{"id":132,"date":"2005-04-25T01:45:00","date_gmt":"2005-04-25T06:45:00","guid":{"rendered":"2086924718"},"modified":"2005-08-17T08:53:54","modified_gmt":"2005-08-17T08:53:54","slug":"603","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2005\/04\/25\/603\/","title":{"rendered":"Juan en Ald\u00fan (3 de 20)"},"content":{"rendered":"<p>3. El Cofre<\/p>\n<p>Adentro del cofre s\u00f3lo hab\u00eda unos panecitos redondos y blancos, como las galletas que preparaba algunos s\u00e1bados la otra abuela, la esposa del abuelo musulm\u00e1n. Le pareci\u00f3 muy extra\u00f1o a Juan que se conservaran esos panes en aparente buen estado, y con el hambre que ten\u00eda pens\u00f3 en comerlos pero algo lo detuvo, una especie de temor. Al fin y al cabo alguien hab\u00eda muerto tratando de defender esos panes, as\u00ed que deb\u00edan tener algo especial. Cerr\u00f3, pues, de nuevo el cofre, le ech\u00f3 llave y guard\u00f3 la llave en un bolsillo de su propio y humilde vestido. Ahora el sol brillaba en lo alto y aunque no hac\u00eda calor tampoco se sent\u00eda fr\u00edo. Lo \u00fanico que llenaba su mente era tratar de reconstruir los \u00faltimos momentos de ese ni\u00f1o que por lo visto hab\u00eda muerto solo protegiendo unos panes.<\/p>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>El silencio de su cavilaci\u00f3n fue interrumpido por el canto del p\u00e1jaro oculto. Hoy ten\u00eda una melod\u00eda distinta en su pico y el aire de aquella m\u00fasica hac\u00eda eco entre las colinas de m\u00e1s arriba, as\u00ed que nuestro hombre decidi\u00f3 buscar algo para comer para luego seguir subiendo.<\/p>\n<p>De hecho, uno pod\u00eda ver que, no lejos de donde hab\u00eda quedado el cuerpo de aquel ni\u00f1o, hab\u00eda algo como un camino que iba bordeando la colina y que se perd\u00eda hacia lo alto. Guiado por esta pista y por algunas frutas que se ve\u00edan en la misma direcci\u00f3n, nuestro hombre fue subiendo la pendiente sin dejar de pensar en su extra\u00f1o y desventurado acompa\u00f1ante.<\/p>\n<p>Encontr\u00f3 que hab\u00eda un manantial muy alto en la monta\u00f1a y vio que despu\u00e9s segu\u00eda un terreno plano que parec\u00eda haber sido labrado en otros tiempos, pues en \u00e9l no hab\u00eda \u00e1rboles sino s\u00f3lo hierba alta y maleza. A un lado de esa tierra hab\u00eda una cruz de madera, que se ve\u00eda que hab\u00eda estado pintada de rojo y de amarillo. Juan supuso que no deb\u00eda estar muy lejos la casa de la que sali\u00f3 el ni\u00f1o con el cofre. Sin que pudiera evitarlo el coraz\u00f3n se le aceler\u00f3 y le sangre empez\u00f3 a retumbarle en los o\u00eddos.<\/p>\n<p>Detr\u00e1s de la cruz s\u00f3lo segu\u00eda otro camino, aunque ya mucho m\u00e1s trazado, y luego otra cruz, y otro camino, y as\u00ed sucesivamente por espacio de varios kil\u00f3metros. A lo largo de ese trayecto, capaz de fatigar incluso a un experimentado de la monta\u00f1a como nuestro solitario, aparec\u00edan, ya a izquierda ya a derecha, peque\u00f1os trozos de tierra que sin duda sirvieron para cultivo. Ser\u00edan las cuatro de la tarde o cosa as\u00ed cuando vio que hab\u00eda un terreno cercado o por lo menos con restos de lo que tuvo que ser una cerca para cuidar alg\u00fan reba\u00f1o. Las muescas de lo que fue un d\u00eda la puerta mostraban que el pastor llevaba la cuenta de sus animales. Juan ten\u00eda una instrucci\u00f3n m\u00ednima pero sab\u00eda contar hasta m\u00e1s de cien y all\u00ed no hab\u00eda sino veinticinco muescas. Sonri\u00f3 recordando el remedo de escuela que hab\u00eda conocido en Ald\u00fan y se sinti\u00f3 feliz de no tener que darle cuentas a ning\u00fan profesor.<\/p>\n<p>Las cosas llegaron a un punto en que nuestro hombre empez\u00f3 a dudar de que pudiera regresar a su cueva. Eran tantos caminos, vueltas, cruces, campos de sembrado y lugares para pastar que su mente ya se sent\u00eda hostigada y casi aburrida. Adem\u00e1s, el famoso cofre le estorbaba porque no pod\u00eda llevarlo sino altern\u00e1ndolo entre una y otra mano, y ya las dos estaban cansadas.<\/p>\n<p>Estaba en estas consideraciones cuando retumb\u00f3 un trueno, se\u00f1al inequ\u00edvoca de nuevo aguacero. Levant\u00f3 los ojos al cielo y suspir\u00f3 con impaciencia, un poco disgustado de s\u00ed mismo, pues no se le ve\u00eda final feliz a tanta fatiga.<\/p>\n<p>El cielo se oscurec\u00eda con nubarrones espesos y los rel\u00e1mpagos se suced\u00edan con frecuencia creciente. De repente el resplandor de un rayo que cay\u00f3 muy cerca lo dej\u00f3 casi petrificado. A este le sigui\u00f3 otro, que cay\u00f3 sobre la copa de un \u00e1rbol inmenso, y luego otro que cay\u00f3 no lejos de una especie de torre\u00f3n antiguo con gran ruido. As\u00ed vino Juan a saber de la existencia del monasterio.<\/p>\n<p>Un poco por refugiarse de la lluvia fr\u00eda y otro poco por buscar cobijo para la noche se apresur\u00f3 hacia la vieja construcci\u00f3n de piedra. En la puerta hab\u00eda un mensaje en letras adornadas. \u00c9l pudo descifrar las letras, aunque con trabajo: &#8220;MISERERE MEI, DOMINE.&#8221; El significado de la frase se le escapaba, sin embargo.<\/p>\n<p>Por un estrecho corredor de entrada lleg\u00f3 a un patio interior. El dise\u00f1o era sencillo y el edificio se conservaba mucho mejor de lo que uno esperar\u00eda en tales circunstancias. Nada m\u00e1s entrar, se ve\u00eda al fondo una imagen borrosa de una mujer, sin duda la Virgen Mar\u00eda, pintada a la usanza adusta de los iconos orientales. Debajo de la imagen hab\u00eda un espacio ennegrecido que tuvo que haber servido para que ardieran algunos cirios o candelas.<\/p>\n<p>La torre que hab\u00eda sido revelada por el rayo terminaba en una cruz, pero la cruz no estaba completa de modo que m\u00e1s parec\u00eda una T. El viento jugaba entre las habitaciones de la construcci\u00f3n de dos pisos produciendo silbidos y s\u00fabitos silencios, aunque la escena inspiraba m\u00e1s paz que otra cosa.<\/p>\n<p>Movido de curiosidad, Juan empez\u00f3 a recorrer la construcci\u00f3n sin plantearse siquiera la posibilidad de que hubiera alguien ah\u00ed. En el piso de abajo hab\u00eda un comedor, una cocina, un lugar para la ropa, otro sitio que parec\u00eda otra cocina, una biblioteca peque\u00f1a pero de grato aspecto, un dep\u00f3sito de cosas viejas, un par de salas y un sal\u00f3n grande con sillas a ambos lados y una mesa en frente.<\/p>\n<p>El piso de arriba, por su parte, era todo de habitaciones. Juan las fue contando, hasta llegar al n\u00famero quince. Eran peque\u00f1as, muy peque\u00f1as &#8211;&#8220;como para ni\u00f1os,&#8221; pens\u00f3 Juan&#8211; y muy semejantes unas de otras: un camastro, una mesa, un taburete. En varias de ellas hab\u00eda im\u00e1genes pintadas en las paredes. Todas representaban a Cristo o a la Virgen, excepto una que dec\u00eda con letras torpes: &#8220;SANCTUS IOSAPHAT.&#8221; Juan sonri\u00f3 al reencontrarse con el amigo de la abuela cristiana.<\/p>\n<p>Por fuera, las habitaciones ten\u00edan unas tablas con nombres: Ivana, Calixta, Felicitas, \u00c1gueda, Maria, Blandina, Magdalena. Los dem\u00e1s nombres eran irreconocibles. Juan, que poco sab\u00eda de nombres de personas, no sab\u00eda si estos eran de hombres o de mujeres, y como tampoco nadie le hab\u00eda hablado de vida en monasterios, \u00e9l pensaba que esta era una familia grande y se imaginaba que ah\u00ed ten\u00eda que haber hombres y mujeres. Se encari\u00f1\u00f3 con el nombre &#8220;Ivana,&#8221; que \u00e9l se imagin\u00f3 que era de hombre, y entonces se dijo: &#8220;Yo voy a ser Ivana.&#8221; Esa noche se qued\u00f3 en la habitaci\u00f3n que hab\u00eda sido de Ivana y durmi\u00f3 como un beb\u00e9. Lo \u00faltimo que vio fue la imagen maltrecha de San Josafat.<\/p>\n<p>Lo despert\u00f3 el canto del p\u00e1jaro escondido. El nuevo d\u00eda mostr\u00f3 un cuadro menos atractivo que el de la tarde. Todo el polvo, el moho y el rastro de ratas y murci\u00e9lagos se dej\u00f3 ver. Pero la casa segu\u00eda siendo bastante decente y en todo caso mucho m\u00e1s agradable que la cueva donde Juan, que ahora se llamaba a s\u00ed mismo &#8220;Ivana,&#8221; hab\u00eda pasado los \u00faltimos a\u00f1os.<\/p>\n<p>Aquella ma\u00f1ana nuestro amigo hizo varios descubrimientos. Ante todo, se percat\u00f3 que no es que hubiera dos cocinas sino que la segunda, la m\u00e1s peque\u00f1a, s\u00f3lo se usaba para hacer panecitos redondos. En uno de los cajones de esa supuesta cocina quedaban restos ennegrecidos y casi irreconocibles de los panes redondos. Le pareci\u00f3 extra\u00f1o a Juan que los que hab\u00edan estado enterrados se hallaran en mejor condici\u00f3n. &#8220;Quiz\u00e1 es un pan m\u00e1gico y por eso ese ni\u00f1o entreg\u00f3 la vida defendiendo el pan m\u00e1gico,&#8221; pens\u00f3.<\/p>\n<p>Lo otro que descubri\u00f3 es que la parte mejor conservada de la casa era la biblioteca. No que tuviera muchos libros sino que estaban puestos en mucho orden y algunos cubiertos con telas o cueros, en esfuerzo evidente por evitar que la humedad los da\u00f1ara.<\/p>\n<p>Sin m\u00e1s formulismos tom\u00f3 posesi\u00f3n del antiguo monasterio, se olvid\u00f3 de la Villa de La Esperanza y decidi\u00f3 que era muy interesante aprender a leer bien. Desde el principio lo que m\u00e1s le llam\u00f3 la atenci\u00f3n fue un volumen que estaba incompleto y que ten\u00eda pocos dibujos y tintas comparado con los dem\u00e1s. Iba organizado por fechas y seg\u00fan &#8220;Ivana&#8221; aprendi\u00f3 despu\u00e9s, en su primera p\u00e1gina dec\u00eda: &#8220;Empieza aqu\u00ed la cr\u00f3nica del Monasterio de Cristo Todopoderoso&#8230;&#8221; Esa obra le servir\u00eda para conocer la vida de las anteriores habitantes del lugar. Fue as\u00ed como decidi\u00f3 ser un ermita\u00f1o y como aprendi\u00f3, con gran sonrisa, que no deb\u00eda llamarse &#8220;Ivana,&#8221; sino que empez\u00f3 a llamarse &#8220;Iv\u00e1n.&#8221;<\/p>\n<p>Cuanto m\u00e1s le\u00eda m\u00e1s quer\u00eda aprender. Ya no se sent\u00eda solo. Era como si las monjas se hubieran ido a un largo paseo y un d\u00eda cualquiera fueran a regresar. Entendi\u00f3 entonces que lo que hab\u00eda encontrado m\u00e1s abajo, en el bosque de los \u00e1rboles gigantes, no era un ni\u00f1o sino el cuerpo de una monja que evidentemente hab\u00eda salido huyendo aprisa. Pero, \u00bfpor qu\u00e9?<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>3. El Cofre Adentro del cofre s\u00f3lo hab\u00eda unos panecitos redondos y blancos, como las galletas que preparaba algunos s\u00e1bados la otra abuela, la esposa del abuelo musulm\u00e1n. 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