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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Creer en la resurrección cambia la vida
Homilía o093005a, predicada en 20200603, con 26 min. y 19 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos, hace poco escuchábamos cómo los fariseos, un grupo muy particular dentro de los judíos de aquella época, se acercaron a Jesús y le pusieron una trampa. Esa fue la ocasión en la que le preguntaron si había que pagar impuestos al César o no, es decir, al emperador romano. La pregunta era tramposa porque cualquier cosa que dijera Jesús servía para acusarlo. Si Él decía: páguenle impuestos al César, eso lo situaba como cómplice de la ocupación romana, así aparecía Jesús como parte que apoya al invasor Imperio Romano. Si Cristo, en cambio, decía: No paguen impuestos, entonces eso alineaba a Jesús con aquellos rebeldes que querían echar a los romanos, especialmente, aquel grupo que era prácticamente de guerrilleros, los llamados zelotas. Y si Cristo aparecía como parte de ese movimiento guerrillero, entonces había un motivo para denunciarlo ante las autoridades romanas y que lo trataran como un rebelde. Así que le pusieron esa trampa y seguramente recordamos la manera como Cristo escapó de esa trampa, sus palabras sabias fueron: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Ese fue el diálogo con ese grupo de los fariseos. Se ve la mala intención de ellos, se ve lo que pretenden, eso está claro.
Hoy aparece otro grupo, este otro grupo es el de la casta sacerdotal. Ellos se llamaban saduceos y justificaban su nombre, presentándose como descendientes directos de un sacerdote llamado Sadoc. De Sadoc viene Saduceo y este sacerdote, por supuesto, dentro del esquema de la ley de Moisés, este sacerdote había vivido prácticamente mil años antes, había vivido en la época del rey David. Y lo notable que se puede decir del sacerdote Sadoc, es que fue el sacerdote que permaneció siempre fiel a la causa del rey David. Porque debe saberse que, en la época de David, que tuvo acérrimos enemigos, una parte de los sacerdotes, aunque eran legítimos sacerdotes, le dieron la espalda a David cuando hubo problemas, es decir, cuando empezaron los fuertes ataques, por ejemplo, de parte de la familia del rey Saúl, o por parte de la misma familia de David, capitaneados por Absalón, que era hijo de David. Entonces, hubo sacerdotes que le dieron la espalda a David. Pero hubo uno, sobre todo, de nombre Sadoc, que permaneció fiel. Eso lo puedes leer perfectamente en los libros primero y segundo de Samuel en la Biblia.
Entonces, los saduceos se presentaban como descendientes de ese sacerdote que sí fue fiel al rey David, y en ese sentido, un sacerdote valiente y además acreditado por la Palabra de Dios porque, en efecto, hay una palabra de bendición que nosotros encontramos en el segundo libro de Samuel, en el capítulo siete. Es una gran bendición que el profeta Natán le da al rey David y en esa bendición asegura la legitimidad no solo del reinado de David, sino de la descendencia de David. De modo que al declararse como descendientes de Sadoc, los saduceos parecían tener una gran autoridad. Y, de hecho, como ya dije, ellos constituían lo que se puede llamar la casta sacerdotal. Si conocemos algo de la Pasión de Cristo, sabemos también que esa casta sacerdotal era realmente una vergüenza en muchos sentidos. Y uno de esos sentidos aparece claramente en el texto de hoy. Mientras que una gran parte del pueblo, podríamos decir la mayoría del pueblo, creía en la resurrección, es decir, que la muerte no puede tener más poder que el poder de Dios, eran los sacerdotes los incrédulos de la época.
Y esto tiene que servir de amonestación para los sacerdotes de todos los tiempos, incluyéndonos, por supuesto, a los de esta generación. Porque a veces pasa que el sacerdote, de tanto manejar y manipular las cosas sagradas y los textos sagrados, por decirlo de una manera blanda, se acostumbra a Dios, se acostumbra a las cosas de Dios, y al perder el sentido de asombro y al perder el sentido de veneración y de adoración, muy pronto se desvía doctrinalmente. No debemos olvidar que, ya en épocas tempranas, recién establecido el pueblo de Dios en su tierra, por allá en la época en que el profeta Samuel era un niño, y eso es retroceder bastante en el reloj del tiempo, en aquella época había un sacerdote llamado Elí, y sus hijos resultaron terriblemente infieles a los mandatos de Moisés.
O sea que hay razones para temer cuando se trata del servicio a Dios, porque ya se ve que estos sacerdotes de la época de Elí eran infieles, y se ve que estos sacerdotes del tiempo de Cristo eran de los más incrédulos. Como ellos no creían en la resurrección, entonces tratan de ponerle una trampa a Cristo. Su estrategia es quitar a Cristo de en medio, pero tratan de guardar su buen nombre, tratan de guardar su fachada y por eso utilizan al principio, que es lo que vemos en el texto de hoy, una estrategia, llamémosla discreta y hasta cierto punto blanda. La estrategia es desacreditar a Cristo, presentar a Cristo como un profeta de burlas, un profeta ridículo al cual no hay que prestar atención. La esperanza de ellos es que, al desacreditar a Cristo, sus seguidores se aparten de Él y todo quede más o menos sepultado como una anécdota ridícula en el pasado de Israel.
Por eso, le proponen esta historia tan risible de siete hermanos que resultaron casados con la misma mujer, por supuesto, uno después de otro, y por eso le hacen la burlesca pregunta: cuando venga esa resurrección, pero fíjate la manera como ellos lo dicen, cuando vuelvan a la vida, ¿de quién será mujer esa que estuvo casada con todos? Ese es el argumento de ellos. ¿Por qué ellos no creían en la resurrección? Pues se cumple aquí lo que hemos dicho en otras oportunidades citando a San Agustín, muchas veces las malas costumbres terminan destruyendo la doctrina. La frase de San Agustín que citábamos casi textualmente, no hace mucho, es: Niega a Dios aquel a quien no le conviene que Dios exista, ese niega a Dios. Y lo mismo sucede con elementos de nuestra fe. A veces hay personas que quieren negar parte de la enseñanza cristiana y católica. ¿Por qué? Porque a su vida les denuncia. Porque si admitieran eso que enseña la Iglesia, resultarían denunciados por esa fe.
Así, por ejemplo, vemos que sucede con frecuencia en nuestra época, cuando hay tantos que niegan porciones de la fe. Y ¿por qué la niegan? Pues niegan esas porciones porque eso les denuncia, especialmente en lo que tiene que ver con la afectividad, con la sexualidad, entonces se ocultan, se sepultan o directamente se niegan esos pasajes porque acusan. Y entonces, con ese criterio volvemos a la historia de los saduceos y nos preguntamos por qué ellos no querían admitir, porque eran resistentes a la enseñanza sobre la resurrección. La respuesta parece estar en la forma de vida que ellos llevaban. Dentro del conjunto de la población de aquella época, los que mejor vivían eran aquellos saduceos. Ellos tenían una fuente segura de ingresos en el templo, principalmente a través de los sacrificios, tenían una buena relación política con el procurador romano, tenían una buena relación política con el rey, así fuera un rey falso y un impostor, Herodes, tenían una buena relación con él. De manera que a ellos les convenía lo que se suele llamar el statu quo, es decir, a ellos les convenían las cosas así como estaban.
Y el gran miedo, como aparece claramente en el capítulo décimo del Evangelio de San Juan, por boca de uno de los saduceos llamado Caifás, que era sumo sacerdote aquel tiempo, el miedo de ellos ¿cuál era? El miedo de ellos era que, al predicarse la resurrección, la gente tomara nuevo vigor, como sucedió en la época de los Macabeos, tomarán nuevo vigor y con ese vigor y con esa convicción dieran la pelea contra los romanos, sabiéndose lo poderoso que era el Imperio romano, era de temer lo que finalmente, de todos modos, sucedió hacia el año 70 de nuestra era. Es decir, que las legiones romanas caerían con toda su fuerza, arrasarían con el templo, acabarían con Jerusalén. Y eso, por supuesto, para los que tenían la mejor posición económica, para los que tenían la situación más acomodada, era el nombre mismo del desastre, era una especie de infierno para ellos.
Entonces, el pensamiento de ellos era: Si se enseña la resurrección, la gente se llena de valor. Si la gente se llena de valor, van a atacar a los romanos. Si los romanos son atacados, van a destruir Jerusalén, el templo y todo. Y nuestra vida entonces está en peligro y también el nivel económico y social que ahora mismo tenemos. Entonces ellos estaban defendiendo sus intereses. Y por supuesto, al ver que Cristo predicaba de la resurrección, pues veían en Cristo un enemigo, veían en Cristo un personaje peligroso que había que neutralizar. Su primer intento de neutralizar, lo cual es, esto que vemos en el Evangelio de hoy, capítulo 12 de San Marcos, es decir, dejarlo en ridículo, por supuesto, como la pregunta que le hicieron, aquella pregunta de la mujer casada con siete hermanos, uno detrás de otro. Como la pregunta que hicieron era una pregunta hecha en público, de lo que se trataba era de dejar en ridículo al Maestro Jesús, a ese Yeshúa que se presentaba como un rabí y que era demasiado joven para ser verdadero rabí. A ese Jesús querían dejarlo en ridículo para luego, a partir de ese ridículo, empezar a dispersar a sus discípulos y que todo de una manera más bien tranquila, tranquila, terminara en nada, disolver el movimiento cada vez más vigoroso que Cristo había creado con su predicación, con su santidad de vida y con sus magníficos milagros y exorcismos, ese era el plan de ellos.
Pero ya nos damos cuenta que el plan no funcionó. El plan no funcionó porque fueron ellos los que quedaron en ridículo y no solo quedaron en ridículo, sino que quedaron desautorizados. Acuérdate que ellos querían sentirse autorizados y por eso se llamaban los descendientes, los hijos de Sadoc, los saduceos. Dicho sea de paso, hay todas las dudas del mundo sobre si este tipo de personajes como Anás, como Caifás, de verdad, de verdad eran descendientes de Sadoc, eso no está claro por ninguna parte. Pero, aunque lo fueran, la poca autoridad que podían sacar de eso quedó por el suelo cuando Cristo, de una manera contundente les dijo en el Evangelio de hoy: «Ustedes no conocen el poder de Dios, ustedes no conocen las Escrituras», no conocen las Escrituras. Y resulta que la misma Escritura dice: «De labios del sacerdote se espera la enseñanza» Y leemos, por ejemplo, en el libro de Esdras, que los encargados de explicar la ley al pueblo eran los sacerdotes y levitas. O sea que decirle a un sacerdote lo que dijo Cristo: Ustedes no conocen el poder de Dios y ustedes no conocen las Escrituras, no era sino decirles: Ustedes son indignos del cargo que tienen, y su autoridad frente al pueblo es cero. Ustedes no tienen ninguna autoridad frente al pueblo.
Como no pudieron replicarle cuando Cristo habló de Abraham, Isaac y Jacob, como no tuvieron una respuesta, sino que simplemente tuvieron que retirarse derrotados, podemos imaginar cuánto odio surgió en sus pobres corazones, en sus minúsculos y sucios corazones, cuánto odio hacia Cristo surgió. Ese odio no se quedó quieto, ese odio, según encontramos al final del mismo Evangelio de Marcos y también en otros evangelios, ese odio finalmente vino a estallar y vino a estallar en la Pasión de Cristo. Efectivamente, en otras ocasiones intentaron prenderlo, por ejemplo, cuando ya Cristo estaba en Jerusalén y estaba enseñando ahí en el templo, y entonces fueron a prenderlo, pero se dieron cuenta que había demasiada gente que lo amaba, que lo aclamaba, que lo seguía. Y nos dice la Biblia: Por miedo a la gente no hicieron nada, ese fue como un segundo intento.
Pero lograron finalmente su propósito cuando uno de los doce apóstoles de nombre Judas, Judas Iscariote, traicionó al Señor y encontraron así una manera de infiltrarse en el círculo más próximo de Cristo y finalmente, agarrarlo, juzgarlo durante la noche, entregarlo a Pilato y todo aquello que se cuenta en la dolorosísima, pero también santísima Pasión de Cristo, eso fue lo que sucedió. O sea que el odio de los saduceos no se quedó quieto. Entre otras cosas, esta observación es importante para darnos cuenta que Cristo, incluso desde el punto de vista de las simples conjeturas humanas de las que puedes tener tú, de las que puedo tener yo, Cristo tenía que estar absolutamente cierto del nivel de odio que le tenían esta clase de personas, fariseos, saduceos, tenían que tenerle un odio total. Y la razón por la que tenían que tenerle ese odio, aparece en escenas como la de hoy. Evidentemente, el que denuncia el pecado hace enemigos. Ahí surgen los enemigos, ahí viene la oposición.
Terminemos estas reflexiones haciéndonos una pregunta. Toda esta escena ¿qué tiene que ver con nosotros? ¿Cómo podemos de alguna manera aplicarla a nuestra vida? Personalmente considero que entender un poco lo que estaba sucediendo en aquella época ya es de por sí fascinante y es muy edificante porque nos permite acercarnos al corazón bendito de nuestro Amado, de nuestro adorable Señor Jesucristo. Ya, eso es muy valioso, pero ¿podremos aplicar de un modo más próximo a nuestra realidad, las enseñanzas que nos trae un pasaje como el de hoy? Respuesta: Sí que podemos. Vamos a sacar dos aplicaciones que quizás resulten tres.
La primera quiero yo recordar lo que ya mencioné antes, cuando uno empieza a negar una parte de la fe, cuando uno empieza a menospreciar una parte de la fe, usualmente el motivo es que esa parte lo está denunciando a uno. Ejemplo, si yo soy víctima de una enfermedad mental, más que mental, intelectual, me corrijo, si soy víctima de una enfermedad intelectual llamada cientificismo, es decir, aquel aquella pésima costumbre de la inteligencia humana, según la cual la única fuente de verdad es el conocimiento científico, y lo que no esté demostrado por la ciencia no es verdadero conocimiento, si yo padezco esa enfermedad y me acerco a la Biblia, voy a tratar de minimizar todo lo sobrenatural. Voy a tratar de quitar todo lo sobrenatural y lo voy a tratar como si fuera fantasía o mitología.
Y ¿qué creen ustedes? Eso ha pasado mucho, mucho, mucho. Por eso te encuentras sacerdotes que niegan la verdad de los milagros de Cristo. Por eso te encuentras sacerdotes, también algún obispo, que niega la realidad del espíritu, del mal, del demonio como un ser personal y no simplemente como otro nombre para la maldad humana o para los problemas o desgracias que acaecen en el mundo. Entonces, si una persona está enferma de cientificismo, que es una enfermedad intelectual, una enfermedad que es una deformación de la inteligencia, si la persona está enferma de eso, pues obviamente le rechinan, le producen fastidio los pasajes donde se habla de todo lo sobrenatural, la concepción virginal de Cristo, el parto virginal de María Santísima, los milagros que realizó nuestro Señor, los exorcismos. Esa persona tratará a toda costa de negar eso.
Lo mismo aquella persona que tenga una tendencia sexual que no corresponde a la enseñanza de la Escritura y a la enseñanza de la Santa Iglesia Católica, como aparece muy clara y respetuosamente expresada en el Catecismo, cuando una persona se siente denunciada por esas cosas, trata con todas sus fuerzas de negar eso, trata de buscar algún sacerdote que le diga lo que está pensando. Trata de no leer esas páginas, en vez de permitir que esa palabra le golpee. Nosotros tenemos que permitir, tenemos que ponernos vulnerables ante la Palabra, sabiendo que nos va a golpear y a todos nos golpea, porque pecadores somos. Pero no puede ser solución negar la palabra o tratar de blindarnos frente a la palabra.
Lo correcto es dejarse golpear por la Palabra y decirle a Dios: Me humillo ante ti, te pido misericordia, ayúdame Señor, muéstrame el camino. Pero no voy a negar tu Palabra, no la voy a negar. Lo que dice tu Palabra lo respeto y lo venero, como decimos en Colombia y seguro en otros lugares, lo que pide tu Palabra me queda grande, muy grande y me parece muy difícil. Es más, me parece imposible para mis fuerzas, me parece imposible, pero aunque parezca imposible o para mi inteligencia, o para mi voluntad, o para mi sensualidad o para la mala vida que he llevado, aunque me parezca difícil, Señor, no quiero esconderme de tu palabra, quiero que llegue tu palabra a mi vida, quiero que penetre tu Palabra en mi vida. Solo en tu Palabra está mi salvación. Eso es lo que hay que hacer. Entonces, esa es una aplicación práctica.
Segundo, ¿creemos en la Resurrección?, porque efectivamente nosotros decimos en el Credo decimos: creo en la resurrección, creemos en la resurrección. Maravilloso, tu boca lo dice, ¿tu corazón lo afirma también? Porque acuérdate lo que hemos explicado, creer en la resurrección significa tener la capacidad de empeñar la vida para la gloria del Señor, para el servicio a los hermanos, en cuanto ellos, precisamente, son también destinatarios del amor de Cristo. ¿Creemos en la resurrección? No simplemente porque lo diga nuestra boca, sino porque nuestro corazón está empeñado en servir. ¿Creemos en la resurrección? Quien me viera, quien ve la vida que yo estoy llevando, puede deducir: Éste es uno de los que cumple el mandato de Cristo, ¿cual mandato? Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, dará mucho fruto. Quien me conozca a mí, quien te conozca a ti, puede decir: Este está entregando la vida, o tendrá que decir: Este está viviendo para sí mismo, como les pasó a los saduceos, éste está asegurando lo suyo. Simplemente pregúntate eso, pregúntatelo a fondo.
Entonces dejemos esas dos aplicaciones. Primero, voy a dejarme golpear por la Palabra. Hay una frase que utilizan varios santos, entre otros, aquella mujer tan bella de cuerpo y alma, Santa Rosa de Lima: Voy a dejarme herir por la palabra. Voy a dejarme herir por la palabra. Qué importante es, voy a dejarme herir. Eso ¿qué quiere decir? Que cuando encuentre lo que me incomoda, porque incomoda mi inteligencia, mi voluntad, a mis costumbres, a mi sensualidad, le daré la razón a Dios. Así como hizo David en el Salmo 51, en el juicio resultarás inocente. Y segunda aplicación, ¿estoy entregando la vida de verdad, estoy entregando la vida? Esa pregunta hay que hacerla. Que Dios nos conceda conversión, nos permita vivir su Evangelio hasta las últimas consecuencias. Amén.

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