{"id":21254,"date":"2013-06-26T01:33:23","date_gmt":"2013-06-26T06:33:23","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=21254"},"modified":"2013-06-25T10:41:53","modified_gmt":"2013-06-25T15:41:53","slug":"novena-leccion-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/06\/26\/novena-leccion-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"Novena Lecci\u00f3n sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n Novena<\/strong><\/p>\n<p><em>El testimonio de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p><em>Naturaleza y valor del testimonio de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>Hemos contemplado las atroces circunstancias en las que, en todas las regiones del mundo antiguo, dieron testimonio de su fe m\u00e1rtires de toda edad, sexo y condici\u00f3n. \u00bfCu\u00e1l es el valor objetivo de este testimonio?<\/p>\n<p>Hay autores, que de ordinario son imparciales, aunque no militen en nuestro mismo campo, como M. Boissier, que deval\u00faan el valor demostrativo del testimonio de los m\u00e1rtires:<\/p>\n<p>\u00abEste asunto, propiamente hablando, no es una cuesti\u00f3n religiosa. Lo ser\u00eda si pudiese afirmarse que la verdad de una doctrina se mide por la firmeza de sus defensores. Apologistas hay del cristianismo que as\u00ed lo han pretendido, queriendo obtener de la muerte de los m\u00e1rtires una prueba indiscutible de la veracidad de las opiniones por las que se sacrificaban: &#8220;No se deja nadie matar por una religi\u00f3n falsa&#8221;. Pero este razonamiento no es convincente, y la misma Iglesia lo ha desvirtuado tratando a sus adversarios como sus propios hijos hab\u00edan sido tratados. Ante la muerte valerosa de valdenses, husitas y protestantes que ella ha quemado o ahorcado, sin lograr con ello arrancarles ninguna retractaci\u00f3n de sus creencias, es necesario que renuncie a sostener que nadie da la vida por afirmar una doctrina que no sea verdadera\u00bb (La fin du paganisme I,400).<\/p>\n<p>Estas palabras exigen varias correcciones. En primer lugar, nunca la Iglesia ha sostenido que &#8220;nadie da la vida sino por una doctrina verdadera&#8221;. Las ejecuciones de herejes aludidas muestran claramente que es posible dar la vida con valor y buena fe por una doctrina falsa.<\/p>\n<p>Pero, a nuestro juicio, la cuesti\u00f3n ha de plantearse de modo muy diferente. A pesar de ciertas extensiones frecuentes del t\u00e9rmino m\u00e1rtir, no todo el que da la vida por una doctrina puede ser llamado propiamente m\u00e1rtir. El significado etimol\u00f3gico de m\u00e1rtir es testigo. Pero nadie es testigo de sus propias ideas. El testigo da testimonio de hechos. Y es en este sentido en el que Jesucristo dice a sus disc\u00edpulos: \u00abvosotros ser\u00e9is mis testigos\u00bb (Hch 1,8). Y \u00e9se el sentido de la afirmaci\u00f3n de San Pedro y San Juan ante los jud\u00edos que les quer\u00edan imponer silencio: \u00abnosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y o\u00eddo\u00bb (4,20).<\/p>\n<p>Los m\u00e1rtires son testigos no de una opini\u00f3n, sino de un hecho: el hecho cristiano. Algunos, seg\u00fan expresi\u00f3n de San Juan, lo han visto nacer, han conocido a su autor, \u00abhan tocado con sus manos al Verbo de la vida\u00bb (1Jn 1,1). Otros han conocido ese hecho por una tradici\u00f3n viva, a trav\u00e9s de una cadena de la que pueden ser comprobados cada uno de sus eslabones. Entre el testimonio que los m\u00e1rtires dan de esta tradici\u00f3n y la muerte de los herejes, que rehusan abandonar una opini\u00f3n nueva, casi siempre extra\u00f1a a la tradici\u00f3n y destructora del hecho cristiano, no hay una medida com\u00fan. Aunque en ambos casos fueran iguales la sinceridad y la valent\u00eda, el valor del testimonio es desigual, o por decirlo mejor, solamente los primeros tienen derecho al t\u00edtulo de testigos.<\/p>\n<p>Consideremos m\u00e1s detenidamente la calidad de estos testimonios martiriales.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>Examen cr\u00edtico del testimonio de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>Algunos m\u00e1rtires son de la primera hora. Han asistido a la vida, muerte y resurrecci\u00f3n de Jesucristo. Son sus Ap\u00f3stoles, sus disc\u00edpulos inmediatos, que estuvieron con \u00c9l desde el inicio de su predicaci\u00f3n en Galilea y que le contemplaron glorioso ya resucitado de entre los muertos. Cuando estos hombres, dej\u00e1ndolo todo y a trav\u00e9s de enormes dificultades, privaciones y sufrimientos, se dedican a dar testimonio de lo que han visto y o\u00eddo, hasta dar su vida y morir, afirmando su fe en Cristo, no puede dudarse de ese testimonio sellado con su sangre. As\u00ed entendi\u00f3 la antig\u00fcedad cristiana el valor del testimonio de los ap\u00f3stoles.<\/p>\n<p>El m\u00e1rtir Ignacio escribe a los de cristianos de Esmirna: \u00abYo s\u00e9 y creo que [el Se\u00f1or] vivi\u00f3 en la carne aun despu\u00e9s de la resurrecci\u00f3n. Y que cuando vino a Pedro y a sus compa\u00f1eros, les dijo: &#8220;Tocad y ved, que no soy un esp\u00edritu sin cuerpo&#8221; (Lc 24,39). Y ellos al punto le tocaron y creyeron, quedando compenetrados con su carne y su esp\u00edritu. Por esto es por lo que despreciaron la muerte, o mejor, fueron superiores a la muerte\u00bb (Esmirna 3,1-2). Es decir, dieron su vida por atestiguar un hecho visto y comprobado por ellos.<\/p>\n<p>En segundo lugar hallamos los innumerables testigos que creyeron lo que esos primeros compa\u00f1eros de Cristo afirmaban, sellando con sangre su testimonio. Unos conocieron los prodigios de Pentecost\u00e9s y la primera predicaci\u00f3n de San Pedro. Otros recibieron la fe de los Ap\u00f3stoles y de los disc\u00edpulos de ellos, que, ya en treinta a\u00f1os, difundieron esa fe por toda la cuenca del Mediterr\u00e1neo. El martirio de estos disc\u00edpulos de los Ap\u00f3stoles merece tambi\u00e9n, sin duda, el nombre de testimonio.<\/p>\n<p>Algunos de los cristianos m\u00e1s autorizados de la antig\u00fcedad nos dan la seguridad de que la antorcha de la tradici\u00f3n pas\u00f3 de mano en mano, afirmando con absoluta certeza los hechos de la fe. Podemos comprobarlo con algunos ejemplos.<\/p>\n<p>En el siglo I, San Ignacio, segundo obispo de Antioqu\u00eda, fue oyente de los Ap\u00f3stoles, o como se dec\u00eda entonces, fue \u00abun hombre apost\u00f3lico\u00bb. Martirizado en d\u00edas de Trajano, hacia el 107, conoci\u00f3 probablemente en su juventud a San Pedro y a San Pablo, fundadores de la iglesia de Antioqu\u00eda, y en su edad madura pudo tambi\u00e9n conocer personalmente a San Juan. El acento de sus palabras asegura la veracidad de esas circunstancias.<\/p>\n<p>\u00abSed sordos a quien quiera que os diga de Jesucristo algo diferente a esto: que era de la estirpe de David, que era hijo de Mar\u00eda, que naci\u00f3 verdaderamente, que comi\u00f3 y bebi\u00f3, que fue verdaderamente perseguido bajo el poder de Poncio Pilato, que fue verdaderamente crucificado y que muri\u00f3 a la vista de los que estaban en el cielo, en la tierra y bajo la tierra; que adem\u00e1s fue verdaderamente resucitado por su Padre de entre los muertos\u00bb (Trallanos 9,1-2). As\u00ed hablaba Ignacio, ansioso por unirse mediante el martirio a \u00absu amor crucificado\u00bb.<\/p>\n<p>En el siglo II, conocemos mejor la vida de otro disc\u00edpulo de los Ap\u00f3stoles, San Policarpo, obispo de Esmirna, martirizado bajo Antonino P\u00edo. Su testimonio prolonga el testimonio apost\u00f3lico hasta mediados del siglo II, pues fue dado en el a\u00f1o 155.<\/p>\n<p>Cuando en Esmirna el proc\u00f3nsul le insta a la apostas\u00eda: \u00abjura por la fortuna del C\u00e9sar, desprecia a Cristo, y te enviar\u00e9 libre\u00bb, Policarpo le responde: \u00abHace ochenta y seis a\u00f1os que le sirvo, y nunca me ha hecho mal alguno, sino que siempre me salv\u00f3. \u00bfC\u00f3mo podr\u00eda yo odiar a quien he dado culto, a quien tuve por bueno, a quien siempre dese\u00e9 me favoreciera, a mi Rey, al Salvador de salud y gloria?\u00bb (Martyr. Polic. 9).<\/p>\n<p>Parece probable que Policarpo naciera de padres cristianos hacia el a\u00f1o 60. El Asia proconsular era entonces uno de los centros principales del cristianismo. All\u00ed vivi\u00f3 el ap\u00f3stol San Juan, que muri\u00f3 hacia el a\u00f1o 100, como sobreviviente \u00fanico de los Ap\u00f3stoles, haciendo de \u00c9feso su cuartel general, y visitando desde all\u00ed las regiones cercanas. El mayor gozo y gloria de Policarpo era recordar a sus disc\u00edpulos sus conversaciones con San Juan.<\/p>\n<p>San Ireneo, que tuvo por maestro a Policarpo, habla de \u00e9ste \u00abno s\u00f3lo como de quien ha sido instru\u00eddo por los Ap\u00f3stoles y ha vivido familiarmente con muchos de los que hab\u00edan visto a Cristo\u00bb, sino tambi\u00e9n como de quien \u00abhab\u00eda sido ordenado en Asia obispo de Esmirna por los Ap\u00f3stoles\u00bb (Adv. H\u00e6res. III,3,4). A la muerte de San Juan, tendr\u00eda Policarpo unos treinta a\u00f1os. Y sin duda \u00e9l, que cincuenta a\u00f1os despu\u00e9s acepta morir por Cristo, ha de ser tenido por testigo suyo.<\/p>\n<p>A principios del siglo III muere San Ireneo, que procedente del Asia, hab\u00eda venido a Li\u00f3n. En esta ciudad asisti\u00f3 al martirio de los cristianos inmolados en tiempo de Marco Aurelio, y sucedi\u00f3 al anciano obispo Potino, que en esa persecuci\u00f3n muri\u00f3 en la c\u00e1rcel. Ireneo conservaba con toda viveza las lecciones recibidas en Esmirna de labios de Policarpo:<\/p>\n<p>\u00abEstas lecciones se han avivado a medida que se desarrollaba mi vida y se han identificado con ella. Yo podr\u00eda indicar el lugar donde se sentaba el bienaventurado Policarpo cuando nos ense\u00f1aba, describir sus idas y venidas, su manera de vivir y su figura corporal, repetir los discursos que hac\u00eda al pueblo y c\u00f3mo \u00e9l nos contaba sus relaciones con San Juan y con los dem\u00e1s que hab\u00edan visto al Salvador, y c\u00f3mo repet\u00eda sus palabras. Y cuanto de ellos hab\u00eda aprendido acerca del Se\u00f1or y de sus milagros y ense\u00f1anzas, Policarpo, como quien lo ha recibido de testigos oculares del Verbo de la vida, lo refer\u00eda en consonancia con las Escrituras. Yo ten\u00eda costumbre de escuchar con toda atenci\u00f3n, por la gracia de Dios, las cosas que me eran as\u00ed expuestas, y las escrib\u00eda no en papel, sino en mi coraz\u00f3n. Y siempre, por la gracia de Dios, las recuerdo fielmente en mi interior\u00bb (cta. a Florino, en Eusebio, Hist. eccl. V,20).<\/p>\n<p>Con San Ireneo el eco de la Palabra divina pronunciada en Galilea, pasando por la ense\u00f1anza de Policarpo en las playas de Esmirna, llega ahora a las orillas del R\u00f3dano. Esto nos autoriza a considerar como verdaderos testigos no solo a los m\u00e1rtires del siglo I, muertos bajo Ner\u00f3n y Domiciano, sino tambi\u00e9n a los del II, que confesaron su fe bajo Trajano, Adriano, Antonino y Marco Aurelio.<\/p>\n<p>A principios del siglo II hay todav\u00eda no pocos cristianos que conocieron al Se\u00f1or, como Sime\u00f3n, obispo de Jerusal\u00e9n y primo de Jes\u00fas, torturado y crucificado en los primeros a\u00f1os de Trajano. Estos confesores han conocido personalmente o han recibido en transmisi\u00f3n directa de testigos oculares todo un conjunto de datos sobre hechos, palabras, lugares, referentes a Cristo y a sus historia salvadora. Ellos, por tanto, impregnan todo el siglo II de un ambiente saturado del perfume del Evangelio, en el que sigue vibrando la Palabra apost\u00f3lica. Es un tiempo en el que los eslabones de la cadena apost\u00f3lica son conocidos en todos sus detalles. En cada iglesia local es posible seguir los pasos de los evangelizadores primeros y, como dice San Ignacio, poner el pie en la misma huella dejada por ellos (Efesios 12).<\/p>\n<p>Los m\u00e1rtires del siglo II, cristianos convertidos muchas veces en edad madura, conocen perfectamente la tradici\u00f3n apost\u00f3lica que ha hecho llegar a ellos la fe en Cristo. Son testigos que se dejan matar no tanto por \u00abuna doctrina\u00bb, sino por dar testimonio de \u00abuna historia\u00bb. Precisamente, esa conexi\u00f3n profunda entre el hecho hist\u00f3rico y la doctrina es una de las notas m\u00e1s originales del cristianismo.<\/p>\n<p>En efecto, el cristianismo siempre se apoya en unos hechos, en unos acontecimientos hist\u00f3ricos de salvaci\u00f3n. Por eso siempre y en todas las \u00e9pocas puede tener testigos, m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>En el siglo III los cristianos se van alejando de los or\u00edgenes de su fe, pero tienen todav\u00eda frente a ellos monumentos bien elocuentes que se los recuerdan. Cayo, por ejemplo, a comienzos de ese siglo, muestra en Roma \u00ablos trofeos\u00bb, es decir, las tumbas de los ap\u00f3stoles (Eusebio, Hist. eccl. II,25,7). Esta Iglesia, fiel a la misi\u00f3n originaria del Salvador, est\u00e1 viva, vive entre los hombres, y es para los fieles y para los paganos el hecho cristiano. Los cristianos son tambi\u00e9n ahora testigos heroicos de la doctrina derivada de este hecho y de la vida sobrenatural que ha infundido en sus almas. La fe por la que mueren es a un tiempo personal y tradicional, y estos dos aspectos de su fe constituyen una sola realidad. De esta fe dar\u00e1n su testimonio sangriento bajo Decio, Valeriano, Diocleciano, hasta que finalmente caiga la espada de las manos de sus perseguidores vencidos por su martirio.<\/p>\n<p>De esta misma fe siguen dando testimonio los m\u00e1rtires cristianos hasta nuestros d\u00edas en Oriente y Occidente, pues las venas de la Iglesia est\u00e1n llenas de sangre generosa que est\u00e1 pidiendo ser derramada por amor a Cristo y a los hombres.<\/p>\n<p><em>Cat\u00f3licos y herejes ante el martirio en los primeros siglos<\/em><\/p>\n<p>El martirio tiene diferencias muy notables entre los cat\u00f3licos y los herejes de los primeros siglos. Las posiciones doctrinales y pr\u00e1cticas frente al martirio difieren no poco entre unos y otros.<\/p>\n<p>En el siglo I rechazaban el martirio una parte de los gn\u00f3sticos, los basilidianos y los valentinianos. Ante el docetismo de estos herejes, todo eran apariencias, tambi\u00e9n la realidad humana de Cristo y la veracidad, por tanto, de su pasi\u00f3n. Seg\u00fan esto, \u00bfpara qu\u00e9 padecer por Cristo?<\/p>\n<p>El martirio no ten\u00eda sentido para estos superhombres, que se estimaban por encima de los mismos preceptos morales: \u00abel oro -dec\u00edan- puede arrastrarse por tierra sin mancharse\u00bb (San Ireneo, Adv. h\u00e6res. I,6,2). Para ellos \u00abel verdadero testimonio que hay que dar de Dios es conocerlo tal cual es\u00bb, y en cambio \u00abconfesar a Dios con la muerte es un suicidio\u00bb (Clemente de Alejandr\u00eda, Strom. IV,4; S. Ireneo, Adv. h\u00e6res. III,18,5; IV,33,9).<\/p>\n<p>Algunos herejes afirmaban que la apostas\u00eda es cosa indiferente, y que es l\u00edcito renegar con la boca, siempre que el coraz\u00f3n permanezca fiel (Or\u00edgenes, en Eusebio, Hist. eccl. VIII,32). Los valentinianos dec\u00edan que el martirio no puede agradar a Dios, ya que su bondad le impide alegrarse en la muerte del justo (Tertuliano, Scorpiac. I). Los basilidianos pensaban que los tormentos sufridos por los m\u00e1rtires no eran muchas veces sino el justo castigo por pecados cometidos en una vida anterior.<\/p>\n<p>Por el contrario, otros herejes exaltaban a los m\u00e1rtires y se gloriaban de tener muchos de entre los suyos. As\u00ed los gn\u00f3sticos seguidores de Marci\u00f3n (Eusebio, Hist. eccl. III,12; IV,15; V,16; De Martyr. Palest. 10; Tertuliano, Adv. Marc. I,27). Este fervor por el martirio sedujo tambi\u00e9n a los montanistas, herej\u00eda que de Frigia pas\u00f3 al Occidente y sedujo al mismo Tertuliano. El montanismo, exaltado y sombr\u00edo, exig\u00eda el deber de buscar el martirio.<\/p>\n<p>Cualquier esfuerzo por librarse de la persecuci\u00f3n hab\u00eda de considerarse desconfianza ante la ayuda del Esp\u00edritu Santo. Huir era para los montanistas casi tan culpable como apostatar (Tertuliano, De fuga in persecutione). Este error lleg\u00f3 al extremo entre los circunceliones del siglo IV, [herejes africanos de una secta donatista], hasta el punto de que \u00e9stos no se limitaban a procurar el martirio, sino que buscaban la misma muerte, pidiendo a cualquiera que los matara, para llegar as\u00ed antes al Para\u00edso (S. Agust\u00edn, Epist. 185; Contra Cresconium III,6; Teodoreto, H\u00e6reticorum fabul\u00e6 IV,6).<\/p>\n<p>El horror al martirio o la b\u00fasqueda excesiva del mismo se dan entre los primeros herejes, de una u otra forma, en contraste con la autoridad doctrinal y la prudencia disciplinar de la Iglesia. En \u00e9sta, tanto en Oriente como en Occidente, todo es verdad y armon\u00eda, y tambi\u00e9n ante el martirio todo es fidelidad y discreci\u00f3n.<\/p>\n<p>Nunca hubo vacilaciones o contradicciones en la doctrina de la Iglesia sobre el martirio: nada puede justificar que un cristiano reniegue de Cristo ante los poderes del Estado. A los renegados se les separa, o m\u00e1s bien ellos mismos se separan, de la comuni\u00f3n de la Iglesia, que los considera muertos, hasta que por un arrepentimiento firme y sincero vuelvan a la vida (Cta. de los cristianos de Li\u00f3n y Viena, en Eusebio, Hist. eccl. V,1,45). Ahora bien, si la Iglesia exige valiente fidelidad, no pide actitudes temerarias, sino que aconseja la prudencia en tiempos de persecuci\u00f3n.<\/p>\n<p>Y esto por varios motivos. La humildad ha de recordar siempre al cristiano que \u00abel esp\u00edritu est\u00e1 pronto, pero la carne es flaca\u00bb (Mt 26,41). Los que m\u00e1s se f\u00edan de s\u00ed mismos suelen ser despu\u00e9s los m\u00e1s cobardes, y muchos de los ap\u00f3statas por los que hubo de llorar la Iglesia fueron de los que se hab\u00edan presentado espont\u00e1neamente a los jueces paganos (Martyr. Polic. 4). Y con la humildad, la caridad: si es pecado inducir a alguien al mal, tampoco es bueno azuzar voluntaria e innecesariamente a los magistrados para que persigan (Or\u00edgenes, Comm. in Ioann. XI,54).<\/p>\n<p>La doctrina era clara. No doblegarse jam\u00e1s ante los perseguidores, pero desconfiar de las propias fuerzas, y no provocar o desafiar a los enemigos. \u00c9sa fue la norma de la Iglesia durante los primeros siglos de persecuciones. Sin embargo, hubo sin duda excepciones a este planteamiento general. En una ciudad de Asia, por ejemplo, una muchedumbre de cristianos se presenta ante el tribunal del proc\u00f3nsul, que asustado por el n\u00famero, rehusa juzgarlos (Tertuliano, Ad Scapulam 5).<\/p>\n<p>Otras veces es la inexperiencia o el ardor de la juventud o de la infancia la que explica estas actitudes atrevidas. Es el caso de las dos v\u00edrgenes tan ni\u00f1as de Espa\u00f1a e Italia, Eulalia e In\u00e9s, que huyen de la casa paterna para dar testimonio de su fe ante los perseguidores (Prudencio, Peri Stephan. III,36-65). En otros casos, el impulso procede de un coraz\u00f3n aguerrido de viejo soldado: as\u00ed el centuri\u00f3n Gordius, retirado en las monta\u00f1as de Capadocia haciendo vida erem\u00edtica, al suscitarse el clamor de la persecuci\u00f3n, se presenta en Cesarea, corre al circo, confiesa a Cristo, increpa al gobernador y camina al suplicio diciendo al pueblo: \u00ab\u00bfPensabais que un centuri\u00f3n no puede ser piadoso y que un militar no tiene derecho a la salvaci\u00f3n?\u00bb (S. Basilio, Hom. XVIII).<\/p>\n<p>La excepci\u00f3n sublime salta a veces por encima de los preceptos. Pero \u00e9stos permanecen estables. La Iglesia prohibe terminantemente que los cristianos se denuncien a s\u00ed mismos. \u00abNosotros no aprobamos a los que espont\u00e1neamente van a presentarse: el Evangelio no ense\u00f1a nada semejante\u00bb (Martyr. Polic. 4).<\/p>\n<p>Escribe San Cipriano: \u00abcada uno debe estar pronto a confesar su fe, pero nadie debe buscar el martirio\u00bb (Epist. 81). En el siglo IV los c\u00e1nones disciplinares promulgados por San Pedro de Alejandr\u00eda reprend\u00edan a los laicos y castigaban a los cl\u00e9rigos que se ofrec\u00edan espont\u00e1neamente a los jueces (PG XVIII,488).<\/p>\n<p>Otra norma importante de la Iglesia: no irritar a los paganos ultrajando su culto. \u00abNo est\u00e1 permitido -dice Or\u00edgenes- insultar, abofetear las estatuas de los dioses\u00bb (Contra Celsum VIII,38). Con m\u00e1s raz\u00f3n se prohibe, salvo en circunstancias excepcionales, romperlas.<\/p>\n<p>La m\u00e1rtir Valentina, llevada por la fuerza para que sacrifique ante un altar, le da un puntapi\u00e9 y derriba el altar y las ofrendas preparadas (Eusebio, De Martyr. Palest. 8,7). Pero, como norma general, por ejemplo, un canon del Concilio de Elvira, hacia el 300, declara que \u00absi un cristiano rompe un \u00eddolo y es muerto por ello, no ha de ser contado en el n\u00famero de los m\u00e1rtires\u00bb. Y a\u00f1ade: \u00abtal acto no se recomienda en el Evangelio, y no creemos que se haya dado en el tiempo de los Ap\u00f3stoles\u00bb (can.60).<\/p>\n<p>Menos a\u00fan estaba permitido atentar contra los templos paganos de los \u00eddolos, como hace notar el obispo Teodoreto, del siglo V, reprobando la acci\u00f3n de un obispo persa que hab\u00eda destruido en su pa\u00eds un templo:<\/p>\n<p>\u00abCuando San Pablo estuvo en Atenas y vio en esta ciudad tantos altares en honor de falsos dioses, no destruy\u00f3 ninguno de aquellos altares, sino que habl\u00f3 de \u00e9stos, y con su discurso ilumin\u00f3 sus tinieblas y les ense\u00f1\u00f3 la verdad\u00bb (Hist. eccl. V,19).<\/p>\n<p>Siempre la prudencia caracteriza la actitud de la Iglesia. Cuando algunos, por ejemplo, compran con dinero la tolerancia de los perseguidores, Tertuliano se indigna (De fuga persecut. 12,13), pero San Pedro de Alejandr\u00eda lo aprueba, pues estima que quienes as\u00ed proceden muestran tener m\u00e1s apego a Cristo que a su dinero, ya que gastaban \u00e9ste para escapar del peligro de la apostas\u00eda (can.12).<\/p>\n<p>En tiempo de persecuci\u00f3n, la Iglesia aprobaba y a\u00fan aconsejaba la fuga, contrastando en esta doctrina abiertamente con la temeridad de los montanistas. Entre ellos, Tertuliano dec\u00eda: \u00abun soldado mortalmente herido en el campo de batalla es m\u00e1s bello que otro que se salva con la fuga\u00bb  (De fuga persecut. 10). Pero la Iglesia segu\u00eda la doctrina de Cristo, que hab\u00eda ense\u00f1ado lo contrario: \u00abcuando se os persiga en una ciudad, huid a otra\u00bb (Mt 10,23). Es la conducta que siguieron muchos de los hombres principales de la Iglesia antigua.<\/p>\n<p>San Policarpo obispo huye al campo, y confiesa alegremente su fe cuando en Esmirna es quemado vivo. En el siglo III, especialmente, muchos gu\u00edas insignes, como Clemente de Alejandr\u00eda, Or\u00edgenes, Dionisio Alejandrino, Cipriano, Gregorio Taumaturgo, Pedro de Alejandr\u00eda, aconsejan a los fieles perseguidos  la fuga, para evitar tanto el peligro corporal como el peligro espiritual; y ellos mismos siguen esta humilde actitud.<\/p>\n<p>Ahora bien, cuando estos mismos grandes cristianos han de confesar valientemente a Cristo, no vacilan en absoluto. Aguantan, por ejemplo, como Or\u00edgenes, graves tormentos en un largo tiempo de prisi\u00f3n. O aceptan la muerte, como Cipriano o Pedro de Alejandr\u00eda.<\/p>\n<p>El exilio voluntario, en fuga de la persecuci\u00f3n, con la motivaci\u00f3n de no apostatar, implicaba normalmente la confiscaci\u00f3n de bienes y la ruina, y seg\u00fan expresi\u00f3n de San Cipriano, ven\u00eda a ser un martirio de segundo grado (De lapsis 3).<\/p>\n<p>Como se ve en todo esto, los m\u00e1rtires de la Iglesia est\u00e1n lejos del fanatismo exaltado de algunos sectarios o de la locura de aquellos gimnosofistas de la India, que se arrojaban al fuego voluntariamente (Clemente de Alejandr\u00eda, Stromat. IV,4). Los m\u00e1rtires, procediendo con humildad y prudencia, obedecen a la Iglesia, y llegado el caso, dan de su fe un testimonio firme y perfectamente libre. En estos t\u00e9rminos describe San Justino la confesi\u00f3n de Ptolomeo:<\/p>\n<p>\u00abSiempre sincero, enemigo de astucias y mentiras, confes\u00f3 que era cristiano, por lo que el centuri\u00f3n mand\u00f3 encadenarlo y lo mantuvo largo tiempo en la c\u00e1rcel. Llevado, por fin, ante el prefecto Urbico, como la primera vez, s\u00f3lo se le pregunt\u00f3 si era cristiano. Y \u00e9l, conociendo todos los bienes que deb\u00eda a la doctrina de Cristo, confes\u00f3 de nuevo su fidelidad a la escuela de la moral divina\u00bb (2 Apolog. 2).<\/p>\n<p>El mismo Justino afirma la alegr\u00eda con que los m\u00e1rtires  confesaban la fe cristiana: \u00abpara no mentir ni enga\u00f1ar a los jueces, nosotros confesamos a Cristo alegremente y morimos\u00bb (1 Apolog. 40).<\/p>\n<p><em>Efecto en los paganos de la firmeza de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>San Justino, habiendo conocido personalmente varios procesos de m\u00e1rtires, super\u00f3 todos los prejuicios que le manten\u00edan distante de la fe cristiana, y se hizo cristiano. Cuando \u00e9l, a su vez, hubo de comparecer ante el prefecto de Roma, sabiendo \u00e9ste que se trataba de un hombre muy culto, le pregunta:<\/p>\n<p>\u00ab-\u00bfEn qu\u00e9 ciencias y en qu\u00e9 estudios te ocupas t\u00fa? -Yo me he dedicado a estudiar una tras otra todas las ciencias y de ponerlas todas a prueba, y he venido a quedarme en la doctrina de los cristianos, aunque ella desagrade a aquellos que se dejan arrastrar del error pensando falsamente\u00bb (Acta S. Justini 1).<\/p>\n<p>En efecto, Justino hab\u00eda buscado la verdad en Arist\u00f3teles, en Pit\u00e1goras, en Plat\u00f3n, seg\u00fan \u00e9l mismo refiere (Dialog. cum Tryph. 18). Pero hall\u00f3 la verdad gracias al testimonio de los m\u00e1rtires:<\/p>\n<p>\u00abCuando yo era disc\u00edpulo de Plat\u00f3n, al o\u00edr las acusaciones contra los cristianos, vi\u00e9ndolos yo tan valientes ante la muerte y ante todo aquello que a los dem\u00e1s aterra, me dec\u00eda que era imposible que vivieran en el mal y en la org\u00eda. \u00bfQu\u00e9 hombre impuro y pervertido, que gusta saciarse de carne humana, puede recibir con alegr\u00eda la muerte que le priva de todos los bienes? \u00bfNo preferir\u00e1 m\u00e1s bien gozar de la vida presente? \u00bfNo se ocultar\u00e1 de los magistrados antes que exponerse a la muerte voluntariamente?\u00bb (2 Apolog. 12).<\/p>\n<p>La suprema valent\u00eda de los m\u00e1rtires le demostr\u00f3 la inocencia de los cristianos, ajenos a las calumnias que sobre ellos se difund\u00edan, y le convenci\u00f3 de la veracidad de su doctrina, m\u00e1s que los estudios que \u00e9l hab\u00eda hecho para compararla con otras.<\/p>\n<p>Y esta misma experiencia se produjo en muchos otros hombres sinceros de la \u00e9poca. Como consigna Tertuliano,<\/p>\n<p>\u00abmuchos hombres, maravillados de nuestra valerosa constancia, han buscado las causas de tan extra\u00f1a paciencia, y cuando han conocido la verdad, se han pasado a los nuestros y han caminado con nosotros\u00bb (Ad Scapulam. 5). \u00abEsta obstinaci\u00f3n de la que nos acus\u00e1is es una ense\u00f1anza para vosotros. \u00bfQui\u00e9n puede verla sin conmoverse y sin tratar de hallar su causa? \u00bfY qui\u00e9n, habi\u00e9ndola conocido, no se vendr\u00e1 con nosotros?\u00bb (Apolog. al final).<\/p>\n<p>Las ejecuciones eran en la \u00e9poca una gran fiesta, que atra\u00eda multitud de espectadores. Todos ellos eran conscientes de que bastaba una palabra del m\u00e1rtir cristiano, abjurando de Cristo, aunque fuera dicha en el \u00faltimo momento, para que quedara libre. Por eso mismo el inter\u00e9s de los espectadores iba creciendo hasta el instante final.<\/p>\n<p>Participaba as\u00ed el p\u00fablico, como el coro de una tragedia griega, en el suceso profundo e intenso que estaban viendo. Expresaban a veces los asistentes sus sentimientos con comentarios, gritos, exhortaciones. Mientras el m\u00e1rtir era torturado, unos ped\u00edan m\u00e1s suplicios, otros se compadec\u00edan, algunos lloraban (Martyr. Polic. 4). Otros hab\u00eda que, como en el caso de los m\u00e1rtires de Li\u00f3n y Viena, quedaban perplejos, asombrados ante la firmeza de las v\u00edctimas (Eusebio, Hist. eccl. V, I,56). Se preguntaban confundidos: \u00bfcomo es posible padecer tanto con plena libertad para evitarlo?<\/p>\n<p>Un autor an\u00f3nimo, en los a\u00f1os de Decio, en el libro De laude martyrum, describe los sentimientos de quienes ve\u00edan atormentar a un m\u00e1rtir en el caballete. \u00abMientras manos crueles desgarraban el cuerpo del cristiano, y el verdugo trazaba surcos sangrientos en sus lacerados miembros, yo o\u00eda las conversaciones de los asistentes. Unos dec\u00edan: &#8220;Hay algo, no s\u00e9 qu\u00e9, de grande en esa resistencia al dolor, en esa capacidad para soportar tales angustias&#8221;. Otros a\u00f1ad\u00edan: &#8220;Estoy pensando en que tiene hijos y una esposa est\u00e1 sentada en el hogar. Y con todo, ni el amor paterno ni el amor conyugal pueden quebrantar su voluntad. Hay aqu\u00ed algo que estudiar, una valent\u00eda que es preciso examinar a fondo. Es para meditar en aquella creencia que permite a un hombre padecer tanto y consentir en morir&#8221;\u00bb (5).<\/p>\n<p>Muchos de estos espectadores reaccionaron ante el testimonio impresionante de los m\u00e1rtires como el centuri\u00f3n en el Calvario y c\u00f3mo  aquellos que volvieron a Jerusal\u00e9n golpe\u00e1ndose el pecho y confesando la fe en Jesucristo (Lc 23,47-48). O al menos, como refiere la iglesia de Esmirna en su carta sobre la muerte de Policarpo, \u00abtodo el pueblo comprobaba maravillado la diferencia que hay entre los infieles y los cristianos, y qu\u00e9 era lo mejor\u00bb (13). Esto explica que cuanto m\u00e1s se multiplicaban los martirios de cristianos m\u00e1s eran los paganos que ven\u00edan a la fe. En efecto, la muerte de los m\u00e1rtires, seg\u00fan aquella frase c\u00e9lebre de Tertuliano, era semilla de nuevos cristianos -plures efficimur quoties metimur a vobis; semen est sanguis christianorum- (Apolog. 50).<\/p>\n<p>Ciertamente que no todos los paganos reaccionaban con nobleza ante los m\u00e1rtires. No pocos de ellos se burlaban de ellos como los jud\u00edos se burlaban del Crucificado, y dec\u00edan, por ejemplo, ante los m\u00e1rtires de Li\u00f3n y Viena: \u00ab\u00bfd\u00f3nde est\u00e1 su Dios? \u00bfDe qu\u00e9 les sirve esa religi\u00f3n a la que han sacrificado sus vidas?\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. V,1,60). Tambi\u00e9n entre los m\u00e1s intelectuales se daban reacciones muy diversas. Unos, como Justino en el siglo II o como Arnobio en el IV, se convirtieron ante la confesi\u00f3n de los m\u00e1rtires. Otros no llegaban a tanto, pero al menos, como S\u00e9neca, se conmov\u00edan de admiraci\u00f3n:<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfQu\u00e9 es la enfermedad comparada con las llamas, el caballete, las chapas ardientes o los hierros aplicados a las heridas no cicatrizadas, para renovarlas y ahondarlas m\u00e1s? En medio de estos dolores ha habido quien ni siquiera ha gemido; menos a\u00fan, ni siquiera ha suplicado; menos, no ha respondido; menos todav\u00eda, ha sonre\u00eddo, ha sonre\u00eddo de buen grado\u00bb (Epist. 78).<\/p>\n<p>En el siglo II, Celso, uno de los peores adversarios del cristianismo, en su Discurso verdadero, reconoce la valent\u00eda de los m\u00e1rtires: \u00abmantienen indomable firmeza para guardar su doctrina, y no ser\u00e9 yo quien les acuse por esa obstinaci\u00f3n. Bien vale la verdad que uno sufra por ella, y yo me guardar\u00e9 de decir que se haya de abjurar de la fe abrazada, o fingir negarla, para escapar de los peligros que ella pueda traer entre los hombres\u00bb (Or\u00edgenes, Contra Celsum 1,6).<\/p>\n<p>Otros intelectuales, sin embargo, duros y despectivos ante los m\u00e1rtires cristianos, se cerraban a toda compasi\u00f3n o admiraci\u00f3n, rehusando toda virtud verdadera al cristiano que mor\u00eda por su fe. Marco Aurelio censuraba lo que \u00e9l estimaba terquedad y fasto tr\u00e1gico de los m\u00e1rtires (Pensamientos XI,3). Ep\u00edcteto, el estoico, no ve\u00eda en el martirio cristiano sino una obstinaci\u00f3n fan\u00e1tica (Arriano, Dissert. IV,7). Y en t\u00e9rminos semejantes se expresan el ret\u00f3rico Elio Ar\u00edstides (Oratio XLVI) o el sat\u00edrico Luciano, que se divierte haciendo la caricatura de un m\u00e1rtir (De morte peregrini).<\/p>\n<p>Eran generalmente los hombres sencillos del pueblo los que entend\u00edan la lecci\u00f3n heroica de los m\u00e1rtires. Hay de ello muchas huellas documentales.<\/p>\n<p>A principios del siglo III, por el edicto de Septimio Severo, el prefecto de Egipto condena a muerte a la cristiana Potamiana y a su madre Marcela. Aquella joven cristiana, habiendo vencido toda clase de lazos tendidos contra su fe y su virtud, es conducida al suplicio por el soldado Bas\u00edlides, que est\u00e1 conmovido por su valent\u00eda y que la defiende de los gestos y gritos obscenos de algunos espectadores. Llegados al lugar del suplicio, Potamiana le da las gracias por su compasi\u00f3n y le promete interceder por \u00e9l ante Dios. Nunca olvid\u00f3 el soldado lo que entonces oy\u00f3 y vio. La joven fue sumergida lentamente en una caldera de bet\u00fan inflamado, y muri\u00f3 cuando fue introducida hasta el cuello. Una noche se le apareci\u00f3 Potamiana, la cual le puso una corona en la cabeza y le asegur\u00f3 que le hab\u00eda sido concedida la gracia divina. Alg\u00fan tiempo despu\u00e9s aquel soldado se declaraba cristiano, y conducido ante el prefecto, persisti\u00f3 en la confesi\u00f3n de la fe. Encarcelado, \u00e9l mismo cont\u00f3 a los cristianos que le visitaban esta historia, y poco despu\u00e9s fue decapitado. El martirio de una virgen transform\u00f3 a un soldado en un m\u00e1rtir (Eusebio, Hist. eccl. VI,5).<\/p>\n<p>A\u00fan se dieron casos m\u00e1s espectaculares en los mismos que juzgaban o guardaban en prisi\u00f3n a los m\u00e1rtires cristianos, maravillados por la diferencia que hab\u00eda entre \u00e9stos y los presos ordinarios. Un actuario, antes que escribir la condenaci\u00f3n de un m\u00e1rtir, arroj\u00f3 sus tablillas y estilete y se confes\u00f3 \u00e9l tambi\u00e9n cristiano (Passio S. Cassiani). Carceleros hubo que, conmovidos por la bondad de los m\u00e1rtires, fueron convertidos y a\u00fan bautizados por ellos. Los soldados, concretamente, hombres del pueblo, muchas veces se conmov\u00edan ante el testimonio de los m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>As\u00ed lo vemos, por ejemplo, en la prisi\u00f3n militar de Cartago, en el martirio de Perpetua, Fel\u00edcitas y compa\u00f1eros. El suboficial Pudente, encargado de su guardia, escribe Perpetua, \u00abcomenz\u00f3 a tenernos en mucho, entendiendo que hab\u00eda en nosotros gran virtud de Dios\u00bb (9). Y a\u00f1ade el narrador que sigue su cr\u00f3nica: pronto \u00abcrey\u00f3 enteramente\u00bb (16). \u00c9ste fue precisamente el encargado de llevarlos al anfiteatro. S\u00e1turo, despu\u00e9s de ser acometido por varias fieras que apenas le tocaron, le dice a Pudente: \u00abF\u00edjate c\u00f3mo, seg\u00fan te lo hab\u00eda predicho, no he sentido a\u00fan las mordeduras de ninguna fiera. Ahora, pues, no demores m\u00e1s el creer de todo coraz\u00f3n, porque yo me voy ya, y la dentellada de un leopardo me matar\u00e1\u00bb. As\u00ed fue, y el m\u00e1rtir, antes de morir, le a\u00f1ade: \u00abAdi\u00f3s, acu\u00e9rdate de mi fe. Que este espect\u00e1culo no te escandalice, sino que te confirme\u00bb. Y pidiendo al soldado su anillo, lo moj\u00f3 en la sangre de sus heridas, y se lo devolvi\u00f3 (21). Sangre fecunda de los m\u00e1rtires: el nombre de Pudente qued\u00f3 pronto agregado al martirologio de Cartago.<\/p>\n<p>La fecundidad inmensa de la sangre de los m\u00e1rtires sigue engendrando cristianos al paso de los siglos. En 1888, pasada la terrible persecuci\u00f3n de Conchinchina, escrib\u00eda un misionero en los Anales de la propagaci\u00f3n de la fe (enero 1889,33) que, en lo m\u00e1s duro de la persecuci\u00f3n, se le present\u00f3 un pagano para pedirle el bautismo. \u00ab-\u00bfY c\u00f3mo ha sido tu conversi\u00f3n? -Porque he visto morir a cristianos, y quiero morir como ellos mueren. He visto echarlos a los r\u00edos y pozos, quemarlos vivos y atravesarlos con lanzas. Y todos mor\u00edan con una alegr\u00eda que me dejaba asombrado, rezando y anim\u00e1ndose unos a otros. Solamente los cristianos mueren as\u00ed, y por eso me he convertido\u00bb.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n Novena El testimonio de los m\u00e1rtires Naturaleza y valor del testimonio de los m\u00e1rtires Hemos contemplado las atroces circunstancias en las que, en todas las regiones del mundo antiguo, dieron testimonio de su fe m\u00e1rtires de toda edad, sexo y condici\u00f3n. \u00bfCu\u00e1l es el valor objetivo de este testimonio? 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