{"id":20992,"date":"2013-06-05T01:09:10","date_gmt":"2013-06-05T06:09:10","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=20992"},"modified":"2013-06-04T04:18:10","modified_gmt":"2013-06-04T09:18:10","slug":"sexta-leccion-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/06\/05\/sexta-leccion-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"Sexta Lecci\u00f3n sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n Sexta<\/strong><\/p>\n<p><em>Padecimientos morales de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p><em>Confiscaci\u00f3n de los bienes<\/em><\/p>\n<p>Antes de sufrir las pruebas corporales de la tortura, los m\u00e1rtires han salido victoriosos de pruebas morales que para muchos fueron verdaderamente terribles. Como hemos visto en el estudio precedente, el sacrificio que a no pocos se les exig\u00eda era tan grande como los bienes mundanos que hab\u00edan de perder si quer\u00edan guardarse fieles a su fe. Tanto dejaban los m\u00e1rtires cuanto m\u00e1s hab\u00edan tenido. Antes del martirio, hab\u00eda, pues, una prueba previa, que para algunos pod\u00eda ser dur\u00edsima, e implicar terribles desgarramientos morales. A los m\u00e1rtires, como a su divino Maestro m\u00e1rtir, les era ofrecido el c\u00e1liz antes que la cruz.<\/p>\n<p>Or\u00edgenes, escribiendo a un amigo cristiano, encarcelado por serlo, y que antes hab\u00eda tenido grandes riquezas y altos puestos, le dec\u00eda: \u00ab\u00a1C\u00f3mo desear\u00eda yo, si hubiera de morir m\u00e1rtir, tener tambi\u00e9n que dejar casas y campos, para recibir el c\u00e9ntuplo que el Se\u00f1or ha prometido!&#8230; Nosotros, los pobres, debemos eclipsarnos, aun en el martirio, ante vosotros, porque hab\u00e9is sabido menospreciar la gloria mentirosa del mundo, de la que tantos otros se enamoran, y el apego a vuestros grandes bienes\u00bb (Exhort. ad mart. 14,15).<\/p>\n<p>Suele parecer en ocasiones que los hombres est\u00e1n m\u00e1s apegados a los bienes temporales que a su misma vida. Y esto, hasta cierto punto, puede tener a veces cierta nobleza. Quien posee bienes, consider\u00e1ndolos un dep\u00f3sito recibido de sus antepasados para transmitirlo a sus descendientes, ve esos bienes con el aura majestuosa de las cosas hereditarias, integradas en la santidad del hogar dom\u00e9stico.<\/p>\n<p>Por eso la confiscaci\u00f3n de bienes resulta tan odiosa. Y en el derecho penal romano ocupaba un gran lugar. La confiscaci\u00f3n era el complemento terrible de toda pena que implicase p\u00e9rdida de la ciudadan\u00eda, condena de muerte, trabajos forzados, deportaci\u00f3n. Solamente una concesi\u00f3n graciosa del emperador pod\u00eda reservar para los hijos una parte o la totalidad del patrimonio confiscado. Pero la ley prohib\u00eda expresamente esta gracia cuando se trataba de cr\u00edmenes de lesa majestad o de magia (C\u00f3digo Teodosiano IX, 47,2). Y seg\u00fan parece, profesar el cristianismo se equiparaba a estos dos delitos.<\/p>\n<p>As\u00ed fue al menos desde mediados del siglo III, \u00e9poca en que el tesoro p\u00fablico estaba muy escaso. En tiempos de Decio, concretamente, vemos que sin cesar se aplica la pena de confiscaci\u00f3n, sea contra los cristianos condenados a muerte o a las minas, sea a los castigados con destierro o contra los que han hu\u00eddo. Tambi\u00e9n Valeriano hizo gran uso   de la pena de confiscaci\u00f3n, y el emperador Diocleciano lleg\u00f3 a privar a los hijos de toda participaci\u00f3n en los bienes de los condenados.<\/p>\n<p>Los fondos de la Iglesia hab\u00edan de subvenir a los cristianos que hab\u00edan sufrido el expolio de sus bienes. La confiscaci\u00f3n era la ruina de la familia, rei familiaris damna, seg\u00fan dice San Cipriano; la ca\u00edda brusca de la fortuna a la miseria. Y en no pocos casos llevaba consigo la degradaci\u00f3n -dignitate amissa, seg\u00fan el edicto de Valeriano-, pues al carecer de la hacienda necesaria, los descendientes de quien hab\u00eda sufrido confiscaci\u00f3n de bienes pasaban necesariamente a la clase de los plebeyos. Ya no eran nobles empobrecidos, sino pobres a secas. Para un padre de familia cristiana noble, sufrir un proceso a causa de su fe significaba una perspectiva de suplicio propio y de ruina completa de los suyos.<\/p>\n<p>San Basilio narra el caso impresionante de una conciudadana suya, Julita, viuda cristiana. Acosada por un depredador malvado de sus bienes, tuvo que reclamar en juicio sus bienes contra el usurpador. Pero inmediatamente el demandado aleg\u00f3 una excepci\u00f3n, sacada de un edicto del a\u00f1o 303, en el que se negaba a los cristianos el derecho a personarse en juicio. As\u00ed las cosas, el magistrado mand\u00f3 traer un altar ante el tribunal, e invit\u00f3 a los contendientes a quemar incienso ante los dioses. Julita rehus\u00f3 en absoluto: \u00abPerezca mi vida, perezcan las riquezas, perezca mi cuerpo, si es necesario, antes que salga de mi boca una palabra contra mi Dios, mi Creador\u00bb. Con esto, inmediatamente, perdi\u00f3 el proceso, quedando completamente arruinada. Y por si fuera poco, una segunda sentencia la conden\u00f3 a ser quemada en la hoguera por ser cristiana (Hom. V,1-2).<\/p>\n<p>La prueba del m\u00e1rtir hab\u00eda de ser extraordinariamente amarga cuando se le instaba a renegar su fe para salvar el inter\u00e9s de su familia; cuando voces amistosas presionaban su conciencia de padre o de esposo en contra de la fe cristiana.<\/p>\n<p>Unas veces eran amigos paganos: \u00abSi no obedeces al juez, no solo vas a padecer horribles tormentos, sino que expondr\u00e1s a tu familia a una ruina segura. Ser\u00e1n confiscados tus bienes y desaparecer\u00e1 tu linaje\u00bb (Passio S. Theodoti 8). Otras, el mismo juez: \u00abPiensa en tu salud, piensa, sobre todo en tus hijos\u00bb (Passio S. Philippi 9). \u00abEres riqu\u00edsimo, y tienes bienes como para alimentar casi a una provincia&#8230; Tu pobre mujer te est\u00e1 mirando\u00bb (Acta SS. Phil\u00e6 et Philoromi 2). Los abogados, los parientes, todos suplican al m\u00e1rtir que \u00abmire por su esposa, que cuide de sus hijos\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. VI,2,6)  .<\/p>\n<p>No todos los cristianos ten\u00edan el hero\u00edsmo del joven Or\u00edgenes, cuando escrib\u00eda a su cristiano padre, que ten\u00eda siete hijos, y estaba amenazado de suplicio: \u00abmantente firme, no cambies de conducta por causa de nosotros\u00bb. Seguramente, muchos cristianos, combatidos por quienes deb\u00edan confortarles, cedieron a estas pruebas, que eran peores que las torturas. Y los que vencieron, solamente pudieron vencer asistidos por una fuerza sobrehumana.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>Degradaci\u00f3n c\u00edvica y militar<\/em><\/p>\n<p>En el Imperio romano se hab\u00eda establecido una vinculaci\u00f3n muy profunda entre el Estado y la Religi\u00f3n p\u00fablica, hasta el punto que casi ninguna solemnidad c\u00edvica carec\u00eda de car\u00e1cter religioso. Los magistrados, concretamente, aunque en su vida privada fueran librepensadores, casi continuamente hab\u00edan de realizar acciones cultuales en honor de los dioses del Estado.<\/p>\n<p>Un gobernador en su provincia no pod\u00eda evitar ciertos ritos de adoraci\u00f3n en aniversarios imperiales y en fiestas c\u00edvicas. Un senador apenas pod\u00eda abstenerse de participar en el sacrificio anual ofrecido en el Capitolio o de quemar un grano de incienso, al celebrar una sesi\u00f3n, ante el altar de la Victoria. En el comienzo de sus funciones, era preciso que un c\u00f3nsul ofreciera sacrificios y organizara juegos sangrientos e indecentes. Pretores y cuestores ten\u00edan que presidir estos juegos. Ediles, decenviros, hab\u00edan de cuidar la conservaci\u00f3n de los templos, la organizaci\u00f3n de sacrificios y banquetes religiosos, as\u00ed como juegos de gladiadores.<\/p>\n<p>El cristiano que por nacimiento y situaci\u00f3n era llamado a funciones semejantes se ve\u00eda en situaciones de conciencia muy dif\u00edciles. Una actitud de absoluta intransigencia, rehusando totalmente cualquier honor y cargo, hubiera ido en detrimento de la Iglesia y del Imperio. Por eso en los tres primeros siglos hubo en ciertas cuestiones que llegar a un modus vivendi.<\/p>\n<p>Tertuliano, uno de los maestros cristianos menos conciliadores frente al mundo, admit\u00eda en principio la conveniencia de ciertas concesiones: \u00abQue uno ejerza las funciones del Estado, pero sin sacrificar, sin favorecer con su autoridad los sacrificios, sin proveer de v\u00edctimas, sin cuidar de la conservaci\u00f3n de los templos, sin asegurarles rentas, sin dar espect\u00e1culos a sus expensas o a las del erario p\u00fablico, ni presidirlos, yo lo concedo, si es que la cosa es posible\u00bb (De idololatria 17).<\/p>\n<p>Y posible lo era, pues el mismo autor argumenta a veces en defensa de los cristianos, asegurando sus leales servicios en el Senado o en los Consejos ciudadanos (Apolog. 37). Era posible, al menos, en ciertas \u00e9pocas de emperadores tolerantes, menos fan\u00e1ticos o cansados de perseguir.<\/p>\n<p>\u00bfC\u00f3mo distinguir en conciencia qu\u00e9 participaciones en lo mundano son l\u00edcitas y cu\u00e1les il\u00edcitas? Ning\u00fan documento eclesial de la \u00e9poca lo determina en forma exacta. Ciertas acciones pod\u00edan ser consideradas l\u00edcitas o reprobables seg\u00fan se realizaran teniendo en cuenta principalmente su aspecto civil o el religioso.<\/p>\n<p>Esculpir, por ejemplo, figuras de dioses con fin decorativo era tolerable; pero se hac\u00eda inadmisible si el fin del \u00eddolo era recibir culto en un templo (Traditio apostolica 16; Tertuliano, Adv. Marcion II,2). Pod\u00eda un soldado cristiano venerar las \u00e1guilas romanas de los s\u00edmbolos militares, como se reverencia una bandera; pero no pod\u00eda adorarlas, como hac\u00edan ingenuamente los paganos.<\/p>\n<p>Algo semejante habr\u00eda de decirse de la conducta de magistrados, senadores y dem\u00e1s autoridades, as\u00ed como de la actitud cristiana conveniente en medio de las muchas celebraciones familiares -esponsales, aniversarios, imposici\u00f3n del nombre al hijo, toma de la toga, etc.- que ten\u00edan formas cultuales. Seg\u00fan Tertuliano,<\/p>\n<p>\u00absi se me invita, con tal de que mis servicios y funciones nada tengan que ver con este sacrificio, puedo asistir. \u00a1Dios quiera que nunca tuvi\u00e9ramos que ver lo que nos est\u00e1 prohibido hacer! Pero, ya que el esp\u00edritu malo ha envuelto al mundo de tal modo en la idolatr\u00eda, nos ser\u00e1 l\u00edcito asistir a algunas ceremonias si vamos a ellas por el hombre, no por el \u00eddolo\u00bb. Y a\u00f1ade: en tales casos \u00abno soy m\u00e1s que un simple espectador del sacrificio\u00bb (De idololatria 16).  <\/p>\n<p>La ausencia de los cristianos en ciertas celebraciones c\u00edvicas era disimulada por las autoridades paganas en tiempos de tolerancia. Y su presencia en ellas era tolerada por la Iglesia, aunque con sumo cuidado para que no fuera m\u00e1s all\u00e1 de ciertos l\u00edmites (p. ej., Concilio de Elvira, hacia 300: can. 3,4,55,56).<\/p>\n<p>La tolerancia de la autoridad pagana se dio en varios per\u00edodos. En el siglo I, casi toda la \u00e9poca de la dinast\u00eda Flaviana. En el II, durante el reinado de C\u00f3modo. En el III, en los a\u00f1os de Alejandro Severo y de Filipo, en el comienzo del imperio de Valeriano, en el de Galieno y en los primeros a\u00f1os de Diocleciano.<\/p>\n<p>\u00c9ste aplic\u00f3 al principio a los cristianos la tolerancia que sus predecesores hab\u00edan concedido a los jud\u00edos. En una disposici\u00f3n del comienzo del siglo III se dice: \u00abEl divino Severo y Antonio Caracalla han permitido a los que siguen la superstici\u00f3n judaica obtener los honores p\u00fablicos, eximi\u00e9ndoles de aquellas obligaciones que pudieran lesionar su conciencia religiosa\u00bb (Digesto L,II,2, p\u00e1rr.3). Eusebio confirma que \u00e9sa fue al principio la pol\u00edtica de Diocleciano: \u00abTales eran entonces las consideraciones de los pr\u00edncipes con los nuestros, que se les nombraba gobernadores de provincias, dispens\u00e1ndolos de toda inquietud en cuanto a los sacrificios\u00bb (Hist. eccl. VIII,1,2).<\/p>\n<p>Pero esas \u00e9pocas de tolerancia t\u00e1cita o expresa en cualquier momento pod\u00edan estallar en persecuciones imprevistas, brutales, repentinas, como rayo que rasga un cielo sereno. Y ciertamente esta prueba tendr\u00eda que resultar muy cruel para aquellos que hasta entonces, con una conciencia segura, hab\u00edan ascendido en su carrera c\u00edvica, al lado de sus colegas paganos. De pronto, como escribe Eusebio, se ca\u00eda en \u00abla agon\u00eda de sacrificar\u00bb (ib.), y en caso de negarse a ello, sobreven\u00eda sobre el m\u00e1rtir cristiano la dimisi\u00f3n forzosa o la destituci\u00f3n, la ruina, la muerte.<\/p>\n<p>Flavio Clemente, en tiempo de Domiciano, es condenado a muerte siendo c\u00f3nsul, y con \u00e9l un grupo de personas nobles que, hasta entonces, hab\u00edan podido conciliar su fe con su categor\u00eda social. En las Actas de San Apolonio se recoge una frase que el prefecto del pretorio, conmovido por la firmeza del m\u00e1rtir, al parecer colega suyo, le dirige: \u00abQu\u00e9date, vive con nosotros\u00bb.<\/p>\n<p>Realmente, en condiciones semejantes, era necesaria una firmeza sobrehumana para permanecer en la fe y elegir la muerte. La muerte o algo igualmente terrible, la degradaci\u00f3n social. Los augustos Diocleciano y Maximiano H\u00e9rcules y el c\u00e9sar Galerio, concretamente, deciden eliminar a los cristianos del ej\u00e9rcito. Todos los oficiales que se negaran a sacrificar hab\u00edan de ser degradados, y algunos, como narra Eusebio, \u00abperdieron por defender su fe no s\u00f3lo su cargo, sino su vida\u00bb; fueron muchos los que \u00abprefirieron sin vacilar la confesi\u00f3n de Cristo a la gloria y a las ventajas del mundo\u00bb (Hist. eccl. VIII,4). Abraz\u00e1ndose a la cruz, hubieron de quebrar su espada.<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s Diocleciano impulsa no solo la degradaci\u00f3n militar, sino tambi\u00e9n la civil. \u00abLos que est\u00e1n elevados en dignidad pierdan toda dignidad\u00bb (Eusebio, ib.). Lactancio precisa m\u00e1s el alcance de esta decisi\u00f3n imperial: \u00abPrivados de todos sus honores y cargos, quedar\u00e1n sujetos a tortura, cualquiera que sea su nobleza y funci\u00f3n\u00bb (De mort. persec. 13).<\/p>\n<p>Los nobles y, en general, todas las personas honestas, en el sentido latino del t\u00e9rmino, gozaban del privilegio de no poder ser sometidos a tortura, ni condenados a suplicios infamantes. Pues bien, los cristianos, por el hecho de serlo y fuera cual fuere su categor\u00eda, pierden definitivamente este privilegio. Quedan civilmente muertos y, como dice Lactancio, pierden hasta el derecho de intentar acciones ante los tribunales.<\/p>\n<p>En estos inicios del siglo IV, cuando tantos patricios y magistrados eran ya cristianos, cu\u00e1l ser\u00eda su angustia ante esta tr\u00e1gica elecci\u00f3n necesaria entre su fe y la degradaci\u00f3n, la aniquilaci\u00f3n jur\u00eddica&#8230;<\/p>\n<p><em>Apostas\u00edas<\/em><\/p>\n<p>En toda la primera \u00e9poca martirial fueron muchos los que sucumbieron en las pruebas.<\/p>\n<p>El clero romano, escribiendo a la iglesia de Cartago, le comunica que en la persecuci\u00f3n de Decio hubo muchos ap\u00f3statas, y entre ellos cita a \u00abpersonas de alta categor\u00eda\u00bb, insignes person\u00e6. En un escrito falsamente atribuido a Tertuliano se habla de \u00abun senador, antiguo c\u00f3nsul, que de la religi\u00f3n cristiana ha vuelto a la esclavitud de los \u00eddolos\u00bb, y al que se le dice: \u00abDespu\u00e9s de haber sido introducido en la luz, despu\u00e9s de haber conocido a Dios durante a\u00f1os, \u00bfc\u00f3mo conservas lo que debieras haber dejado y dejas lo que hubieras debido guardar?\u00bb. Quiz\u00e1 haya todav\u00eda alguna esperanza: \u00abcorregido por la ancianidad, cansado de tus errores, quiz\u00e1 vuelvas a nosotros. Sigue entonces los consejos de la edad, y aprende a ser fiel a Dios\u00bb (Migne, PL 2,1106). <\/p>\n<p>Los monumentos sepulcrales de la catacumba de Santa Priscila nos dan a conocer, por ejemplo, hasta la era de Constantino, la historia religiosa de la familia noble de los Acilio Glabrio. En esta familia, cuya jefe fue m\u00e1rtir en tiempos de Domiciano, se entremezclan los fieles cristianos y los sacerdotes, sacerdotisas y ni\u00f1os de colegios idol\u00e1tricos. A un linaje cristiano como \u00e9ste, que tanto empe\u00f1o puso en conciliar su \u00edntima fe con sus ambiciones sociales, podr\u00eda dec\u00edrsele aquella frase de Tertuliano: \u00abTu nacimiento y  tus riquezas te defienden mal de la idolatr\u00eda\u00bb (De idololatria 18).<\/p>\n<p>No pocos de estos cristianos nobles, que oscilaban entre la fe y la conciliaci\u00f3n con las exigencias idol\u00e1tricas del mundo, procuraban luego favorecer a los cristianos fieles: \u00abHay entre los poderosos muchos pecadores de esta clase -dice Or\u00edgenes-, que hacen cuanto pueden en favor de los cristianos\u00bb (In Math. com.: ML 13,1772).<\/p>\n<p>Y por otra parte, los nobles que se hab\u00edan guardado en la fe eran los primeros en entender las dificultades por las que pasaban sus amigos menos fieles, y la propia fidelidad solamente la atribu\u00edan a la fuerza de la gracia de Dios. En la Passio S. Mariani et Jacobi se recoge este di\u00e1logo entre el m\u00e1rtir Emiliano y un pagano, que estaba desconcertado por aquella extrema fidelidad martirial.<\/p>\n<p>Le dec\u00eda Emiliano, seg\u00fan \u00e9l mismo lo refiere: \u00ab-&#8220;Los soldados de Cristo tienen en las tinieblas una luz esplendorosa y en el ayuno un maravilloso alimento, que es la Palabra divina&#8221;. Oy\u00e9ndome hablar as\u00ed, me dijo: -&#8220;\u00bfY vosotros no sab\u00e9is que, estando encarcelados, si persist\u00eds en vuestra obstinaci\u00f3n, padecer\u00e9is la pena capital?&#8221;. Y yo, temeroso de que se burlase de m\u00ed con una mentira, quise que me confirmara el cumplimiento de mi deseo: -&#8220;\u00bfDe verdad que todos padeceremos?&#8221;. \u00c9l lo asegur\u00f3 de nuevo: -&#8220;La espada est\u00e1 sobre vuestras cabezas y va a correr la sangre. Pero yo quisiera saber si a todos los que despreci\u00e1is esta vida presente os est\u00e1n reservados iguales premios?&#8221;. Le respond\u00ed: -&#8220;Yo no tengo opini\u00f3n sobre cuesti\u00f3n tan alta. Pero eleva un instante los ojos al cielo, y ver\u00e1s una multitud innumerable de astros brillantes: \u00bftodos tienen una misma luminosidad?&#8221;. \u00c9l vio con esto acrecentada su curiosidad: -&#8220;Si hay alguna diferencia entre unos y otros, \u00bfqui\u00e9nes ser\u00e1n los preferidos por vuestro Dios?&#8221;&#8230; Yo le respond\u00ed: -&#8220;Aquellos para quienes la victoria ha sido m\u00e1s dif\u00edcil y trabajosa reciben una corona m\u00e1s gloriosa. De ellos est\u00e1 escrito: M\u00e1s f\u00e1cilmente pasar\u00e1 un camello por el ojo de una aguja, que entrar\u00e1 un rico en el reino de los cielos&#8221;\u00bb.<\/p>\n<p><em>Graves obst\u00e1culos para la conversi\u00f3n<\/em><\/p>\n<p>Los mismos obst\u00e1culos que ocasionaron la ca\u00edda de tantos cristianos nobles, reten\u00edan fuera de la Iglesia a otros muchos que en tiempos de paz hubieran entrado en ella. Esto explica, concretamente, que a\u00fan a fines del siglo IV, en plena victoria del cristianismo, todav\u00eda muchos nobles, cristianos de coraz\u00f3n, retardaban hasta la vejez la hora del bautismo, para gozar mientras tanto m\u00e1s libremente de la vida y del poder.<\/p>\n<p>Las mujeres hallaban menos obst\u00e1culos en el camino de su conversi\u00f3n. No les era dif\u00edcil conciliar su condici\u00f3n de cristianas y su posici\u00f3n social. La vida exterior de una dama cristiana noble no deb\u00eda diferir necesariamente en mucho de una pagana honesta de su misma condici\u00f3n. Tampoco era para ellas tan dif\u00edcil abstenerse de cultos idol\u00e1tricos y de espect\u00e1culos indecentes. Algunas, sin embargo, presionadas por las circunstancias, hac\u00edan concesiones injustificables, llevando una vida medio cristiana y medio pagana.<\/p>\n<p>Una antiguo epitafio describe as\u00ed a una de estas damas: \u00abFue mi hija fiel entre los fieles, y pagana entre los paganos (Filia mea inter fideles fidelis fuit, inter paganos pagana fuit)\u00bb (\u00abBull. di Arch. crist.\u00bb 1877, 118-124).<\/p>\n<p>En todo caso, bajo el imperio pagano, la profesi\u00f3n cristiana fue mucho m\u00e1s f\u00e1cil entre los nobles para las mujeres que para los varones. Y por eso aqu\u00e9llas, en los primeros siglos, fueron en la Iglesia bastante m\u00e1s numerosas que \u00e9stos.<\/p>\n<p>Por eso entonces fue relativamente frecuente que en un matrimonio la esposa fuera cristiana y el marido no. Lo que daba lugar en ocasiones a situaciones sumamente dif\u00edciles. En las Acta SS. Agapes, Chioni\u00e6, Irenes, una mujer de Macedonia confiesa al juez: \u00abConsider\u00e1bamos a nuestros maridos como nuestros peores enemigos, y siempre viv\u00edamos en el temor a que nos denunciasen\u00bb. En la \u00faltima persecuci\u00f3n, por ejemplo, sucedi\u00f3 en Antioqu\u00eda que el marido pagano de la rica y noble Damnina condujo a los soldados que la persegu\u00edan en su fuga (Eusebio, De martyr. Palest. VIII,12; S. Juan Cris\u00f3stomo, Hom. 51).<\/p>\n<p>As\u00ed las cosas, el problema de los matrimonios mixtos era grav\u00edsimo en la Iglesia perseguida. Tertuliano los desaconseja vivamente, Cipriano los prohibe, y medio siglo despu\u00e9s el Concilio de Elvira, can. 15) castiga con penas can\u00f3nicas a los fieles que entreguen sus hijas para que se casen con id\u00f3latras.<\/p>\n<p>El mismo Concilio alude a la excusa m\u00e1s frecuente: copiam puellarum, que las muchachas eran muchas, es decir, que no hab\u00eda suficiente n\u00famero de varones cristianos para ser sus maridos. Lo que nos indica de nuevo que por aquellos a\u00f1os eran m\u00e1s en la Iglesia las mujeres que los varones.<\/p>\n<p>En el siglo III, algunas cristianas nobles, pertenecientes al g\u00e9nero de las clarissimae, que quer\u00edan casarse, pero que no hallaban cristianos de su linaje para ello, se ve\u00edan forzadas o bien a permanecer solteras, o bien a casarse con un cristiano sin nobleza, lo que tra\u00eda consigo la p\u00e9rdida de su antigua dignidad c\u00edvica. Pues bien, en el siglo III algunas, para evitar tan grave inconveniente, acudieron al recurso del matrimonio secreto con personas cuyo matrimonio no reconoc\u00eda el derecho civil. Conservaban as\u00ed su condici\u00f3n de nobleza, puesto que ante la ley segu\u00edan siendo c\u00e9libes. El derecho especial de la nobleza no consideraba v\u00e1lido el matrimonio de una mujer clar\u00edsima con un esclavo o un liberto.<\/p>\n<p>Quedaba por saber si tal soluci\u00f3n era l\u00edcita ante la Iglesia. El Papa Calixto, que de joven hab\u00eda sido esclavo, respondi\u00f3 a esta cuesti\u00f3n afirmativamente (Philosophumena IX,11). Esta decisi\u00f3n pontificia, a un tiempo misericordiosa y atrevida, le fue reprochada por alg\u00fan contempor\u00e1neo que, quiz\u00e1 no sin fundamento, afirmaba que tales matrimonios sol\u00edan resultar mal.<\/p>\n<p>De todos modos, hay que recordar que muchas mujeres cristianas de la aristocracia romana afirmaron m\u00e1s directamente su fidelidad a la Iglesia. Y de hecho, entre la nobleza, fueron entonces m\u00e1s las mujeres m\u00e1rtires que los hombres. Por el contrario, si consideramos el n\u00famero global de todos los m\u00e1rtires cristianos de aquellos siglos,   hubo m\u00e1s m\u00e1rtires varones que mujeres. Y se comprende, al vivir \u00e9stas m\u00e1s ocultas a la sombra del hogar dom\u00e9stico.<\/p>\n<p><em>Las mujeres ante el martirio<\/em><\/p>\n<p>Las mujeres cristianas hubieron de sufrir antes del martirio pruebas muy especialmente crueles. Cualquiera que fuese su condici\u00f3n social, ten\u00edan escasa protecci\u00f3n jur\u00eddica ante los jueces. Los romanos, a pesar de su civilizaci\u00f3n refinada y sumamente culta, ignoraban por completo una delicadeza que hoy nos parece elemental. \u00bfQuiz\u00e1 la costumbre de tratar con esclavos les hab\u00eda privado de todo respeto hacia los d\u00e9biles? \u00bfEran los espect\u00e1culos sangrientos los que hab\u00edan hecho insensibles sus corazones a todo sentimiento de compasi\u00f3n? \u00bfO era, simplemente, la inmoralidad pagana la que de tal modo les hab\u00eda endurecido, haciendo de ellos, como dice San Pablo, hombres despiadados, sine affectione (Rm 1,31).<\/p>\n<p>Corresponde ciertamente al cristianismo el honor de haber sembrado en la humanidad esa flor de compasi\u00f3n y de pudor, que perfuma las civilizaciones nacidas del Evangelio. Y se comprende bien que las sociedades que se alejan de la fe marchiten esa flor. La dureza antigua vuelve a surgir en las costumbres privadas y p\u00fablicas de aquellos pueblos que ya no quieren seguir siendo cristianos.<\/p>\n<p>Entre los paganos de Roma la dureza antigua resalta de modo patente en la falta de compasi\u00f3n e indulgencia con que se trataba el puer, al ni\u00f1o, y de la que ciertamente no era menos digna la puella, la ni\u00f1a. El derecho romano consideraba que la ni\u00f1a a los doce a\u00f1os alcanzaba ya la edad n\u00fabil, y los jueces y verdugos se cre\u00edan en el deber de tratar a estas ni\u00f1as o adolescentes como si fueran j\u00f3venes o adultas. A ning\u00fan magistrado se le ocurre absolver \u00abpor falta de discernimiento\u00bb a una ni\u00f1a de doce a\u00f1os que ha insultado a los dioses y que se presenta como cristiana. Con ellas se mostraban inexorables.<\/p>\n<p>Doce a\u00f1os tiene In\u00e9s, la c\u00e9lebre m\u00e1rtir de Roma, cuando huyendo la vigilancia de sus padres, corre a profesar ante los jueces su fe cristiana. Doce a\u00f1os tiene la espa\u00f1ola Eulalia, cuando hizo lo mismo en M\u00e9rida. Es tambi\u00e9n m\u00e1rtir Segunda, en Tuburbo, ni\u00f1a de doce a\u00f1os, por querer unirse a dos campesinas de catorce a\u00f1os que hab\u00edan sido detenidas. En el epitafio de estas ni\u00f1as africanas la devoci\u00f3n popular escribi\u00f3: \u00abTres m\u00e1rtires: M\u00e1xima, Donatila y Segunda, la buena ni\u00f1a (bona puella)\u00bb.<\/p>\n<p>Un juez romano se atreve a condenar a una ni\u00f1a de doce a\u00f1os -\u00a1y a tantas otras!- a morir decapitada. Conductas despiadadas semejantes las vemos con los ni\u00f1os, como P\u00f3ntico y Pancracio. En alg\u00fan caso, como en el de Di\u00f3scoro, de quince a\u00f1os, el juez le absuelve: \u00abQuiero dejar a este joven tiempo de arrepentirse\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. V,41,19).<\/p>\n<p>Pero esta prisa de los magistrados en condenar ni\u00f1as ha de ser considerada como un gesto de piedad si pensamos en otras pruebas a las que con frecuencia eran sometidas. Las Pasiones que nos narran el martirio de las ni\u00f1as o j\u00f3venes m\u00e1rtires refieren c\u00f3mo eran obligadas con frecuencia a elegir entre abjurar la fe o ser enviadas con prostitutas. Esta tortura moral indecible se convert\u00eda en medio procesal que, para verg\u00fcenza de la civilizaci\u00f3n pagana, reemplazaba a las bestias o a la hoguera.<\/p>\n<p>Tertuliano refiere el caso de una cristiana que en lugar de ser expuesta a los leones, fue llevada al lenocinio: \u00abad lenonem potius quam ad leonem\u00bb (Apolog. 56). Y dice tambi\u00e9n: \u00abEl mismo siglo rinde testimonio a esa virtud [de la castidad], que tanto estimamos nosotros, cuando trata de castigar a nuestras mujeres manch\u00e1ndolas, m\u00e1s bien que atorment\u00e1ndolas, para arrancarles aquello que prefieren a la misma vida\u00bb (De pudicitia I,2).<\/p>\n<p>Y Eusebio, de modo semejante, en el siglo IV, afirma que en el Oriente de su tiempo la virtud de las cristianas se hab\u00eda convertido en juguete de sus perseguidores; que varias hab\u00edan sido condenadas a la prostituci\u00f3n, y que algunas se libraron de ella por el suicidio (Hist. eccl. VIII,12,14). El mismo hecho viene atestiguado por San Juan Cris\u00f3stomo (Hom. 40,51), San Ambrosio (De virginitate IV,7; Epist. 37) y San Agust\u00edn (De civitate Dei I,26).<\/p>\n<p>En este espect\u00e1culo amargo y miserable del mundo luce en toda la gallard\u00eda de su esplendor la virtud de las m\u00e1rtires cristianas. La misma amenaza impura de sus perseguidores es ya su primer homenaje, pues ellos no ignoran que las cristianas dignas prefieren la virtud a todas las cosas, y esperan que a ella sacrificar\u00e1n su misma religi\u00f3n. Pero ellas, con heroica firmeza, vencen la l\u00f3gica perversa de sus jueces:<\/p>\n<p>\u00abSea todo lo que Dios quiera\u00bb, responde la esclava Sabina al ne\u00f3coro Polem\u00f3n (Passio S. Afr\u00e6 2). \u00abPienso -dice Teodora al prefecto de Egipto- que t\u00fa no ignoras que Dios ve nuestros corazones y considera en nosotros una sola cosa: la firme voluntad de permanecer castas. Si me obligas, pues, a sufrir un ultraje, padecer\u00e9 violencia. Estoy dispuesta a entregar mi cuerpo, sobre el que t\u00fa tienes poder; pero s\u00f3lo Dios tiene poder sobre mi alma\u00bb (Passio S. Pionii 7).<\/p>\n<p>A veces las m\u00e1rtires, para escapar al ultraje de su pudor, provocan furiosamente al juez para conseguir la pena de muerte. As\u00ed lo hace, a principios del siglo III, la esclava Potamiana, cuya historia refiere Eusebio. El prefecto de Egipto, despu\u00e9s de haberla hecho torturar, la amenaza con un destino ignominioso. Entonces ella se recoge un instante, y enseguida profiere tal serie de blasfemias contra los dioses que el magistrado, encolerizado, la condena a ser sumergida en una caldera de pez hirviente (Hist. eccl. VI,5).<\/p>\n<p>En Gaza, cien a\u00f1os despu\u00e9s, una cristiana es condenada a suerte infame por el prefecto Firmiliano, uno de los agentes m\u00e1s odiosos de Maximino Daia. Pero mientras est\u00e1 leyendo la sentencia, la m\u00e1rtir le interrumpe gritando que es un crimen que un tirano d\u00e9 poder de juzgar a un magistrado tan indigno. El juez, ciego de ira, la hace azotar y desgarrar con garfios de hierro, y finalmente manda que sea quemada viva, acompa\u00f1ada de otra cristiana que hab\u00eda protestado con vehemencia (Eusebio, De martyr. Palest. 8).<\/p>\n<p>Antes de dejar atr\u00e1s este tema tan doloroso, podemos preguntarnos: \u00bfen verdad hubo edictos imperiales que mandasen ejecutar a los jueces tales indignidades? No parece veros\u00edmil, al menos en los tres primeros siglos; pero el poder discrecional de los magistrados, tanto en los procedimientos, como en las penas era muy grande. Hay, sin embargo, datos, como en la Passio de D\u00eddimo y Teodora, que hacen creer que los edictos de Diocleciano y de sus colegas condenaron a v\u00edrgenes cristianas a la pena afrentosa.<\/p>\n<p>Cabe tambi\u00e9n preguntarse si una condenaci\u00f3n tan abominable era realmente ejecutada. Varias Pasiones nos presentan a las m\u00e1rtires preservadas o por el respeto que ellas mismas infund\u00edan o por intervenciones milagrosas. Pero hay textos hist\u00f3ricos que hacen saber que no siempre sucedi\u00f3 as\u00ed.<\/p>\n<p>La obrita, por ejemplo, De vera virginitate, del s. IV, falsamente atribuida a S. Basilio (PG 30,670) muestra que las que padecieron violencia no por eso dejaron de ser amadas por Aquel a quienes por amor pertenec\u00edan.<\/p>\n<p><em>La tentaci\u00f3n de los familiares<\/em><\/p>\n<p>No hemos hablado todav\u00eda de una de las pruebas morales m\u00e1s duras que hab\u00edan de sufrir los m\u00e1rtires, fueran hombres o mujeres, nobles o plebeyos, ricos o pobres. Es dif\u00edcil describir los sufrimientos de aquellos que se ve\u00edan en la alternativa de guardarse fieles a Cristo o de ceder a los reclamos de la propia familia, llenos de amor y de angustia.<\/p>\n<p>Poco despu\u00e9s del a\u00f1o 200, Perpetua, la c\u00e9lebre m\u00e1rtir de Cartago, escribe de su propia mano la primera parte de su Pasi\u00f3n, relatando las pruebas terribles que por parte de su padre hubo de pasar antes de morir.<\/p>\n<p>Apenas detenida, es visitada por su padre: \u00abSe esforzaba por apartarme de mi designio por el amor que me profesaba. -&#8220;Padre, le dije, \u00bfves este vaso que hay en el suelo?&#8221; -&#8220;S\u00ed, lo veo&#8221;. -&#8220;\u00bfPodr\u00edas tu darle otro nombre que el de vaso?&#8221; -&#8220;No, no podr\u00eda&#8221;. -&#8220;Pues de igual modo yo tampoco puedo llamarme otra cosa que cristiana&#8221;. Mi padre, irritado por mis palabras, se arroj\u00f3 sobre m\u00ed para arrancarme los ojos; pero s\u00f3lo me hizo alg\u00fan da\u00f1o y se fue\u00bb.<\/p>\n<p>Ella y sus compa\u00f1eras fueron encerradas en la prisi\u00f3n de Cartago, donde pod\u00edan ser visitadas a veces por sus padres. \u00abYo, sigue escribiendo Perpetua, daba entonces el pecho a mi ni\u00f1o, medio muerto de hambre, e inquieta hablaba de \u00e9l a mi madre, consolaba a mi hermano y a todos recomendaba a mi hijo. Estas preocupaciones me duraron algunos d\u00edas, y al fin consegu\u00ed que se me dejase tener conmigo a mi hijo en la c\u00e1rcel. Al punto recobr\u00e9 fuerzas, ces\u00f3 la inquietud que \u00e9l me ocasionaba, y la prisi\u00f3n se me convirti\u00f3 en lugar de delicias, que yo prefer\u00eda a cualquier otro\u00bb.<\/p>\n<p>Pasaron as\u00ed algunos d\u00edas, y \u00abse divulg\u00f3 el rumor de que \u00edbamos a ser interrogados. Mi padre lleg\u00f3 de la ciudad, abrumado de dolor, y subi\u00f3 a donde yo estaba, esperando persuadirme. &#8220;Hija m\u00eda, ten compasi\u00f3n de mis cabellos blancos, ten compasi\u00f3n de tu padre, si es que a\u00fan soy digno de este nombre. Acu\u00e9rdate de que mis manos te alimentaron, de que gracias a mis cuidados has llegado a la flor de la juventud, de que te he preferido a todos tus hermanos, y no me hagas blanco de las burlas de los hombres. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu t\u00eda; piensa en tu hijo, que sin ti no podr\u00e1 vivir. Desiste de tu determinaci\u00f3n, que nos perder\u00eda a todos. Ninguno de nosotros se atrever\u00e1 a levantar la voz si t\u00fa eres condenada al suplicio&#8221;.<\/p>\n<p>\u00abAs\u00ed hablaba mi padre, llevado de su afecto hacia m\u00ed. Se arrojaba a mis pies, derramaba l\u00e1grimas y me llamaba no ya &#8220;hija m\u00eda&#8221;, sino &#8220;se\u00f1ora m\u00eda&#8221;. Y yo me compadec\u00eda de los cabellos blancos de mi padre, el \u00fanico de mi familia que no hab\u00eda de alegrarse de mis dolores. Yo le tranquilic\u00e9 dici\u00e9ndole: &#8220;En el camino del tribunal pasar\u00e1 lo que Dios quiera, porque no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino a Dios&#8221;. \u00c9l se alej\u00f3 de m\u00ed trist\u00edsimo\u00bb.<\/p>\n<p>Llega el d\u00eda del interrogatorio. \u00abCuando me lleg\u00f3 el turno de ser interrogada, apareci\u00f3 de pronto mi padre con mi hijo en los brazos. Me llam\u00f3 aparte y me dijo con voz suplicante: &#8220;Ten compasi\u00f3n de tu hijo&#8221;. Y el procurador Hilariano, que hab\u00eda recibido el derecho de espada en lugar del difunto proc\u00f3nsul Minucio Timiniano, me dijo: &#8220;Compad\u00e9cete de los cabellos blancos de tu padre y de la infancia de tu hijo. Sacrifica por la salud de los emperadores&#8221;. Yo le respond\u00ed: &#8220;No sacrifico&#8221;. Hilariano pregunt\u00f3: &#8220;\u00bfEres cristiana?&#8221;. Respond\u00ed: &#8220;S\u00ed, soy cristiana&#8221;. Y como mi padre siguiera all\u00ed para hacerme caer, Hilariano mand\u00f3 que lo echasen, y le golpearon con una vara. Sent\u00ed el golpe como si yo misma lo hubiera recibido: \u00a1tanta pena me daba la infeliz ancianidad de mi padre! Entonces el juez pronunci\u00f3 la sentencia que nos condenaba a todos a las fieras, y volvimos alegres a la c\u00e1rcel.<\/p>\n<p>\u00abComo mi hijo estaba acostumbrado a que yo le diese el pecho y a estar conmigo en la c\u00e1rcel, inmediatamente envi\u00e9 al di\u00e1cono Pomponio a ped\u00edrselo a mi padre. Pero mi padre no quiso d\u00e1rselo. Tuvo Dios a bien que el ni\u00f1o no volviese a pedir el pecho y que yo no fuera molestada por mi leche, de suerte que me qued\u00e9 sin inquietud y sin dolor\u00bb.<\/p>\n<p>A\u00fan Perpetua ha de verse probada de nuevo por los suyos. \u00abComo se acercaba el d\u00eda del espect\u00e1culo, vino a verme mi padre, consumido de angustia. Se mesaba la barba, se arroj\u00f3 al suelo y hund\u00eda la frente en el polvo, maldiciendo la edad a que hab\u00eda llegado y diciendo palabras capaces de conmover a cualquier persona. Yo estaba trist\u00edsima, pensando en tan desventurada ancianidad\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abTales son mis sucesos hasta el d\u00eda antes del combate. Lo que en el mismo combate suceda, si alguno quiere, que lo escriba\u00bb. En efecto, lo escribi\u00f3 S\u00e1turo, y por \u00e9l sabemos que una de las \u00faltimas palabras de Perpetua fue para su familia. Estando ya en pie, en el anfiteatro, esperando a la muerte, llama a su hermano, y cuando \u00e9ste llega acompa\u00f1ado de otro cristiano, les dice: \u00abPermaneced firmes en la fe, amaos los unos a los otros, y no os escandalic\u00e9is de mis padecimientos\u00bb.<\/p>\n<p>Cu\u00e1ntos m\u00e1rtires, como Perpetua, tuvieron en sus familiares su m\u00e1s atroz tormento. Y tambi\u00e9n, como dice San Agust\u00edn, \u00abcu\u00e1ntos fieles, a la hora de confesar a Cristo, flaquearon por causa de los abrazos de sus parientes\u00bb (Sermo 284). Por el contrario, otro ejemplo impresionante de fidelidad nos viene dada a principios del siglo IV por el m\u00e1rtir San Ireneo, joven obispo de Sirmio, que a principios del siglo IV sufre pasi\u00f3n bajo Probo, gobernador de Panonia, en esta regi\u00f3n evangelizada hac\u00eda poco.<\/p>\n<p>Comparece Ireneo ante Probo, que para hacerle abjurar le somete a tortura. \u00abLlegaron sus familiares, y al verlo en el tormento, le suplicaban, y sus hijos, abraz\u00e1ndole los pies, le dec\u00edan: &#8220;\u00a1Padre, compad\u00e9cete de ti y de nosotros!&#8221; Su mujer le conjura, llorando. Todos sus parientes lloraban y se dol\u00edan sobre \u00e9l, gem\u00edan los criados de la casa, gritaban los vecinos y se lamentaban los amigos y, como formando un coro, le dec\u00edan: &#8220;Ten compasi\u00f3n de tu juventud&#8221;.<\/p>\n<p>\u00abPero \u00e9l, manteniendo fija su alma en aquella sentencia del Se\u00f1or: &#8220;Si alguno me negare ante los hombres, yo tambi\u00e9n le negar\u00e9 delante de mi Padre que est\u00e1 en los cielos&#8221;,  los dominaba a todos y no respond\u00eda a ninguno, pues ten\u00eda prisa en que se cumpliese la esperanza de su vocaci\u00f3n alt\u00edsima.<\/p>\n<p>\u00abEl prefecto Probo le dice: -&#8220;\u00bfQu\u00e9 dices a todo esto? Reflexiona. Que las l\u00e1grimas de tantos dobleguen tu locura y, mirando por tu juventud, sacrifica. Ireneo responde: -&#8220;Lo que tengo que hacer para mirar por mi juventud es precisamente no sacrificar&#8221;. Queda, pues, en la c\u00e1rcel, donde por muchos d\u00edas es sometido a diversas penas.<\/p>\n<p>\u00abDespu\u00e9s de un tiempo, a media noche, sentado en su tribunal el presidente Probo, hace traer al beat\u00edsimo m\u00e1rtir Ireneo y le dice: -&#8220;Sacrifica por fin, Ireneo, y te ahorrar\u00e1s penas [&#8230;] Ah\u00f3rrate la muerte. Que te basten ya los tormentos que has sufrido\u00bb. Todo es in\u00fatil ante la firmeza del m\u00e1rtir, y Probo intenta hacer vibrar las fibras afectivas m\u00e1s \u00edntimas del m\u00e1rtir:<\/p>\n<p>\u00ab-&#8220;\u00bfTienes esposa?&#8221;. -&#8220;No la tengo&#8221;. -&#8220;\u00bfTienes hijos?&#8221; -&#8220;No los tengo&#8221;. -&#8220;\u00bfTienes parientes?&#8221; -&#8220;No&#8221;. -&#8220;\u00bfQui\u00e9nes eran, entonces, todos aquellos que lloraban en la sesi\u00f3n anterior?&#8221;. Ireneo responde: -&#8220;Mi Se\u00f1or Jesucristo ha dicho: El que ama a su padre o a su madre o a su esposa o a sus hijos o a sus hermanos o a sus parientes m\u00e1s que a m\u00ed, no es digno de m\u00ed&#8221;. Y elevando los ojos al cielo, y fija su mente en aquellas promesas, todo lo despreci\u00f3, confesando no tener pariente alguno sino a \u00c9l.<\/p>\n<p>\u00ab-&#8220;Sacrifica siquiera por amor a ellos&#8221;. Responde Ireneo: -&#8220;Mis hijos tienen el mismo Dios que yo, que puede salvarlos. T\u00fa haz lo que han mandado hacer&#8221;\u00bb.<\/p>\n<p>Con los ojos obstinadamente fijos en el cielo, citando palabras de la Escritura, dando respuestas breves y concisas o callando sin dar respuesta, para escapar as\u00ed al mismo tiempo a las trampas de su juez y a los dulces lazos familiares, se ve claro que el m\u00e1rtir pretende guardarse de su propia flaqueza y, como dice el cronista, tambi\u00e9n se nota que tiene prisa en que se cumpla en \u00e9l cuanto antes la esperanza de su vocaci\u00f3n alt\u00edsima.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n Sexta Padecimientos morales de los m\u00e1rtires Confiscaci\u00f3n de los bienes Antes de sufrir las pruebas corporales de la tortura, los m\u00e1rtires han salido victoriosos de pruebas morales que para muchos fueron verdaderamente terribles. Como hemos visto en el estudio precedente, el sacrificio que a no pocos se les exig\u00eda era tan grande como los &hellip; <\/p>\n<p class=\"link-more\"><a href=\"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/06\/05\/sexta-leccion-sobre-el-martirio\/\" class=\"more-link\">Continuar leyendo<span class=\"screen-reader-text\"> &#8220;Sexta Lecci\u00f3n sobre el martirio&#8221;<\/span><\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1138,"featured_media":0,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[1073,672,704,64],"tags":[],"class_list":["post-20992","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-diez-lecciones-sobre-el-martirio","category-historia_de_la_iglesia","category-martirio","category-relatos-edificantes"],"jetpack_featured_media_url":"","_links":{"self":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/20992","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1138"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=20992"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/20992\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":20993,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/20992\/revisions\/20993"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=20992"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=20992"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=20992"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}