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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Cristo se alegra de que Pedro ha recibido revelación sobre cómo el mismo Cristo es el Mesías; pero no quiere que la noticia se revele en ese momento. ¿Por qué?
Homilía ao21015a, predicada en 20230827, con 12 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Mis hermanos queridos. Un ejercicio que es muy bonito con la Palabra de Dios es darle especial atención a aquellos detalles que uno dice. Esto es un poco extraño. La palabra tiene muchos tesoros, muchos, y esos tesoros muchas veces están detrás de las cosas que parecen un poco extrañas. Por ejemplo, Jesús se pone cómo muy contento cuando Pedro le dice: "Tú eres el Mesías. . . " Se pone contento Jesús porque le dice a Pedro: "Eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre. Eso te lo reveló mi Padre que está en el cielo". Es un momento bello. Pero al final les dice, no le cuenten a nadie. Eso produce un poco de extrañeza. Lo voy a formular con esta pregunta: Si es tan bello que Pedro haya reconocido a Jesús, ¿Por qué Jesús no quiere, por lo menos en ese momento, que nadie se entere? Si es una noticia tan importante, por qué Jesús dice: "No le digan a nadie que yo soy el Mesías". Cuando esas cosas pasan, por ejemplo, ahora que le surge a uno como una pregunta, detrás de esa pregunta casi siempre hay un tesoro. Y esto no es la excepción. Repito el contexto de la pregunta. Jesús les dice Bueno, ¿Quién dice la gente? La gente está un poco despistada. Dice que un profeta que tal. Pedro dice -Tú eres el Mesías.- Jesús dice -Revelación del Padre Pedro Bien.- Y luego no le cuenten a nadie. ¿Por qué? Esa es una pregunta bonita. ¿Por qué? ¿Por qué Jesús en ese momento no quiere que le cuenten a otras personas que Él es el Mesías? Si nosotros miramos el pasaje, este pasaje del Evangelio, nos damos cuenta que hay cómo un modo de llegar a Jesús. No se llega a Jesús de cualquier manera. Porque a veces uno cree que ya sabe quién es Jesús. Cuando uno cree que ya sabe quién es Jesús. A veces lo desecha. Yo les voy a contar dos historias de gente que desechó a Jesús. Una vez estaba yo en casa de unos amigos. No existía familia espiritual. Yo acompañaba un grupo que se llamaba Kejaritomene. Hace ya unos años, y estábamos en esa familia donde había muchas personas y bueno, surgió un poco la conversación y ahí había alguien que era de Kejaritomene. Kejaritomene es en griego el nombre que el ángel le da a María, ¿No? lo que traducimos como llena de gracia. Entonces decía esta persona, pues comentamos ahí que kejaritomene, que el grupo. . . Y decía esta persona, -Sí, yo también estuve en esos grupos.- Para él, Jesús había sido una etapa, una etapa de su vida parroquial. Él estuvo allí en parroquia y estuvo ahí y en los grupos y estuvo bien. O sea, la pasó bien. Pero como quien dice ya, ya, yo quemé esa etapa, ya yo quemé esa etapa ya suficiente. Es decir, yo ya conocí a Jesús, ya probé a Jesús, probé a Jesús. Y ya listos. Hay países que han tomado esa actitud. En Dinamarca, por ejemplo, hay mucha gente que dice, nosotros teníamos nuestra religión, que nos funcionaba, la religión de Odín y de otras deidades de ellos. Teníamos nuestra religión. Llegaron aquí unos señores ahí cristianos, y empezaron que Cristo, que Cristo, que Cristo. Pero ya eso se acabó, aquí el cristianismo se acabó. Se cierra el paréntesis y volvemos a Odín y a Thor y todos esos dioses del mundo celta y del mundo escandinavo. O sea, de nuevo, ¿No? Ya probamos a Jesús. Listo. Etapa Jesús, probada. Ya nosotros sabemos cómo es el cuento con Jesús. Un encuentro apresurado, un encuentro superficial o un encuentro obligado, hacen que la gente haga esta operación con Jesús. Ya, ya lo conocí. En otra casa de familia me decían una vez. Decía un señor: -Yo me eduqué con los salesianos. Estudiábamos en el colegio León XIII. Todos los días nos llevaban a misa. Yo ya asistí a todas las misas que me tocaban a mí. Entonces él no iba a misa. Yo ya asistí a todas las misas. Conclusión ya está descartado el tema de Jesús. Y uno dice. ¿Qué hay que hacer para conocer a Jesús? Sin descartar a Jesús. Yo a veces tengo miedo, sobre todo con gente joven, de familia espiritual. Tengo miedo porque algunas de esas personas pueden pensar cosas así. -No, yo ya probé. Ya probé.- Esos grupos ya los conocí. La gente se reúne y no. Pues bien. Bien. Pero yo ya conocí a Jesús. Ése es el temor de Cristo en este Evangelio. Que empezaran los apóstoles a decir Oiga, si listo, llegó el Mesías, llegó el Mesías y se trivializa lo que significa Cristo y se trivializa lo que significa el Mesías. Porque Jesús es al mismo tiempo el Dios cercano y el Dios infinito, tan cercano y tan sencillo que se hace presente a través de signos como este. Un pedacito de pan tan cercano como eso. Pero es que uno tiene que tener en el corazón que es cercano y es infinito. Y no es fácil tener las dos cosas. Si yo no lo siento cercano, me dejo hundir en mi pecado o me dejo hundir en mis malas costumbres o en mi mundo. Si yo no lo siento cercano. Pero si yo no lo siento infinito, digo, ya lo conocí desechado, ya lo conocí. ¿Cómo se hace? Mire la pregunta tan espiritual y tan profunda y tan bella. ¿Cómo se hace para encontrarse con Cristo y saber que Él al mismo tiempo es tan cercano como el amigo más entrañable, como el que me sabe dar la mano, el que me entiende mejor de lo que yo me entiendo, el que está a mi lado, el que es incondicional y a la vez él es el infinito? El Dios trascendente, el Santo. La carta a los Hebreos dice las dos cosas. La carta a los Hebreos dice -El sumo sacerdote que nos convenía, tenía que ser sometido a debilidad, como nosotros.- Uno que sufra. O mejor dicho, uno que yo pueda decir -Ese es como yo.- Ese le duelen las cosas como a mí, porque un Cristo que fuera un hombre de hierro, ese no me sirve de salvador, ese no va a entender mi dolor, ni mi problema, ni mis dudas. Entonces dice la carta a los Hebreos: -Cercano, capaz de compadecerse, pero al mismo tiempo dice inmaculado, infinitamente cercano, infinitamente trascendente.- Por eso el misterio de Cristo, el misterio de Cristo, hay que saberlo llevar. Y yo tiemblo. Yo tiemblo con nuestra Familia Espiritual y bueno, con toda la obra que uno hace como sacerdote. Yo tiemblo. Yo digo ¿Lo estaré haciendo bien, lo estaremos haciendo bien? ¿Cómo hacer para que las personas puedan sentir a la vez que Jesús es así, tan amoroso, tan amoroso, pero al mismo tiempo tan santo, tan grande? Que al mismo tiempo, por eso Catalina de Siena, hablaba del puente, el puente que está ahí al lado tuyo, pero que llega hasta allá, hasta el infinito de Dios Padre. Éso es conocer a Cristo, eso es conocer a Cristo. Esa es la maravilla de Cristo. Y por eso Cristo dijo: -Maravilloso que sepas quien soy, pero cuidado con trivializar mi misterio.- Cuidado con achicar el misterio. Entonces, ¿Qué le vamos a pedir a Dios en esta Eucaristía? Le vamos a pedir a Dios que nos ayude a descubrir a ese Dios que está tan cerca y a ese Dios que quiere llevarnos tan lejos. Tan cerca como para entender hasta el último pecado tuyo. El que sea; tan cerca como para entenderte mejor de lo que tú te entiendes, pero tan deseoso de llevarte más allá de las estrellas, más lejos hasta el infinito mismo de Dios. Ese es uno de los tesoros. Hay muchos más, pero ese es uno de los tesoros que está en el pasaje de hoy que podamos descubrir así a Cristo. Y por eso, cuando uno se encuentra con Cristo. Cuando de veras creo que uno se encuentra con Cristo, uno siente a la vez, ya está conmigo y yo quiero estar siempre con Él. Pero es como si Él siempre estuviera caminando delante, como que siempre estuviera enseñándonos algo. Nunca terminaré de agotarlo. Termino con una frase de San Juan de la Cruz. Decía San Juan de la Cruz: -Es como una mina en la que se van abriendo socavones y cada socavón abre otro, y otro, y otro y otro, y no se agota nunca.- Ese es Jesús, tan cercano a mi necesidad, tan cercano a mi miseria, tan cercano a mi humanidad y al mismo tiempo tan grande, tan trascendente, tan perfecto que rebosa, que rebasa todo mi pensamiento, todo lo que yo puedo imaginar.

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