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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cuando los reyes magos llevaron sus regalos al Niño Jesús cumplieron, como en germen, lo dicho por el profeta Isaías sobre las riquezas que habrían de llegar a la Ciudad de Dios. Pero, ¿qué debe significar ese gesto para nosotros hoy?
Homilía epif034a, predicada en 20180107, con 8 min. y 31 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. Un detalle pequeño, pero que no carece de importancia en esta hermosa festividad de la Epifanía, es el hecho de que estos visitantes sabios, reyes, magos..., se utilizan tantas palabras, estos que vienen donde Jesús, le ofrecen sus regalos. Llegan donde Jesús y le dan sus regalos. El texto sagrado nos recuerda incluso cuáles regalos y los padres de la iglesia han buscado un significado en esos regalos. Así, por ejemplo, se dice: le dieron oro como a verdadero rey. Le ofrecieron incienso como a verdadero Dios, y le presentaron mirra como verdadero hombre. Efectivamente, la mirra se utilizaba a veces como una especie de anestésico. Y somos nosotros los hombres, no Dios ni los ángeles, quienes a veces necesitamos aliviar así nuestro dolor. El hecho es que se presentan con regalos. En la primera lectura, este aspecto de los regalos tiene bastante importancia. -Levanta la vista en torno, ¡mira!, se han reunido, todos vienen a ti. Lo verás radiante de alegría cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, dromedarios de Madián y de EFA, trayendo incienso, oro,proclamando las alabanzas del Señor-. ¿Cómo podemos aplicar esta característica de esta fiesta? Es esta la razón por la que en algunos países se acostumbra dar regalos en el Día de los Reyes. El Día de los Reyes Magos. En algunos países el día de los regalos es la Nochebuena, el día de Navidad. En otros países se acostumbra más el día de Reyes. Pero más allá de esas tradiciones, ¿cómo podemos aplicar aquí lo de los regalos? Porque lo interesante es que los regalos se los dan a Jesús. No es un intercambio de regalos entre nosotros, que no es que esté mal, sino que son regalos que se le dan a Jesús. Y en el caso de la primera lectura, regalos que llegan a Jerusalén, la ciudad Santa, la ciudad de Dios. Podemos aplicar este aspecto de esta fiesta por lo menos de tres maneras. Primero, darnos cuenta que las personas que se aman intercambian regalos. Es muy frecuente que, para expresar el cariño se ofrezca un detalle y de ahí resulta tan natural a la gente que se quiere, darse regalos. Pues si lo pensamos bien, el tiempo de Navidad es un intercambio de amores y un intercambio de regalos. Nos lo dice muy claramente el Evangelio de San Juan: -Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca-. O sea que Jesús, enviado a esta tierra, es un regalo, un regalo del amor del Padre. Y porque nosotros hemos recibido ese regalo precioso, también nosotros queremos dar nuestros regalos y darnos nosotros mismos a Jesús y darnos a través de Jesús, al Padre Celestial. De manera que el primer sentido en que podemos aplicar este aspecto de la fiesta es entender que Jesús es el gran regalo del Padre y que nosotros mismos estamos llamados a ser regalo para Dios, regalo con todo lo que tenemos, con las cosas que nos salen bien y con las cosas que nos hacen sufrir, con las cosas que nos alegran, pero también con nuestros dolores o privaciones, porque también ellos, unidos al sufrimiento de Cristo, son ofrenda que va hasta el altar del cielo. Así que el primer sentido es: la Navidad, es tiempo de amores. Hemos recibido el gran regalo y queremos ser también regalo. El segundo sentido es darnos cuenta, que los preciosos dones de los que habla la primera lectura y de los que habla el Evangelio, nos muestran en dónde deben estar nuestros talentos. Cada uno de nosotros tiene riquezas que son mucho más valiosas que el oro o que el incienso o la mirra. Cada uno de nosotros tiene eso que llamamos nuestras cualidades o talentos. Podemos aplicar este texto a nuestra vida, si descubrimos que el mejor uso de nuestros talentos es al servicio del Señor. Cuando uno conoce las historias de personas que han sido muy astutas, pero para el mal, no deja de sentir tristeza. En mi país, por ejemplo, tristemente famoso por la lacra del narcotráfico, recordamos algunos grandes jefes, grandes líderes, podríamos decir, con una inteligencia descomunal, pero pésimamente usada, usada para el crimen, usada para la crueldad, usada para hacerle daño a la gente usada, en servicio del egoísmo. Las lecturas de hoy nos recuerdan que el lugar donde deben estar nuestros talentos es a los pies de Cristo. Lo bueno que hemos recibido en términos de nuestros dones de naturaleza o de gracia, han de estar a los pies de Cristo, empezando por nuestro cuerpo y nuestra salud. Por eso dice el apóstol San Pablo en el capítulo doce de la Carta a los Romanos: -Ofreced vuestros cuerpos al Señor. Ese es vuestro culto razonable-. De manera que, empezando por nuestro propio cuerpo, nuestra salud, inteligencia, voluntad, los distintos dones naturales o de gracia que hemos recibido, que estén a los pies de la cruz. En tercer lugar, se pregunta Santo Tomás de Aquino ¿qué pasó con esos regalos?, Santo Tomás se pregunta todo, por eso se pregunta también qué pasó con los regalos que dieron los Reyes. Y él cita como explicación más posible una antigua tradición que dice que estos dones los utilizó la Sagrada Familia para aliviar las necesidades de otras personas pobres, otras personas en necesidad. Efectivamente, cuando los vemos un poco después en Nazaret, los encontramos llevando una vida de extrema sencillez y de trabajo. Es decir, aunque se trataba de regalos notables por su precio, por su costo, no alteraron la forma sencilla de vida de la Sagrada Familia. Por eso esa tradición que dice: que aquello que nosotros recibimos también estamos llamados a compartirlo. Es decir, que además de poner nuestros talentos a los pies de Cristo, hemos de ponerlos al servicio de nuestros hermanos.
Que el Señor, pues, nos enseñe a apreciar el regalo precioso de la Navidad, a entregarnos a Jesucristo con todos los dones que hemos recibido en principio de Él mismo, y también saber que lo que hemos recibido está para el servicio de nuestros hermanos.

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