{"id":20611,"date":"2013-05-08T01:06:40","date_gmt":"2013-05-08T06:06:40","guid":{"rendered":"http:\/\/fraynelson.com\/blog\/?p=20611"},"modified":"2013-05-06T15:58:53","modified_gmt":"2013-05-06T20:58:53","slug":"leccion-segunda-sobre-el-martirio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2013\/05\/08\/leccion-segunda-sobre-el-martirio\/","title":{"rendered":"Leccion Segunda sobre el martirio"},"content":{"rendered":"<p><strong>Lecci\u00f3n Segunda<\/strong><\/p>\n<p><em>Difusi\u00f3n del cristianismo fuera del Imperio<\/em><\/p>\n<p><em>Causas de esta propagaci\u00f3n<\/em><\/p>\n<p>El Imperio Romano se extend\u00eda en Europa, \u00c1frica y Asia sobre pueblos de temperamentos y civilizaciones sumamente diversos. Junto a la lengua latina oficial, se daba una gran multiplicidad de lenguas. Todos los paganos daban culto a los dioses de Roma, que eran los del Imperio, pero tambi\u00e9n honraban los dioses propios de su pa\u00eds. En aquella enorme heterogeneidad solamente se hab\u00eda producido una cierta homogeneidad moral entre las clases superiores de la sociedad imperial. Pero el pueblo, salvo en algunas ciudades m\u00e1s cosmopolitas, segu\u00eda siendo pueblo, arraigado en sus h\u00e1bitos, tradiciones, idiomas y supersticiones peculiares. Un doctor alejandrino pod\u00eda entenderse con un poeta o fil\u00f3sofo de Atenas o de Roma. Pero un aldeano celta y un monta\u00f1\u00e9s de Frigia apenas hallar\u00edan una idea o una palabra en com\u00fan con que comunicarse.<\/p>\n<p>La r\u00e1pida difusi\u00f3n del cristianismo en medios tan diferentes, y a\u00fan hostiles a veces entre s\u00ed, adapt\u00e1ndose tanto a las inteligencias m\u00e1s cultivadas como a las m\u00e1s toscas, conquistando al mismo tiempo a los griegos de la brillante Jonia o a los ind\u00edgenas de la brumosa Breta\u00f1a, no habiendo para \u00e9l \u00abni griego ni b\u00e1rbaro\u00bb [Col 3,11] es un hecho hist\u00f3rico para cuya explicaci\u00f3n no bastan las leyes ordinarias, sobre todo si se tiene en cuenta que este desarrollo se logr\u00f3 en medio de obst\u00e1culos y persecuciones, y que, como dice Tertuliano, cada nuevo creyente era un candidato al martirio. Y esta historia prodigiosa, por otra parte, no ser\u00eda completa si limit\u00e1ramos nuestra atenci\u00f3n al cuadro \u00fanico del Imperio Romano.<\/p>\n<p>En efecto, es cosa admirable que Roma, que siempre procur\u00f3 impedir la difusi\u00f3n del cristianismo, la favorec\u00eda sin quererlo. Las grandes v\u00edas militares que llegaban a lejan\u00edsimas regiones, las calzadas de granito que atravesaban tanto los arenales de Siria como los bosques de las Galias, serv\u00edan para el paso de las legiones, pero tambi\u00e9n facilitaban el viaje de los misioneros.<\/p>\n<p>\u00abGracias a los romanos -escribe San Ireneo- goza de paz el mundo, y nosotros podemos viajar sin temor por tierra y por mar, por todos los lugares que queremos\u00bb (Adv. H\u00e6res. IV,30). Y cincuenta a\u00f1os despu\u00e9s, Or\u00edgenes: \u00abLa Providencia ha reunido todas las naciones en un solo Imperio desde el tiempo de Augusto para facilitar la predicaci\u00f3n del Evangelio por medio de la paz y la libertad del comercio\u00bb (In Jos. hom. III).<\/p>\n<p>Pero los ap\u00f3stoles de la nueva fe no gozaban de estas ventajas cuando sal\u00edan de las regiones tuteladas por Roma para predicar la fe a naciones independientes, enemigas a veces del Imperio. Y sin embargo, ya desde mediados del siglo II y sobre todo en el III, se intent\u00f3 hacerlo, y de hecho se extendieron  notablemente las fronteras del cristianismo.<\/p>\n<p>Estas misiones exteriores, l\u00f3gicamente, no part\u00edan sino de regiones en las que estaba la fe muy extendida y la poblaci\u00f3n cristiana era muy densa. Esto explica que el cristianismo en Europa apenas traspasase las fronteras del Imperio. Por ejemplo, en las provincias fronterizas, tanto del Rhin como del Danubio, es donde m\u00e1s tardaron en establecerse comunidades cristianas. Y por ser \u00e9stas menos numerosas y pujantes, ocupadas en su propio crecimiento, tuvieron menos posibilidades de irradiar al exterior. Y de modo semejante, en la Europa occidental, las fronteras militares limitaron durante largo tiempo la extensi\u00f3n del cristianismo.<\/p>\n<p>Hay en todo esto otro obst\u00e1culo importante para la difusi\u00f3n de la fe. Una superstici\u00f3n extranjera ha contagiado las regiones situadas en los l\u00edmites del Imperio, llevada por funcionarios, esclavos y soldados. En todos los campamentos fronterizos del ej\u00e9rcito romano, en Germania, a lo largo del Rhin, en Breta\u00f1a, en Panonia y Dacia, en las llanuras regadas por el Danubio, el culto de Mithra alza sus monumentos, cava sus grutas, como si hubiera de proteger as\u00ed al Imperio Romano del empuje de los b\u00e1rbaros, y alejar de este modo a los b\u00e1rbaros de la gracia del cristianismo. Estas supersticiones procedentes del Oriente son el culto preferido de las legiones romanas, y vienen a imponerlas a las poblaciones donde se asientan.<\/p>\n<p>Las iglesias de \u00c1frica hallan para difundir la fe otros obst\u00e1culos. Han tenido fuerza para vencer las supersticiones aut\u00f3ctonas, pero se ven frenadas por la doble barrera del Atlas y del desierto. En el siglo II llegan a los g\u00e9tulos, pueblos del Sahara y del Oeste del Atlas, casi independientes; pero se les escapan los pueblos n\u00f3madas del Mediod\u00eda, movedizos y ligeros como las arenas llevadas por el viento. M\u00e1s urgente es para estas iglesias evangelizar el Oeste, la Mauritania, que pese a sus campamentos militares y obispados, apenas llegan a ser romanas y cristianas.<\/p>\n<p>Mayor fuerza difusora de la fe tendr\u00e1 el cristianismo en Egipto. Va m\u00e1s all\u00e1 de los l\u00edmites del Imperio, hacia Syene, en la primera catarata del Nilo, desciende a Etiop\u00eda, avanza a lo largo del r\u00edo y del mar Rojo, hasta el desfiladero de Aden, y probablemente hasta el Yemen.<\/p>\n<p>Seg\u00fan refiere Eusebio de Cesarea, el primer impulso misionero parti\u00f3 de Panteno, fundador de la c\u00e9lebre Escuela de Alejandr\u00eda. Dej\u00f3 su c\u00e1tedra y se fue a llevar la fe a la India (Hist. Eccl. V,10,3), es decir, en el lenguaje del tiempo, muy probablemente al sur de Arabia, donde hab\u00eda muchas colonias jud\u00edas.<\/p>\n<p>Pero es en el Asia romana donde la fe evang\u00e9lica hall\u00f3 durante tres siglos un potente foco de irradiaci\u00f3n en todas las direcciones. Sus misioneros, sus viajeros circunstanciales, incluso sus cautivos llevaron la fe entre los b\u00e1rbaros.<\/p>\n<p>A mediados del siglo III los Godos, que viven entre el Danubio y el Dniester, son evangelizados por prisioneros por ellos capturados en la invasi\u00f3n de Capadocia. Hay escasas noticias de que la fe lleg\u00f3 de Bitinia y del Ponto al Quersoneso T\u00e1urico -Crimea-, al norte del Mar Negro. Al Este de Capadocia se consigui\u00f3 convertir al cristianismo a la Gran Armenia independiente, por obra especialmente de Gregorio el Iluminador. \u00c9l convirti\u00f3 a la fe al rey Mitridates II, y tras \u00e9l fue toda la naci\u00f3n. La primera guerra de religi\u00f3n de que nos habla la historia fue la que en el 313 Maximino Daia declar\u00f3 contra Armenia por haber abrazado el cristianismo. La cruz y el sentimiento nacional dieron la victoria a los armenios.<\/p>\n<p>A\u00fan m\u00e1s poderoso y extenso es el avance del cristianismo hacia el Asia Central. Sobre todo desde mediados del siglo II, la fe ya arraigada en las ciudades del Oeste desde el tiempo de los ap\u00f3stoles, se difunde con fuerza hacia el Este, por las fronteras orientales del Imperio. Sigue el camino de las caravanas, recorriendo el camino inverso al que llev\u00f3 a los Magos a la cuna del Redentor.<\/p>\n<p>Desde Antioqu\u00eda la fe conquista primero el diminuto reino de Osrhoene, en la orilla izquierda del \u00c9ufrates, y especialmente su capital, Edesa, se llena de cristianos. Ya en el siglo II tiene all\u00ed la Iglesia una versi\u00f3n sir\u00edaca del Antiguo y del Nuevo Testamento. A fines de ese siglo se re\u00fane all\u00ed un concilio regional. A pesar de que Caracalla anexiona el reino al Imperio, Edesa se mantiene como foco ardiente de evangelizaci\u00f3n, extendiendo la fe en Mesopotamia y por todo el Imperio Persa. A mediados del siglo III hab\u00eda en Mesopotamia iglesias tan florecientes como las del Asia Menor, y en la \u00faltima persecuci\u00f3n, la de Diocleciano, dieron un gran n\u00famero de m\u00e1rtires.<\/p>\n<p>Las autoridades de Persia permiten predicar la fe cristiana, tanto m\u00e1s cuanto \u00e9sta es perseguida en el Imperio romano. Pero estas buenas disposiciones cesan cuando el Imperio se convierte al cristianismo. Y Constantino ha de escribir al rey Sapor, solicitando protecci\u00f3n para \u00ablas innumerables iglesias de Dios\u00bb y \u00ablas mir\u00edadas de cristianos\u00bb que viv\u00edan en aquellos Estados (Eusebio, De vita Constantini IV,8).<\/p>\n<p>Cuando se reanudan las hostilidades entre Roma y Persia, se desencadenar\u00e1 en \u00e9sta una terrible persecuci\u00f3n contra los cristianos, sospechosos de complicidad con Roma. Esta persecuci\u00f3n dur\u00f3 cuarenta a\u00f1os (339-379), m\u00e1s tiempo que ninguna de las persecuciones romanas. Pero el cristianismo era all\u00ed tan fuerte que los torrentes de sangre derramada no bastaron para apagar la antorcha de la fe.<\/p>\n<p>Seg\u00fan Sozomeno el primer golpe de persecuci\u00f3n produjo diecis\u00e9is mil m\u00e1rtires, cuyos nombres se consignaron, y otros muchos m\u00e1s an\u00f3nimos (Hist. Eccl. II,14). Las Pasiones de m\u00e1rtires que nos han llegado se refieren a cristianos de Babilonia, Caldea, Susania, Adiabene.<\/p>\n<p>Otros lamentables acontecimientos frenaron el \u00edmpetu expansivo del cristianismo en Persia. Pero aquella gran difusi\u00f3n primera del Evangelio en Persia, en la segunda mitad del mundo antiguo -\u00abel segundo ojo del universo\u00bb, como le dijo un embajador persa al emperador romano-, muestra claramente la potencia del cristianismo para implantarse en pueblos tan extra\u00f1os a las costumbres sociales de Roma o a la cultura de Grecia.<\/p>\n<p>Las herej\u00edas, sin embargo, en el siglo V, extenuaron la Iglesia en Persia, y las invasiones musulmanas del VII acabaron de abatirla.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p><em>El cristianismo en el campo<\/em><\/p>\n<p>Para conocer mejor la sociedad en que vivieron los m\u00e1rtires, consideremos la situaci\u00f3n del cristianismo en el campo.<\/p>\n<p>Cuando Plinio escribe al emperador Trajano acerca de la gran difusi\u00f3n de la fe cristiana en Bitinia, le informa que no solamente ha invadido las ciudades, sino tambi\u00e9n las aldeas y campos (Epist. X,26). \u00c9l sab\u00eda que el cristianismo se hab\u00eda implantado primero sobre todo en las ciudades. En ellas era donde por el comercio se hab\u00edan formado colonias jud\u00edas, que era el ambiente m\u00e1s favorable para la primera predicaci\u00f3n cristiana. Tambi\u00e9n en ellas se encontraban los paganos m\u00e1s cultos, los m\u00e1s desenga\u00f1ados a menudo del culto a los dioses. Por eso, para que el cristianismo hubiera podido extenderse a los campos, penetrando el alma de gente campesina, era preciso que hubiera adquirido ya una gran fuerza. Esto es lo que sorprender y alarma a Plinio, legado imperial en Bitinia.<\/p>\n<p>En varias otras regiones de Occidente, en cambio, la fe tard\u00f3 en proyectarse fuera de las ciudades. Especialmente en las Galias, donde en tiempos de San Mart\u00edn, en el siglo IV, todav\u00eda la superstici\u00f3n domina las zonas rurales del centro, y donde en las zonas del norte y del este no se alcanz\u00f3 a vencer la idolatr\u00eda hasta los siglos V, VI y VII.<\/p>\n<p>La misma situaci\u00f3n se daba en el norte de Italia, entre los Alpes y el Po, donde campesinos monta\u00f1eses todav\u00eda causar\u00e1n m\u00e1rtires a fines del siglo IV y a\u00fan en el V. En ese tiempo se mantienen, contra las leyes vigentes, las estatuas de los dioses en la Liguria, donde sacerdotes rurales siguen ofreciendo sacrificios ante los \u00eddolos y contin\u00faan leyendo el porvenir en las entra\u00f1as de sus v\u00edctimas.<\/p>\n<p>Otra era la situaci\u00f3n en la Italia del centro y del sur, donde abundan tanto las sedes episcopales que en el siglo III se hallan obispos que m\u00e1s que obispos parecen aldeanos (Carta de San Cornelio recogida por Eusebio en Hist. Eccl. VI,43, 8). Tambi\u00e9n esto ocurre en el \u00c1frica del norte, donde los obispados eran a\u00fan m\u00e1s frecuentes que en Italia. En el siglo IV hay obispados hasta en algunas heredades (fundi) habitadas por cristianos.<\/p>\n<p>En la cr\u00f3nica de unos m\u00e1rtires conocemos un caso de \u00e9stos. Los aldeanos cristianos de la possessio Cephalitana, de la Proconsular, son convocados por el proc\u00f3nsul ante el magistrado. \u00ab\u00bfSois cristianos? -S\u00ed, lo somos. -Los piadosos y augustos emperadores, les dice el proc\u00f3nsul, se han dignado darme orden de convocar a todos los cristianos e invitarlos a ofrecer sacrificios a los dioses; y quienes rehusen y desobedezcan ser\u00e1n castigados con diversos tormentos\u00bb. Todos los aldeanos de la posesi\u00f3n, con sus di\u00e1conos y cl\u00e9rigos, cedieron a esta exigencia por el temor. Solo dos muchachas, que no hab\u00edan comparecido y que fueron denunciadas, se negaron a apostatar de su fe y sufrieron valerosamente el martirio (Passio SS. Maximil\u00e6, Donatill\u00e6 et Secund\u00e6).<\/p>\n<p>En Egipto, las zonas rurales estaban muy pobladas de cristianos. En pocos pa\u00edses irradi\u00f3 tanto a los campos la fe desde las ciudades. Incluso los aldeanos paganos eran muy favorables a los cristianos, y les ayudaban en las persecuciones.<\/p>\n<p>San Dionisio de Alejandr\u00eda cuenta en una carta su fuga, prisi\u00f3n y libertad. Al enterarse un cristiano de que el obispo hab\u00eda sido detenido, huye \u00e9l tambi\u00e9n, y en el camino encuentra un  aldeano que se dirige a una boda. All\u00ed dan cuenta de lo que sucede, y todos se levantan de la mesa, corren a la aldea en que los soldados ten\u00edan preso al obispo y les obligan a liberarlo. Dionisio se niega a aceptar una libertad obtenida tan violentamente, pero los aldeanos le sujetan, le suben en un asno y se lo llevan libre (Eusebio, Hist. Eccl. VI,40).<\/p>\n<p>El cristianismo, efectivamente, se extendi\u00f3 mucho en las zonas rurales de Egipto. Por eso hubo tantos campesinos m\u00e1rtires en la persecuci\u00f3n de Decio.<\/p>\n<p>Varias regiones del Asia Menor, como ya vimos, estaban completamente evangelizadas en el tiempo de las persecuciones. Conocemos el informe de Plinio sobre Bitinia. En el Ponto, en Frigia, eran muchas las comunidades cristianas rurales. En la Armenia Menor muchas aldeas ten\u00edan presb\u00edteros y di\u00e1conos. En Capadocia, Celesiria, Cilicia, Isauria, Bitinia,  en todo el Oriente, se inicia en el siglo III la instituci\u00f3n de los corep\u00edscopos, obispos rurales encargados de representar y suplir al obispo cuando su di\u00f3cesis es tan grande que apenas alcanza a ejercer normalmente su ministerio fuera de la ciudad.<\/p>\n<p><em>El cristianismo en las ciudades<\/em><\/p>\n<p>Recordemos la situaci\u00f3n del cristianismo en las ciudades poco antes del fin de las persecuciones. Un testimonio precioso lo da en el a\u00f1o 311 el m\u00e1rtir Luciano, director de la escuela exeg\u00e9tica de Antioqu\u00eda, en Nicomedia, ante el emperador Maximino, defendiendo el cristianismo:<\/p>\n<p>\u00abCasi la mitad del mundo, ciudades enteras, urbes integr\u00e6, prestan ya adhesi\u00f3n a la verdad. Y si este testimonio te pareciera sospechoso, pregunta a la muchedumbre de los campesinos, que no sabe mentir, y te dar\u00e1 testimonio de esto que digo\u00bb (Rufino, Hist. Eccl. IX,6).<\/p>\n<p>En Edesa, dice Eusebio, no se adoraba m\u00e1s que a Cristo (Hist. Eccl. II,1,7). Y lo mismo ocurr\u00eda en Apamea de Frigia. El fil\u00f3sofo Porfirio, furioso adversario del cristianismo, explica amargado la epidemia que sufre una ciudad por el abandono de los dioses antiguos:<\/p>\n<p>\u00abAhora os extra\u00f1\u00e1is de que la enfermedad haya invadido la ciudad desde hace tantos a\u00f1os, cuando ni Esculapio ni ning\u00fan otro dios tienen entrada en ella. Desde que Jes\u00fas es honrado, nadie ha recibido beneficio p\u00fablico de los dioses\u00bb (cit. Teodoreto, Gr\u00e6c. affect. curatio 13).<\/p>\n<p>Al encontrar ciudades enteras convertidas al cristianismo, el esfuerzo de los perseguidores, una de dos, o retroced\u00eda ante la resistencia pasiva de la poblaci\u00f3n o acud\u00eda no a la aplicaci\u00f3n de las leyes, sino a una operaci\u00f3n de guerra abierta contra estas ciudades rebeldes. As\u00ed sucedi\u00f3, por ejemplo, en una ciudad de Frigia, de la que no se conoce el nombre:<\/p>\n<p>En febrero del 305, esta ciudad completamente cristiana fue atacada por un reducido ej\u00e9rcito. De nada vali\u00f3 que se prometiese respetar la vida de quienes voluntariamente la abandonaran, pues ninguno de los sitiados acept\u00f3 el ofrecimiento, ya que equivaldr\u00eda a la apostas\u00eda. Dejaron que entraran los soldados dentro de sus muros, pero al ser intimados a que ofrecieran sacrificios, se negaron todos. Se les encerr\u00f3 entonces en la iglesia principal -que subsist\u00eda, a pesar de los edictos contrarios-, y los soldados la incendiaron. Toda la poblaci\u00f3n, incluidos el curator y los magistrados, murieron entre las llamas invocando a Jesucristo (Eusebio, Hist. Eccl. VIII,11; Lactancio, Div. Inst. V,11).<\/p>\n<p>En Occidente habr\u00e1 que esperar m\u00e1s tiempo hasta encontrar ciudades enteramente cristianas. Prudencio cita a Zaragoza, en Espa\u00f1a, cuyos habitantes a fines del siglo IV eran cat\u00f3licos (Peristephanon IV,65). Pero desde comienzos del siglo III es ya patente la implantaci\u00f3n de los cristianos en las ciudades. No es f\u00e1cil dar n\u00fameros, pues apenas se hallan en los escritos antiguos. Pero algunos testimonios nos indican esta realidad claramente.<\/p>\n<p>En 197, Tertuliano: \u00abSomos de ayer, y ya lo llenamos todo: vuestras ciudades, vuestras casas, vuestras fortalezas, vuestros municipios, los consejos, los campos, las tribus, las decurias, los palacios, el senado, el foro. Solamente os dejamos vuestros templos [&#8230;] Si nos separ\u00e1semos de vosotros, quedar\u00edais aterrados de vuestra soledad, de un silencio que semejar\u00eda el estupor de un mundo muerto\u00bb (Apol. 37).<\/p>\n<p>El 212, en carta escrita a Sc\u00e1pula, proc\u00f3nsul de \u00c1frica, defiende a los cristianos con t\u00e9rminos semejantes, hablando de \u00abla inmensa muchedumbre\u00bb de cristianos, exaltando \u00abla divina paciencia\u00bb de aquellos hombres que, \u00absiendo ya la mayor parte de cada ciudad\u00bb, viven en la sombra silenciosamente, d\u00e1ndose a conocer solo por sus virtudes (Ad Scapulam 2). Y sigue argumentando: \u00ab\u00bfQu\u00e9 har\u00e1s con tantos millares de hombres y mujeres de toda edad y condici\u00f3n, que vendr\u00e1n a ofrecer sus brazos a tus cadenas? [&#8230;] \u00a1Cu\u00e1les ser\u00edan las angustias de Cartago si decidieras diezmarla, y cada uno hubiera de reconocer entre las v\u00edctimas a parientes, a vecinos de la misma casa, quiz\u00e1s a hombres y mujeres de tu categor\u00eda, parientes o amigos de tus amigos!\u00bb (ib. 5).<\/p>\n<p>Cartago entonces, con Roma y Alejandr\u00eda, estaba entre las primeras capitales del Imperio. Y Roma, hacia el 250, tiene ya una organizaci\u00f3n eclesi\u00e1stica completa. Son veinticinco ya los tituli o iglesias parroquiales. Las obras de caridad y de asistencia est\u00e1n ya organizadas. El Papa Ponciano establece siete regiones eclesi\u00e1sticas superpuestas a las catorce regiones civiles de Roma, poniendo al frente de cada una un di\u00e1cono, para cuidar de los pobres y de los bienes de la Iglesia.<\/p>\n<p>Uno o varios cementerios est\u00e1n adscritos a cada una de estas regiones. Y los centenares de kil\u00f3metros de galer\u00edas excavadas como catacumbas bajo la Ciudad Eterna, una red inmensa, dan testimonio patente del n\u00famero y poder de los cristianos en la \u00e9poca, ya que necesitaban tan gran espacio para sus enterramientos, y \u00e9stos en ocasiones estaban adornados con preciosos m\u00e1rmoles, decoraciones y pinturas.<\/p>\n<p>Hacia el 250 hab\u00eda en Roma cuarenta y seis sacerdotes, siete di\u00e1conos, siete subdi\u00e1conos y cincuenta y dos entre exorcistas, lectores y ostiarios. Los fondos de la comunidad asist\u00edan a mil quinientas personas, entre viudas, enfermos y pobres, matriculados de modo permanente (Eusebio, Hist. Eccl. VI,43).<\/p>\n<p>Siglo y medio m\u00e1s tarde, San Juan Cris\u00f3stomo dice que en Antioqu\u00eda eran cien mil los cristianos, de los que tres mil eran pobres (In Math. hom. LXXX; LXVI,3). Si se calcula la misma proporci\u00f3n, eso significa que en Roma hab\u00eda unos cincuenta mil fieles, es decir, una vig\u00e9sima parte aproximadamente de la poblaci\u00f3n total; proporci\u00f3n sin duda menor a la de los cristianos en las ciudades africanas o de las provincias asi\u00e1ticas.<\/p>\n<p>En cincuenta a\u00f1os, sin embargo, el n\u00famero de cristianos creci\u00f3 mucho en Roma. Eusebio narra que en 307 Majencio, al usurpar la p\u00farpura imperial, \u00abfingi\u00f3 que profesaba la fe cristiana para adular al pueblo de Roma\u00bb (Hist. Eccl. VIII,14, 1), lo que indica que el pueblo cristiano era ya entonces muy numeroso e importante.<\/p>\n<p>Harnack opina que entre 250 y 307 el n\u00famero de los fieles en Roma se ha duplicado, si no cuadruplicado. Habr\u00eda, pues, unos cien o doscientos mil.<\/p>\n<p>Eso explica en parte que cinco a\u00f1os m\u00e1s tarde, al entrar Constantino en Roma con la cruz de Cristo en sus banderas, coloc\u00e1ndola tambi\u00e9n sobre los edificios p\u00fablicos, no hubiese protesta alguna. Los paganos arist\u00f3cratas eran demasiado cortesanos para levantar la voz, y el pueblo era favorable al cristianismo.<\/p>\n<p><em>Intensa vida cristiana en Roma<\/em><\/p>\n<p>Es impresionante el profundo influjo del cristianismo en todas las grandes ciudades del Imperio Romano, la fuerza espiritual que muestra para marcar con nuevos rasgos la fisonom\u00eda de cada una de ellas, en todo su conjunto de tradiciones, instituciones y costumbres.<\/p>\n<p>Alejandr\u00eda se ve renovada por la floreciente escuela catequ\u00edstica de figuras como Panteno, Clemente, Or\u00edgenes. Antioqu\u00eda, ciudad comercial, sensual, fr\u00edvola, se reviste de una nueva dignidad con sus grandes y sabios obispos, su escuela b\u00edblica, sus concilios. Jerusal\u00e9n, que se hab\u00eda reducido casi a una nada, se convierte en centro de estudios en el siglo III. Cesarea de Palestina viene a ser otro foco cultural cristiano, casi una segunda Alejandr\u00eda. Cesarea de Capadocia brilla con la luz de sus grandes doctores teol\u00f3gicos. Cartago, sobre todo desde San Cipriano, se hace capital del \u00c1frica cristiana e irradia su luz a todas las iglesias.<\/p>\n<p>En fin, la Roma cristiana, lejos de verse confinada a la oscuridad de las catacumbas, aplastada por la pesadumbre del poder pol\u00edtico, dirige y anima todo el mundo civilizado y lleva su influencia hasta el interior del mismo mundo b\u00e1rbaro.<\/p>\n<p>Las relaciones que en ese tiempo mantiene Roma con las otras iglesias son muy activas. Sus pastores les escriben cartas y son frecuentes sus intervenciones en temas dogm\u00e1ticos o disciplinares. Desde que naci\u00f3, la iglesia de Roma se siente universal.<\/p>\n<p>En el siglo I, Clemente Romano escribe a los cristianos de Corinto, llam\u00e1ndoles a la paz y la concordia. Intervenciones semejantes vemos en otros obispos de Roma en los primeros siglos. San Ignacio de Antioqu\u00eda escribe a los romanos: \u00abvosotros ten\u00e9is la primac\u00eda de la caridad\u00bb eclesial (Rom 1). De Roma parten misioneros celosos del cristianismo, a imitaci\u00f3n de Pedro y Pablo. Y apenas hubo en la Iglesia de entonces persona c\u00e9lebre que no visitase Roma.<\/p>\n<p>San Policarpo llega a ella de Esmirna; San Ireneo, una vez de Esmirna y otra de Li\u00f3n; el historiador Hegesipo vino de Palestina; el samaritano San Justino estableci\u00f3 en Roma escuela de catecismo; el frigio Albercius vino de Hier\u00e1polis; el apologista Taciano desde Asiria; Tertuliano vino de Cartago; Or\u00edgenes lleg\u00f3 desde Alejandr\u00eda, y as\u00ed tantos otros. Tambi\u00e9n los herejes acudieron a Roma: Marci\u00f3n, Cerd\u00f3n, Praxeas, Prep\u00f3n, Noeto, Sabelio, Teodoto&#8230;<\/p>\n<p>Es indudable que la Roma cristiana, durante los tres primeros siglos, por su actividad eclesi\u00e1stica e intelectual, era un centro apenas inferior a la Roma pagana y civil.<\/p>\n<p><em>Intensa vida cristiana fuera de Roma<\/em><\/p>\n<p>Una actividad epistolar y caritativa semejante se da en aquel tiempo en otras iglesias.<\/p>\n<p>Camino del martirio, San Ignacio de Antioqu\u00eda escribe a los hermanos de Efeso, Magnesia, Tralles, Roma, Filadelfia, Esmirna y al obispo Policarpo. \u00c9ste escribe a la iglesia de Filipos, en Macedonia. Los de Esmirna env\u00edan una carta circular sobre el martirio de su obispo Policarpo. Las iglesias de Li\u00f3n y Viena env\u00edan la cr\u00f3nica de sus m\u00e1rtires a las iglesias de Asia y Frigia. Ireneo escribe al Papa V\u00edctor sobre la fecha de la Pascua. Or\u00edgenes mantiene correspondencia con casi todos los personajes principales de su tiempo. Las cartas de San Cipriano, obispo de Cartago, nos muestran la relaci\u00f3n de su iglesia con los Papas Cornelio, Esteban y Sixto, con obispos de las Galias y de Espa\u00f1a, y con todas las de \u00c1frica.<\/p>\n<p>Todav\u00eda expresa m\u00e1s la profunda relaci\u00f3n entre las iglesias de la \u00e9poca la frecuencia de las asambleas conciliares.<\/p>\n<p>En el siglo II, hay concilios en Asia a causa del montanismo; en Roma, Palestina, el Ponto, en Galia, Osrhoene, Corinto, sobre la fecha de la Pascua; setenta obispos se re\u00fanen en Cartago para dilucidar el tema del bautismo administrado por herejes. En el siglo III hay dos concilios en Frigia, dos en Alejandr\u00eda, uno de noventa obispos en Lambesa, Numidia; en 251, sesenta obispos se re\u00fanen en concilio en Roma; entre 264 y 269 hay tres concilios en Antioqu\u00eda, hacia el 300 uno en Il\u00edberis, Espa\u00f1a, con m\u00e1s de cuarenta obispos&#8230; Y cu\u00e1ntos otros concilios debieron celebrarse, que nos son desconocidos, pues, concretamente en Oriente y en \u00c1frica, los obispos de cada provincia sol\u00edan reunirse anualmente.<\/p>\n<p>Si miramos s\u00f3lo la provincia proconsular de \u00c1frica, comprobamos que \u00fanicamente durante el episcopado de San Cipriano se celebr\u00f3 un concilio en primavera del 251, quiz\u00e1 otro en oto\u00f1o; en el 252 se reunieron cuarenta y dos obispos, setenta a fines del 253, treinta y siete en el 255, setenta y uno en el 256, y ochenta y siete en septiembre del mismo a\u00f1o.<\/p>\n<p>En toda esta vitalidad de la Iglesia de aquellos a\u00f1os hay algo de extraordinario. Se enga\u00f1a totalmente quien imagina que, en aquellos turbulentos siglos, en que la persecuci\u00f3n, aunque no continuamente declarada, era una espada siempre pendiente sobre la Iglesia, \u00e9sta permanec\u00eda como soterrada, atenta sobre todo a esquivar los golpes que le amenazaban. A veces los paganos calificaban al pueblo cristiano de tenebrosa et lucifuga natio  (Minucio F\u00e9lix, Octavio 8), pero s\u00f3lo era as\u00ed en su imaginaci\u00f3n. En realidad la Iglesia viv\u00eda a la luz del sol, y nunca se configur\u00f3 como sociedad secreta, como bien lo muestran los datos que acabamos de recordar.<\/p>\n<p>Aquellas asambleas conciliares tan frecuentes, que exig\u00edan tantos viajes y movimientos de muchas personas, no pod\u00edan pasar inadvertidas. Y m\u00e1s si se tiene en cuenta que desde el establecimiento del Imperio hab\u00edan cesado casi por completo en el mundo romano las agitaciones de la vida p\u00fablica. Solamente en los concilios cristianos se debat\u00edan con ardor cuestiones doctrinales o disciplinares de alcance a veces universal.<\/p>\n<p>Sin embargo, es cosa digna de notar que, seg\u00fan parece, nunca estas asambleas conciliares fueron turbadas por la autoridad romana que, aunque inexorable tantas veces con los cristianos, guardaba un respeto para sus reuniones, sin duda a causa de la gran vigencia en el Imperio del derecho de asociaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En fin, el cuadro que hasta aqu\u00ed hemos trazado ha de ayudarnos a entender que los m\u00e1rtires cristianos no salieron de un fondo inerte y abatido, de un medio estancado y muerto, sino de un ambiente exuberante de salud moral e incluso de energ\u00eda f\u00edsica, de una vida comunitaria intensa.<\/p>\n<p>[<a href=\"http:\/\/is.gd\/martirio\">Ver todas las lecciones publicadas<\/a>]<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Lecci\u00f3n Segunda Difusi\u00f3n del cristianismo fuera del Imperio Causas de esta propagaci\u00f3n El Imperio Romano se extend\u00eda en Europa, \u00c1frica y Asia sobre pueblos de temperamentos y civilizaciones sumamente diversos. Junto a la lengua latina oficial, se daba una gran multiplicidad de lenguas. 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