{"id":21299,"date":"2013-07-03T01:37:53","date_gmt":"2013-07-03T06:37:53","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=21299"},"modified":"2013-06-29T13:47:18","modified_gmt":"2013-06-29T18:47:18","slug":"decima-leccion-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/07\/03\/decima-leccion-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"D\u00e9cima Lecci\u00f3n sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n D\u00e9cima<\/strong><\/p>\n<p><em>Honores rendidos a los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p><em>La sepultura concedida<\/em><\/p>\n<p>Ha terminado el drama tr\u00e1gico del martirio, y la muchedumbre se aleja embargada de sentimientos muy diversos: unos contentos y satisfechos, otros tristes y preocupados, algunos conmovidos&#8230;<\/p>\n<p>Pero junto a los restos del m\u00e1rtir queda un grupo de familiares, amigos o hermanos en la fe. La ley dispon\u00eda que aquellos restos lastimosos fueran entregados a quien los reclamara.<\/p>\n<p>\u00abLos cuerpos de los ajusticiados se deben entregar a quien los pida para enterrarlos\u00bb (Pablo, Digesto  XLVIII, XXIV,3). \u00abLos cad\u00e1veres de los decapitados no se deben negar a los parientes. Las cenizas y huesos de los ejecutados por el fuego se pueden recoger y depositar en un sepulcro\u00bb (Ulpiano, ib. 1).<\/p>\n<p>A ejemplo de Jos\u00e9 de Arimatea, que pide a Pilato el cuerpo del Salvador (Mt 27, 57-58), los fieles cristianos piden a los magistrados los cuerpos de sus hermanos martirizados. Y a\u00fan durante las mismas persecuciones, se hacen a los m\u00e1rtires solemnes exequias.<\/p>\n<p>Cuando en Cartago fue decapitado el obispo San Cipriano, los fieles lo sepultaron de modo provisional cerca del lugar de su ejecuci\u00f3n. Pero por la tarde, fueron a buscarlo clero y fieles, y en procesi\u00f3n solemne, con cirios y antorchas, cantando himnos de victoria -cum cereis  et scolacibus, cum voto et triumpho- , lo trasladaron a una posesi\u00f3n del procurador Macrobio Condidiano, junto a un camino que llamaban \u00abla v\u00eda de los sepulcros\u00bb, y all\u00ed recibi\u00f3 sepultura definitiva.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>La sepultura denegada<\/em><\/p>\n<p>\u00c9sta era la costumbre normalmente seguida, seg\u00fan suelen referir las Passiones de los m\u00e1rtires. Pero en ocasiones la ley permit\u00eda que los magistrados negaran la concesi\u00f3n de sepultura: nonnumquam non permittitur (Ulpiano, Digesto XLVIII,  XXIV,1). Varios ejemplos de esto se dieron en tiempo de Marco Aurelio.<\/p>\n<p>Los restos de los m\u00e1rtires de Li\u00f3n, tanto  de aquellos que murieron en la c\u00e1rcel como de los decapitados o arrojados a las fieras, fueron echados a los perros. Y a los seis d\u00edas, lo que quedaba, fue quemado y  arrojado al R\u00f3dano: \u00abLos paganos -escriben los hermanos de Li\u00f3n- cre\u00edan que de este modo hab\u00edan vencido la voluntad del Alt\u00edsimo, privando a los m\u00e1rtires de la resurrecci\u00f3n. As\u00ed, se dec\u00edan, se quitar\u00e1 toda esperanza de renacimiento a estos hombres animados por esta esperanza, que desprecian las torturas y que corren alegremente a la muerte, introduciendo en el Imperio una religi\u00f3n extra\u00f1a. Veamos ahora si resucitan y si su Dios le ayuda y consigue arrancarlos de nuestras manos\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. V,1,57-63).<\/p>\n<p>Este tosco prejuicio, que tambi\u00e9n es consignado en otros documentos, fue uno de los motivos que a veces indujo a los paganos a matar a los cristianos de modos que aniquilasen lo m\u00e1s posible sus cuerpos -como por el fuego-, y a negar sepultura digna a sus restos. Pensaban que as\u00ed hac\u00edan imposible su resurrecci\u00f3n, y que de este modo persegu\u00edan a sus v\u00edctimas no solo en este mundo, sino tambi\u00e9n en el otro. Vano intento.<\/p>\n<p>\u00abCuando mi cuerpo haya sido destruido -escribe San Ignacio a los romanos (4)- ser\u00e9 verdaderamente disc\u00edpulo de Jesucristo\u00bb. Pionio declara en la pira que va a reducirle a cenizas: \u00abAquello que sobre todo me mueve a buscar la muerte, lo que me da fuerza para aceptarla, es el deseo de convencer a todo el pueblo de que hay una resurrecci\u00f3n\u00bb (Passio S. Pionii 21).<\/p>\n<p>Ese odio supersticioso de los paganos explica que en la \u00e9poca de Diocleciano muchos m\u00e1rtires, despu\u00e9s de ser decapitados, sofocados por el fuego o muertos por las fieras, fueran arrojados al r\u00edo o al mar, o quedaran abandonados en el suelo prolongadamente. Eusebio narra uno de estos actos de barbarie, que fue seguido de un suceso impresionante:<\/p>\n<p>\u00abEl gobernador de Cesarea lleg\u00f3 en su furor contra los siervos de Dios hasta pisar las leyes de la naturaleza, prohibiendo dar sepultura a los restos de los santos. Por orden suya, eran custodiados al aire libre d\u00eda y noche, para que las fieras pudieran devorarlos. Cada d\u00eda se pod\u00eda ver a una muchedumbre que velaba para que esta orden se ejecutara exactamente. Los soldados imped\u00edan que se recogieran los cad\u00e1veres, como si en esto les fuera mucho, y los perros, las fieras, las aves carn\u00edvoras destrozaban y dispersaban los miembros humanos, dejando restos de huesos y v\u00edsceras por cualquier lugar de la ciudad. Algunos dicen haber visto restos de cad\u00e1veres en las calles. Pues bien, al cabo de varios d\u00edas sucedi\u00f3 un prodigio. Estando el cielo limpio y sereno, por las columnas que sostienen los p\u00f3rticos comenzaron a correr gotas de agua, que mojaban el suelo de las plazas, aunque ni hab\u00eda llovido ni ca\u00eddo roc\u00edo. El mismo pueblo reconoci\u00f3 que la tierra, no pudiendo soportar las impiedades que se comet\u00edan sobre ella, hab\u00eda derramado l\u00e1grimas, y que las piedras, seres privados de raz\u00f3n, hab\u00edan llorado para conmover a los b\u00e1rbaros corazones de los hombres\u00bb. Eusebio apela al testimonio de cuantos vieron con sus propios ojos estas l\u00e1grimas de las cosas, lacrym\u00e6 rerum (De Martyr. Palest. 9,12-13).<\/p>\n<p>Junto a este odio supersticioso a los restos de los m\u00e1rtires ha de tenerse tambi\u00e9n en cuenta que a los magistrados les irritaba profundamente los honores solemnes que eran tributados a quienes ellos hab\u00edan infamado y condenado, viendo adem\u00e1s en tales honores un est\u00edmulo para que se afirmara a\u00fan m\u00e1s la superstici\u00f3n cristiana.<\/p>\n<p>Ya en siglo II, los familiares del irenarca de Esmirna piden al proc\u00f3nsul de Asia que no ceda a los cristianos el cad\u00e1ver de San Policarpo, \u00abno sea que dejen ahora al Crucificado para adorar a \u00e9ste\u00bb (Martyrium Polic. 17). Los fieles, sin embargo, logran recoger los huesos del m\u00e1rtir perdonados por las llamas, \u00abm\u00e1s preciosos para nosotros que el oro y las piedras preciosas\u00bb (ib. 18).<\/p>\n<p>Al principio de la persecuci\u00f3n de Diocleciano, los servidores cristianos de palacio que fueron martirizados recib\u00edan sepultura. Pero luego se mand\u00f3 desenterrarlos y arrojar los restos al mar, temiendo que \u00absi permanec\u00edan en sus tumbas comenzar\u00edan a adorarlos como a dioses\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. VIII,6). El gobernador Daciano, mandar arrojar al mar los restos del di\u00e1cono San Vicente, martirizado en Valencia, \u00abtemeroso de que si los cristianos guardaban sus reliquias, lo honrasen como a m\u00e1rtir\u00bb (Passio S. Vincentii 10).<\/p>\n<p>La denegaci\u00f3n de sepultura se hizo frecuente al comienzo del siglo IV, cuando la guerra contra los cristianos se hizo m\u00e1s violenta y sistem\u00e1tica. Pero en t\u00e9rminos generales puede decirse que, salvo alguna excepci\u00f3n, en los tres primeros siglos no hubo obst\u00e1culos para la libre inhumaci\u00f3n de los m\u00e1rtires, que a veces era muy solemne. Santa Cecilia y San Jacinto, por ejemplo, fueron depositados en sus tumbas con mortajas tejidas con hilos de oro.<\/p>\n<p><em>Rescate de las reliquias de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>La Iglesia, desde su inicio, tributa un honor inmenso a sus miembros inmolados a causa de la fe (Libanio, Epitaphios Juliani; S. Gregorio Nacianceno, Oratio IV,58; VII,11; S. Juan Cris\u00f3stomo, In Juventinum et Maximinum 2). La devoci\u00f3n de los fieles hacia los restos de los m\u00e1rtires es tan grande que no dudan en exponer sus vidas para recuperarlos. Se atreven a infringir las graves disposiciones de los magistrados, y emplean su dinero y su astucia para recoger las reliquias de los m\u00e1rtires y llev\u00e1rselas en secreto.<\/p>\n<p>Bajo Marco Aurelio, son \u00abrobados\u00bb los restos de San Justino y compa\u00f1eros en Roma (Acta S. Justini 5), y en Li\u00f3n las reliquias de los santos Ep\u00edpodo y Alejandro (Passio SS. Epipodii et Alexandri 12). Bajo Decio, los fieles \u00abhurtan para colocarlos en lugar seguro\u00bb los restos de Carpos, Papylos y Agathonice (Martyrium Carpi, Papyli et Agathonicae in fine). Bajo Valeriano, en Tarragona, los fieles van de noche al anfiteatro y apagando la hoguera, que todav\u00eda ard\u00eda, rescatan de los rescoldos los restos de Fructuoso y de sus di\u00e1conos (Acta Fructuosi, Augurii et Eulogii 6). Bajo Diocleciano, en a\u00f1os en que la prohibici\u00f3n de sepultura era m\u00e1s frecuente, se producen muchos de estos rescates devocionales. En Macedonia, unos cristianos que se disfrazan de marineros van en barcas para recoger con redes los cuerpos de Filipo y Hermes, arrojados al Hebro (Passio S. Philippi 15). En Roma, en la peque\u00f1a catacumba de Generosa, con cascotes de otras tumbas, se construye a toda prisa una tumba para guardar los cuerpos de los m\u00e1rtires Faustino y Simplicio, pescados en el T\u00edber (Acta SS. Beatricis, Simpliciis et Faustini, en Acta SS. julio, VII,47).<\/p>\n<p>\u00a1Qu\u00e9 devoci\u00f3n inmensa la de los cristianos hacia los m\u00e1rtires, queriendo guardar fielmente no solo la memoria de su triunfo, sino hasta las menores part\u00edculas de sus restos corporales!<\/p>\n<p>Los cristianos de Cartago, cuando su obispo San Cipriano est\u00e1 de rodillas para ser decapitado, extienden delante de \u00e9l pa\u00f1os y lienzos, para que no se pierda ni una gota de su sangre (Acta proconsularia S. Cypriani 5). Cuando fue abierta la tumba de Santa Cecilia, al lado de la m\u00e1rtir, se hallaron lienzos manchados de sangre, que hab\u00edan sido enterrados con ella. El poeta Prudencio vio en la catacumba de San Hip\u00f3lito una pintura que representaba a los fieles recogiendo con esponjas la sangre de este m\u00e1rtir (Peri Stephan. XI, 141-144).<\/p>\n<p>En la \u00faltima persecuci\u00f3n, cuando era negada la sepultura a los m\u00e1rtires, a falta de su cuerpo, los fieles inhumaban con toda solemnidad su sangre. Una inscripci\u00f3n de Numidia recuerda esta piadosa ceremonia, en honor de unos m\u00e1rtires que se negaron a ofrecer incienso a los \u00eddolos: \u00abInhumaci\u00f3n de la sangre de los santos m\u00e1rtires que sufrieron en la ciudad de Milevi, siendo presidente Floro, en los d\u00edas de la prueba del incienso\u00bb (Bullet. di Arch. Crist. 1876, lam. III, n\u00ba 2).<\/p>\n<p><em>Los sepulcros de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>La ley romana prohib\u00eda toda profanaci\u00f3n de las sepulturas. Un rescripto de Marco Aurelio, que se aplicaba en todos los casos, dispon\u00eda que \u00ablos cad\u00e1veres que han recibido justa sepultura no sean turbados jam\u00e1s en su reposo\u00bb (Marciano, Digesto XI, VII,39). Por tanto, los restos de los m\u00e1rtires, una vez sepultados, quedaban seguros, si no de toda violencia popular, s\u00ed al menos de toda profanaci\u00f3n legal.<\/p>\n<p>Era muy importante fijar bien los l\u00edmites de una sepultura, pues la ley daba a \u00e9sta una condici\u00f3n \u00abreligiosa\u00bb, haci\u00e9ndola inalienable, fuera del comercio. Por eso en muchos epitafios antiguos se da la medida exacta del terreno funerario -in fronte pedes&#8230; in agro pedes&#8230;-. Hab\u00eda campos funerarios de gran extensi\u00f3n, como verdaderos parques, y los hab\u00eda muy reducidos, como las tumbas modernas. No pocos cementerios cristianos se formaron en torno al sepulcro extenso de un m\u00e1rtir famoso.<\/p>\n<p>Cuando bajo Caracalla fue martirizado Alejandro, obispo de Baccano, en la Toscana, se consigui\u00f3 para su sepulcro un terreno de trescientos pies cuadrados (Passio S. Alexandri, en Acta SS. sept. VI,235). La mayor parte de las catacumbas medianas o peque\u00f1as de Roma, situadas a veces en fincas de cristianos ricos y generosos, se formaron de este modo, a\u00f1adiendo tumbas en torno al sepulcro de un m\u00e1rtir ilustre.<\/p>\n<p>Las antiguas tumbas de los m\u00e1rtires no estaban ocultas. Los m\u00e1rtires y confesores del linaje de los Flavianos, por ejemplo, ya en el siglo I, tienen su sepulcro junto a Roma, en la v\u00eda Ardeatina, y en \u00e9l se entra por un acceso monumental, que a\u00fan se conserva (Bullet. di Arch. Crist. 1865, 335 y 96). Y a principios del siglo II, el sacerdote romano Cayo escribe: \u00abYo puedo mostrar los trofeos de los Ap\u00f3stoles. Si vais al Vaticano o a la v\u00eda Ostiense, all\u00ed encontrar\u00e9is los trofeos de quienes fundaron la iglesia de Roma\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. II,25,7). Las tumbas de San Pedro y de San Pablo, siglo y medio despu\u00e9s de su martirio, eran todav\u00eda reconocibles por alg\u00fan mausoleo.<\/p>\n<p>En tiempos ordinarios, por tanto, no hallaban los cristianos obst\u00e1culos para sepultar dignamente a sus m\u00e1rtires, y para visitar por devoci\u00f3n sus sepulcros. Incluso la ley permit\u00eda, con licencia del emperador, trasladar los restos de los m\u00e1rtires que hab\u00edan muerto en el destierro (Marciano, Digesto XLVIII, XXIV,2; T\u00e1cito, Annales XIV,12).<\/p>\n<p>As\u00ed fueron trasladados desde la isla de Cerde\u00f1a los restos del Papa Ponciano, cuyo epitafio se halla en el cementerio de San Calixto. Su sucesor, Flaviano, con los permisos necesarios, flet\u00f3 un nav\u00edo, y acompa\u00f1ado de numeroso clero, rescat\u00f3 de su destierro las reliquias de aquel confesor de Cristo (Liber Pontificalis, Pontianus; edit. Duchesne, I,145).<\/p>\n<p><em>El t\u00edtulo de m\u00e1rtir en la disciplina de la Iglesia<\/em><\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo se distingu\u00edan las tumbas de los m\u00e1rtires de las de los simples fieles? La se\u00f1al m\u00e1s obvia y visible era la inscripci\u00f3n del t\u00edtulo de m\u00e1rtir en la l\u00e1pida sepulcral. Esta tumbas eran en seguida objeto de devoci\u00f3n y culto entre los cristianos. Y esto despertaba el recelo o el odio de los perseguidores.<\/p>\n<p>Prudencio expresa el odio de los perseguidores a las tumbas de los m\u00e1rtires, poniendo en labios de uno de aqu\u00e9llos estos versos: \u00abvoy a destruir hasta sus huesos, para que no se les erijan tumbas -visitadas luego por la muchedumbre-  ni se les hagan inscripciones con el t\u00edtulo de m\u00e1rtir\u00bb (Peri Stephanon V,389-392).<\/p>\n<p>A pesar de los destrozos de los siglos, quedan a\u00fan muchos de estos tituli primitivos, en los que la palabra martyr, entera o abreviada -a veces con la letra M-, fue escrita en el mismo tiempo del martirio.<\/p>\n<p>En el cementerio de San Hermes, por ejemplo, se conserva \u00edntegra en una l\u00e1pida elevada la inscripci\u00f3n: \u00abDepositado el 3 de los idus de septiembre, Jacinto, m\u00e1rtir &#8211; DP. III IDUS SEPTEMBR YACINTHUS MARTYR\u00bb. Y en la cripta de Lucina, el epitafio del Papa Cornelio, obispo, ep\u00edscopo: \u00abCORNELIUS MARTYR EP\u00bb.<\/p>\n<p>Los minuciosos procesos modernos para la canonizaci\u00f3n de los santos eran, evidentemente, desconocidos en la antig\u00fcedad. Los siervos heroicos de Cristo eran canonizados por el pueblo sin m\u00e1s. Sin embargo, la autoridad eclesial vigilaba para que no se diese el t\u00edtulo de m\u00e1rtir a quien no lo hubiese merecido realmente. Por eso desde muy antiguo se llevaba en las iglesias listas de los cristianos que hab\u00edan muerto por Cristo, y se celebraba su aniversario en el calendario lit\u00fargico.<\/p>\n<p>San Cipriano, por ejemplo, nombra a varios m\u00e1rtires anteriores a la mitad del siglo III, que eran p\u00fablicamente conmemorados en Cartago el d\u00eda aniversario de su martirio (Epist. 64).<\/p>\n<p>En cada iglesia, probablemente, se manten\u00eda al d\u00eda, en lo posible, el cat\u00e1logo de los m\u00e1rtires. Lo que requer\u00eda una cierta indagaci\u00f3n para no inscribir en \u00e9l a   ninguno sin fundamento seguro.<\/p>\n<p>Porque tambi\u00e9n hab\u00eda tumbas de m\u00e1rtires imaginarios, cuyo culto reprobaba la Iglesia. El reconocimiento oficial del t\u00edtulo de m\u00e1rtir se llamaba vindicatio.<\/p>\n<p>San Optato reprende a una matrona, en tiempos de Diocleciano, por haber besado, antes de comulgar, las reliquias de un supuesto m\u00e1rtir, no reconocido por la Iglesia como tal -necdum vindicati- (De schism. donatist. I,16).<\/p>\n<p>Eso explica que en algunos epitafios el t\u00edtulo de m\u00e1rtir, entero o abreviado, aparezca a\u00f1adido posteriormente, una vez realizada por la Iglesia la vindicatio. Hay huellas, pues, de que en este punto la Iglesia guardaba una cuidadosa disciplina ya desde antiguo; severidad tanto m\u00e1s necesaria cuanto mayor era la devoci\u00f3n de los fieles a los cristianos muertos por confesar la fe en Cristo.<\/p>\n<p><em>La devoci\u00f3n a los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>Una muestra principal de la devoci\u00f3n de los fieles a los m\u00e1rtires es el empe\u00f1o que pon\u00edan en ser enterrados junto a sus sepulcros, como si eso les ayudara a entrar con ellos al cielo.<\/p>\n<p>En las catacumbas de Domitila un expresivo fresco nos muestra a una santa de venerable aspecto que acoge en el cielo a una joven inhumada junto a ella. Algunos epitafios indican que el difunto reposa \u00abjunto a los santos\u00bb, ad sanctos, ad martyres, inter limina martyrum, inter sanctos, etc. Y este af\u00e1n devoto no era solo del pueblo, pues tambi\u00e9n hombres como San Gregorio Nacianceno, San Ambrosio o San Paulino hacen enterrar a sus parientes junto a los m\u00e1rtires (Bullet. di Arch. crist. 1875,22-23). <\/p>\n<p>No hab\u00eda, en efecto, nada supersticioso en esta devoci\u00f3n. La devoci\u00f3n a las reliquias de los m\u00e1rtires es en aquellos siglos profundamente espiritual, aunque no todos lo estimaran as\u00ed.<\/p>\n<p>En el epitafio de un arcediano de Roma, enterrado junto al m\u00e1rtir San Lorenzo se lee: \u00abNo es \u00fatil, sino m\u00e1s bien peligroso, descansar muy cerca del sepulcro de los santos. Una santa vida es el mejor medio para merecer su intercesi\u00f3n. No hemos de unirnos a ellos por el contacto corporal, sino con el alma\u00bb (ib. 1864,33). Y San Agust\u00edn, con menos dureza, pero con el mismo esp\u00edritu, responde a una pregunta de San Paulino de Nola: \u00abLa ventaja que puede haber en ser enterrados junto a las tumbas de los santos es que quien viene a orar por el difunto, conmovido por la vecindad de los m\u00e1rtires y lleno de fe en su intercesi\u00f3n, ore con redoblado fervor\u00bb (De cura pro mortuis gerenda, in fine).<\/p>\n<p><em>La intercesi\u00f3n de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>El mayor honor que los cristianos rinden a sus hermanos m\u00e1rtires es solicitar asiduamente su intercesi\u00f3n poderosa junto a Dios. Y cuando a\u00fan viv\u00edan en la tierra, los mismos m\u00e1rtires tuvieron clara conciencia de este poder suyo de intercesi\u00f3n ante el Se\u00f1or, por quien ofrec\u00edan su vida.<\/p>\n<p>En efecto, muchos m\u00e1rtires en el momento del suplicio, se sienten movidos a pedir por sus hermanos y por toda la \u00abfraternidad\u00bb cristiana. San Policarpo, antes de ser detenido, ora d\u00eda y noche por la iglesia que le ha sido confiada; y ya detenido, solicita una hora para orar por su pueblo, de modo que sus perseguidores quedan conmovidos; y todav\u00eda atado al poste, donde ser\u00e1 quemado, alza a Dios una oraci\u00f3n verdaderamente grandiosa (Martyr. Polic. 7,14).<\/p>\n<p>Mientras llevan al obispo Fructuoso al anfiteatro de Tarragona para ser quemado, un cristiano pide su oraci\u00f3n, y \u00e9l le contesta: \u00abYo tengo que acordarme de la Iglesia cat\u00f3lica, extendida de Oriente a Occidente\u00bb (Acta SS. Fructuosi, Augurii et Eulogii 3).<\/p>\n<p>San Ireneo, obispo de Sirmium, bajo la espada ya del verdugo, ora as\u00ed: \u00ab\u00a1Se\u00f1or Jesucristo, que te dignaste padecer por la salvaci\u00f3n del mundo! \u00a1Quieran los cielos abrirse y los \u00e1ngeles recibir al alma de tu siervo Ireneo, que padece hoy por tu nombre y por el pueblo de Sirmium! Suplico tu misericordia para que te dignes acogerme a m\u00ed y confirmar a \u00e9stos en la fe\u00bb (Passio S. Iren\u00e6i 5).<\/p>\n<p>Un m\u00e1rtir de Palestina, antes de ser ejecutado, alza su coraz\u00f3n a Dios en unas oraciones grandiosas, que son un eco de la liturgia sir\u00edaca del siglo IV: pide la paz para el pueblo, pide para que los jud\u00edos lleguen a la fe en Cristo, y tambi\u00e9n, \u00absiguiendo el orden\u00bb, como dice Eusebio, pide por los samaritanos, por los paganos, por la muchedumbre que le rodea deshecha en l\u00e1grimas, por el juez que le ha condenado, por los emperadores, por el verdugo que va a ejecutarle, solicitando de la bondad de Dios que a nadie se impute su muerte (Eusebio, De Martyr. Palest. 8,9-12).<\/p>\n<p>Muchas Actas nos muestran a los m\u00e1rtires cumpliendo con toda su alma este ministerio grandioso de intercesi\u00f3n por todos. Y los cristianos, con fe cierta, les suplican que en el cielo sigan intercediendo por ellos.<\/p>\n<p>Sobre el sepulcro de los m\u00e1rtires flota, pues, como nube de incienso, una plegaria continua. Es la impresi\u00f3n que se siente al recorrer las interminables galer\u00edas de las catacumbas de Roma. Aqu\u00ed y all\u00e1, incluso, se leen todav\u00eda invocaciones llenas de fe ingenua y cierta.<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Que las almas de todos los Santos te reciban!\u00bb, escriben unos padres en la l\u00e1pida de su ni\u00f1o de tres a\u00f1os (Bullet. di Arch. crist. 1875,19). Una madre afligida ora a una m\u00e1rtir: \u00abBasila, te encomiendo la inocencia de Gemelo\u00bb (Museo Letr\u00e1n VIII,16). Y unos padres: \u00abBasila, te recomendamos a Crescentino y a Micina, nuestra hija\u00bb (ib. 17). Los epitafios, junto al nombre del difunto, incluyen con frecuencia s\u00faplicas semejantes: \u00abSan Lorenzo, recibe su alma\u00bb, \u00abQue el se\u00f1or Hip\u00f3lito te alcance el refrigerio\u00bb, \u00abQue los m\u00e1rtires Genaro, Agatopo y Felic\u00edsimo te refrigeren\u00bb, etc.<\/p>\n<p>Estas inscripciones son una confesi\u00f3n conmovedora acerca del valor de intercesi\u00f3n de los m\u00e1rtires y de la existencia del purgatorio. Junto a ellas se encuentran numerosas inscripciones grabadas con estilete o con carb\u00f3n por peregrinos devotos en las paredes, junto a las tumbas de los m\u00e1rtires. En el cementerio de San Calixto, por ejemplo, la pared de la capilla funeraria de los Papas est\u00e1 completamente cubierta de estos letreros. Son graffiti que reflejan con gran elocuencia la fe y espiritualidad del pueblo cristiano primero.<\/p>\n<p>La piedad popular, en efecto, se muestra conmovedoramente elocuente: \u00ab\u00c9sta es la verdadera Jerusal\u00e9n, adornada con los m\u00e1rtires del Se\u00f1or\u00bb. \u00abVive en Cristo\u00bb, \u00abvive en Dios\u00bb, \u00abvive en el Eterno\u00bb, \u00abdescansa en paz\u00bb. \u00abAcu\u00e9rdate de nosotros en tus oraciones\u00bb (De Rossi, Roma sotterranea II,13-20).<\/p>\n<p>En la catacumba de San Calixto, donde reposa Santa Cecilia, junto a tantos Papas m\u00e1rtires, un piadoso visitante va grabando en los muros una s\u00faplica in crescendo:<\/p>\n<p>Antes de entrar en el vest\u00edbulo, escribe: \u00abSofronia, vive con los tuyos &#8211; Sofronia, vivas cum tuis\u00bb. En la puerta de una capilla, expresa ya un deseo m\u00e1s piadoso: \u00abSofronia, ojal\u00e1 vivas en el Se\u00f1or &#8211; Sofronia, [vivas] in Domino\u00bb. Por fin, m\u00e1s adentro todav\u00eda, en el arcosolio de otra capilla, y con letras m\u00e1s grandes y cuidadas: \u00abDulce Sofronia, vivir\u00e1s siempre en Dios &#8211; Sofronia dulcis, semper vives in Deo\u00bb. Su visita a la tumba de los m\u00e1rtires hab\u00eda confortado m\u00e1s y m\u00e1s su fe y su esperanza (De Rossi, I,213).<\/p>\n<p><em>La apoteosis de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>Obtenida ya la paz de la Iglesia, una corriente siempre creciente de devoci\u00f3n, a lo largo del siglo IV, va discurriendo hacia las tumbas de los m\u00e1rtires antiguos y recientes. Los fieles visitan los sepulcros siempre conocidos y venerados, y tambi\u00e9n los restos de aquellos confesores que, habiendo sido escondidos en la persecuci\u00f3n, descubren ahora para la piedad de los fieles santos obispos, como Ambrosio en Mil\u00e1n (Epist. 22; De exhortatione virginitatis I,2) o D\u00e1maso en Roma: \u00abse venera aqu\u00ed lo que, habiendo sido buscado, se encontr\u00f3 -qu\u00e6ritur, inventus colitur\u00bb, dice el elogio de este Papa a San Eutiquio (Inscr. christ. urbis Rom\u00e6 II,66, 105,141).<\/p>\n<p>Las criptas sepulcrales se agrandan y embellecen, se decoran con m\u00e1rmoles y pinturas, mosaicos y metales preciosos, y se ensanchan las galer\u00edas y las escaleras internas. Se inscriben epitafios, a veces en verso, para guardar memoria perpetua de lo que nunca debe ser olvidado. Tumbas, transformadas en altares, sostienen l\u00e1mparas llenas de \u00f3leo perfumado. Por las oscuras galer\u00edas, que ahora resuenan con cantos de victoria, otras luces conducen a los fieles hasta los restos gloriosos de los m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>Pero las c\u00e1maras sepulcrales eran muy estrechas para contener a tantos cristianos, que quieren arrodillarse ante una tumba, besar los m\u00e1rmoles, recoger un poco de tierra o unas gotas del \u00f3leo de una l\u00e1mpara; las \u00fanicas reliquias entonces permitidas, pues se prohib\u00eda dividir las reliquias de los m\u00e1rtires (S. Gregorio Magno, Epist. III,30).<\/p>\n<p>Por eso, junto a las tumbas de los m\u00e1s c\u00e9lebres testigos de Cristo, o encima de ellas, van alz\u00e1ndose bas\u00edlicas grandiosas, capaces de contener, bajo sus artesonados resplandecientes de oro, la multitud de los fieles (Prudencio, Peri Stephan. XI, 213-216; III,191-200). Cesadas las persecuciones, las iglesias establecen sus calendarios lit\u00fargicos, reservando fiestas de aniversario para sus m\u00e1rtires m\u00e1s ilustres, y constituy\u00e9ndolos patronos de ciudades y pueblos.<\/p>\n<p>Celebrando estas fiestas de los m\u00e1rtires, son predicados muchos sermones y homil\u00edas, en el Oriente por Basilio, Gregorio Nacianceno, Gregorio Niseno, Juan Cris\u00f3stomo, en \u00c1frica por San Agust\u00edn, en Mil\u00e1n por Ambrosio, en Roma por Gregorio Magno. En el nicho del \u00e1bside de la bas\u00edlica semisubterr\u00e1nea de los santos m\u00e1rtires Nereo y Aquileo, puede a\u00fan verse el lugar donde estaba la c\u00e1tedra desde la que predic\u00f3 San Gregorio Magno: \u00ablos santos ante cuyas tumbas estamos reunidos, despreciaron el mundo &#8211; sancti, isti, ad quorum tumbam consistimus, spreverunt mundum\u00bb (Hom. SVIII in Evang: PL 76,1210).<\/p>\n<p>Cuando as\u00ed habla el Papa Gregorio, a quien sus contempor\u00e1neos llaman \u00abel c\u00f3nsul de Dios\u00bb (Inscr. christ. urb. Rom\u00e6  II,52), los m\u00e1rtires de Roma permanecen todav\u00eda en sus sepulcros inviolados. Desde principios del siglo V, cuando cesan los enterramientos en las catacumbas, hasta principos del siglo IX, los cementerios subterr\u00e1neos que rodean a Roma siguen siendo lugar de peregrinaci\u00f3n. En ese tiempo los Papas acaban de hacer los traslados a las iglesias de los restos de los m\u00e1rtires, queriendo evitar as\u00ed el peligro de profanaciones a causa de las invasiones lombardas y a causa tambi\u00e9n del triste abandono de la zona rural romana.<\/p>\n<p>Italianos y extranjeros procedentes a veces de pa\u00edses muy lejanos acud\u00edan siempre en esa \u00e9poca a venerar las tumbas de los m\u00e1rtires en las catacumbas. Tal era la muchedumbre de peregrinos que para ellos se componen entre los siglos VI y VIII verdaderas Gu\u00edas de la Roma Cristiana, en las que, por el orden de las v\u00edas romanas, se va indicando cada cementerio, y en \u00e9stos las tumbas de los m\u00e1rtires. Estas Gu\u00edas, que sirvieron hace tantos siglos para orientar la devoci\u00f3n de los fieles, fueron en buena medida las que en el siglo XIX guiaron a De Rossi en su descubrimiento progresivo de las catacumbas.<\/p>\n<p><em>En s\u00edntesis<\/em><\/p>\n<p>Las persecuciones contra los cristianos forman parte importante de la pol\u00edtica interior y de la legislaci\u00f3n del Imperio romano. Sin embargo, en este marco absolutamente adverso, en el que a lo m\u00e1s se alterna alg\u00fan per\u00edodo de relativa tolerancia, el cristianismo, apenas nacido, se extiende por el Imperio de Roma con extraordinaria rapidez, e incluso se proyecta m\u00e1s all\u00e1 de \u00e9l, avanzando siempre unidos el apostolado y el martirio. El cristianismo conquista pa\u00edses enteros antes del fin de las persecuciones.<\/p>\n<p>La fe en Cristo penetra al mismo tiempo el mundo de los civilizados y de los b\u00e1rbaros, de los letrados y de los ignorantes, de los esclavos, de la aristocracia y de la burgues\u00eda, introduci\u00e9ndose en las condiciones de vida m\u00e1s diversas.<\/p>\n<p>Este hecho impresionante es tanto m\u00e1s admirable siendo as\u00ed que los convertidos, al hacerse cristianos, sab\u00edan perfectamente a lo que se compromet\u00edan, pues ninguno ignoraba que desde el momento de su conversi\u00f3n quedaban expuestos a ser perseguidos como enemigos del Estado y de los dioses, y a ser abrumados por toda suerte de calumnias y de marginaciones. Muy grande ha de ser el atractivo de la fe cristiana para atraer tanto a tantas personas de diferentes razas, lenguas y pueblos, que al hacerse cristianos ponen sus cabezas bajo una espada que en cualquier momento puede matarles.<\/p>\n<p>Porque el martirio, en efecto, no fue un hecho restringido a unas pocas v\u00edctimas. El gran n\u00famero de m\u00e1rtires, no ya en los siglos III y IV -\u00e9poca en que este gran n\u00famero es reconocido por todos los autores competentes-, sino tambi\u00e9n en el II y aun en el I, est\u00e1 demostrado por documentos ciertos, aunque ninguno de ellos ofrezca estad\u00edsticas concretas.<\/p>\n<p>Este gran n\u00famero de m\u00e1rtires asombra tanto m\u00e1s cuando se piensa que todos ellos aceptaron su muerte con absoluta libertad. Los m\u00e1rtires no son simples condenados por infringir ciertas leyes o por abandonar el culto oficial: son condenados voluntarios, puesto que una sola palabra hubiera sido bastante para obtener la libertad, deteniendo el suplicio o la ejecuci\u00f3n. Pero ellos no pronunciaron esta palabra, porque prefirieron permanecer fieles a Jesucristo. Su muerte, de este modo, se convierte en un triunfo absoluto de la libertad moral, una victoria particular del cristianismo, que por s\u00ed sola bastar\u00eda para establecer su transcendencia, ya que ninguna otra religi\u00f3n ni escuela filos\u00f3fica ha tenido m\u00e1rtires propiamente dichos.<\/p>\n<p>Para contemplar la grandeza de este triunfo recordemos que el sacrificio de los m\u00e1rtires fue precedido y acompa\u00f1ado de terribles pruebas morales -renuncia a ambiciones leg\u00edtimas, ruina completa de la familia, quebrantamiento de los m\u00e1s dulces lazos- y de espantosos padecimientos f\u00edsicos -previstos unos por las leyes, o inventados, a\u00fan m\u00e1s atroces, por una crueldad a la que la ley no pon\u00eda freno-. \u00bfPuede explicarse por las solas fuerzas humanas la constancia de tantos millares de personas, de todo sexo y de toda edad, que voluntariamente soportaron tales dolores a lo largo de tres siglos?<\/p>\n<p>Al concluir nuestro estudio, no podemos, en fin, sino saludar a los m\u00e1rtires como a los h\u00e9roes m\u00e1s puros de la historia. Eso explica que ellos hayan recibido honores que ninguna otra clase de h\u00e9roes ha recibido jam\u00e1s. Millones de hombres, a trav\u00e9s de la oraci\u00f3n y de la liturgia de la Iglesia, permanecen en constante comuni\u00f3n con ellos, como con seres siempre dispuestos a escuchar s\u00faplicas y dejar sentir su intercesi\u00f3n poderosa. Ya sus contempor\u00e1neos les invocaron, con s\u00faplicas conmovedoras que permanecen grabadas en los muros de las catacumbas. Y tambi\u00e9n nosotros seguimos invoc\u00e1ndolos con una confianza que los siglos no disminuye. Tambi\u00e9n nosotros, como sus contempor\u00e1neos, veneramos sus reliquias, asistimos al santo sacrificio ofrecido sobre sus tumbas, transformadas ahora en altares de Cristo.<\/p>\n<p>Al honrarlos, al hablar de ellos, al estudiar los documentos que a ellos nos acercan, sabemos que no nos acercamos solamente a un polvo muerto. Sabemos que en ese sudario de color p\u00farpura, cuyos pliegues apartan con respeto nuestras manos, hallamos seres vivientes, inmortales, que descansan guardados por la viviente e inmortal Iglesia, fundada sobre su sangre.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n D\u00e9cima Honores rendidos a los m\u00e1rtires La sepultura concedida Ha terminado el drama tr\u00e1gico del martirio, y la muchedumbre se aleja embargada de sentimientos muy diversos: unos contentos y satisfechos, otros tristes y preocupados, algunos conmovidos&#8230; Pero junto a los restos del m\u00e1rtir queda un grupo de familiares, amigos o hermanos en la fe. &hellip; <\/p>\n<p class=\"link-more\"><a href=\"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/07\/03\/decima-leccion-sobre-el-martirio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> &#8220;D\u00e9cima Lecci\u00f3n sobre el martirio&#8221;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1138,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1073,672,431,704],"tags":[],"class_list":["post-21299","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diez-lecciones-sobre-el-martirio","category-historia_de_la_iglesia","category-liturgia","category-martirio"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21299","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1138"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=21299"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21299\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":21300,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21299\/revisions\/21300"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=21299"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=21299"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=21299"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}