que no se deja abrumar por las circunstancias, ese es el tipo de espíritu que Pablo quiere que tenga su discípulo Timoteo.

Y por último quisiera subrayar una expresión de Pablo en el final del pasaje de hoy. Dice Pablo: «De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro». Esos son títulos gratos de pronunciar y de decir. Pero mira la frase que sigue: «De este de este evangelio fui constituido heraldo, apóstol y Maestro, esta es la razón por la que padezco». De manera que el camino está claro, somos llamados a servir, pero ese camino de servicio entraña el padecimiento. Difícil no acordarse aquí de las palabras de Cristo en el capítulo sexto de San Lucas, cuando dice, como señal del verdadero profeta que es desechado y que es rechazado, hasta el punto de que si todos hablan bien de nosotros es que algo estamos haciendo mal.

Bueno, esos son los cinceles, esos son los cinceles con que Pablo quiere esculpir el alma de un verdadero apóstol. Yo cierro mis palabras pensando cuántas veces nuestro Padre Santo Domingo escuchaba estas palabras y sentía que el mismo apóstol le estaba hablando a él, le estaba modelando el corazón, le estaba purificando la intención y le estaba mostrando lo que vendría más adelante. Qué interceda por nosotros, nuestro amado Padre Domingo y estos grandes apóstoles, para que podamos vivir con mayor fidelidad y alegría nuestra vocación. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM