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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Humildad, despojo y la presencia de la Virgen María muestran la unidad entre el portal de Belén y el monte Calvario; entre el pesebre y la Cruz; entre los invitados a reconocer al Recién Nacido, y los invitados a reconocer al Mesías a las afueras de Jerusalén.
Homilía epif032a, predicada en 20170108, con 8 min. y 51 seg. 
Transcripción:
Como sabemos, el año litúrgico tiene las semanas, treinta y tres o treinta y cuatro del tiempo llamado ordinario, en las cuales contemplamos el ministerio público de Cristo. Escuchamos con atención su predicación y queremos aprender de sus ejemplos. Ese es el tiempo ordinario. Pero tenemos además los tiempos llamados fuertes, que van por parejas. Adviento y Navidad; por una parte, Cuaresma y Pascua; por otra parte. El centro en Adviento y Navidad es la llegada de Cristo; y el centro en Cuaresma y Pascua es la salida de Cristo. O sea que esos dos tiempos, Adviento y Navidad, están recordando y están celebrando la manera como Cristo llega a esta tierra en medio de la humildad, en medio del despojo, junto a María y José. Luego Cuaresma y Pascua recuerdan y celebran la manera como Cristo sale de esta tierra, que es a través de su dolorosa pasión, con humildad, con despojo, junto a María; José ya no está en la escena, por lo menos en esta tierra. Esa distribución de la liturgia nos invita a ver el paralelo que hay entre la llegada y la salida de Cristo, la manera como Él llega. Repito las palabras con humildad, con despojo y cerca de María. La manera como Él sale con humildad, con despojo y cerca de María. Por eso estos dos misterios, el misterio del portal y el misterio del Calvario. El misterio del pesebre y el misterio de la cruz tienen una gran relación y muchas veces es útil ver esa comparación y dejar que un misterio nos ayude a descubrir el otro. Así, por ejemplo, nos damos cuenta que al portal en Belén, en esos primeros momentos de la vida de Cristo, ¿Quiénes llegan? Pues llegan los excluidos, llegan los pobres, llegan los marginados de la sociedad, representados por aquellos pastores, y llegan también los extranjeros, los gentiles que tienen a su modo otra manera de miseria, porque eran despreciados por los judíos. O sea que cerca de Jesús, en Belén, encontramos a ¿Quiénes? A los despreciados de la sociedad y a los excluidos del pueblo. Del pueblo elegido. Esos excluidos, pues, son los gentiles. Hoy, al recordar la llegada de estos sabios, estos Magos de Oriente, pues encontramos lo que hemos dicho, esa otra forma de miseria que constituye o que está constituida por el hecho de no pertenecer al pueblo elegido. Si nos vamos a la cruz encontramos algo parecido. ¿Quiénes son los excluidos en esa oportunidad? Pues aquellos que están crucificados con Cristo, que son la basura de la sociedad, que son aquellos que no merecen sino la muerte. ¿Y cómo están representados los gentiles, los no judíos junto a la cruz? Pues particularmente por los soldados romanos y sobre todo por aquel centurión que finalmente exclama. Según dice el evangelio de Marcos: "Verdaderamente este es el Hijo de Dios". Así que el paralelo se sostiene entre la llegada de Cristo y la partida de Cristo. Y, es hermoso darnos cuenta que el despojo, la caridad, el amor que está en Cristo en su llegada a este mundo, es también el despojo, la desnudez y el amor que hace a Cristo, podríamos decir, atrayente en el misterio del Calvario. Hay un último punto de paralelo que desearía destacar. Nos damos cuenta que, según predica el apóstol San Pablo en la Carta a los Efesios, a través de su misterio en la cruz, Cristo ha reunido lo que estaba separado, incluso dividido. -Dice Pablo en esa carta que- Cristo ha derribado el muro con su cuerpo. Su cuerpo sufriente, su cuerpo despojado, desnudado en la cruz. Cristo ha derribado el muro que separaba a judíos y gentiles. Así nos habla el apóstol Pablo. Y resulta que nos damos cuenta que en el comienzo de la vida de Cristo en Belén, también ese muro queda destruido. Porque al regazo de María, a los brazos de María, donde está el niñito, llegan tanto los judíos representados por aquellos pastores como los gentiles, los no judíos representados por estos sabios. O sea que la unidad, la unidad entre los seres humanos, se logra en el misterio de la Cruz. La cruz es la oración viva de Cristo. Aquello que Cristo dijo en el Cenáculo hablándole a Dios su Padre. Que todos sean uno. Eso se cumple en la cruz. Él mismo lo dijo ?Cuando yo sea levantado, atraeré a todos hacia mí?. Pero nos damos cuenta que las primicias de esa unidad se encuentran también en el pesebre. Se encuentran también en el portal de Belén, porque ahí, ahí llegan los que son distintos, ahí llegan los que están divididos. Estas reflexiones pueden ser útiles para nosotros, porque también en nuestra sociedad, también en nuestras familias, también en nuestras comunidades, por distintas razones se pueden presentar divisiones y uno se da cuenta de que las divisiones se vuelven más fuertes cuando uno se siente más fuerte, cuando uno se siente fuerte en lo que uno tiene, en lo que uno logra o en lo que uno piensa. Entonces, la victoria sobre las divisiones en las familias, en la sociedad y en nuestras comunidades no están por el lado de aquello en lo que yo soy fuerte, sino aquello en lo que yo soy necesitado. Aquello en lo que yo soy fuerte. Me puede dividir de mi hermano si él tiene una fortaleza distinta y si cada uno se aferra a aquello en lo que se siente fuerte. Pero en cambio, si yo me reconozco verdaderamente necesitado, si yo descubro mi indigencia y si me pongo en ruta hacia Jesús, y si mi hermano se descubre necesitado, se descubre indigente y se pone en ruta hacia Jesús, entonces va a resultar que a los pies de Jesús volvemos a ser hermanos. Es decir, es la conciencia de las necesidades y el encuentro con Aquel que puede satisfacerlas lo que logra unirnos. Es en el camino de nuestra indigencia donde volvemos a ser hermanos. Así como en el camino del reconocimiento de nuestros pecados es donde volvemos a encontrarnos a los pies de la cruz. Pidamos entonces, en esta hermosa solemnidad de Epifanía, que la luz esplendorosa de Cristo nos revele nuestras necesidades y nos ponga en camino hacia el único que puede llenarnos y el único que puede recuperar la comunión entre nosotros.

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