{"id":58447,"date":"2017-11-15T09:23:34","date_gmt":"2017-11-15T14:23:34","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=58447"},"modified":"2017-11-15T09:23:34","modified_gmt":"2017-11-15T14:23:34","slug":"primer-evangelizador-de-california-san-junipero-serra","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2017\/11\/15\/primer-evangelizador-de-california-san-junipero-serra\/","title":{"rendered":"Primer evangelizador de California: San Jun\u00edpero Serra"},"content":{"rendered":"<p>Presidente de las misiones californianas<\/p>\n<p>Como ya vimos, al ser expulsados los jesuitas en 1767, los franciscanos les sustituyeron en varias misiones. Fue as\u00ed como, en 1768, los franciscanos entraron en California para ocuparse de las misiones abandonadas por la Compa\u00f1\u00eda. Don Jos\u00e9 G\u00e1lvez, llegado a M\u00e9xico en 1765 como Visitador General, fue el encargado de dirigir pol\u00edticamente esta delicada transici\u00f3n.<\/p>\n<p>Con el acuerdo del Virrey, del Visitador General y del Comisario misional franciscano, unos 45 religiosos, procedentes de los Colegios Misionales de M\u00e9xico y Quer\u00e9taro, y de la Provincia de Jalisco, formaron una expedici\u00f3n con destino a California. Confiados a la presidencia del padre Jun\u00edpero Serra, que ten\u00eda entonces 54 a\u00f1os, se reunieron a fines de 1767 en Tepic. En tanto llegaba el momento de embarcarse, misionaron entre todos aquellas tierras de Nayarit, y las vecinas de Jalisco, San Jos\u00e9, Mazat\u00e1n, San Pedro y Guaynamotas, y cuando por fin hubo barco, partieron del puerto de San Blas en marzo de 1768. Y tras dos semanas de navegaci\u00f3n, desembarcaron en Loreto, el centro de las antiguas misiones de los jesuitas.<\/p>\n<p>En aquella misi\u00f3n, con fray Fernando Parr\u00f3n, fij\u00f3 fray Jun\u00edpero su residencia, o mejor, el centro de sus frecuentes viajes, en tanto que todos los religiosos se dirig\u00edan a ocupar las diversas misiones. Meses despu\u00e9s G\u00e1lvez, que hab\u00eda nombrado a Gaspar de Portol\u00e1 gobernador de la baja California, lleg\u00f3 a Santa Ana, en el extremo sur de la pen\u00ednsula, a m\u00e1s de 500 kil\u00f3metros al sur de Loreto, y all\u00ed tuvo un importante encuentro con fray Jun\u00edpero.<\/p>\n<p>Pronto surgi\u00f3 una amistad profunda entre estos dos hombres, que hab\u00edan de ser protagonistas de la formaci\u00f3n hist\u00f3rica de la alta California. Ambos estimaron que lo m\u00e1s urgente era fundar misi\u00f3n y fuerte en el puerto de San Diego, y tambi\u00e9n m\u00e1s arriba, en la bah\u00eda de Monterrey, para iniciar desde esas bases la poblaci\u00f3n y la evangelizaci\u00f3n de California.<\/p>\n<p>Para ello se organizaron cuatro expediciones, incluyendo en todas ellas soldados y frailes. Dos ir\u00edan por mar, cargando en dos buques ganados y semillas, aperos y suministros, y otras dos por tierra. El objetivo de todo este gran empe\u00f1o ven\u00eda expresado claramente en las Instrucciones de G\u00e1lvez al Gobernador: \u00abel extender la religi\u00f3n entre los gentiles que habitan el norte de este Pen\u00ednsula por el medio pac\u00edfico de establecer misiones que hagan la conquista espiritual\u00bb y el de \u00abintroducir la dominaci\u00f3n del Rey nuestro Se\u00f1or\u00bb.<\/p>\n<p>Larga marcha hacia el norte<\/p>\n<p>Por tierra, desde Loreto, parti\u00f3 fray Jun\u00edpero a fines de marzo. El estado de las misiones jesu\u00edticas era deplorable. Cada una hab\u00eda quedado al cuidado de un soldado, que en bastantes casos m\u00e1s que evitar los saqueos, los hab\u00eda controlado en provecho propio. En muchas los indios no trabajaban, ni acud\u00edan a la doctrina, y en otras se hab\u00edan marchado. En marzo, desde Loreto, el padre Serra emprendi\u00f3 viaje hacia las misiones del norte. El soldado \u00abcomisionado\u00bb, groseramente, le asign\u00f3 una mula vieja, ninguna ropa y escasos v\u00edveres.<\/p>\n<p>Lleg\u00f3 Serra primero a la misi\u00f3n de San Francisco Javier de Viaund\u00f3, y el padre Palou, que all\u00ed estaba, viendo el estado lastimoso de su pierna, no quer\u00eda dejarle seguir, pero no pudo retenerle. Visit\u00f3 tambi\u00e9n detenidamente San Jos\u00e9 de Comondu, La Pur\u00edsima -donde los indios bailaron en su honor-, Guadalupe, San Miguel -all\u00ed tuvieron la gentileza de cederle un muchacho indio ladino, que sab\u00eda leer y ayudar a misa-, Santa Rosal\u00eda de Muleg\u00e9, San Ignacio, Santa Gertrudis, San Francisco de Borja y Santa Mar\u00eda de los Angeles, donde se encontr\u00f3 con el Gobernador Pu\u00e9rtolas.<\/p>\n<p>Con \u00e9ste sigui\u00f3 adelante el padre Serra, y en un lugar favorable, fund\u00f3 su primera misi\u00f3n californiana, la de San Fernando de Vellicat\u00e1. El 14 de mayo, en presencia del Gobernador, se alz\u00f3 la cruz, se colg\u00f3 la campana y se construy\u00f3 en una choza una iglesita. El Veni Creator y las salvas que los soldados hicieron, solemnizaron, como se pudo, el acto. Fray Jun\u00edpero se emocionaba viendo al peque\u00f1o grupo de indios que se hab\u00edan acercado, y escribe:<\/p>\n<p>\u00abAlab\u00e9 al Se\u00f1or, bes\u00e9 la tierra, dando a Su Majestad gracias de que, despu\u00e9s de tantos a\u00f1os de desearlos, me conced\u00eda ya verme entre ellos en su tierra. Sal\u00ed prontamente y me vi con doce de ellos, todos varones, enter\u00edsimamente desnudos. A todos uno por uno puse ambas manos sobre sus cabezas en se\u00f1al de cari\u00f1o, les llen\u00e9 ambas manos de higos pasos&#8230; Con el int\u00e9rprete les hice saber que ya en aquel propio lugar se quedaba padre de pie que era el que all\u00ed ve\u00edan, y se llamaba Padre Miguel\u00bb.<\/p>\n<p>Un mes despu\u00e9s, ya lejos de all\u00ed, supo que m\u00e1s de cuarenta de ellos hab\u00edan pedido el Bautismo.<\/p>\n<p>El incesante caminar de un cojo<\/p>\n<p>Como ya vimos, permiti\u00f3 el Se\u00f1or que el beato fray Jun\u00edpero, lo mismo que San Luis Beltr\u00e1n, quedase cojo precisamente al ir a misiones. Y su dolencia se agravaba y manifestaba, como es natural, en los viajes m\u00e1s arduos y largos. En esta ocasi\u00f3n, el Gobernador le dijo: \u00abPadre Presidente, ya ve vuestra reverencia c\u00f3mo se halla incapaz de seguir con la expedici\u00f3n\u00bb, y propuso que le dejasen reposar en la primera misi\u00f3n. Fray Jun\u00edpero le contest\u00f3: \u00abNo hable vuestra merced de eso, porque yo conf\u00edo en Dios; me ha de dar fuerzas para llegar a San Diego, y en caso de no convenir, me conformo con su sant\u00edsima voluntad. Aunque me muera en el camino, no vuelvo atr\u00e1s, a bien que me enterrar\u00e1n, y quedar\u00e9 gustoso entre los gentiles, si es la voluntad de Dios\u00bb.<\/p>\n<p>El padre Serra debi\u00f3 sentirse atormentado no s\u00f3lo por los dolores de su pierna llagada, sino m\u00e1s a\u00fan por sus dudas interiores. Se preguntar\u00eda: \u00ab\u00bfC\u00f3mo el Se\u00f1or me manda a tan grandes viajes misioneros y me deja tan herido con el mal de mi pierna?\u00bb. Su \u00edmpetu misionero se ve\u00eda siempre frenado por su miseria f\u00edsica&#8230;<\/p>\n<p>Un d\u00eda, no sin encomendarse primero a Dios, tom\u00f3 discretamente aparte al arriero de la expedici\u00f3n, Juan Antonio Coronel. \u00abHijo, \u00bfno sabr\u00edas hacerme un remedio para la llaga de mi pie y pierna?\u00bb. El pobre arriero qued\u00f3 desconcertado: \u00abYo s\u00f3lo he curado las mataduras de las bestias\u00bb. Pronto contest\u00f3 fray Jun\u00edpero tan l\u00f3gica objeci\u00f3n: \u00abPues hijo, haz cuenta de que yo soy una bestia y que esta llaga es una matadura de que ha resultado el hinchaz\u00f3n de la pierna y los dolores tan grandes que siento, que no me dejan parar ni dormir; y hazme el mismo medicamento que aplicar\u00edas a una bestia\u00bb. As\u00ed lo hizo el arriero con unas hierbas y un emplasto, y, siendo obra sobrenatural de Dios o natural de las hierbas, o lo uno y lo otro, el caso es que se vi\u00f3 notablemente aliviado.<\/p>\n<p>Durante estos viajes de misi\u00f3n en misi\u00f3n, con frecuencia eran acompa\u00f1ados a distancia por indios ocultos, que a veces se acercaban en son de paz, e intercambiaban regalos, o que otras veces se aproximaban hostiles, haciendo gestos amenazadores, y dando a entender, sin lugar a dudas, que no deb\u00edan seguir adelante un paso m\u00e1s. En ocasiones, los indios hab\u00edan de ser dispersados por los soldados con las embestidas de los caballos y disparos al aire, sin que fuera necesaria mayor violencia.<\/p>\n<p>Cuenta el padre Sierra que en una ocasi\u00f3n, unos indios pac\u00edficos estuvieron con ellos, dejando sus armas en el suelo, y \u00abnos empezaron a explicar una por una el uso de ellas en sus batallas. Hac\u00edan todos los papeles as\u00ed del heridor, como del herido, tan al vivo, y con tanta gracia, que tuvimos un bello rato de recreaci\u00f3n. Hasta aqu\u00ed no hab\u00eda mujer alguna entre ellos, ni yo las hab\u00eda visto de las gentiles, y deseaba por ahora no verlas; cuando entre estas fiestas se aparecieron dos, hablando tan tupida y eficazmente como sabe y suele hacerlo este sexo, y cuando las vi tan honestamente cubiertas, no me pes\u00f3 de su llegada\u00bb.<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n franciscano de fray Jun\u00edpero, por entre aquellos caminos que atravesaban panoramas formidables, se dilataba de entusiasmo y de amor al Creador. Abriendo caminos nuevos por aquel mundo nuevo para ellos, nuestro fraile iba poniendo nombres en su Diario a los lugares m\u00e1s atractivos o se\u00f1alados: Corpus Christi, Alamo solo, San Pedro Regalado, Santa Petronila, San Basilio, San Gervasio&#8230;, consignando siempre los sitios m\u00e1s id\u00f3neos para la futura fundaci\u00f3n de misiones.<\/p>\n<p>El 20 de junio llegaron al mar, a la bah\u00eda de Todos los Santos, donde la actual Ensenada. D\u00edas despu\u00e9s hallaron un grupo de indios joviales y amistosos, en un lugar que \u00e9l llam\u00f3 La Rancher\u00eda de San Juan. \u00abSu bello talle, porte, afabilidad, alegr\u00eda, nos ha enamorado a todos\u00bb, escribe fray Jun\u00edpero. \u00abNos han regalado pescado y almejas, nos han bailado a su moda. En fin todos los gentiles me han cuadrado, pero \u00e9stos en especial me han robado el coraz\u00f3n. S\u00f3lo las mulas les han causado mucho asombro y miedo&#8230; Las mujeres van honestamente cubiertas; pero los hombres desnudos como todos. Traen su carcaj en los hombros, en su cabeza los m\u00e1s traen su g\u00e9nero de corona, o de piel de nutria, o de otra de pelo fino. Su cabello cortado en forma de peluqu\u00edn y embarrado de blanco, verdaderamente con aseo. Dios les d\u00e9 el del alma. Am\u00e9n\u00bb.<\/p>\n<p>A los pocos d\u00edas llegaron a un lugar bell\u00edsimo -San Juan de Capistrano, en su mapa personal-, bien cultivado, con parras y \u00e1rboles grandiosos, y unos indios se acercaron a ellos \u00abcomo si toda la vida nos hubieran conocido y tratado, de suerte que ya no hay coraz\u00f3n para dejarlos as\u00ed\u00bb. Sin embargo, era preciso seguir adelante. \u00abYo a todos convido para San Diego. Dios nos los llegue all\u00e1 o les traiga ministros que los encaminen para el cielo en su propia tierra, ya que se les ha concedido feraz y dichosa\u00bb.<\/p>\n<p>El 26 de junio, en otro encuentro amistoso con indios, en un bello lugar que llamaron San Francisco Solano, cuenta fray Jun\u00edpero: \u00abSe me sent\u00f3 en rueda gran n\u00famero de mujeres y ni\u00f1os, y a una le dio la gana de que le tuviese un rato en mis brazos su ni\u00f1o de pecho, y as\u00ed lo tuve, con buenas ganas de bautizarlo, hasta que se lo volv\u00ed. Yo a todos los persigno y santiguo, les hago decir &#8220;Jes\u00fas y Mar\u00eda&#8221;, les doy lo que puedo, los acaricio como mejor puedo, y as\u00ed vamos pasando, ya que por ahora no hay forma de mayor labor\u00bb.<\/p>\n<p>Estos indios se acercaban muchas veces buscando intercambios. \u00abComida poco la apetecen, porque est\u00e1n hartos\u00bb, escribe fray Jun\u00edpero, \u00abpero por cosa de pa\u00f1itos o cualquier trapo son capaces de salir de sus casillas y atropellar con todo. Cuando les doy algo de comer, me suelen decir con bien claras se\u00f1as que aquello no, sino que les d\u00e9 el santo h\u00e1bito que me cogen de la manga. Si a todos los que me han propuesta esta su vocaci\u00f3n lo hubiera concedido, ya tendr\u00eda una comunidad grande de gentiles frailes\u00bb. Otras veces los indios invad\u00edan curiosos el campamento, tomando y dejando -no siempre- las diversas cosas, y manifestado especial atracci\u00f3n por los anteojos de fray Jun\u00edpero.<\/p>\n<hr \/>\n<p><em>El autor de esta obra es el sacerdote espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aqu\u00ed la obra se publica \u00edntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse<\/em> <a href=\"http:\/\/is.gd\/iglesiamerica\">aqu\u00ed<\/a>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Presidente de las misiones californianas Como ya vimos, al ser expulsados los jesuitas en 1767, los franciscanos les sustituyeron en varias misiones. Fue as\u00ed como, en 1768, los franciscanos entraron en California para ocuparse de las misiones abandonadas por la Compa\u00f1\u00eda. 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