{"id":35148,"date":"2015-04-17T01:56:30","date_gmt":"2015-04-17T06:56:30","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=35148"},"modified":"2015-04-16T09:02:59","modified_gmt":"2015-04-16T14:02:59","slug":"el-hombre-la-pobreza-y-la-riqueza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2015\/04\/17\/el-hombre-la-pobreza-y-la-riqueza\/","title":{"rendered":"El hombre, la pobreza y la riqueza"},"content":{"rendered":"<p><strong>323 <\/strong><em>En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los bienes econ\u00f3micos y la riqueza. Por un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados necesarios para la vida:<\/em> en ocasiones, la abundancia \u2014pero no la riqueza o el lujo\u2014 es vista como una bendici\u00f3n de Dios. En la literatura sapiencial, la pobreza se describe como una consecuencia negativa del ocio y de la falta de laboriosidad (cf. <em>Pr<\/em> 10,4), pero tambi\u00e9n como un hecho natural (cf.<em> Pr <\/em>22,2). <em>Por otro lado, los bienes econ\u00f3micos y la riqueza no son condenados en s\u00ed mismos, sino por su mal uso<\/em>. La tradici\u00f3n prof\u00e9tica estigmatiza las estafas, la usura, la explotaci\u00f3n, las injusticias evidentes, especialmente con respecto a los m\u00e1s pobres (cf.<em> Is <\/em>58,3-11; <em>Jr<\/em> 7,4-7; <em>Os<\/em> 4,1-2; <em>Am<\/em> 2,6-7;<em> Mi <\/em>2,1-2). Esta tradici\u00f3n, si bien considera un mal la pobreza de los oprimidos, de los d\u00e9biles, de los indigentes, ve tambi\u00e9n en ella un s\u00edmbolo de la situaci\u00f3n del hombre delante de Dios; de \u00c9l proviene todo bien como un don que hay que administrar y compartir.<\/p>\n<p><strong>324 <\/strong><em>Quien reconoce su pobreza ante Dios, en cualquier situaci\u00f3n que viva, es objeto de una atenci\u00f3n particular por parte de Dios<\/em>: cuando el pobre busca, el Se\u00f1or responde; cuando grita, \u00c9l lo escucha. A los pobres se dirigen las promesas divinas: ellos ser\u00e1n los herederos de la alianza entre Dios y su pueblo. La intervenci\u00f3n salv\u00edfica de Dios se actuar\u00e1 mediante un nuevo David (cf.<em> Ez<\/em> 34,22-31), el cual, como y m\u00e1s que el rey David, ser\u00e1 defensor de los pobres y promotor de la justicia; \u00c9l establecer\u00e1 una nueva alianza y escribir\u00e1 una nueva ley en el coraz\u00f3n de los creyentes (cf. <em>Jr<\/em> 31,31-34).<\/p>\n<p><em>La pobreza, cuando es aceptada o buscada con esp\u00edritu religioso, predispone al reconocimiento y a la aceptaci\u00f3n del orden creatural<\/em>; en esta perspectiva, el \u00ab rico \u00bb es aquel que pone su confianza en las cosas que posee m\u00e1s que en Dios, el hombre que se hace fuerte mediante las obras de sus manos y que conf\u00eda s\u00f3lo en esta fuerza. La pobreza se eleva a valor moral cuando se manifiesta como humilde disposici\u00f3n y apertura a Dios, confianza en \u00c9l. Estas actitudes hacen al hombre capaz de reconocer lo relativo de los bienes econ\u00f3micos y de tratarlos como dones divinos que hay que administrar y compartir, porque la propiedad originaria de todos los bienes pertenece a Dios.<\/p>\n<p><strong>325 <\/strong><em>Jes\u00fas asume toda la tradici\u00f3n del Antiguo Testamento, tambi\u00e9n sobre los bienes econ\u00f3micos, sobre la riqueza y la pobreza, confiri\u00e9ndole una definitiva claridad y plenitud<\/em> (cf.<em> Mt<\/em> 6,24 y 13,22;<em> Lc <\/em>6,20-24 y 12,15-21;<em> Rm<\/em> 14,6-8 y<em> 1 Tm<\/em> 4,4). \u00c9l, infundiendo su Esp\u00edritu y cambiando los corazones, instaura el \u00ab Reino de Dios \u00bb, que hace posible una nueva convivencia en la justicia, en la fraternidad, en la solidaridad y en el compartir. El Reino inaugurado por Cristo perfecciona la bondad originaria de la creaci\u00f3n y de la actividad humana, herida por el pecado. Liberado del mal y reincorporado en la comuni\u00f3n con Dios, todo hombre puede continuar la obra de Jes\u00fas con la ayuda de su Esp\u00edritu: hacer justicia a los pobres, liberar a los oprimidos, consolar a los afligidos, buscar activamente un nuevo orden social, en el que se ofrezcan soluciones adecuadas a la pobreza material y se contrarresten m\u00e1s eficazmente las fuerzas que obstaculizan los intentos de los m\u00e1s d\u00e9biles para liberarse de una condici\u00f3n de miseria y de esclavitud. Cuando esto sucede, el Reino de Dios se hace ya presente sobre esta tierra, aun no perteneciendo a ella. En \u00e9l encontrar\u00e1n finalmente cumplimiento las promesas de los Profetas.<\/p>\n<p><strong>326 <\/strong><em>A la luz de la Revelaci\u00f3n, la actividad econ\u00f3mica ha de considerarse y ejercerse como una respuesta agradecida a la vocaci\u00f3n que Dios reserva a cada hombre<\/em>. \u00c9ste ha sido colocado en el jard\u00edn para cultivarlo y custodiarlo, us\u00e1ndolo seg\u00fan unos limites bien precisos (cf.<em> Gn <\/em>2,16-17), con el compromiso de perfeccionarlo (cf.<em> Gn <\/em>1,26-30; 2,15-16;<em> Sb <\/em>9,2-3). Al hacerse testigo de la grandeza y de la bondad del Creador, el hombre camina hacia la plenitud de la libertad a la que Dios lo llama. Una buena administraci\u00f3n de los dones recibidos, incluidos los dones materiales, es una obra de justicia hacia s\u00ed mismo y hacia los dem\u00e1s hombres: lo que se recibe ha de ser bien usado, conservado, multiplicado, como ense\u00f1a la par\u00e1bola de los talentos (cf. <em>Mt <\/em>25,14-31; <em>Lc<\/em> 19,12-27).<\/p>\n<p><em>La actividad econ\u00f3mica y el progreso material deben ponerse al servicio del hombre y de la sociedad<\/em>: dedic\u00e1ndose a ellos con la fe, la esperanza y la caridad de los disc\u00edpulos de Cristo, la econom\u00eda y el progreso pueden transformarse en lugares de salvaci\u00f3n y de santificaci\u00f3n. Tambi\u00e9n en estos \u00e1mbitos es posible expresar un amor y una solidaridad m\u00e1s que humanos y contribuir al crecimiento de una humanidad nueva, que prefigure el mundo de los \u00faltimos tiempos.<sup>683<\/sup> Jes\u00fas sintetiza toda la Revelaci\u00f3n pidiendo al creyente<em> enriquecerse delante de Dios<\/em> (cf. <em>Lc<\/em> 12,21): y la econom\u00eda es \u00fatil a este fin, cuando no traiciona su funci\u00f3n de instrumento para el crecimiento integral del hombre y de las sociedades, de la calidad humana de la vida.<\/p>\n<p><strong>327 <\/strong><em>La fe en Jesucristo permite una comprensi\u00f3n correcta del desarrollo social, en el contexto de un humanismo integral y solidario. <\/em>Para ello resulta muy \u00fatil la contribuci\u00f3n de la reflexi\u00f3n teol\u00f3gica ofrecida por el Magisterio social: \u00ab <em>La fe en Cristo redentor<\/em>, mientras ilumina interiormente la naturaleza del desarrollo, gu\u00eda tambi\u00e9n en la tarea de colaboraci\u00f3n. En la carta de san Pablo a los Colosenses leemos que Cristo es \u201cel primog\u00e9nito de toda la creaci\u00f3n\u201d y que \u201ctodo fue creado por \u00e9l y para \u00e9l\u201d (1,15-16). En efecto, \u201ctodo tiene en \u00e9l su consistencia\u201d porque \u201cDios tuvo a bien hacer residir en \u00e9l toda la plenitud y reconciliar por \u00e9l y para \u00e9l todas la cosas\u201d (<em>ib\u00edd<\/em>., 1,20). En este plan divino, que comienza desde la eternidad en Cristo, \u201cImagen\u201d perfecta del Padre, y culmina en \u00e9l, \u201cPrimog\u00e9nito de entre los muertos\u201d (<em>ib\u00edd.<\/em>, 1,15.18),<em> se inserta nuestra historia<\/em>, marcada por nuestro esfuerzo personal y colectivo por elevar la condici\u00f3n humana, vencer los obst\u00e1culos que surgen siempre en nuestro camino, disponi\u00e9ndonos as\u00ed a participar en la plenitud que \u201creside en el Se\u00f1or\u201d y que \u00e9l comunica \u201ca su cuerpo, la Iglesia\u201d (<em>ib\u00edd<\/em>., 1,18; cf.<em> Ef<\/em> 1,22-23), mientras el pecado, que siempre nos acecha y compromete nuestras realizaciones humanas, es vencido y rescatado por la \u201creconciliaci\u00f3n\u201d obrada por Cristo (cf.<em> Col <\/em>1,20) \u00bb.<sup>684<\/sup><\/p>\n<p><strong>NOTAS para esta secci\u00f3n<\/strong><\/p>\n<p><sup>683<\/sup>Cf. Juan Pablo II, Carta enc.<em> Laborem exercens,<\/em> 25-27: AAS 73 (1981) 638-647.<\/p>\n<p><sup>684<\/sup>Juan Pablo II, Carta enc.<em> Sollicitudo rei socialis,<\/em> 31: AAS 80 (1988) 554-555.<\/p>\n<\/p>\n<hr \/>\n<p><em>Este Compendio se publica \u00edntegramente, por entregas, <a href=\"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/categorias\/iglesia-catolica\/biblioteca-vaticana\/compendio-de-doctrina-social\/?order=ASC\">aqu\u00ed<\/a>.<\/em><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>323 En el Antiguo Testamento se encuentra una doble postura frente a los bienes econ\u00f3micos y la riqueza. Por un lado, de aprecio a la disponibilidad de bienes materiales considerados necesarios para la vida: en ocasiones, la abundancia \u2014pero no la riqueza o el lujo\u2014 es vista como una bendici\u00f3n de Dios. 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