Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Para que el don recibido crezca debemos anunciar el Evangelio completo, sabiendo que en ocasiones implica sobrellevar duros trabajos por causa de rechazo, persecución o de burla.

Homilía o093003a, predicada en 20180606, con 5 min. y 53 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada de la segunda carta del apóstol San Pablo a Timoteo. Esta carta nos va a conducir por aquellos sentimientos que tiene este gran apóstol cuando llega al final de su vida. ¿Quién es este Timoteo? Es uno de sus discípulos más fieles y más queridos. En algún lugar lo llama Pablo, hijo suyo, es espiritualmente hijo de Pablo, y así lo ve Pablo, porque la Palabra de Dios, que ha llegado a los oídos y el corazón de Timoteo, no ha caído en vano, ha dado fruto. Así como un papá engendra al hijo con ese amor y con esa fuerza vital, así también de semilla espiritual, Pablo ha dado a luz, ha traído a este mundo una realidad nueva, ese hombre santo llamado Timoteo. Efectivamente, así como tenemos un nacimiento natural que nos permite existir para este mundo, tenemos también un nuevo nacimiento que nos permite existir en este mundo, pero para la gloria del cielo. Y así es como siente Pablo con respecto a Timoteo.

Así que lo que vamos a encontrar en esta carta es como una despedida. Es la despedida y, por lo tanto, el testamento de amor que este gran apóstol le deja a uno de sus discípulos más cercanos. Preparemos entonces nuestros oídos, porque lo que vamos a encontrar son hermosas confidencias. Lo que vamos a encontrar son secretos del alma, lo que vamos a encontrar son claves de vida y lo que vamos a encontrar son estrategias realistas para conservar nuestra fe y propagarla en esta tierra. Es, pues, un documento tremendamente valioso del cual, en la liturgia de la Santa Misa apenas se escuchan muy breves pasajes. Nada puede reemplazar el que tú mismo te acerques al texto bíblico, el que tú tomes en tus manos la Sagrada Escritura y vayas allá, a la segunda Carta de San Pablo a Timoteo, y vayas leyendo despacio y orando. Toma entonces mis palabras como una invitación para ese ejercicio que, te repito, nadie puede hacer por ti.

Qué sacamos, por ejemplo, de un pasaje como el de hoy, que es la introducción a esta segunda carta a Timoteo. Pablo le presenta a su discípulo, le presenta la realidad cruda de lo que significa servir a Dios. No se trata aquí de ilusiones, no se trata aquí de una especie de mentira piadosa o, como decimos en algunos lugares, endulzar la píldora. Pablo tiene una exhortación muy fuerte: «Reaviva el don que recibiste». Es decir, yo te impuse las manos, claramente Timoteo es un servidor del Evangelio, en el rango que hoy podríamos llamar de obispo. Y Pablo oró por él, impuso las manos, le encomendó solemnemente esta misión, podríamos decir que esa fue la ordenación de Timoteo y le dice: Reaviva ese don. Pero, ¿cómo se reaviva ese don? Las indicaciones que le da el apóstol son fuertes. No te avergüences de dar testimonio, es la primera recomendación y toma parte en los duros trabajos del Evangelio. Es decir, que el don recibido se hace fuerte a través de esos dos ejercicios principales, por lo menos eso es lo que nos dice el texto de hoy.

Debe haber muchas otras cosas, hay que formarse, hay que leer, hay que orar, todo eso es cierto, pero en este pasaje no le quitemos la fuerza a los dos elementos que Pablo, ciertamente por una buena razón, le indica a Timoteo. Y esos dos elementos son: Tienes que dar testimonio sin avergonzarse del Evangelio, y tienes que tomar parte en los duros trabajos del Evangelio. ¿Qué es avergonzarse del Evangelio? Es tomar la Palabra de Dios y esconder aquellos versículos, aquellos pasajes que consideramos que la gente no los va a recibir bien, eso es avergonzarse del Evangelio. Si el Evangelio, por ejemplo, habla con claridad del daño que causa el adulterio y yo no menciono eso por no lastimar, por no caer mal, eso es avergonzarse del Evangelio. Si el Evangelio habla de la presencia de Cristo en los pobres en el que tiene hambre, tiene sed, está en la cárcel, está enfermo. Si el Evangelio me está diciendo que ahí hay una presencia de Cristo, y yo, para no incomodar con temas sociales, me callo, entonces quiere decir que me estoy avergonzando del Evangelio.

Y dice Pablo: No, para que el don crezca, tú no puedes avergonzarte del Evangelio. Tú tienes que anunciar el Evangelio completo, sabiendo que algunas veces será motivo de rechazo o de burla. Y esto prácticamente coincide con el otro elemento, tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, porque van a venir las marginaciones, van a venir las persecuciones, van a venir las tentaciones y la soledad. Pero es en ese gimnasio precioso donde el don que has recibido va a adquirir su verdadera fuerza.

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