{"id":21183,"date":"2013-06-19T01:52:49","date_gmt":"2013-06-19T06:52:49","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=21183"},"modified":"2013-06-17T15:56:42","modified_gmt":"2013-06-17T20:56:42","slug":"octava-leccion-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/06\/19\/octava-leccion-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"Octava Lecci\u00f3n sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n Octava<\/strong><\/p>\n<p><em>Los suplicios de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p><em>Destierro, deportaci\u00f3n, trabajos forzados<\/em><\/p>\n<p>El Derecho romano desconoc\u00eda la pena de c\u00e1rcel. Por eso el m\u00e1rtir que recib\u00eda sentencia condenatoria pod\u00eda ser destinado a destierro, deportaci\u00f3n, trabajos forzados o pena de muerte.<\/p>\n<p>El destierro era la pena m\u00e1s suave en que pod\u00eda incurrir el cristiano. No se consideraba pena capital, porque, al menos en principio, no implicaba la p\u00e9rdida de los derechos civiles ni, por tanto, la confiscaci\u00f3n de bienes. Muchos cristianos sufrieron destierro entre los siglos I y IV.<\/p>\n<p>El ap\u00f3stol San Juan es desterrado a la isla de Patmos, las dos Flavias Domitilas son relegadas a las islas de Pandataria y de Pontia; el Papa San Cornelio muere desterrado en Civit\u00e1 Vecchia. Tambi\u00e9n son desterrados San Cipriano, San Dionisio de Alejandr\u00eda y tantos otros m\u00e1rtires sufren la misma pena.<\/p>\n<p>A veces los desterrados son tratados con relativa suavidad, como los dos \u00faltimos citados. Parece, sin embargo, que el destierro de los cristianos fue m\u00e1s duro que el de los paganos, pues, al menos en la persecuci\u00f3n de Decio, contra el derecho com\u00fan, sufr\u00edan confiscaci\u00f3n de bienes.<\/p>\n<p>La deportaci\u00f3n era pena m\u00e1s grave que el destierro. Era pena capital, que implicaba una muerte civil. Los deportados eran tratados como forzados, y se les enviaba a los lugares m\u00e1s inh\u00f3spitos. Un jurista, Modestino, dec\u00eda que \u00abla vida del deportado debe ser tan penosa que casi equivalga al \u00faltimo suplicio\u00bb (Huschke, Jurispru. antejustin. 644; T\u00e1cito, Annales II,45). A veces el l\u00e1tigo y el palo de los guardianes apresuraban el fin del deportado. As\u00ed muri\u00f3 deportado en Cerde\u00f1a en el a\u00f1o 235 el Papa Ponciano.<\/p>\n<p>La condenaci\u00f3n a trabajos forzados era la segunda pena capital, que se cumpl\u00eda en las canteras y en las minas que el Estado explotaba en diversos lugares del imperio. Muchos cristianos de los primeros siglos sufrieron esta terrible pena.<\/p>\n<p>La matriculaci\u00f3n de los condenados, al llegar a la cantera o la mina, comenzaba por los azotes (San Cipriano, Epist. 67), para dejar claro desde un principio que hab\u00edan venido a ser \u00abesclavos de la pena\u00bb. En seguida eran marcados en la frente, pena infamante que dur\u00f3 hasta Constantino, emperador cristiano que la aboli\u00f3 \u00abpor respeto a la belleza de Dios, cuya imagen resplandece en el rostro del hombre\u00bb (C\u00f3digo Teodosiano IX, XL,2). Adem\u00e1s de esa marca, se les rasuraba a los condenados la mitad de la cabeza, para ser reconocidos m\u00e1s f\u00e1cilmente en caso de fuga. Alternativa \u00e9sta muy improbable, pues un herrero les remachaba a los tobillos dos argollas de hierro, unidas por una corta cadena, que les obligaba a caminar con pasos cortos y les imped\u00eda, por supuesto, correr.<\/p>\n<p>Cristianos condenados a las minas los hubo en las diversas \u00e9pocas que estudiamos. Y de mediados del siglo III tenemos un precioso documento que nos describe su situaci\u00f3n, las cartas del obispo San Cipriano a los m\u00e1rtires condenados a las minas de Sigus, en Numidia.<\/p>\n<p>Entre ellos hab\u00eda obispos, sacerdotes y di\u00e1conos, laicos varones y mujeres, y tambi\u00e9n ni\u00f1os y ni\u00f1as. Estos \u00faltimos, no teniendo fuerza para excavar con las herramientas de los mineros, se encargaban de transportar en cestos el material; eran condenados in opus metallorum, \u00fanica modalidad de esta condena posible para las mujeres (Ulpiano, Digesto XLVIII, XIX,8, p\u00e1rrf.8).<\/p>\n<p>Estos forzados cristianos, seg\u00fan describe San Cipriano, viv\u00edan dentro de la mina, en las tinieblas que se ve\u00edan acrecentadas por el humo pestilente de las antorchas. Mal alimentados y apenas vestidos, temblaban de fr\u00edo en los subterr\u00e1neos. Sin cama ni jerg\u00f3n alguno, dorm\u00edan en el suelo. Se les prohib\u00edan los ba\u00f1os, y a los sacerdotes se les negaba permiso para celebrar el santo sacrificio. A estos confesores condenados por el odio de los paganos a la suciedad y las tinieblas, San Cipriano les exhorta a perseverar en la virtud, esperando los esplendores de la vida futura (Epist. 77).<\/p>\n<p>A\u00fan m\u00e1s terribles fueron los padecimientos de los cristianos condenados a las minas en el Oriente, al fin de la \u00faltima persecuci\u00f3n, bajo Maximino Daia. El gobernador de Palestina, en el 307, mand\u00f3 que con hierro candente se quemasen los nervios de uno de los jarretes. Y se lleg\u00f3 a una mayor crueldad cuando en los a\u00f1os 308 y 309, a los cristianos, hombres, mujeres y ni\u00f1os, que de las minas de Egipto eran enviados a las de Palestina, no s\u00f3lo se les dej\u00f3 cojos al pasar por Cesarea, sino tambi\u00e9n tuertos: se les sac\u00f3 el ojo derecho, cauterizando luego con hierro candente las \u00f3rbitas ensangrentadas (Eusebio, De Martyr. Palest. 7,3,4; 8,1-3,13; 10,1).<\/p>\n<p>Sufriendo tan terribles calamidades en las minas, todav\u00eda los cristianos en algunas de ellas constru\u00edan iglesias, como en Phaenos, en el 309. All\u00ed dispusieron oratorios improvisados junto a los pozos. Algunos obispos presos celebraban el santo sacrificio y distribu\u00edan la eucarist\u00eda. Un forzado, ciego de nacimiento, al que tambi\u00e9n se le hab\u00eda sacado un ojo, recitaba de memoria en estas celebraciones partes de la Sagrada Escritura.<\/p>\n<p>No faltaron delatores de estos cultos. Los m\u00e1rtires de Phaenos fueron dispersados en Chipre y en el L\u00edbano; los viejos, ya in\u00fatiles, fueron decapitados; dos obispos, un sacerdote y un laico, que se hab\u00edan distinguido m\u00e1s en su fe, fueron arrojados al fuego. As\u00ed desapareci\u00f3 la diminuta iglesia de una mina (ib. 11,20-23; 13,1-3,4,9,10).<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>La pena capital<\/em><\/p>\n<p>Nos queda por contemplar el acto, perfectamente consciente y libre, por el que los m\u00e1rtires, a trav\u00e9s de terribles suplicios, llegaban a realizar la ofrenda suprema de su vida, aceptando una muerte que en cualquier momento pod\u00eda ser evitada por la apostas\u00eda.<\/p>\n<p>Ateni\u00e9ndonos a las Actas m\u00e1s ciertamente aut\u00e9nticas, describiremos sobriamente esta citt\u00e0 dolente en la que durante tres siglos numerosos cristianos hubieron de sufrir la muerte.<\/p>\n<p>En primer lugar hemos de considerar la situaci\u00f3n jur\u00eddica de los cristianos respecto a los suplicios. A diferencia de las legislaciones modernas, la pena de muerte era infligida entre los antiguos en modos diversos de suplicio. Los juristas clasificaban estos modos estimando como el m\u00e1s cruel e ignominioso la crucifixi\u00f3n; despu\u00e9s ven\u00edan la pena del fuego, la exposici\u00f3n a las fieras y, por \u00faltimo, la decapitaci\u00f3n (Calistrato, Digesto XLVIII,XIX,28; Cayo, ib.29; Modestino, ib.31).<\/p>\n<p>El fuego y las bestias eran penas introducidas solamente en el derecho penal del Imperio. En tiempos anteriores no exist\u00edan m\u00e1s penas capitales que la cruz, para esclavos y gente vil, y la espada para los dem\u00e1s. En el Imperio la cruz sigui\u00f3 siendo el suplicio de los m\u00e1s miserables; la espada se reserv\u00f3 a los ciudadanos; el fuego y las bestias para los criminales sin derecho de ciudadan\u00eda.<\/p>\n<p>Todas estas distinciones se fueron borrando muy pronto en lo que se refer\u00eda al castigo de los cristianos.<\/p>\n<p>Por primera vez, en el a\u00f1o 177, vemos deliberadamente marginadas estas normas en un caso de los m\u00e1rtires de Li\u00f3n. Los que eran ciudadanos romanos, fueron condenados a decapitaci\u00f3n, y  el resto a las fieras. Pero Attalo, ciudadano romano, fue expuesto a las bestias por exigencias del pueblo (Eusebio, Hist. eccl. V,1,50). La arbitrariedad de los magistrados y el odio del pueblo desbordaban las leyes romanas.<\/p>\n<p>Los apologistas cristianos del siglo II y principios del III parecen reflejar una situaci\u00f3n en la que las normas penales romanas ya no se respetaban en el caso de los cristianos condenados.<\/p>\n<p>San Justino dice: \u00abse nos corta la cabeza, se nos pone en la cruz, se nos expone a las fieras, se nos atormenta con cadenas, con el fuego, con los suplicios m\u00e1s horribles\u00bb (Dial. cum Tryph. 110). Y Tertuliano: \u00abPendemos en la cruz, somos lamidos por las llamas, la espada abre nuestras gargantas y las bestias feroces se lanzan contra nosotros\u00bb (Apolog. 31; cf. 12,50). \u00abCada d\u00eda, escribe Clemente de Alejandr\u00eda, vemos con nuestros ojos correr a torrentes la sangre de m\u00e1rtires quemados vivos, crucificados o decapitados\u00bb (Strom. II).<\/p>\n<p>Como hemos visto, la extensi\u00f3n del derecho de ciudadan\u00eda a todos los habitantes del Imperio no comunic\u00f3 a los provincianos los privilegios de los ciudadanos romanos, sino que despoj\u00f3 a \u00e9stos de ciertos derechos suyos peculiares; desde entonces todas las penas pod\u00edan ser aplicadas a todos.  S\u00f3lo qued\u00f3 el privilegio de los honestiores, es decir, de los nobles, desde senadores a decuriones, y sus hijos, todos los cuales estaban exentos de suplicios infamantes y, en muchos casos, tambi\u00e9n de la pena de muerte.<\/p>\n<p>Pero todo hace pensar que este privilegio tampoco se conserv\u00f3 en lo referente a los cristianos. Como varios edictos los condenaban, si persist\u00edan en su fe, a la degradaci\u00f3n c\u00edvica, perd\u00edan as\u00ed su condici\u00f3n de honestiores, y al quedar rebajados a simples plebeyos, pod\u00edan ser castigados con cualquier pena.<\/p>\n<p>En suma, a partir del siglo II, las penas que sufr\u00edan los m\u00e1rtires cristianos pod\u00edan ser cualquiera que viniera dispuesta por el arbitrio de sus jueces.<\/p>\n<p><em>La decapitaci\u00f3n<\/em><\/p>\n<p>En Roma, donde la muerte de los condenados tantas veces es para el pueblo un espect\u00e1culo placentero -como dice Prudencio, \u00abel dolor de uno es el placer de todos\u00bb (Contra Symmac. II,1126)-, la decapitaci\u00f3n es pr\u00e1cticamente la \u00fanica pena que, aunque efectuada en p\u00fablico, se realiza sin solemnidad ni pat\u00edbulo aparatoso.<\/p>\n<p>El condenado espera el golpe mortal de rodillas o de pie, junto a un poste, como, por ejemplo, el m\u00e1rtir Aquileo. Solamente un arma honrosa, la espada, debe cortar su cabeza. La ley dispone que no puede ser sustituida por el hacha u otra arma (Ulpiano, Digesto XLVIII,XIX,8). Era una muerte penal reservada a personas de elevada condici\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00abEl m\u00e1rtir -narra el cronista de la muerte de San Cipriano- fue llevado al campo de Sextus, donde se quit\u00f3 el manto, se puso de rodillas y se prostern\u00f3 en oraci\u00f3n ante Dios. Despu\u00e9s se quit\u00f3 tambi\u00e9n la dalm\u00e1tica, la entreg\u00f3 a sus di\u00e1conos y, revestido de una t\u00fanica de lino, esper\u00f3 al verdugo. Llegado \u00e9ste, Cipriano orden\u00f3 a los suyos que le dieran veinticinco monedas de oro. Luego los hermanos extendieron ante \u00e9l telas y servilletas. Despu\u00e9s, el mismo bienaventurado Cipriano se vend\u00f3 los ojos. Pero como no pod\u00eda atarse las manos, un sacerdote y un subdi\u00e1cono le hicieron este servicio. Y as\u00ed fue ejecutado el bienaventurado Cipriano\u00bb (Acta proconsularia S. Cypriani 5). En la muerte de Santo Tom\u00e1s Moro, recordando a San Cipriano, tambi\u00e9n \u00e9l dio al verdugo treinta monedas de oro y se vend\u00f3 los ojos.<\/p>\n<p>Decapitados murieron numerosos m\u00e1rtires de los dos primeros siglos: San Pablo, Flavio Clemente y otros nobles, Justino y sus disc\u00edpulos, varios de los m\u00e1rtires de Li\u00f3n, los de Scillium, el senador Apolonio. Alguno, como el esclavo Evelpisto, muri\u00f3 por la espada al estar su causa en conexi\u00f3n con un m\u00e1rtir de elevada categor\u00eda. En el siglo III mueren decapitados, por ejemplo, el soldado Besa; Ammonaria, Mercuria y Dionisia, en Alejandr\u00eda; el obispo Cipriano; Montano, Lucio y Flaviano; Santiago, Mariano y muchos otros de Lambesa.<\/p>\n<p>Pero posteriormente, cuando se producen ejecuciones apresuradas y en masa, no se guardan ya las formas antiguas.<\/p>\n<p>El Papa Sixto, por ejemplo, ni siquiera es juzgado; cuando es sorprendido ense\u00f1ando a los fieles en la cripta del cementerio de Pretextato, se le decapita all\u00ed mismo, sentado en su sede; y cuatro di\u00e1conos son tambi\u00e9n decapitados en el mismo subterr\u00e1neo (San Cipriano, Epist. 80). En Lambesa, despu\u00e9s de varios d\u00edas de ejecuciones, se hace arrodillar en filas a los m\u00e1rtires que a\u00fan quedaban vivos, y pasa el verdugo haciendo rodar sus cabezas.<\/p>\n<p>En la \u00faltima de las persecuciones, es tal la prisa por exterminar a todos los cristianos, que se acude frecuentemente a la decapitaci\u00f3n, se trate de obispos o soldados, magistrados o mujeres, nobles o plebeyos.<\/p>\n<p>\u00abEl gobernador Firmiliano, no pudiendo contener su c\u00f3lera y no queriendo tampoco retardar la muerte de los m\u00e1rtires con largos suplicios, mand\u00f3 que al punto se les cortase la cabeza\u00bb (Eusebio,  De Martyr. Palest. 9).<\/p>\n<p><em>La hoguera<\/em><\/p>\n<p>En los dos primeros siglos parece que fueron pocos los m\u00e1rtires ejecutados por el fuego.<\/p>\n<p>La espantosa invenci\u00f3n de Ner\u00f3n, que hace quemar a muchos cristianos convirti\u00e9ndolos en antorchas vivientes, fue un capricho. Y la jaula de hierro candente, en que se obliga a sentarse en el anfiteatro a los m\u00e1rtires de Li\u00f3n en 177, es m\u00e1s una tortura que un modo de ejecuci\u00f3n.<\/p>\n<p>La pena regular del fuego tarda en establecerse en el derecho romano, y la vemos aplicada por primera vez en el 155 contra el obispo m\u00e1rtir Policarpo en Esmirna. Pero en el siglo II se hace m\u00e1s frecuente.<\/p>\n<p>Se emplea muchas veces el fuego para matar en Alejandr\u00eda, durante la persecuci\u00f3n de Decio (Eusebio, Hist. eccl. VI,41,15,17). Quemado muere San Pionio en Esmirna; Luciano y Marciano en Nicomedia; Carpos, Papylos y Agathonice en P\u00e9rgamo. Bajo Valeriano, muere en la hoguera el obispo de Tarragona Fructuoso y los di\u00e1conos Augurio y Eulogio; y en Roma el di\u00e1cono San Lorenzo.<\/p>\n<p>En la \u00faltima persecuci\u00f3n el suplicio mortal del fuego es el m\u00e1s frecuentemente empleado contra los m\u00e1rtires, sobre todo en el Oriente. Un contempor\u00e1neo, Eusebio, muchas veces testigo presencial de estas muertes, da cuenta de los nombres de muchos m\u00e1rtires que as\u00ed murieron (Hist. eccl. VIII,6,8,9,11,12,14; De Martyr. Palest. 2-4,8,10,12,13).<\/p>\n<p>La muerte en la hoguera, pena normalmente reservada a gente de condici\u00f3n inferior, suele realizarse en forma de espect\u00e1culo para el pueblo. Se enciende la hoguera en el circo, el estadio o el anfiteatro. El m\u00e1rtir es despojado de sus vestidos,  que pasan a ser posesi\u00f3n de sus verdugos (rescripto de Adriano: Digesto XLVIII, XX,6; cf. Mt 18,35; Mc 15,24; Lc 23,34; Jn 19,23-24). Una vez desvestido, es atado a un poste, normalmente clavando sus manos a \u00e9l, como en los casos de Carpos, Papylos y Agathonice. En otros casos, como en el de Policarpo, las manos son atadas solamente, y quedan libres al quemarse las cuerdas. As\u00ed sucedi\u00f3 tambi\u00e9n en Tarragona, donde los m\u00e1rtires Fructuoso, Augurio y Eulogio, una vez quemadas sus ligaduras, oraron de rodillas con los brazos en cruz en medio de las llamas.<\/p>\n<p>La muerte sol\u00eda ser r\u00e1pida, y en alg\u00fan caso, como en el de Policarpo, se abreviaba mediante un \u00abgolpe de gracia\u00bb.<\/p>\n<p>A fines del siglo III, sin embargo, la pena del fuego se hace mucho m\u00e1s cruel todav\u00eda. Tertuliano dice, \u00abse nos llama sarmentiti o semaxi, porque, atados a un poste, perecemos rodeados de un semic\u00edrculo de sarmientos encendidos\u00bb (Apol. 50). Los m\u00e1rtires son dejados no en una pira, sino en el suelo, y con frecuencia, para que las llamas y el humo les envuelvan mejor, se les entierra hasta las rodillas (Passio S. Philippi 13). Con esto se suprime pr\u00e1cticamente el espect\u00e1culo, del que, por lo dem\u00e1s, la plebe estaba ya hastiada, y se busca la r\u00e1pida eficacia.<\/p>\n<p>As\u00ed muere en Heraclea el obispo Filipo y el sacerdote Hermes (ib.); en Cesarea, el esclavo fil\u00f3sofo Porfirio (Eusebio, De Martyr. Palest. 11,19); y otros innumerables m\u00e1rtires sobre todo en el Oriente, donde la ejecuci\u00f3n se reduce a empujar a las v\u00edctimas dentro de ese c\u00edrculo de fuego, donde, como dice Lactancio, mueren en tropel (De mort. persecut. 15).<\/p>\n<p>El vivicomburium era, pues, una forma ordinaria de ejecutar por el fuego. Pero los magistrados introducen arbitrariamente no pocas variantes horribles. Se inventa entonces la caldera de aceite hirviendo, en donde, en circunstancias apenas conocidas, es sumergido el ap\u00f3stol San Juan (Tertuliano, De pr\u00e6scr. 36); la caldera de bet\u00fan encendido, en la que muere Santa Potamiana (Eusebio, Hist. eccl. VI,5); la cal viva, en la que mueren Ep\u00edmaco y Alejandro, en tiempo de Decio (ib. VI,41,17); la jaula o lecho de hierro candente, que a mediados del siglo III, y sobre todo en el IV, pasa de ser forma de tortura a modo de ejecuci\u00f3n.<\/p>\n<p>As\u00ed muere el di\u00e1cono San Lorenzo (Prudencio, Peri Stephan. II). Pedro, chambel\u00e1n de Diocleciano, es tambi\u00e9n asado vivo en parrillas, y para prolongar sus padecimientos, sus miembros van siendo presentados uno a uno, poco a poco, a las llamas (Eusebio, Hist. eccl. VIII,6). De este modo son tambi\u00e9n asados varios m\u00e1rtires de Antioqu\u00eda (ib. VIII,12). Timoteo es asado en Gaza \u00aba fuego lento\u00bb (Id. De Martyr. Palest. 3). El emperador Galerio, en el 309, inventa una manera m\u00e1s dolorosa de quemar a los cristianos, roci\u00e1ndoles con agua y d\u00e1ndoles a beberla, con lo que a veces el suplicio dura todo el d\u00eda (Lactancio, De Mart. pers. 21).<\/p>\n<p>Es una \u00e9poca en la que la lucha contra los cristianos alcanza su mayor fuerza y crueldad: se trata de matar pronto a cuantos m\u00e1s se pueda, y haci\u00e9ndoles sufrir todo lo posible.<\/p>\n<p><em>Las fieras<\/em><\/p>\n<p>El suplicio m\u00e1s dram\u00e1tico de los infligidos a los m\u00e1rtires cristianos es la exposici\u00f3n a las fieras ante la muchedumbre pagana. Este codiciado espect\u00e1culo sol\u00eda reservarse, normalmente, para alg\u00fan d\u00eda de fiesta u otra ocasi\u00f3n especial.<\/p>\n<p>San Ignacio es arrojado a las fieras el 20 de diciembre del a\u00f1o 107, es decir, en las venationes de las saturnales. En unos juegos ofrecidos por el asiarca en Esmirna, fueron expuestos a las fieras Germ\u00e1nico y otros diez cristianos de Filadelfia (Martyr. Polyc. 2,3,12). Los m\u00e1rtires de Li\u00f3n son expuestos en el anfiteatro en la gran feria del mes de agosto. Perpetua, Fel\u00edcitas y sus compa\u00f1eros, en las fiestas quinquenales del C\u00e9sar Geta.<\/p>\n<p>Son muchos los casos como \u00e9stos. Probablemente la proximidad de alguna celebraci\u00f3n importante induce al juez a condenar a los cristianos a las fieras. O a veces es el mismo pueblo, como ya vimos, quien lo exige: \u00ab\u00a1Los cristianos a los leones!\u00bb. Otras veces es la notoriedad del m\u00e1rtir o su especial fuerza f\u00edsica la que motiva al juez a dictar esta sentencia para agradar al pueblo. En ocasiones, para halagar al emperador o a otros altos poderes p\u00fablicos, un gobernador de provincia les env\u00eda unos condenados a las fieras (Modestino, Digesto XLVIII, XIX,31).<\/p>\n<p>\u00c9ste fue, quiz\u00e1, el motivo por el que Ignacio es enviado desde Antioqu\u00eda a Roma para morir bajo las fieras, pues ese a\u00f1o, el 107, se celebr\u00f3 la victoria de Trajano sobre los dacios con ciento veintitr\u00e9s d\u00edas de festejos, en los que fueron muertas once mil bestias feroces, que antes hab\u00edan matado a muchos hombres.<\/p>\n<p>La exposici\u00f3n a las fieras se organizaba de modo muy espectacular. As\u00ed como antes de las carreras de carros hab\u00eda una cabalgata en la que, con pompa circensis, desfilaban ante el p\u00fablico aurigas y escuderos; o as\u00ed como en las luchas de gladiadores desfilaban \u00e9stos primero, y los morituri saludaban al emperador y al pueblo; as\u00ed tambi\u00e9n los condenados a las fieras era previamente presentados al p\u00fablico, en medio de ultrajes y crueldades.<\/p>\n<p>A veces los m\u00e1rtires, como en Li\u00f3n, antes de ser expuestos a las fieras, eran torturados con l\u00e1tigo o jaula de hierro candente. M\u00e1s ordinario era que hubieran de ir en procesi\u00f3n miserable en torno a la arena bajo el l\u00e1tigo de los bestiarios. En ocasiones, para unir a la crueldad la burla pintoresca, se disfrazaba a los m\u00e1rtires como una mascarada.<\/p>\n<p>Las cristianas expuestas a las fieras en el circo de Ner\u00f3n fueron disfrazadas de hijas de Danaos o de la bacante Circe (Clemente, Corintios 6,2). Perpetua y sus compa\u00f1eros se negaron a disfrazarse de sacerdotes de Saturno, los hombres, o de sacerdotisas de Ceres, las mujeres; y el oficial romano acept\u00f3 la negativa.<\/p>\n<p>Como los condenados al fuego, los destinados a las fieras eran expuestos en un lugar elevado de la arena, como un estrado, en el que se alzaba un poste. Por unas rampas las fieras sub\u00edan a esa altura, donde el m\u00e1rtir estaba atado por las manos al poste, sin defensa posible. Se conservan l\u00e1mparas y medallones de barro cocido representando la escena. Las bestias entonces desgarraban su v\u00edctima sobre el estrado, o la arrancaban del poste y la arrastraban.<\/p>\n<p>Algunas veces, ah\u00edtas ya las fieras de carne humana, se mostraban remisas para atacar y hab\u00edan de ser lanzadas varias sucesivamente, sin causar graves da\u00f1os a sus v\u00edctimas. Esto le sucedi\u00f3, por ejemplo, al m\u00e1rtir Saturo que, puesto en el pulpitum con Saturnino, fue atacado sucesivamente por un leopardo, un oso, un jabal\u00ed, que lo arrastr\u00f3, y un leopardo, que lo mat\u00f3 (Passio S. Perpetu\u00e6 21). Un joven m\u00e1rtir, Germ\u00e1nico, azuz\u00f3 en Esmirna a las fieras, para que le devorasen (Martyr. Polic. 3). San Ignacio de Antioqu\u00eda, camino del martirio, donde iba a ser arrojado a las fieras, escribe en una carta a los romanos: \u00abYo espero hallarlas bien dispuestas. Las azuzar\u00e9 para que en seguida me devoren, y no hagan como con otros, a quienes tienen miedo a tocar. Y si se muestran remisas, las forzar\u00e9\u00bb (Romanos 5,2).<\/p>\n<p>Cuando las fieras her\u00edan a los m\u00e1rtires, pero no los mataban, se les remataba. \u00c9sa fue la suerte de Perpetua, Fel\u00edcitas y Saturo. En Cesarea, Adriano, Eubulo y Agapito, despu\u00e9s de pasar por los ataques de las fieras, fueron degollados los dos primeros, y arrojado al mar el tercero, seg\u00fan refiere Eusebio (De Martyr. Palest. 11).<\/p>\n<p>El mismo Eusebio, testigo presencial de hechos semejantes, reconoce que a veces las fieras, siendo irracionales, parec\u00edan respetar a los testigos de Cristo, dando as\u00ed una se\u00f1al del poder divino que guardaba a \u00e9stos. En el anfiteatro de Tiro, concretamente, presenci\u00f3 la siguiente escena:<\/p>\n<p>\u00abYo estuve presente en este espect\u00e1culo, y sent\u00ed visible y manifiesta la asistencia del Se\u00f1or Jes\u00fas, de quien los m\u00e1rtires daban testimonio. Animales voraces pasaban largo tiempo sin osar tocar los cuerpos de los santos, ni acercarse a ellos. Volv\u00edan, por el contrario, toda su rabia contra los paganos que se empe\u00f1aban en azuzarlos, y permanec\u00edan alejados de los atletas de Cristo, que desnudos e indefensos, los provocaban con gestos, seg\u00fan la orden que hab\u00edan recibido. Se lanzaban a veces contra ellos, pero inmediatamente retroced\u00edan, como rechazados por una fuerza divina. Esto dur\u00f3 largo tiempo, bajo el asombro de los espectadores, que una, otra y otra vez ve\u00edan fieras in\u00fatilmente lanzadas contra el mismo m\u00e1rtir. La firmeza e intrepidez de los m\u00e1rtires y la fuerza espiritual que irradiaban sus debilitados cuerpos causaban admiraci\u00f3n.<\/p>\n<p>\u00abHubierais visto all\u00ed a un joven de apenas veinte a\u00f1os que, libre de ataduras, con los brazos en cruz, oraba con paz inalterable, sin retroceder, sin moverse, aguardando al oso y al leopardo que, al principio, parec\u00edan respirar fiereza, pero que luego se retiraban, como si una fuerza misteriosa les desviara. As\u00ed pas\u00f3 todo aquello, como lo estoy contando. Hubierais visto a otros, pues eran cinco, expuestos a un toro bravo. Hab\u00eda lanzado ya al aire a varios paganos, retirados ex\u00e1nimes; pero cuando iba a lanzarse contra los m\u00e1rtires, no pod\u00eda dar un paso, ni siquiera excitado con un hierro candente: her\u00eda la tierra con sus pezu\u00f1as, sacud\u00eda los cuerpo, pero se apartaba de los m\u00e1rtires como empujado por mano divina. Y despu\u00e9s de estas bestias, se lanzaron otras. Al fin los m\u00e1rtires, inc\u00f3lumes de unas y otras, fueron decapitados y arrojados al mar\u00bb (Hist. eccl. VIII, 7,4-6).<\/p>\n<p>Cuando se celebraban venationes, el toro sol\u00eda desempe\u00f1ar un papel especial. Antes de ser atacado por los bestiarios, para enfurecerlo, se le azuzaba contra unos maniqu\u00edes rellenos de paja y sujetos al suelo. Pero no era infrecuente que la crueldad romana sustituyera a veces estos mu\u00f1ecos por personas vivas.<\/p>\n<p>Eso sucedi\u00f3 en Tiro, y tambi\u00e9n en Li\u00f3n, el a\u00f1o 177, cuando Santa Blandina fue atacada por un toro, que la lanz\u00f3 varias veces al aire (Eusebio, Hist. eccl. V,1,56). Y la misma suerte terrible sufrieron Perpetua y Fel\u00edcitas, atacadas por una vaca brava. En tales casos, para evitar que las v\u00edctimas esquivasen las embestidas feroces, se les sujetaba envolvi\u00e9ndoles desnudos con una red. As\u00ed se hizo con Santa Blandina.<\/p>\n<p>Y as\u00ed se intent\u00f3 hacer con Perpetua y Fel\u00edcitas. \u00c9stas, sin embargo, por exigencia del p\u00fablico conmovido, fueron vestidas. Perpetua, lanzada al aire en una acometida de la vaca, cay\u00f3 de espaldas, quedando sus piernas al descubierto. Y \u00abolvid\u00e1ndose al momento del dolor, para no acordarse sino del pudor\u00bb, se cubri\u00f3 inmediatamente con sus ropas desgarradas. Se acerc\u00f3 despu\u00e9s a la esclava Fel\u00edcitas, que yac\u00eda en tierra quebrantada, y le ayud\u00f3 a levantarse. As\u00ed, las dos juntas, esperaron el golpe mortal (Passio S. Perpetu\u00e6 20).<\/p>\n<p>Nunca los m\u00e1rtires lucharon con las fieras. No se conoce ning\u00fan caso. Se dejaban herir y matar sin defenderse.<\/p>\n<p><em>La crucifixi\u00f3n<\/em><\/p>\n<p>El suplicio de la cruz, considerado por los romanos como infamante y santificado por Nuestro Se\u00f1or, fue aplicado con gran frecuencia a los cristianos. Despu\u00e9s de la crucifixi\u00f3n del Salvador, la m\u00e1s famosa es la del ap\u00f3stol San Pedro.<\/p>\n<p>En los siglos I y II, Clemente Romano (Corintios 5,6) y Dionisio  Alejandrino (Eusebio, Hist. eccl. II,25) hablan del martirio del ap\u00f3stol en Roma, pero no indican c\u00f3mo muri\u00f3. Tertuliano dice que San Pedro \u00absufri\u00f3 una pasi\u00f3n semejante a la del Salvador\u00bb, pues \u00abfue crucificado\u00bb (De pr\u00e6scr. 36; Scorpiac. 15). Or\u00edgenes precisa que fue crucificado \u00abcon la cabeza hacia abajo\u00bb, porque el mismo \u00abPedro pidi\u00f3 por humildad que se le pusiera as\u00ed en la cruz\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. III,1), crueldad que no era extra\u00f1a en tiempos de Ner\u00f3n, seg\u00fan escribe S\u00e9neca: \u00abYo veo cruces de diversos modos; a algunos se les suspende en ellas con la cabeza hacia abajo\u00bb (Consol. ad Marciam 20).<\/p>\n<p>En el siglo I otros m\u00e1rtires fueron tambi\u00e9n crucificados. Muchos cristianos murieron as\u00ed en los jardines de Ner\u00f3n, seg\u00fan refiere T\u00e1cito (Annal. XV, 44). En la cruz muri\u00f3 San Sime\u00f3n, obispo de Jerusal\u00e9n, en tiempos de Trajano (Eusebio, Hist. eccl. III,32). Cien a\u00f1os m\u00e1s tarde, un pagano le dice con aire de triunfo al apologista cristiano Minucio F\u00e9lix: \u00abno es ahora tiempo de adorar la cruz, sino de padecerla -jam non sunt adorand\u00e6 cruces, sed subeund\u00e6-\u00bb (Octavius 12).<\/p>\n<p>San Justino, Tertuliano, Clemente de Alejandr\u00eda, hablan de cristianos crucificados, y conocemos los nombres: Claudio, Asterio y Ne\u00f3n; Cal\u00edope; Te\u00f3dulo; Agr\u00edcola; Timoteo y Maura. Eusebio habla de muchos cristianos an\u00f3nimos que murieron en Egipto crucificados: \u00abfueron crucificados como suele hacerse con los malhechores; pero hubo algunos a quienes, con particular crueldad, se los clav\u00f3 en la cruz cabeza abajo\u00bb. Y a\u00f1ade: \u00abas\u00ed permanecieron vivos hasta que murieron de hambre en sus pat\u00edbulos\u00bb (Hist. eccl. VIII, 8).<\/p>\n<p>Lo ordinario era que los romanos no rematasen a los crucificados. El crurifragium, como el de Jes\u00fas, era completamente excepcional (Jn 19,31-33; Cicer\u00f3n, Philipp. XIII,12). En una Pasi\u00f3n se nos dice de dos esposos cristianos que permanecieron crucificados frente a frente, y que vivieron nueve d\u00edas, padeciendo al mismo tiempo el tormento de una sed ardent\u00edsima (Passio Timothei et Maurae). Este suplicio penal espantoso no fue abolido hasta que Constantino lleg\u00f3 a imperar.<\/p>\n<p><em>La sumersi\u00f3n<\/em><\/p>\n<p>Otro modo de ejecutar a los m\u00e1rtires fu\u00e9 con frecuencia durante la \u00faltima persecuci\u00f3n el ahogamiento por sumersi\u00f3n.<\/p>\n<p>Eusebio narra que en el 303, al publicarse el primer edicto de Diocleciano, \u00abinnumerables cristianos\u00bb fueron conducidos en barcas, atados, al alta mar y all\u00ed arrojados entre las olas (Hist. eccl. VIII,6). Otros en Egipto son arrojados al mar (ib. VIII,8). En el 304, en Roma, dos m\u00e1rtires son arrojados desde  un puente al T\u00edber (Acta SS. Beatricis, Simplicii et Faustini, en Acta SS julio, VII,47). En Cesarea fue ahogada una joven de dieciocho a\u00f1os (Eusebio, De Martyr. Palest. 7). En Panonia, Quirino, obispo de Siscia, es arrojado al Save con una piedra de molino al cuello (Passio S. Quirini 5). En Palestina, arrojan al mar a Ulpiano, metido en una piel de buey junto a un perro y un \u00e1spid; y lo mismo se hace en Cilicia con Juliano, tras encerrarlo en un saco lleno de tierra y de animales ponzo\u00f1osos (Eusebio, De Martyr. Palest. 5; S. Juan Cris\u00f3stomo, Homil. de Mart. S. Juliani).<\/p>\n<p>El ahogamiento era una pena legal. Se sumerg\u00eda a los parricidas encerrados en un saco en compa\u00f1\u00eda de animales da\u00f1inos (Digesto XLVIII,IX,9). Pero en tiempos del Imperio era una pena, incluso para los parricidas, ca\u00edda en desuso (Pablo, Senten. V, XXV). Y ninguna ley o edicto hab\u00eda establecido esta pena para los cristianos. Aplic\u00e1rsela era, pues, una evidente ilegalidad. \u00bfPero qu\u00e9 quedaba en el Imperio de legalidad cuando el emperador Galerio, seg\u00fan dice Lactancio (De mort. persec. 23), hab\u00eda suprimido en sus Estados la mendicidad haciendo ahogar a los mendigos?<\/p>\n<p><em>Otros suplicios<\/em><\/p>\n<p>Son innumerables los modos de ejecuci\u00f3n que hubieron de sufrir los m\u00e1rtires cristianos bajo el odio de los paganos, a veces, simplemente, en el furor de una revuelta imprevista.<\/p>\n<p>En Cartago, la muchedumbre ataca a Num\u00eddico, a su mujer y a un grupo de fieles, quema a unos y deja a otros aplastados debajo de piedras (San Cipriano, Epist. 35). En Alejandr\u00eda, el pueblo enfurecido apedrea a las santas m\u00e1rtires Meta y Quinta, y arroja de lo alto de una casa al m\u00e1rtir Serapi\u00f3n (Eusebio, Hist. eccl. VI,41). En Roma son emparedados en una cripta de las catacumbas cristianos que asist\u00edan a los Sagrados Misterios (Passio SS. Chrisanti et Dari\u00e6, en Acta SS. X,483).<\/p>\n<p>Estas formas brutales de la muchedumbre enfurecida se ve, sin embargo, superada por la fr\u00eda crueldad de ciertos magistrados. San Cipriano escribe a un magistrado africano: \u00abtu ferocidad e inhumanidad no se contenta con los tormentos usuales; tu maldad es ingeniosa e inventas nuevas penas\u00bb (Ad Demetrianum 12). Y Eusebio atestigua lo mismo, hablando del Oriente en el siglo IV, refiri\u00e9ndose a los magistrados que, inventando tormentos desconocidos, parecen rivalizar entre ellos en la crueldad.<\/p>\n<p>En Antioqu\u00eda le cortan la lengua al di\u00e1cono Romano, \u00absuplicio nuevo\u00bb, seg\u00fan Eusebio, y despu\u00e9s se le estrangula (De Martyr. Palest. II,4). Dorotea, Gorgonio y otros mueren estrangulados en Nicomedia (Id., Hist. eccl. VIII, 6,5).<\/p>\n<p>El estrangulamiento era una de las m\u00e1s antiguas penas romanas (Salustio, Catil. 55; Valerio M\u00e1ximo V,4; VI,3), pero hab\u00eda ca\u00eddo en desuso. Era suplicio practicado tambi\u00e9n en otros pueblos y \u00e9pocas; lo sufrieron, por ejemplo, los Macabeos en la Antioqu\u00eda de los sirios (2Macabeos 7,4ss). <\/p>\n<p>Eusebio narra que en Arabia matan a varios fieles a hachazos (Hist. eccl. VIII,6,5), suplicio prohibido por la ley. Informa que en Capadocia son matados otros quebr\u00e1ndoles las piernas; en Mesopotamia se les cuelga cabeza abajo sobre un fuego lento; en Alejandr\u00eda se les cortan narices, orejas y manos; en el Ponto se les clavan espinas bajo las u\u00f1as, se les derrama en la espalda plomo derretido, se les desgarran las entra\u00f1as (Hist. eccl. VIII,12). La amputaci\u00f3n de manos no era ilegal, pues era pena aplicada a los desertores en el siglo I (Valerio M\u00e1ximo II, VII,II); y la vemos reaparecer en el siglo V, pues una Novella de Maggioriano (IV,6) castiga as\u00ed a un funcionario que hab\u00eda destru\u00eddo ciertos monumentos antiguos.<\/p>\n<p>En la Tebaida se  despelleja a los m\u00e1rtires con cascos (Eusebio, Hist. eccl. VIII,8); mujeres desnudadas, son volteadas cabeza abajo en el aire por una m\u00e1quina; y algunos hombres son atados por las piernas a ramas de distintos \u00e1rboles que, al separarse de repente, les divide en dos partes (VIII,9). En la Armenia romana, cuarenta soldados romanos son puestos en un estanque helado durante una noche de invierno, y despu\u00e9s son arrojados al fuego (S. Gregorio Niseno, Orat. II in XL martyres). En esos mismos a\u00f1os, reinando Licinio, al fin de las persecuciones, hacia el 320, algunos cristianos son descuartizados a golpes de espada y luego arrojados los pedazos a los peces (Eusebio, Hist. eccl. X, 8,17; De vita Const. II,2).<\/p>\n<p>No hay invenci\u00f3n maligna, por cruel que sea, que no fuera imaginada por magistrados y verdugos, exasperados por la paciencia de los m\u00e1rtires. Y en cierto sentido le ley les daba licencia para aplicar tales penas atroces, pues, seg\u00fan un jurista del siglo III, la pena capital \u00abconsiste en ser uno arrojado a las fieras, en padecer otras penas semejantes o en ser decapitado\u00bb (Marciano, Digesto XLVIII, XIX,11, p\u00e1rr.3). \u00a1Otras penas semejantes!&#8230; En el caso de los cristianos,  esa f\u00f3rmula significaba que cualquier atrocidad, inspirada por el infierno, pod\u00eda serles aplicada.<\/p>\n<p>Los magistrados romanos pod\u00edan siempre sentirse absueltos de crueldad cuando jurisconsultos prestigiosos, como Claudio Saturnino, establec\u00edan como doctrina: \u00aba veces sucede que se exacerban las penas aplicadas a ciertos malhechores, cuando esto es necesario para el escarmiento de otros muchos\u00bb (Digesto XLVIII, XIX, 16, p\u00e1rr.9).<\/p>\n<p><em>Asistencia divina<\/em><\/p>\n<p>El hecho comprobado de que tormentos tan variados y horribles, sufridos no en un corto per\u00edodo, en el que pudiera producirse un hero\u00edsmo contagioso, sino a lo largo de tres siglos, y por millares de hombres, mujeres y ni\u00f1os, pertenecientes a regiones muy diversas, cuando, de hecho, bastaba una palabra, un leve signo de su voluntad, para alejar por completo todos esos padecimientos, que, sin embargo, fueron aceptados libremente y con plena libertad \u00bfpuede explicarse por los comunes recursos de las fuerzas humanas o hace necesario acudir a una asistencia sobrenatural?<\/p>\n<p>Nosotros podr\u00edamos intentar dar a esta pregunta una u otra respuesta. Pero ya los mismos m\u00e1rtires la dieron con frecuencia, atribuyendo a Dios, sin duda alguna, sus victorias.<\/p>\n<p>Los cristianos de Esmirna nos muestran a varios fieles en el anfiteatro de esa ciudad, \u00abde tal manera desgarrados por los azotes, que sus venas, sus arterias, todo el interior de su cuerpo, estaba al descubierto, y con todo eso, se les ve\u00eda tan firmes que los asistentes se conmov\u00edan y lloraban, mientras que ellos no exhalaban ni un suspiro ni una queja\u00bb. Y los mismos cronistas dan la explicaci\u00f3n: \u00abPresente con ellos el Se\u00f1or, aceptando tan fiel ofrenda de sus siervos, no solo los encend\u00eda en el amor de la vida eterna, sino que templaba la violencia de aquellos tormentos, de manera que el sufrimiento del cuerpo no quebrantara la resistencia del alma. El Se\u00f1or conversaba con ellos y \u00c9l era espectador y fortalecedor de sus \u00e1nimos, y con su presencia moderaba los sufrimientos, y les promet\u00eda, si perseveraban hasta el final, los imperios de la corona celestial\u00bb (Martyr. Polic. 2).<\/p>\n<p>Cuando la m\u00e1rtir Fel\u00edcitas, joven esclava, estando en la prisi\u00f3n, se ve acometida por los dolores del parto, sin poder contener los gemidos, no falta quien se burla de ella, poniendo en duda que sea capaz de sufrir los ataques de las fieras. A lo que ella contesta:<\/p>\n<p>\u00abAhora soy yo quien padece. Pero entonces habr\u00e1 en m\u00ed Otro que padecer\u00e1 por m\u00ed, porque yo estar\u00e9 padeciendo por \u00c9l\u00bb (Passio SS. Perpetu\u00e6 et Felicitatis 15).<\/p>\n<p>Es necesario reconocerlo: los prolongados, terribles y voluntarios sufrimientos de los m\u00e1rtires cristianos son un caso extraordinario, \u00fanico y sin semejantes en los anales de ning\u00fan pueblo y de ninguna religi\u00f3n. \u00c9sta es la conclusi\u00f3n que sacamos de los datos hasta aqu\u00ed expuestos.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n Octava Los suplicios de los m\u00e1rtires Destierro, deportaci\u00f3n, trabajos forzados El Derecho romano desconoc\u00eda la pena de c\u00e1rcel. Por eso el m\u00e1rtir que recib\u00eda sentencia condenatoria pod\u00eda ser destinado a destierro, deportaci\u00f3n, trabajos forzados o pena de muerte. El destierro era la pena m\u00e1s suave en que pod\u00eda incurrir el cristiano. No se consideraba &hellip; <\/p>\n<p class=\"link-more\"><a href=\"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/06\/19\/octava-leccion-sobre-el-martirio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> &#8220;Octava Lecci\u00f3n sobre el martirio&#8221;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1138,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1073,672,704],"tags":[],"class_list":["post-21183","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diez-lecciones-sobre-el-martirio","category-historia_de_la_iglesia","category-martirio"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21183","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1138"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=21183"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21183\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":21192,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/21183\/revisions\/21192"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=21183"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=21183"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=21183"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}