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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué es lo que nosotros hacemos cuando asistimos a la Eucaristía?
Homilía ao02001a, predicada en 19960114, con 15 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos. ¿Qué es lo que nosotros hacemos cuando asistimos a la Eucaristía? Acaba de terminar el tiempo de Navidad. No me refiero al tiempo de la Navidad zanahoria, ni me refiero al tiempo de la crisis sobre si se podía vender o no pólvora, si se podía tomar o no trago a ciertas horas por ciertas personas en ciertos lugares. Me refiero al tiempo litúrgico de la Navidad, el tiempo que la Iglesia llama tiempo de Navidad, que empieza, desde luego, en la noche de víspera para el 25 de Diciembre y que se prolonga. ¿Hasta cuándo? Se prolonga hasta la fiesta del bautismo del Señor. Fiesta que casi siempre cae en domingo, excepto en un año como este en que ha caído en lunes. Las razones por las que hay ese cambio en este caso no las vamos a comentar. La Navidad, pues, va desde el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo hasta su bautismo. En el nacimiento, viene ya con un nombre a esta tierra, y en ese nombre trae una misión. De acuerdo con el relato de El Evangelio según San Mateo, es un ángel el que le dice a San José que debe llamarse Jesús ese niño. Y de acuerdo con el evangelio de Lucas, es un ángel el que le dice a María que el niño debe llamarse Jesús y el niño debe llamarse Jesús porque esa palabra, ese nombre que era tradicional entre los hebreos, más o menos Yeshúa, se pronuncia en hebreo. Ese nombre tradicional entre los hebreos significa "Yahvé salva" o "El Señor salva". El tiempo de Navidad va entonces desde que nace ese niño que tiene ese nombre tan especial, ese niño que se llama Salvador. Pero ese niño no tenía ahí su nombre completo. El nombre completo lo conocemos nosotros, Él se llama Jesús, el Cristo, el Ungido. Cristo quiere decir ungido. Él se llama Jesús el Cristo, o más breve se llama Jesucristo. Y el nombre Cristo. ¿En qué momento lo recibió? Lo recibe en el momento en el que es ungido y es ungido en su bautismo cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él como una paloma, que es el acontecimiento que nos ha recordado discretamente el texto del Evangelio según San Juan que hemos oído. De manera que el tiempo de Navidad que acaba de terminar, según el ciclo litúrgico de la Iglesia, es el tiempo en el que ese niño, en el que ese hombre recibe su nombre, es Jesús desde niño y es Cristo desde el momento en que el Espíritu lo unge, se apodera de Él, lo posee el Espíritu Santo para que este niño siempre niño en la inocencia de su corazón, pero ya adulto por sus fuerzas y por haber crecido en la Gracia y haber crecido en edad en el que este niño y este adulto que es Jesucristo, se dispone a la salvación, se dispone a trabajar en esa obra, la obra para la cual ha sido Cristo, la obra para la cual ha sido ungido. La obra que lleva en su nombre desde nacimiento. Así pues, el tiempo de Navidad ha sido algo así como la presentación del gran personaje, la presentación del protagonista de los Evangelios. Y ese protagonista es Jesucristo y su nombre empezó el 25 de diciembre y su nombre termina o se concluye de dar ese nombre en la fiesta del bautismo. La fiesta del bautismo del Señor cerró el tiempo de Navidad y después ¿Qué viene? Viene este otro tiempo litúrgico en el que la Iglesia se viste de otro color. Durante la Navidad habíamos tenido vestidura blanca en la celebración eucarística. La estola que utiliza el sacerdote, por aquí anda, la estola que utiliza el sacerdote y la casulla que utiliza el sacerdote en su color tienen una sintonía con el tiempo que está celebrando la Iglesia. Durante el tiempo de Navidad teníamos ese blanco como expresión de la Gloria y de la alegría. Ahora, en el tiempo ordinario, que es el tiempo que acabamos de empezar, llevamos este color, este color verde que significa tantas cosas, entre otras, la esperanza. Y ¿Qué hacemos nosotros durante el tiempo ordinario? Es bueno y es bonito saber qué orden llevan las celebraciones, porque así no seremos como esos personajes que asisten a misa y siempre sienten que les dicen las mismas o parecidas lecturas y siempre el mismo padre diciendo más o menos los mismos regaños a los mismos fieles. Si nosotros desde el principio de este año litúrgico acabamos de vivir el tiempo de Navidad, desde el principio de este tiempo ordinario, tomamos la sintonía de lo que la Iglesia nos va a ofrecer, seguramente vamos a obtener también mucho mayor provecho espiritual. A lo largo de su experiencia de veinte siglos, la Iglesia ha llegado a dos conclusiones importantes. La primera ya desde los primeros años. Y es que para celebrar la Eucaristía hay que escuchar la Palabra de Dios. Por eso la Eucaristía tiene esas dos partes la liturgia de la Palabra, y luego la llamada propiamente liturgia de la Eucaristía. ¿Por qué hay ese orden? Lo esencial ciertamente está más en la liturgia eucarística, en la cual el pan y el vino frutos de nuestro trabajo por la unción del mismo Espíritu del que se nos hablaba en el bautismo del Señor, por las palabras del sacerdote ordenado por ministerio de la Iglesia, se convierten en cuerpo y sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Oculto ciertamente bajo esas especies que para nosotros siguen pareciendo solo pan y vino, pero realmente presente para salud de nuestra Fé, de nuestra esperanza y de nuestro amor. En esa liturgia eucarística, Pues consagramos el pan y el vino como cuerpo y sangre de Cristo. Y sobre todo, los comulgamos, nos los comemos. Nunca subrayaremos lo suficiente que este es el centro de la Eucaristía. Ni siquiera las palabras del sacerdote, ni siquiera la explicación del Evangelio y ni siquiera la proclamación misma de esta palabra, ni siquiera este es propiamente el corazón, el corazón de la celebración es ese Cristo presente en las especies eucarísticas que con nosotros y en nosotros se ofrece al Padre para la Gloria, para la eterna Gloria del Dios que nos ha creado y nos ha salvado. Eso es lo que nosotros celebramos y por eso, bueno es subrayarlo, se queda a medias, se queda incompleta la Eucaristía de la persona que no comulga, como ya es frecuente la imagen es lo mismo que si le invitaran a uno a una comida y uno echara muchos chistes y compartiera mucho y riera mucho y estuviera muy agradable pero no probara un solo bocado. ¿Cuál es el sentido de la liturgia de la palabra? La que viene antes en la que estamos en este momento. El objetivo de estas lecturas que escuchamos, todas tomadas de la Sagrada Escritura, es contarnos cuál es el Cristo que se consagra sobre este altar. Estas lecturas nos dicen quién es el Jesús que se nos ofrece. Estas lecturas iluminan nuestra Fé, levantan nuestra esperanza, ?enfervorizan? nuestro amor, de manera que nosotros reconozcamos cada vez mejor a este Jesús, sepamos cada vez mejor quién para que al momento de comerlo no nos quedemos solamente con el sacramento, sino que obtengamos también la realidad que está oculta bajo ese sacramento. Aquí por cierto, lo pide Santo Tomás de Aquino en una hermosa oración que él utilizaba para preparación de la celebración de la Eucaristía. Decía él, "Señor, que no me quede yo con con el sacramento solamente; sino que reciba la realidad de ese sacramento". Y para llegar a la realidad de ese sacramento, para llegar a ese Jesús, están las lecturas de la Misa. Y por eso, porque nos hablan del mismo Cristo, que luego comulgamos en la Eucaristía. Por eso tienen tan alta dignidad y tanta solemnidad en su proclamación. De esto ha estado convencida la Iglesia en todos los siglos. Es emocionante encontrarse documentos del siglo segundo, por ejemplo, de un San Justino que no fue sacerdote. Él fue un laico filósofo y luego mártir. San Justino, que cuando él cuenta cómo celebraban la Eucaristía en su tiempo, es decir, en el siglo segundo, describe básicamente los mismos elementos que nosotros tenemos ahora. Es emocionante, digo, encontrarse con eso y ver que nosotros comulgamos con el mismo Jesús que ha producido santos, el mismo Jesús que dio fortaleza a los mártires, el mismo Jesús que inspiró deseos de virginidad, que inspiró deseos de altísima ciencia; el mismo Jesús del que se alimentaron una Teresa de Jesús, un Martín de Porres, un Luis Beltrán o un Santo Domingo de Guzmán. El otro punto, la otra convicción a la que hemos llegado es que para que estas lecturas sean realmente provechosas tienen que tener un cierto orden. Y así, la Iglesia a lo largo de los siglos ha ido aprendiendo la manera de servir este banquete de la Palabra de Dios. De manera que lo que nosotros recibimos después de dos mil años de cristianismo es un banquete precioso, como es preciosa la sangre de Cristo y sumamente bien preparado, porque tiene la experiencia de una ama de casa que es la Iglesia que sabe muy bien que hay que darle a sus discípulos, a sus niños, a sus pequeñuelos, que somos nosotros. ¿Qué se ha inventado la Iglesia? Hoy solo doy un elemento porque no puedo eternizarme en estas explicaciones, solo doy un elemento ¿Cómo ha distribuido los evangelios? La mayoría de ustedes asisten a la Eucaristía, principalmente en los domingos. Ojalá cobraramos tanto amor a Jesús en el sacramento que también entre semana nos acercáramos mucho a recibirle y a escucharle. Pero hablemos de la Eucaristía dominical. Los domingos de cada año escogen a un determinado evangelista. Este año, por ejemplo, el año noventa y seis, nosotros vamos a escuchar fundamentalmente el Evangelio según San Mateo, con la excepción precisamente que hace la regla, con la excepción del día de hoy, en que se ha tomado una lecturita del Evangelio de Juan para empatar entre la fiesta del bautismo y lo que, y los textos que luego siguen en San Mateo. Pero en los otros domingos de este año noventa y seis de este año litúrgico, vamos a escuchar sustancialmente a San Mateo. Un hombre, un apóstol, un convertido, un evangelista. Si usted asiste con juicio y con amor a la Santa Misa durante este año, usted escuchará a sorbos provechosos y dosificados el Evangelio según San Mateo. Eso es lo que se llama el ciclo A de las lecturas. El año entrante escucharemos en los domingos el Evangelio según San Marcos y al año entrante. Si Dios nos da vida en el noventa y ocho escucharemos el Evangelio según San Lucas. Preparémonos, pues, sabiendo que este Jesús es luz de las naciones, como nos lo ha dicho el profeta Isaías Preparémonos para alimentarnos bien y ojalá siempre antes de entrar al templo, siempre antes de participar de la Eucaristía, tenga cada uno de ustedes, cada uno de nosotros, una pregunta en el corazón, una pregunta en el corazón ¿Qué será lo que me quiere decir el Señor, mi Dios, mi Creador, el que me creó para Él? ¿Qué será lo que me quiere enseñar en este domingo? ¿Sabe por qué es tan importante esa pregunta? Porque venir a la Eucaristía sin una pregunta, sin ese deseo, sin esa motivación, es lo mismo que ir a la comida de la que ya había hablado sin apetito. ¿Por qué muchas personas salen de la de la iglesia igual que entraron? Porque vinieron sin hambre, porque vinieron sin apetito, porque vinieron sin pregunta, porque no vinieron para ser enseñados. Y así, lastimosamente, viandas espléndidas se pierden delante de ojos indolentes y de oídos distraídos. Ya no va a ser el caso para nosotros. El año apenas está empezando. Vamos a venir siempre con esa hambre y con ese deseo de escuchar a nuestro maestro, vamos a conocerlo, vamos a saber quién es para poderle contar a este mundo que seguramente está bien distraído y bien indolente ante el amor y ante el dolor. La Gloria sea para Jesucristo y que Él nos conceda un año lleno de bendiciones.

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