Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La extraordinaria pedagogía de Cristo nos invita reconocer que nuestro esfuerzo en realidad redunda en nuestro propio beneficio.

Homilía i333005a, predicada en 20151118, con 17 min. y 13 seg.

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Transcripción:

La providencia de Dios nos ha reunido en esta Eucaristía inesperada para mí y creo que para ustedes. Confiemos en esa providencia para que las palabras que pueda compartirles sean de provecho para ustedes y también para mí. Lo primero que quiero comentar es que yo le he pedido muchas veces al Señor que me conceda la gracia de no acostumbrarme a la Palabra de Dios, porque cuando nos acostumbramos, cuando ya creemos que sabemos, cuando ya nos basta oír los dos primeros renglones para decir, ese ya lo conozco, ahí es cuando dejamos de escuchar al Señor.

Así que para no acostumbrarse uno a la Palabra necesita pedirle al Espíritu Santo que tenga uno siempre la capacidad de sorprenderse, extrañarse, ver lo que quizás no ha visto. Y de verdad que el Señor, creo yo, que me ha cumplido ese deseo y por eso también lo comparto con el deseo, con el propósito de que ustedes también le pidan esa misma gracia al Señor. De esa manera, la Palabra siempre nos habla. El texto que hemos escuchado, el capítulo 19 de San Lucas, es bastante extraño cuando uno lo empieza a mirar.

Los exégetas dicen que este texto es como una especie de combinación de dos historias. Una historia es la del noble que se fue a conseguir el título de rey y luego, cuando vuelve revestido de poder, llama a juicio a los que le rechazaron cuando era apenas un humilde entre los humildes. Esa sería una historia y esa historia correspondería a la vida misma de Cristo, que mientras estuvo en esta tierra con humildad y caridad a todos habló, pero volverá un día con poder y majestad, y entonces juzgará a vivos y muertos, esa sería una historia.

Y la otra historia sería una especie de paralelo a la parábola que conocemos más, que es la parábola de los talentos. Aquí, sin embargo, se habla de unas onzas. Entonces, primer dato para quienes tengan esa inclinación de estudio profundo de la escritura. ¿Cómo es que funciona este texto, cómo está hecho? Ahí hay materia para extrañarse, pero no vamos a entrar por ese camino, quizás demasiado técnico. Tampoco vamos a entrar por este otro camino que también es extraño. Fíjese que dice aquí: Llamó a 10 empleados y les repartió 10 onzas de oro.

Pero luego, al pedir las cuentas, ustedes se dan cuenta que solo habla con 3, eran 10 y solo habla con 3. Eso también es como extraño, quizás dirán de nuevo los exégetas, eso tiene que ver con los distintos estratos en la redacción del texto. Pero ahí está, en todo caso, pues fueron 10 servidores y solo 3 son los que aparecen rindiendo cuentas, también ahí hay materia para extrañarse. ¿Por qué comento esto? Para que no nos quedemos con lo obvio, para que recuperemos la capacidad de maravillarnos ante la Palabra de Dios y no la demos por descontada, simplemente.

Otro dato que me parece que es interesante y en este sí me voy a detener, es que este hombre noble les dice: Negociad mientras vuelvo. Queda entendido que los empleados han de negociar buscando una ganancia para su Señor, se supone que ese es el propósito. Por eso el que da una disculpa, que finalmente no se la reciben, dice: Tú reclamas lo que no prestas y siegas lo que no siembras. Evidentemente queda entendido que el propósito de ese negociar era que hubiera un beneficio de esas onzas de oro, un beneficio que iba a ser beneficio para el dueño.

Pero si usted estuvo atenta, usted se da cuenta que al final mire lo que pasa: Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene 10. Eso es interesante, entonces finalmente las onzas quedaron para los mismos empleados. Cuando uno lee el texto al principio, tiene la idea de que se trataba de negociar para obtener un beneficio para el Señor, para el dueño. Pero al final del texto nos damos cuenta de que las 10 onzas que ese señor logró negociando con habilidad, esas 10 onzas quedaron para él, o sea que él se quedó con sus 10 onzas y, además, recibió autoridad sobre 10 ciudades.

Ese punto yo no sé si lo habíamos notado antes, por lo menos en el caso mío, yo lo noté hace muy poco. Y a mí eso me fascina, que uno cuando vuelve con más atención a un texto dice: Yo no me había dado cuenta de esto. Por ejemplo, ese detalle, que al principio del texto parece, trabajen para mí, pero luego, las onzas, es decir, la ganancia queda para ti. Trabaja para mí, pero al final la ganancia es, en realidad, ganancia para ti. Ese dato sí lo vamos a profundizar un poquito con el favor de Dios.

Y el último dato que le comento, del cual no avanzaremos mucho, es el hecho de que cada uno recibe un premio y el premio es gobernar, el premio es reinar. Es un aspecto muy poco mencionado en la predicación católica y completamente ausente de la predicación protestante. Es decir, parte del premio es reinar. San Pablo dice: «Si sufrimos con él, reinaremos con él». El reinado de Cristo es de Cristo, pero es un reinado que Él comparte. También Cristo dice una vez a sus apóstoles que ellos se sentarán en 12 tronos para juzgar, término bíblico para decir regir, reinar, para juzgar a las 12 tribus de Israel.

Ese dato también es importante, parte del premio es reinar. Yo tuve que entrar un poquito en esa temática a raíz de unas charlas que di una vez sobre el santo rosario. Porque de inmediato lo que uno siempre le dicen en el Rosario es ¿dónde está la base bíblica?, especialmente del cuarto misterio glorioso, la Asunción, y el quinto misterio glorioso, el reinado de María Santísima. Hoy no vamos a hablar de la Asunción, pero fíjate que el reinado sí tiene una base bíblica directa. Es que lo propio del que sufre con Cristo es reinar con Cristo. Y lo propio del que es fiel discípulo de Cristo es reinar.

El reinado de Cristo no es el reinado de un dictador mezquino, absolutista, envidioso, cerrado sobre sí mismo, el reinado de Cristo es compartido. Pero ¿qué significa un reinado compartido? Ese es otro tema que tampoco vamos a mencionar hoy. O sea que hemos mencionado cuatro líneas de profundización. Y de esas cuatro líneas, solo una la vamos a seguir el día de hoy y solo un poco. Esas cuatro líneas son, cómo está construido este texto, si en realidad es una historia o son dos historias. La mayor parte de los exégetas dicen que son dos historias, yo no estoy completamente seguro, pero eso queda ahí, en enigma para sus meditaciones.

Segundo, por qué son 10 empleados y solo se le pide cuentas a 3, eso tampoco lo vamos a reflexionar hoy. La otra cosa que tampoco vamos a reflexionar hoy es el premio como reinado. Esto está ausente, casi totalmente ausente de la fe católica, completamente. Y los protestantes menos, ellos tienen una resistencia total, porque ellos sienten que cualquier alusión a un reinado de una criatura le roba gloria a Dios. Santo Tomás de Aquino dice lo contrario, que el reinado compartido es mayor reinado y más glorioso, pero ese es otro tema en el que no entramos.

O sea, que mire todo lo que se puede profundizar. Si de verdad uno se acerca al texto. Si uno, como decía aquel humorista colombiano hace años, si uno escarba, escarbando, escarbando, hay tanto para aprender de esto. Bueno, el único tema en el que vamos a avanzar un poquito es en aquello de que tú trabajabas para mí, pero el premio es para ti. Y a mí me parece que esto es una maravilla de Cristo como predicador, como maestro, porque con mucha frecuencia en las parábolas del Señor encontramos que Él se pone en la perspectiva de lo que uno siente, de lo que uno vive, de lo que a uno le preocupa.

Para mí, el ejemplo más claro, que está también en el Evangelio de Lucas, es cuando Cristo, para invitarnos a orar sin cesar, dice: Había una viuda que le insistía noche y día un juez. Pero ustedes recuerdan qué adjetivos aparecen con ese juez. Es un juez inicuo que no tenía ni respeto a Dios, ni le importaba la gente. Cristo, para enseñarnos a orar, pone la comparación entre esa viuda y ese juez, claramente a nosotros nos corresponde ser la viuda que tiene que insistir. Y uno se pregunta ¿por qué Dios aparece comparado con un juez inicuo al que no le importa nada?

La respuesta es porque cuando una persona está en un extremo de dolor, lo que siente de Dios es eso. Lo que siente es: a Dios no le importa lo que pasa conmigo. La persona que está aplastada, triturada por la injusticia, por el dolor. Póngase usted a pensar, por ejemplo, al que le secuestran, al que le matan sus parientes, póngase a pensar al que pierde su empleo por las intrigas y por los malos y tramposos manejos de una empresa y se ve en la calle, listo a pasar hambre y ver pasar hambre a sus hijos. Esa persona ¿cómo mira a Dios? Lo mira así, como que Dios es injusto.

Entonces, fíjate la pedagogía delicada de Cristo que se pone de parte del ser humano y nos habla en el lenguaje de lo que nosotros sentimos. Esa persona que está en una situación desesperada cuando mira hacia Dios, no lo mira: Ay mi Papito amoroso que siempre me cuida, no. Una persona que está pasando por verdadera amargura, no estamos diciendo cualquier problema, estamos diciendo la persona que está triturada por la ira, por el dolor y no sabe a quién acudir. Háblale de Dios a esa persona a ver qué te dice, que Dios es injusto.

Entonces, Cristo dice: Pues, aunque Dios fuera injusto, insiste, no te quedes ahí, insiste. Esa es pedagogía de Cristo. Bueno, eso es lo mismo que aparece en esta parábola de las minas. Cuando Dios nos manda que seamos buenos, orantes, justos, caritativos. Lo que uno siente es que uno está trabajando para Él, pero cuando llega el momento de la paga, uno se da cuenta que todo ese esfuerzo, en realidad, no hace rico a Dios. Es decir, el dueño de toda esta riqueza, el hombre noble del que se habla en esta parábola, no necesitaba ese oro.

Dios no necesita que nosotros seamos buenos. Entonces, nos manda que seamos buenos ¿para qué? Por nuestro bien, para que nosotros finalmente recibamos esas onzas de oro. El hombre noble este, no necesitaba el oro, pero los pone a trabajar ¿por qué? Por su bien. Mire, eso le cambia totalmente la perspectiva, no solamente sobre los mandamientos, sino también sobre todo aquello que en la vida parece arduo. La fidelidad en la vocación, por ejemplo, la fidelidad a las mociones de la gracia, el camino que me lleva a Dios hacia el perdón, hacia la generosidad, hacia la donación de mí mismo.

Yo digo, pero está difícil complacer a Dios, ahí es donde uno está en la primera parte de la parábola, ahí es donde uno siente: que trabajo que cuesta servir a este señor. Pero, cuando llegue el momento vamos a descubrir que, en realidad, como dice un prefacio de la Santa Misa, Él no necesita de nosotros, nuestras alabanzas no lo engrandecen, nuestra acción de gracias no lo hace más feliz, Él no necesita nuestro oro, pero quiere que trabajemos nuestras onzas, la que cada uno recibió, quiere que las trabajemos, porque finalmente los que ganamos somos nosotros.

Me parece que es una preciosa enseñanza que puede hacer mucho bien, como ahí están las dos perspectivas. Cuando uno se está esforzando por mantenerse fiel en sus votos, por mantenerse fiel en sus constituciones, por mantenerse fiel en los mandamientos, uno siente que le está trabajando a Dios, pero hay momentos de lucidez en que uno dice: No, no, no, en realidad, Él no necesita esto, en realidad, Él quiere esto solamente porque me ama y en el fondo es solamente por mi bien.

Este mandamiento es expresión de su ternura. Tarea, imagínese usted en una labor educativa traduciendo esto a la catequesis. Imagínese lo que sería poder traducir a un lenguaje de catequesis esta enseñanza, que finalmente los mandamientos son beneficio nuestro y son, sobre todo, expresiones de un amor incontenible, providente y sabio del Dios que nos ha creado.

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