{"id":133,"date":"2005-04-24T01:44:00","date_gmt":"2005-04-24T06:44:00","guid":{"rendered":"98777113"},"modified":"2005-08-17T08:53:38","modified_gmt":"2005-08-17T08:53:38","slug":"602","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2005\/04\/24\/602\/","title":{"rendered":"Juan en Ald\u00fan (2 de 20)"},"content":{"rendered":"<p>2. El D\u00eda que Cambi\u00f3 la Vida<\/p>\n<p>Mientras la vida cambiaba dram\u00e1ticamente en Ald\u00fan, pocos cambios ten\u00eda la vida de Juan. Sin embargo es bueno que contemos c\u00f3mo se hizo ermita\u00f1o pues una cosa es vivir solo y otra ser un aut\u00e9ntico ermita\u00f1o.<\/p>\n<p>Juan empez\u00f3 por adaptar una especie de caverna natural a modo de vivienda. Hizo luego un jard\u00edn tal como siempre lo hab\u00eda so\u00f1ado y nunca lo hab\u00eda podido tener.<\/p>\n<p>Vest\u00eda por aquella \u00e9poca con pieles, beb\u00eda agua fresca del r\u00edo, reg\u00eda su tiempo por la luz del sol. Com\u00eda frutos secos y algunas hortalizas, seg\u00fan la temporada. De lo alto de un pico cercano divisaba bien las \u00faltimas casas de La Esperanza, y ya fuera porque manten\u00eda ese contacto visual con lo que hab\u00eda sido su mundo, o porque siempre estaba ocupado en unas y otras cosas, en realidad no ten\u00eda ocasi\u00f3n de sentirse o saberse solo.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>Reservaba adem\u00e1s mucho tiempo para caminar por las monta\u00f1as, atento sobre todo a las diversas clases de plantas, \u00e1rboles, flores y hierbas. Uno de estos paseos vino a cambiar su vida para siempre.<\/p>\n<p>Cierto oto\u00f1o, caminando r\u00edo arriba encontr\u00f3 un bosque de enormes \u00e1rboles cuyo nombre ni siquiera conoc\u00eda. Una espesa hojarasca ocultaba casi por completo el suelo pero aqu\u00ed y all\u00e1 se dejaba ver un fondo de piedras rojizas. El sol de la tarde se filtraba por entre las altas ramas produciendo caminos de luz en la bruma y leve niebla de la monta\u00f1a. Juan qued\u00f3 extasiado. Olvidado de su humilde cueva, se dedic\u00f3 a recorrer el extra\u00f1o y bell\u00edsimo paraje, a sabiendas de que ya era muy tarde para regresar, pues cuatro horas de camino a buen paso no se deshacen tan f\u00e1cilmente.<\/p>\n<p>El bosque de \u00e1rboles gigantes cubr\u00eda varias colinas separadas por estrechas depresiones que no merecer\u00edan el nombre de valles. Habituado a caminar por horas, Juan recorri\u00f3 una media docena de hondonadas y colinas cada vez m\u00e1s altas, guiado por la belleza del lugar, el juego de la luz y el canto misterioso de un p\u00e1jaro que no se dejaba ver pero que iba guiando a nuestro personaje hacia un punto en particular.<\/p>\n<p>Era ya realmente tarde cuando Juan not\u00f3 en la pendiente, directamente frente a \u00e9l, que sobre el fondo mon\u00f3tono de piedras rojizas destacaba una piedra muy lisa y redondeada, de color entre gris y amarillento. En un momento dado el sol peg\u00f3 directamente sobre esa piedra y un fuerte resplandor, casi met\u00e1lico, hiri\u00f3 los ojos de nuestro caminante. Movido de esa curiosidad de ni\u00f1o que nunca le abandon\u00f3, Juan decidi\u00f3 acercarse a esclarecer el misterio de la roca gris que brillaba. Y lo primero que descubri\u00f3 es que no era tal roca.<\/p>\n<p>La piedra gris era en realidad una calavera y lo que se ve\u00eda brillar era la parte de atr\u00e1s de un cr\u00e1neo humano. Aprovechando la poca luz que a\u00fan quedaba, el solitario caminante alcanz\u00f3 solamente a darse cuenta que la cabeza iba seguida de un cuerpo menudo, aparentemente muy delgado. Not\u00f3 tambi\u00e9n que el difunto hab\u00eda sido enterrado con una especie de sayal; pero ya era demasiado tarde y nada se pod\u00eda distinguir en la noche sin luna. Con parsimonia, pues, se apart\u00f3 unos cuantos pasos del reci\u00e9n encontrado cuerpo y organiz\u00f3 un cobertizo para pasar la noche. Al fin y al cabo, no ser\u00eda ni la primera ni la \u00faltima noche que pasara solo en el bosque aunque la extra\u00f1a sensaci\u00f3n de estar acompa\u00f1ado por alguien, as\u00ed fuera un antiguo cad\u00e1ver, no dej\u00f3 de hacer mella en el buen hombre. Con todo, se las arregl\u00f3 para conciliar el sue\u00f1o. Su \u00faltimo pensamiento fue hacia ese p\u00e1jaro que por lo visto cantaba no s\u00f3lo al sol sino tambi\u00e9n a la oscuridad.<\/p>\n<p>El ventarr\u00f3n de la ma\u00f1ana lo despert\u00f3. Hab\u00eda algo de llovizna tambi\u00e9n y el bosque de los \u00e1rboles gigantes se ve\u00eda menos amable. La escena de peque\u00f1os y medianos charcos y el desali\u00f1o de las ramas despeinadas por una brisa molesta no era ciertamente agradable. Juan se levant\u00f3 con fr\u00edo y con hambre, pero sobre todo con el prop\u00f3sito de esclarecer el misterio de su nuevo y \u00fanico acompa\u00f1ante en varios a\u00f1os.<\/p>\n<p>El agua lluvia rebotaba irreverente en la calavera. No era la primera vez que Juan ve\u00eda huesos humanos. Un t\u00edo suyo, cuyo nombre por supuesto nunca supo, hab\u00eda muerto relativamente joven y aquello hab\u00eda servido para dos cosas: para que el mismo Juan viera unos pocos a\u00f1os despu\u00e9s &#8211;tendr\u00eda \u00e9l unos dieciocho&#8211; c\u00f3mo quedaban los huesos de una persona al cabo de un tiempo, y para que se supiera que la familia de Juan no era ni cristiana ni musulmana. Esto qued\u00f3 claro porque la abuela materna era la \u00fanica que conservaba algo de la predicaci\u00f3n cristiana, aludiendo de continuo al &#8220;Patriarca San Josafat&#8221; y trazando cruces como una desquiciada. Del lado musulm\u00e1n el que mostr\u00f3 alguna inclinaci\u00f3n religiosa fue el abuelo paterno, que conservaba una copia del Cor\u00e1n, aunque nunca hab\u00eda aprendido a leer \u00e1rabe, y por eso casi m\u00e1s sab\u00eda que no era cristiano que saber otra cosa.<\/p>\n<p>A medida que el agua salpicaba en la cabeza de aquel desdichado, en la memoria de nuestro solitario se agolpaban los recuerdos del \u00fanico encuentro cercano que de joven hab\u00eda tenido con el hecho de la muerte. Ser\u00eda por ver tanta agua que de repente record\u00f3 el d\u00eda en que la abuela lo llev\u00f3 un domingo muy temprano a la orilla del r\u00edo para bautizarlo. Nadie quiso acompa\u00f1arlos o tal vez nadie supo qu\u00e9 se propon\u00eda la exc\u00e9ntrica mujer. Lo cierto es que fueron los dos solos a un meandro tranquilo. Ella le habl\u00f3 de un Dios grande que hab\u00eda hecho el mundo entero, y le dijo que se arrepintiera de unas cosas que eran los pecados. Juan, que ten\u00eda unos ocho a\u00f1os, no entendi\u00f3 nada ni supo si pod\u00eda preguntar de modo que antes de que se diera cuenta ella estaba rezando unas cosas en una lengua extra\u00f1a. Al final \u00e9l percibi\u00f3 que ella dudaba, sin duda porque no se acordaba de las palabras en lat\u00edn, y entonces dijo en aldunense: &#8220;Te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp\u00edritu. Am\u00e9n.&#8221; Y le ech\u00f3 una gran cantidad de agua en la nuca, produci\u00e9ndole gran escalofr\u00edo. \u00c9l sinti\u00f3 rabia porque el agua estaba fr\u00eda y porque a \u00e9l no le gustaba ba\u00f1arse pero cuando se volvi\u00f3 hacia ella para decirle alguna groser\u00eda de las que suelen decir los ni\u00f1os vio que ella ten\u00eda los ojos cerrados y que en su rostro hab\u00eda una sonrisa muy bonita; se abstuvo entonces de decirle nada; m\u00e1s bien cerr\u00f3 sus propios ojos y dijo tambi\u00e9n: &#8220;En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp\u00edritu. Am\u00e9n.&#8221; Nada m\u00e1s comentaron ni hubo mucha ocasi\u00f3n de comentarlo porque la abuela se volv\u00eda cada a\u00f1o m\u00e1s agria y distante, quiz\u00e1 por lo sorda. Por eso nadie le hac\u00eda caso vi\u00e9ndola trazar cruces y cruces, cuando la muerte de su hijo, el t\u00edo de Juan.<\/p>\n<p>El agua segu\u00eda bautizando a la calavera pero hab\u00eda amainado ciertamente. Nuestro hombre se sinti\u00f3 de repente solo. Por primera vez sinti\u00f3 deseos de regresar a La Esperanza, tan s\u00f3lo por saber si estaba viva la mujer que lo hab\u00eda bautizado. Un par de l\u00e1grimas lo sorprendieron cuando dijo en voz alta: &#8220;Ya habr\u00e1 muerto, de seguro, y estar\u00e1 como este pobre.&#8221; Esas primeras l\u00e1grimas no quedaron solas.<\/p>\n<p>Finalmente dej\u00f3 de llover. Ser\u00eda como media ma\u00f1ana. Sin pensarlo dos veces, olvidado del fr\u00edo y del hambre, se dispuso a desenterrar a su compa\u00f1ero. Esta vez le asomaron otras consideraciones: &#8220;\u00bfNo ser\u00e1 este otro como yo, que se fue de su villa y un d\u00eda se qued\u00f3 muerto por aqu\u00ed?&#8221; Este pensamiento le impresion\u00f3 much\u00edsimo y lo llev\u00f3 a una actitud, m\u00e1s que de simple solidaridad, de amor hacia aquel pobre que de seguro hab\u00eda sido otro habitante solitario del bosque.<\/p>\n<p>Al fin desenterr\u00f3 el esqueleto completo. Quedaban todav\u00eda jirones de una especie de t\u00fanica gris, aunque del color nadie podr\u00eda asegurar nada, dadas las lamentables circunstancias de su deceso. El difunto hab\u00eda muerto boca abajo, por lo visto, abrazando un peque\u00f1o cofre dorado. Y de oro era tambi\u00e9n un anillo que ten\u00eda en la mano derecha. Su cuerpo era muy delgado y peque\u00f1o, de modo que Juan empez\u00f3 a pensar que se trataba de un ni\u00f1o. En todo caso las preguntas se amontonaban en su cabeza.<\/p>\n<p>Con mucho cari\u00f1o separ\u00f3 los huesos de los brazos y vio que el cofrecillo estaba literalmente aprisionado entre los dedos de ambas manos. A nuestro solitario de la monta\u00f1a le pareci\u00f3 excesiva crueldad romper esos huesos as\u00ed que hizo un m\u00e1ximo de esfuerzo por evitar toda violencia hasta que a eso del mediod\u00eda logr\u00f3 tener el cofre en sus propias manos. Instintivamente lo abraz\u00f3 imitando la postura del difunto. Pero no pudo abrirlo porque era de s\u00f3lida construcci\u00f3n y estaba cerrado con llave.<\/p>\n<p>Ya pensaba en volver a su cueva de habitaci\u00f3n para ingeniarse alg\u00fan modo de abrir aquel extra\u00f1o y adornado recept\u00e1culo cuando not\u00f3 con may\u00fascula sorpresa que la llave estaba tambi\u00e9n muy cerca de donde hab\u00edan estado las costillas. Sinti\u00f3 un escalofr\u00edo al pensar qu\u00e9 momentos hab\u00eda vivido ese pobre difunto al llegar al extremo de su vida y tener que tragarse la peque\u00f1a llave met\u00e1lica. Todo el cuerpo se hab\u00eda deshecho y ah\u00ed estaba la llavecita. Con otro escalofr\u00edo la recogi\u00f3 y se estuvo por espacio de unos veinte minutos dudando si abrir o no ese cofre dorado. Repiti\u00f3 entonces la invocaci\u00f3n de la abuela: &#8220;En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Esp\u00edritu. Am\u00e9n.&#8221; Y abri\u00f3 el cofre.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>2. El D\u00eda que Cambi\u00f3 la Vida Mientras la vida cambiaba dram\u00e1ticamente en Ald\u00fan, pocos cambios ten\u00eda la vida de Juan. Sin embargo es bueno que contemos c\u00f3mo se hizo ermita\u00f1o pues una cosa es vivir solo y otra ser un aut\u00e9ntico ermita\u00f1o. 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