{"id":32461,"date":"2014-12-18T19:46:36","date_gmt":"2014-12-19T00:46:36","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=32461"},"modified":"2014-12-18T19:46:36","modified_gmt":"2014-12-19T00:46:36","slug":"sacrificios-humanos-entre-los-aztecas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2014\/12\/18\/sacrificios-humanos-entre-los-aztecas\/","title":{"rendered":"Sacrificios humanos entre los aztecas"},"content":{"rendered":"<p><strong>Huitzilopochtli<\/strong><\/p>\n<p>El espanto mayor iban a tenerlo [los espa\u00f1oles llegados a lo que hoy es M\u00e9xico] en Tenochtitl\u00e1n, en el coraz\u00f3n mismo del imperio azteca. Aquel imperio formidable, constru\u00eddo sobre el mesianismo religioso azteca, ten\u00eda, como hemos visto, un centro espiritual indudable:<em> el gran teocali de Tenochtitl\u00e1n<\/em>, desde el cual imperaba Huitzilopochtli. Este \u00eddolo temible, que al principio hab\u00eda recibido culto en una modesta caba\u00f1a, y posteriormente en templos m\u00e1s dignos, finalmente en 1487, cinco a\u00f1os antes del descubrimiento de Am\u00e9rica, fue entronizado solemnemente en el teocali m\u00e1ximo del imperio.<\/p>\n<p>Durante cuatro a\u00f1os, millares de esclavos indios lo hab\u00edan edificado, mientras el emperador Ahuitzotl guerreaba contra varios pueblos, para reunir prisioneros destinados al sacrificio. La pir\u00e1mide truncada, de una altura de m\u00e1s de 70 metros, sosten\u00eda en la terraza dos templetes, en uno de los cuales presid\u00eda el terrible <em>Huitzilopochtli<\/em>, y en el otro <em>Tezcalipoca<\/em>. Ciento catorce empinados escalones conduc\u00eda a la cima por la fachada principal labrada de la pir\u00e1mide. En torno al templo, muchos otros palacios y templos, el juego de pelota y los mercados, formaban una inmensa plaza. En lo alto del teocali, frente al altar de cada \u00eddolo, hab\u00eda una piedra redonda o <em>t\u00e9chcatl<\/em>, dispuesta para los sacrificios humanos.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>A la multitud de dioses y templos mexicanos correspond\u00eda una cantidad innumerable de sacerdotes. S\u00f3lamente en este templo mayor hab\u00eda unos 5.000, y seg\u00fan dice Trueba, \u00abno hab\u00eda menos de un mill\u00f3n en todo el imperio\u00bb (<em>Huichilobos<\/em> 33). Entre estos sacerdotes exist\u00edan jerarqu\u00edas y grados diversos, y todos ellos se tiznaban diariamente de holl\u00edn, vest\u00edan mantas largas, se dejaban crecer los cabellos indefinidamente, los trenzaban y los untaban con tinta y sangre. Su aspecto era tan espantoso como impresionante.<\/p>\n<p><strong>Los sacrificios humanos<\/strong><\/p>\n<p>Los aztecas viv\u00edan regidos continuamente por un Calendario religioso de 18 meses, compuesto cada uno de 20 d\u00edas, y muchas de las celebraciones lit\u00fargicas inclu\u00edan sacrificios humanos. Otros acontecimientos, como la inauguraci\u00f3n de templos, tambi\u00e9n exig\u00edan ser santificados con sangre humana. Por ejemplo, en tiempos de Axay\u00e1ctl (1469-1482), cuando se inaugur\u00f3 el <em>Calendario Azteca<\/em>, esa enorme y preciosa piedra de 25 toneladas que es hoy admiraci\u00f3n de los turistas, se sacrificaron 700 v\u00edctimas (Alvear 92). Y poco despu\u00e9s Ah\u00edtzotl, para inaugurar su reinado, en 1487, consagr\u00f3 el <em>gran teocali de Tenochtitl\u00e1n<\/em>. En catorce templos y durante cuatro d\u00edas, ante los se\u00f1ores de Tezcoco y Tlacopan, que hab\u00edan sido invitados a la solemne ceremonia, se sacrificaron innumerables prisioneros, hombres, mujeres y ni\u00f1os, quiz\u00e1 20.000, seg\u00fan el <em>C\u00f3dice Telleriano<\/em>, aunque debieron ser muchos m\u00e1s, seg\u00fan otros autores, y como se afirma en la cr\u00f3nica del noble mestizo Alva Ixtlilxochitl:<\/p>\n<p>\u00abFueron ochenta mil cuatrocientos hombres en este modo: de la naci\u00f3n tzapoteca 16.000, de los tlapanecas 24.000, de los huexotzincas y atlixcas otros 16.000, de los de Tizauhc\u00f3ac 24.4000, que vienen a montar el n\u00famero referido, todos los cuales fueron sacrificados ante este estatuario del demonio [Huitzilipochtli], y las cabezas fueron encajadas en unos huecos que de intento se hicieron en las paredes del templo mayor, sin [contar] otros cautivos de otras guerras de menos cuant\u00eda que despu\u00e9s en el discurso del a\u00f1o fueron sacrificados, que vinieron a ser m\u00e1s de 100.000 hombres; y as\u00ed los autores que exceden en el n\u00famero, se entiende con los que despu\u00e9s se sacrificaron\u00bb (cp.60).<\/p>\n<p>Treinta a\u00f1os despu\u00e9s, cuando llegaron los soldados espa\u00f1oles a la a\u00fan no conquistada Tenechtitlan, pudieron <em>ver<\/em> con indecible espanto c\u00f3mo un grupo de compa\u00f1eros apresados en combate eran sacrificados al modo ritual. Bernal D\u00edaz del Castillo, sin poder reprimir un temblor retrospectivo, hace de aquellos sacrificios humanos una descripci\u00f3n alucinante (cp.102). Pocos a\u00f1os despu\u00e9s, el franciscano Motolin\u00eda los describe as\u00ed:<\/p>\n<p>\u00abTen\u00edan una piedra larga, la mitad hincada en tierra, en lo alto encima de las gradas, delante del altar de los \u00eddolos. En esta piedra tend\u00edan a los desventurados de espaldas para los sacrificar, y el pecho muy tenso, porque los ten\u00edan atados los pies y las manos, y el principal sacerdote de los \u00eddolos o su lugarteniente, que eran los que m\u00e1s ordinariamente sacrificaban, y si algunas veces hab\u00eda tantos que sacrificar que \u00e9stos se cansasen, entraban otros que estaban ya diestros en el sacrificio, y de presto con una piedra de pedernal, hecho un navaj\u00f3n como hierro de lanza, con aquel cruel navaj\u00f3n, con mucha fuerza abr\u00edan al desventurado y de presto sac\u00e1banle el coraz\u00f3n, y el oficial de esta maldad daba con el coraz\u00f3n encima del umbral del altar de parte de fuera, y all\u00ed dejaba hecha una mancha de sangre; y ca\u00eddo el coraz\u00f3n, estaba un poco bullendo en la tierra, y luego pon\u00edanle en una escudilla [<em>cuauhxicalli<\/em>] delante del altar.<\/p>\n<p>\u00abOtras veces tomaban el coraz\u00f3n y levant\u00e1banle hacia el sol, y a las veces untaban los labios de los \u00eddolos con la sangre. Los corazones a las veces los com\u00edan los ministros viejos; otras los enterraban, y luego tomaban el cuerpo y ech\u00e1banle por la gradas abajo a rodar; y allegado abajo, si era de los presos en guerra, el que lo prendi\u00f3, con sus amigos y parientes, llev\u00e1banlo, y aparejaban aquella carne humana con otras comidas, y otro d\u00eda hac\u00edan fiesta y le com\u00edan; y si el sacrificado era esclavo no le echaban a rodar, sino abaj\u00e1banle a brazos, y hac\u00edan la misma fiesta y convite que con el preso en guerra.<\/p>\n<p>\u00abEn esta fiesta [<em>Panquetzaliztli<\/em>] sacrificaban de los tomados en guerra o esclavos, porque casi siempre eran \u00e9stos los que sacrificaban, seg\u00fan el pueblo, en unos veinte, en otros treinta, o en otros cuarenta y hasta cincuenta y sesenta; en M\u00e9xico se sacrificaban ciento y de ah\u00ed arriba.<\/p>\n<p>\u00abY nadie piense que ninguno de los que sacrificaban mat\u00e1ndolos y sac\u00e1ndoles el coraz\u00f3n, o cualquiera otra muerte, que era de su propia voluntad, sino por fuerza, y sintiendo muy sentida la muerte y su espantoso dolor.<\/p>\n<p>\u00abDe aquellos que as\u00ed sacrificaban, desollaban algunos; en unas partes, dos o tres; en otras, cuatro o cinco; y en M\u00e9xico, hasta doce o quince; y vest\u00edan aquellos cueros, que por las espaldas y encima de los hombros dejaban abiertos, y vestido lo m\u00e1s justo que pod\u00edan, como quien viste jub\u00f3n y calzas, bailaban con aquel cruel y espantoso vestido.<\/p>\n<p>\u00abEn M\u00e9xico para este d\u00eda guardaban alguno de los presos en la guerra que fuese se\u00f1or o persona principal, y a aqu\u00e9l desollaban para vestir el cuero de \u00e9l el gran se\u00f1or de M\u00e9xico, Moctezuma, el cual con aquel cuero vestido bailaba con mucha gravedad, pensando que hac\u00eda gran servicio al demonio [<em>Huitzilopochtli<\/em>] que aquel d\u00eda honraban; y esto iban muchos a ver como cosa de gran maravilla, porque en los otros pueblos no se vest\u00edan los se\u00f1ores los cueros de los desollados, sino otros principales. Otro d\u00eda de la fiesta, en cada parte sacrificaban una mujer y desoll\u00e1banla, y vest\u00edase uno el cuero de ella y bailaba con todos los otros del pueblo; aqu\u00e9l con el cuero de la mujer vestido, y los otros con sus plumajes\u00bb (<em>Historia<\/em> I,6, 85-86).<\/p>\n<p>Diego Mu\u00f1oz Camargo, mestizo, en su <em>Historia de Tlaxcala<\/em> escribe: \u00abCont\u00e1bame uno que hab\u00eda sido sacerdote del demonio, y que despu\u00e9s se hab\u00eda convertido a Dios y a su santa fe cat\u00f3lica y bautizado, que cuando arrancaba el coraz\u00f3n de las entra\u00f1as y costado del miserable sacrificado era tan grande la fuerza con que pulsaba y palpitaba que le alzaba del suelo tres o cuatro veces hasta que se hab\u00eda el coraz\u00f3n enfriado\u00bb (I,20).<\/p>\n<p>Estos sacrificios humanos estaban m\u00e1s o menos difundidos por la mayor parte de los pueblos que hoy forman M\u00e9xico. En el nuevo imperio de los <em>mayas<\/em>, seg\u00fan cuenta Diego de Landa, se sacrificaba a los prisioneros de guerra, a los esclavos comprados para ello, y a los propios hijos en ciertos casos de calamidades, y el sacrificio se realizaba normalmente por extraci\u00f3n del coraz\u00f3n, por decapitaci\u00f3n, flechando a las v\u00edctimas, o ahog\u00e1ndolas en agua (<em>Relaci\u00f3n de las cosas de Yucat\u00e1n<\/em>, cp.5; +M. Rivera 172-178).<\/p>\n<p>En la religi\u00f3n de los <em>tarascos<\/em>, cuando mor\u00eda el representante del dios principal, se daba muerte a siete de sus mujeres y a cuarenta de sus servidores para que le acompa\u00f1asen en el m\u00e1s all\u00e1 (Alvear 54)&#8230;<\/p>\n<p>Las calaveras de los sacrificados eran guardadas de diversos modos. Por ejemplo, el capit\u00e1n Andr\u00e9s Tapia, compa\u00f1ero de Cort\u00e9s, describe el <em>tzompantli<\/em> (muro de cr\u00e1neos) que vio en el gran teocali de Tenochtitl\u00e1n, y dice que hab\u00eda en \u00e9l \u00abmuchas cabezas de muertos pegadas con cal, y los dientes hacia fuera\u00bb. Y describe tambi\u00e9n c\u00f3mo vieron muchos palos verticales, y \u00aben cada palo cinco cabezas de muerto ensartadas por las sienes. Y quien esto escribe, y un Gonzalo de Umbr\u00eda, contaron los palos que hab\u00eda, y multiplicando a cinco cabezas cada palo de los que entre viga y viga estaban, hallamos haber 136.000 cabezas\u00bb (<em>Relaci\u00f3n<\/em>: AV, <em>La conquista<\/em> 108-109; +L\u00f3pez de G\u00f3mara, <em>Conquista<\/em> p.350; Alvear 88).<\/p>\n<hr \/>\n<p><em>El autor de esta obra es el sacerdote espa\u00f1ol Jos\u00e9 Ma. Iraburu, a quien expresamos nuestra gratitud. Aqu\u00ed la obra se publica \u00edntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse<\/em> <a href=\"http:\/\/is.gd\/iglesiamerica\">aqu\u00ed<\/a>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Huitzilopochtli El espanto mayor iban a tenerlo [los espa\u00f1oles llegados a lo que hoy es M\u00e9xico] en Tenochtitl\u00e1n, en el coraz\u00f3n mismo del imperio azteca. Aquel imperio formidable, constru\u00eddo sobre el mesianismo religioso azteca, ten\u00eda, como hemos visto, un centro espiritual indudable: el gran teocali de Tenochtitl\u00e1n, desde el cual imperaba Huitzilopochtli. 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