{"id":20782,"date":"2013-05-22T01:55:50","date_gmt":"2013-05-22T06:55:50","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=20782"},"modified":"2013-05-22T08:54:23","modified_gmt":"2013-05-22T13:54:23","slug":"cuarta-leccion-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/05\/22\/cuarta-leccion-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"Cuarta Lecci\u00f3n sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n Cuarta<\/strong><\/p>\n<p><em>Causas de las persecuciones. N\u00famero de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>Quedar\u00eda incompleto el cuadro de las persecuciones si no analiz\u00e1ramos sus causas: el prejuicio popular, el prejuicio de los pol\u00edticos y la pasiones personales de los soberanos.<\/p>\n<p><em>El prejuicio popular<\/em><\/p>\n<p>Al principio, se confund\u00eda en el Imperio a los cristianos con los jud\u00edos, y compart\u00edan aqu\u00e9llos la impopularidad de \u00e9stos. El pueblo romano acusaba a los jud\u00edos de \u00abate\u00edsmo\u00bb, porque su culto no admit\u00eda im\u00e1genes; de exclusivismo, por su aversi\u00f3n a cualquier culto que no fuera el suyo; de odio al g\u00e9nero humano, porque por sus costumbres se separaban del com\u00fan de la gente. Distribuidos, en efecto, por todo el Imperio, formaban siempre en \u00e9l un pueblo aparte, y las leyes romanas les conced\u00edan una amplia autonom\u00eda.<\/p>\n<p>Mucho tiempo los paganos pensaron que el cristianismo era una variante del juda\u00edsmo. Pero a medida que iba difundi\u00e9ndose el Evangelio en toda la sociedad romana, se hizo patente que jud\u00edos y cristianos eran bien distintos, aunque los segundos procedieran de los primeros. Y una vez diferenciados los cristianos como tales, tambi\u00e9n ellos, y a\u00fan m\u00e1s, fueron acusados de ate\u00edsmo y de odio al g\u00e9nero humano.<\/p>\n<p>El hecho queda ampliamente documentado en los apologistas cristianos y en los autores paganos (San Justino, 1 Apol. 6; 2 Apol. 3; Aten\u00e1goras, Legat. pro christ. 3; Eusebio, Hist. Eccl. IV, 15,18; Luciano, Alex. 25,38; Minucio F\u00e9lix, Octavius 8-10; Tertuliano, Apolog. 35,37; T\u00e1cito, Annal. 15,44).<\/p>\n<p>Los cristianos parec\u00edan, incluso, a los paganos m\u00e1s ateos que los jud\u00edos, pues \u00e9stos ten\u00edan sacrificios cruentos, y aqu\u00e9llos no. Fuera de los romanos, pues, hab\u00eda tres clases de hombres: griegos o gentiles, jud\u00edos en segundo lugar, y cristianos, el tertium genus (Tertuliano, Ad nat. I, 8,20; Scorpiac. 10).<\/p>\n<p>Toda clase de cr\u00edmenes abominables se atribuyen a esta tercera casta, que parece ser inferior a la misma raza humana, hasta el punto de que Tertuliano cree necesario en su Apolog\u00e9ticus confirmar que los cristianos tienen la misma naturaleza que los otros hombres (Apol. 16).<\/p>\n<p>Como puede comprobarse en los autores antes citados, los cristianos eran acusados de incestos, asesinatos, antropofagia ritual. Corr\u00edan sobre ellos historietas espeluznantes, afirmando que en las tinieblas encubr\u00edan misterios indecibles de crueldad y depravaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Por otra parte, eran considerados como gente inepta, incapaz para los negocios p\u00fablicos, postrados en una inercia morbosa (T\u00e1cito, Annal. XIII, 30; Hist. III,75; Suetonio, Domit. 15).<\/p>\n<p>Durante el siglo II, no s\u00f3lo el pueblo ignorante y cr\u00e9dulo, tambi\u00e9n no pocos autores latinos, como los citados, y hombres cultos, creen en esta caricatura de los cristianos, estimando que todos esos cr\u00edmenes eran inherentes a la profesi\u00f3n cristiana. Y de esta opini\u00f3n general se sirvi\u00f3 Ner\u00f3n para atribuirles el incendio de Roma.<\/p>\n<p>Los emperadores ilustrados del siglo II, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Antonino, estimaron tambi\u00e9n a los cristianos tan peligrosos para el orden p\u00fablico que con diversos rescriptos trataron de canalizar, de alguna manera, el odio popular contra los cristianos, encauz\u00e1ndolo por el procedimiento judicial.<\/p>\n<p>Denuncias generalizadas contra los cristianos se producen en Bitinia; tumultos en Asia y Grecia; ultrajes, violaciones de sepulcros, en Cartago; en Li\u00f3n, atroces calumnias sobre cr\u00edmenes contra natura; en Roma y Alejandr\u00eda, terrores supersticiosos hacen culpar a los cristianos de toda cat\u00e1strofe; en Esmirna, como en Cartago, se levanta a veces en la multitud del circo el grito: \u00ab\u00a1Abajo los ateos! \u00a1Los cristianos a los leones!\u00bb<\/p>\n<p>Esta aversi\u00f3n popular supersticiosa, iniciada pronto, y en la que se apoy\u00f3 Ner\u00f3n para lanzar la primera persecuci\u00f3n, fue creciendo en el siglo II. Los emperadores de ese siglo, antes aludidos, son cultos y honrados; no tienen a los cristianos por peligrosos ni criminales, pues prohiben a los magistrados buscarles y perseguirles de oficio. No creen, por lo que se ve, reales las acusaciones de que generalizadamente eran objeto. Por eso les otorgan una semiprotecci\u00f3n jur\u00eddica, procurando defender el orden p\u00fablico. Pero, sin embargo, ordenan condenar a aquellos cristianos que, acusados ante los tribunales, no abjuren de su fe. Consideran, por tanto, la perseverancia en el cristianismo como un hecho punible, pues era clara desobediencia a la antigua ley, nunca abrogada, que prohib\u00eda la existencia de los cristianos.<\/p>\n<p>Plinio, siguiendo las instrucciones de Trajano, castiga en los fieles de Bitinia \u00abla testarudez y la inflexible obstinaci\u00f3n\u00bb -pertinaciam certe e inflexibilem obstinationem (Epist. X,96)-. Marco Aurelio, de modo semejante, reprocha a los cristianos su \u00abterquedad\u00bb y el \u00abfasto tr\u00e1gico\u00bb con que van a la muerte (Pensamientos XI,3).<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>El prejuicio de los pol\u00edticos<\/em><\/p>\n<p>El prejuicio pol\u00edtico contra los cristianos se inicia ante todo con Septimio Severo, que considera excesivo el n\u00famero de conversiones al cristianismo. Ve en ello un peligro. Pero cuando ese temor se hace m\u00e1s grave es a mediados del siglo III, en tiempos de Decio y luego de Valeriano.<\/p>\n<p>Si Decio, a quien la historia no acusa de crueldad, pone a los cristianos en el trance de volver al paganismo o morir; si Valeriano, tan favorable en un principio a los fieles que su palacio se asemejaba a una iglesia (San Dionisio de Alejandr\u00eda, en Eusebio: Hist. eccl. VI,10,3), se vuelve de pronto contra los cristianos, sobre todo contra sus jefes, es porque consideran que la Iglesia se ha hecho ya incompatible con la seguridad y la vida misma del Imperio.<\/p>\n<p>No es f\u00e1cil saber por qu\u00e9 razones se lleg\u00f3 a estimar esta incompatibilidad entre Iglesia e Imperio. Hacia el siglo III, concretamente, ya los antiguos prejuicios populares, al menos los m\u00e1s groseros, estaban ampliamente desmentidos por la realidad. Pero los pol\u00edticos segu\u00edan viendo en los cristianos con gran reticencia: se les ve\u00eda alejados de cargos p\u00fablicos, apartados de las fiestas c\u00edvicas, reacios por completo al culto nacional y a la adoraci\u00f3n idol\u00e1trica, m\u00e1s a\u00fan, empe\u00f1ados en apartar a otros ciudadanos de una religi\u00f3n cuyos principales pont\u00edfices eran el Emperador y las altas autoridades pol\u00edticas. Todo esto lo entend\u00edan como misantrop\u00eda, como \u00abodio al g\u00e9nero humano\u00bb.<\/p>\n<p>Ahora bien, los cristianos eran obedientes a las leyes, a los magistrados, al Emperador; pero se negaban a adorar a los falsos dioses del Estado, y por eso mismo se manten\u00edan alejados en lo posible de las fiestas c\u00edvicas, en las que se les daba culto. Reprobaban tambi\u00e9n, en efecto, los espect\u00e1culos licenciosos, as\u00ed como los juegos sangrientos.<\/p>\n<p>Y as\u00ed es como los cristianos, en medio de la unanimidad social del Imperio, introduc\u00edan un elemento nuevo que pod\u00eda hacerla estallar. Se alzaban ante el Estado como una nueva libertad, que los pol\u00edticos entend\u00edan incompatible con aqu\u00e9l. Se trataba de un delito de opini\u00f3n, leve, al parecer, pues consist\u00eda m\u00e1s bien en una abstenci\u00f3n; pero era castigado con terribles penas, porque los pol\u00edticos del siglo III entend\u00edan esa abstenci\u00f3n como una deserci\u00f3n c\u00edvica.<\/p>\n<p>En el fondo hab\u00eda un malentendido que el Estado romano tardar\u00e1 a\u00fan sesenta a\u00f1os en descubrir. Y cuando lo descubra, ser\u00e1 ya demasiado tarde para su prosperidad y salud. A poco que se considere, se entender\u00e1 f\u00e1cilmente que el prejuicio pol\u00edtico contra el cristianismo carec\u00eda de base real. En el siglo III, concretamente, muchos eran los que se alejaban de cargos p\u00fablicos o del servicio militar, que ya por entonces no era obligatorio. Los cristianos, por su parte, no ten\u00edan nada en contra del servicio p\u00fablico c\u00edvico o militar, y de hecho asum\u00edan tales cargos bajo emperadores tolerantes, como Alejandro Severo y Filipo, que en ellos no les exig\u00edan actos de culto inadmisibles para sus conciencias.<\/p>\n<p>Es cierto que hubo algunos autores cristianos especialmente intransigentes en estas cuestiones, como Tertuliano (De corona militis; De idolatr\u00eda, 19; De pallio, 9; De resurrectione carnis 16), Or\u00edgenes (Contra Celsum VIII,71), Lactancio (Div. instit. VI,20); pero ense\u00f1aban en esto contra la doctrina de la Iglesia. \u00c9sta nunca impuso a los fieles la obligaci\u00f3n de separarse sistem\u00e1ticamente de la vida p\u00fablica. Como el mismo Tertuliano reconoce, los cristianos no eran brahamanes ni gymnosofistas de la India, sumidos en contemplaci\u00f3n distante, sino buenos s\u00fabditos y a\u00fan buenos soldados del Imperio.<\/p>\n<p>El g\u00e9nero de la vida cristiana en modo alguno implicaba amenaza contra la sociedad vigente. No adoraban a los emperadores, pero oraban por ellos. No so\u00f1aban siquiera con un r\u00e9gimen pol\u00edtico nuevo, sino que solo pretend\u00edan mejorar el que ya exist\u00eda.<\/p>\n<p>Por otra parte, mientras los pol\u00edticos romanos persegu\u00edan al cristianismo, permit\u00edan en todo el Imperio la difusi\u00f3n de cultos orientales, que adoraban a Mithra, a Cibeles, y que no pocas veces un\u00edan a sus fieles en una especie de francmasoner\u00eda extra\u00f1a y misteriosa. No mostraban temor a que estos cultos nuevos acabaran con las antiguas divinidades del Imperio.<\/p>\n<p>No alcanzaron a entender que las antiguas costumbres severas de la cultura romana se ve\u00edan amenazadas por esos cultos ex\u00f3ticos, mientras que pod\u00edan fortalecerse y renovarse con la difusi\u00f3n del cristianismo, mucho m\u00e1s af\u00edn al genio latino.<\/p>\n<p>Quien m\u00e1s groseramente parece haberse equivocado en esto fue el perseguidor Aureliano. Cuando el Este y el Oeste hab\u00edan logrado unirse en un Imperio, \u00e9l quiso restablecer \u00abla unidad moral\u00bb, y para ello dict\u00f3 un \u00absangriento\u00bb edicto (Lactancio, De morte persecut. 6). Pero al mismo tiempo que persigue a la nueva religi\u00f3n, este hijo de una sacerdotisa de Mithra, junto al culto imperial, instituye un culto al Sol, \u00abse\u00f1or del Imperio romano\u00bb, con un segundo colegio de pont\u00edfices.<\/p>\n<p>Nada prueba, en fin, que la libertad de conciencia proclamada por los cristianos amenazara la vida del Imperio, sino que muchos indicios demuestran lo contrario. Los muchos a\u00f1os en que durante el siglo III el Imperio dej\u00f3 respirar a la Iglesia, sin padecer por eso da\u00f1o alguno, prueban claramente que el Imperio hubiera podido convivir perfectamente con los cristianos.<\/p>\n<p><em>Las pasiones personales<\/em><\/p>\n<p>Las persecuciones contra la Iglesia procedieron, como hemos visto, de prejuicios que afectaban al pueblo, y m\u00e1s tarde especialmente a los pol\u00edticos. Pero tuvieron tambi\u00e9n su origen en mezquinas pasiones personales.<\/p>\n<p>Ner\u00f3n culpa a los cristianos del incendio de Roma, y da origen a una horrible legislaci\u00f3n persecutoria. Maximino persigue a los cristianos por odio a su predecesor Alejandro Severo, que los hab\u00eda favorecido. Decio persigue a los cristianos dej\u00e1ndose llevar tambi\u00e9n de su aversi\u00f3n contra Filipo, cuyo puesto hab\u00eda usurpado, y que hab\u00eda sido tolerante. Valeriano, persigue a los jefes cristianos porque era ocultista, dado a las artes m\u00e1gicas e sujeto al influjo de adivinos. Su persecuci\u00f3n est\u00e1 causada tambi\u00e9n por la ambici\u00f3n de hacerse con los bienes de una Iglesia despojada. De modo semejante Diocleciano comienza la \u00faltima persecuci\u00f3n azuzado por ar\u00faspices y or\u00e1culos. Y sobre su \u00e1nimo pesaba tambi\u00e9n mucho el odio anticristiano de su colegia imperial Galerio, hijo de una aldeana que hab\u00eda sido sacerdotisa.<\/p>\n<p><em>N\u00famero de los m\u00e1rtires<\/em><\/p>\n<p>\u00bfCu\u00e1ntos fueron los m\u00e1rtires cristianos producidos por la conjunci\u00f3n de todos estos prejuicios y pasiones mezquinas?<\/p>\n<p>Imposible saberlo. Nos faltan datos estad\u00edsticos. Tampoco sabemos, ni siquiera aproximadamente, las v\u00edctimas del Terror en la Revoluci\u00f3n Francesa. Si desconocemos los datos de un suceso grave, relativamente pr\u00f3ximo, nos es a\u00fan menos conocido cuantitativamente lo que sucedi\u00f3 hace tantos siglos.<\/p>\n<p>Sabemos que las iglesias de los siglos II y III conservaban listas de sus m\u00e1rtires, pero eran muy incompletas. El llamado Martirologio jeronimiano, vasta compilaci\u00f3n del siglo VI, ya es un ejemplo de que muchos m\u00e1rtires ilustres, de cuya pasi\u00f3n hay datos ciertos, faltaban en su recuerdo.<\/p>\n<p>Faltan en su lista de m\u00e1rtires el Papa Telesforo, San Justino, y aristocr\u00e1ticas v\u00edctimas como Clemente, Domitila, Acilio Galabrio&#8230; \u00a1Cu\u00e1nto m\u00e1s habr\u00edan ca\u00eddo en el olvido much\u00edsimos m\u00e1rtires del pueblo, apenas conocidos!<\/p>\n<p>Un texto de Or\u00edgenes, escrito hacia el 249, antes de la persecuci\u00f3n de Decio, har\u00eda pensar que los m\u00e1rtires de Cristo fueron por aquella \u00e9poca un n\u00famero reducido:<\/p>\n<p>\u00abLos entregados a la muerte por causa de la fe han sido pocos, y f\u00e1ciles de contar, pues Dios no quer\u00eda que fuese aniquilada toda la familia de los cristianos\u00bb (Contra Cels. III,8).<\/p>\n<p>Las mayores persecuciones se produjeron m\u00e1s tarde. Pero adem\u00e1s parece que Or\u00edgenes quiere decir que el n\u00famero de los m\u00e1rtires fue peque\u00f1o en comparaci\u00f3n al n\u00famero total de los cristianos, lo cual es cierto.<\/p>\n<p>En los doscientos a\u00f1os que van del 64, en la persecuci\u00f3n de Ner\u00f3n, hasta el 250, tiempo de la persecuci\u00f3n de Decio, se puede afirmar que hubo muchos m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>Autores paganos, como T\u00e1cito, hablan de \u00abla gran muchedumbre de cristianos\u00bb muertos en Roma por la persecuci\u00f3n neroniana del a\u00f1o 64 (Annales XV,44); y lo mismo asegura el Papa San Clemente (Corintios 6).<\/p>\n<p>San Juan ap\u00f3stol escribe su Apocalipsis al final de la persecuci\u00f3n de Domiciano, y refiri\u00e9ndose concretamente a iglesias del Asia, parece aludir a la sangre derramada de muchos fieles:<\/p>\n<p>\u00abHe visto debajo del altar las almas de aquellos que han sido muertos a causa de la palabra de Dios y del testimonio que han dado. Ellos clamaban con voz fuerte: &#8220;\u00bfHasta cu\u00e1ndo, Se\u00f1or, t\u00fa que eres santo y verdadero, aplazar\u00e1s el tiempo de juzgar y vengar nuestra sangre en los habitantes de la tierra?&#8221; Y a cada uno de ellos se le dio una vestidura blanca, y se les dijo que aguardasen a\u00fan un tiempo, hasta que fuese completo el n\u00famero de sus servidores y hermanos que han de ser muertos como ellos\u00bb (6,9-11).<\/p>\n<p>Muchos debieron ser tambi\u00e9n los m\u00e1rtires del Asia en el reinado de Adriano, pues refiere Justino que la intrepidez de aquellos que afrontaban la muerte por Cristo fue lo que a \u00e9l le llev\u00f3 al cristianismo (2 Apol. 12). Tambi\u00e9n hacen pensar en un gran n\u00famero de ejecuciones mortales las cartas que \u00abmuchos\u00bb gobernadores de provincia dirigieron al mismo emperador, solicitando instrucciones (Eusebio, Hist. eccl. IV,26,10).<\/p>\n<p>A\u00f1os m\u00e1s tarde, en tiempos de Antonino P\u00edo, a mediados del siglo II, escribe San Justino:<\/p>\n<p>\u00abJud\u00edos y paganos nos persiguen en todas partes, nos despojan de nuestros bienes y s\u00f3lo nos dejan la vida cuando no pueden quit\u00e1rnosla. Nos cortan la cabeza, nos fijan en cruces, nos exponen a las bestias, nos atormentan con cadenas, con fuego, con atroc\u00edsimos suplicios. Pero cuanto mayores males nos hacen padecer, tanto m\u00e1s aumenta el n\u00famero de los fieles\u00bb (Dialogo Tryph. 110).<\/p>\n<p>En ese mismo tiempo, precediendo al martirio del obispo San Policarpo, en Esmirna, doce fieles son expuestos a las fieras (Martyrium Policarpi 19). Y el mismo Justino, en su II Apolog\u00eda, nos muestra la facilidad con la que en tiempos de Marco Aurelio se condenaba a un cristiano. Mientras era juzgado el catequista Ptolomeo, uno de los asistentes protesta contra la condenaci\u00f3n, y \u00e9l mismo es conducido al punto a la muerte (2).<\/p>\n<p>Raro es que se juzgue a un fiel solo. Justino, acusado de cristiano en Roma por el fil\u00f3sofo rival Crescente, comparece ante el prefecto con seis compa\u00f1eros. Celso, enemigo de los cristianos, en tiempo de Marco Aurelio, presenta a los fieles como \u00abocult\u00e1ndose, porque por todas partes se los busca para conducirlos al suplicio\u00bb (Or\u00edgenes, Contra Celsum VIII,69).<\/p>\n<p>En Galia, donde no hay todav\u00eda muchos cristianos, se ejecuta en la ciudad de Li\u00f3n a cuarenta y ocho fieles en las fiestas de agosto de 177. \u00abCada d\u00eda, escribe Clemente de Alejandr\u00eda en a\u00f1os de Septimio Severo, vemos con nuestros propios ojos correr a torrentes la sangre de m\u00e1rtires quemados vivos, crucificados o decapitados\u00bb (Strom. II,125).<\/p>\n<p>Todo esto nos hace pensar que en los dos primeros siglos hubo muchos m\u00e1rtires, y que de Ner\u00f3n a C\u00f3modo, los cristianos viv\u00edan con la posibilidad del martirio siempre a la vista. Esto exig\u00eda para hacerse cristiano y para seguir si\u00e9ndolo un gran valor moral, o m\u00e1s bien un verdadero hero\u00edsmo. Por eso, si fueron muchos los m\u00e1rtires de sangre, much\u00edsimos m\u00e1s fueron los m\u00e1rtires de deseo o de resignaci\u00f3n, es decir aquellos que de antemano estaban dispuestos a aceptar la muerte antes que renunciar a la fe.<\/p>\n<p>Pero si respecto de los dos primeros siglos hay a veces ciertas dudas respecto al gran n\u00famero de los m\u00e1rtires, nadie puede ponerlo en duda en lo que se refiere a la segunda mitad del siglo III. Es cierto que las persecuciones de entonces no fueron muy largas -Decio muere al a\u00f1o y medio de desencadenar una en 250, y Valeriano pierde el trono a los dos a\u00f1os y medio de haber lanzado la suya en 257-, pero fueron violent\u00edsimas. Abundaron en esos a\u00f1os los cristianos renegados, pero tambi\u00e9n fueron muchos los m\u00e1rtires que en todas las partes del Imperio padecieron o murieron por mantenerse fieles.<\/p>\n<p>San Dionisio de Alejandr\u00eda, en una carta escrita sobre los m\u00e1rtires de Decio, escribe sobre Egipto: \u00abOtros, en grand\u00edsimo n\u00famero, fueron degollados por los paganos en ciudades y aldeas\u00bb (Eusebio, Hist. eccl. VI,42). Y en otra carta: \u00abNo os dir\u00e9 los nombres de los nuestros que han perecido. Sabed solamente que hombres y mujeres, j\u00f3venes y ancianos, soldados y ciudadanos, personas de toda condici\u00f3n y edad, unos por los azotes, otros por el fuego, aqu\u00e9llos por el hierro, han vencido en el combate y ganado la corona del martirio\u00bb (ib. VII,11,20).<\/p>\n<p>La cr\u00f3nica de los m\u00e1rtires Santiago y Mariano, en tiempo de Valeriano, afirma que en la primavera del 250 las ejecuciones duraron en Cirta varios d\u00edas. Y como al \u00faltimo d\u00eda a\u00fan quedaran muchos fieles por ejecutar, fueron arrodillados a la orilla de un r\u00edo, por donde habr\u00eda de correr la sangre, y el verdugo fue recorriendo la fila  y cortando cabezas (Passio 12).<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n las cartas de San Cipriano atestiguan y describen los innumerables martirios producidos en el norte de \u00c1frica con Decio, Galo y Valeriano. Describe la situaci\u00f3n de los cristianos \u00abdespojados de su patrimonio, cargados de cadenas, arrojados en prisi\u00f3n, muertos por la espada, por el fuego y por las bestias\u00bb (Ad Demetrianum 12). Y en Roma, dice tambi\u00e9n, los prefectos en el 258 est\u00e1 ocupados \u00abtodos los d\u00edas en condenar a fieles y en confiscar sus bienes\u00bb  (Epist.80).<\/p>\n<p>En esos mismos a\u00f1os, el m\u00e1rtir africano Montano, grita a los herejes poco antes de morir: \u00ab\u00a1Que la multitud de nuestros m\u00e1rtires os ense\u00f1e d\u00f3nde est\u00e1 la Iglesia verdadera!\u00bb (Passio Montani et Lucii 14).<\/p>\n<p>Llegamos as\u00ed a la \u00faltima persecuci\u00f3n, que dur\u00f3, con alguna intermitencia, del 303 al 313. Eusebio de Cesarea, contempor\u00e1neo, da un testimonio del conjunto de aquellas persecuciones, aunque su testimonio se refiere solo al Oriente. Pero en el Occidente tambi\u00e9n aquellos diez \u00aba\u00f1os terribles\u00bb hicieron semejantes estragos.<\/p>\n<p>Los m\u00e1rtires, afirma, se contaron por millares, y excede la posibilidad humana dar cuenta de su n\u00famero inmenso. En el 303, en Nicomedia, se decapita o se quema a una \u00abcompacta muchedumbre\u00bb. A \u00abotra muchedumbre\u00bb se le arroja al mar. \u00ab\u00bfQui\u00e9n podr\u00e1 decir cu\u00e1ntos fueron entonces los m\u00e1rtires en todas las provincias, pero especialmente en Mauritania, en la Tebaida y en Egipto?\u00bb. En Egipto, concretamente, la persecuci\u00f3n mat\u00f3 a \u00abdiez mil hombres\u00bb, sin contar mujeres y ni\u00f1os. En la Tebaida \u00e9l mismo presenci\u00f3 ejecuciones en masa: de veinte, treinta, \u00abhasta ciento en un solo d\u00eda, hombres, mujeres, ni\u00f1os&#8230; Yo mismo vi perecer a much\u00edsimos en un d\u00eda, los unos por hierro y los otros por fuego. Las espadas se embotaban, no cortaban, se quebraban, y los verdugos, cediendo a la fatiga, ten\u00edan que reemplazarse unos a otros\u00bb (Hist. eccl. VIII, 4-13).<\/p>\n<p>Lactancio dice que, cuando los condenados al fuego eran muchos, no se les quemaba uno a uno, sino por grupos (De mort. persec. 15). En Sebaste fueron martirizados cuarenta soldados, en tiempo de Licinio. Y a fin del siglo III, debieron ser varios cientos los soldados sacrificados de la legio Theb\u00e6a. Tambi\u00e9n en Roma hubo m\u00e1rtires ejecutados a cientos, como se refleja en algunas tumbas de los cementerios subterr\u00e1neos, en donde en lugar de nombres aparece un n\u00famero.<\/p>\n<p>El poeta Prudencio, que visita Roma al fines del siglo IV, tiempo en que los sepulcros de los m\u00e1rtires se manten\u00edan intactos, escribe: \u00abHe visto en la ciudad de R\u00f3mulo innumerables tumbas de santos. \u00bfQuieres saber sus nombres? Me es dif\u00edcil responderte: \u00a1tan numerosa fue la muchedumbre de fieles inmolada por un furor imp\u00edo cuando Roma adoraba a sus dioses nacionales! Muchas tumbas nos dicen el nombre del m\u00e1rtir y hacen su elogio. Pero hay otras muchas silenciosas, en sus mudos m\u00e1rmoles, solamente se\u00f1aladas con un n\u00famero, que da a conocer el de los cuerpos an\u00f3nimos all\u00ed amontonados. En una sola piedra vi una vez que estaba indicado el sepulcro de sesenta m\u00e1rtires, cuyos nombres son conocidos de Cristo, que los ha unido a todos en su amor\u00bb (Peri Stephanon XI,1-16). Lo mismo se dice en los poemas epigr\u00e1ficos de San D\u00e1maso. Veinte, cuarenta, trescientos sesenta y dos m\u00e1rtires, m\u00e1s aqu\u00ed, a\u00fan m\u00e1s all\u00e1. Y eso siendo as\u00ed que no fue Roma la ciudad donde hubo m\u00e1s ejecuciones masivas. \u00c9stas fueron m\u00e1s comunes en el Oriente.<\/p>\n<p>Y adem\u00e1s de todos estos m\u00e1rtires de sangre aludidos, hemos de recordar a los martyres sine sanguine, a la multitud de confesores de la fe, que por ella sufrieron destierro, deportaci\u00f3n, trabajos forzados, aunque no fueron entregados a la muerte. Eran tantos, concretamente, los cristianos desterrados en los primeros siglos, los prisioneros y los forzados, que tanto en Oriente como en Occidente la Iglesia oraba p\u00fablicamente por ellos. Resto de aquella tradici\u00f3n lit\u00fargica es la oraci\u00f3n que perdura en la liturgia milanesa, donde se pide \u00abpro fratribus in carceribus, in vinculis, in metallis, in exilio constitutis\u00bb.<\/p>\n<p>No cabe duda. La verdad hist\u00f3rica nos asegura el gran n\u00famero de los m\u00e1rtires cristianos en los primeros siglos.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n Cuarta Causas de las persecuciones. N\u00famero de los m\u00e1rtires Quedar\u00eda incompleto el cuadro de las persecuciones si no analiz\u00e1ramos sus causas: el prejuicio popular, el prejuicio de los pol\u00edticos y la pasiones personales de los soberanos. 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