{"id":1249,"date":"2005-11-21T23:26:38","date_gmt":"2005-11-22T04:26:38","guid":{"rendered":"178085679"},"modified":"2005-12-04T17:14:56","modified_gmt":"2005-12-04T17:14:56","slug":"un_cambio_de_vida_por_una_partitura","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/fraynelson.com\/blog\/2005\/11\/21\/un_cambio_de_vida_por_una_partitura\/","title":{"rendered":"Un Cambio de Vida por una Partitura"},"content":{"rendered":"<p>Nueva York, agosto de 1980. Nunca supo Jim Lacey que aquella noche del s\u00e1bado iba a tener tanta trascendencia para su vida. \u00c9l la vi\u00f3, como tantas otras, propicias s\u00f3lo para su especial &#8220;profesi\u00f3n&#8221;. Era un ladr\u00f3n y las sombras nocturnas le serv\u00edan siempre de oscuras cortina protectora. Apag\u00f3 la luz de su miserable cuartucho, se meti\u00f3 un form\u00f3n en el bolsillo y sali\u00f3 a la calle. Su plan era meditado y de seguros resultados; comenz\u00f3 a caminar con aparente tranquilidad, sin dejar de mirar, con disimulo, el interior de los coches aparcados juntos a la acera. No hab\u00eda transcurrido a\u00fan media hora y el paseo de Jim Lacey lleg\u00f3 a su fin: un Ford comenzaba a detenerse en un espacio vac\u00edo, a pocos metros de \u00e9l, ape\u00e1ndose el conductor poco despu\u00e9s. Aquel hombre, al que Lecey juzg\u00f3 de buena posici\u00f3n, cerr\u00f3 la portezuela con llave y sali\u00f3 presuroso.<\/p>\n<p><p>No fue dif\u00edcil para Jim Lacey hacer saltar la cerradura, auxiliado por el form\u00f3n. Sin perder su tranquila compostura, levant\u00f3 en vilo las dos maletas que hab\u00eda en el interior del coche, las sac\u00f3, volvi\u00f3 a cerrar y se alej\u00f3 pausadamente.<\/p>\n<p><p>El contenido complejo de las maletas no pod\u00eda satisfacer por completo al ladr\u00f3n. Hab\u00eda prendas de valor, pero hab\u00eda tambi\u00e9n demasiados papeles. Separ\u00f3 con cuidado la ropa, la empaquet\u00f3 y tir\u00f3 por los suelos hastiado, infinidad de partituras. Luego se dirigi\u00f3 a la casa del prestamista, un hombre que nunca hac\u00eda preguntas indiscretas, y tras unos momentos de regateo sali\u00f3 de all\u00ed con varias papeletas de empe\u00f1o y dos mil d\u00f3lares.<\/p>\n<p><p>Ya de nuevo en su s\u00f3rdida vivienda comenz\u00f3 a recoger los papeles de m\u00fasica que hab\u00eda por el suelo para meterlos en un saco, de pronto se detuvo. En una de aquellas hojas hab\u00eda una frase familiar, que le retornaba a la infancia all\u00e1 en Chicago. &#8220;Ave Mar\u00eda \u2026 &#8220;Ave Mar\u00eda\u2026&#8221; Le llam\u00f3 tambi\u00e9n la atenci\u00f3n un himno, cuyos \u00faltimos versos quedar\u00edan grabados para siempre en su mente y su coraz\u00f3n. Dec\u00edan &#8220;\u2026pero \u00bfqu\u00e9 amigo podr\u00eda compararse a ti, Se\u00f1or?&#8221;. Guard\u00f3 ambas partituras en una gaveta y cogiendo el saco lleno de papeles fue a vaciarlo a la calle. <\/p>\n<p><p>Por los peri\u00f3dicos conoci\u00f3 Jim Lacey la continuaci\u00f3n de los acontecimientos. El due\u00f1o de las maletas era un famoso director de orquesta, que ped\u00eda desolado le devolvieran los papeles, los que comprend\u00edan el programa del concierto que deb\u00eda dirigir, s\u00f3lo tres d\u00edas m\u00e1s tarde, en la ciudad de B\u00faffalo.<\/p>\n<p><p>Dos d\u00edas despu\u00e9s la polic\u00eda informaba del hallazgo de las partituras en un dep\u00f3sito de basura y, aunque no estaban todas, parec\u00eda que el profesor se daba por satisfecho; la p\u00e9rdida de ropas y enseres no significaba tanto para \u00e9l como para apesadumbrarse demasiado.<\/p>\n<p><p>Jim Lacey sinti\u00f3 un extra\u00f1o placer tras conocer la noticia. El se dec\u00eda que lo importante de todo aquel asunto eran los dos mil d\u00f3lares conseguidos; pero hab\u00eda algo que fallaba, algo que se desplomaba dentro de \u00e9l cuando rele\u00eda las dos composiciones con que se hab\u00eda quedado: el himno: &#8220;Todos buscan un amigo&#8221; y el &#8220;Ave Mar\u00eda&#8221;.<\/p>\n<p><p>No hab\u00edan transcurrido a\u00fan muchas semanas, cuando el compositor recibi\u00f3 una carta sorprendente. Un hombre le dec\u00eda que gracias a \u00e9l viv\u00eda honradamente y que sus canciones religiosas le hab\u00edan impulsado a volver a la Iglesia &#8220;He ido ya tres veces y cuando tenga suficiente valor, me confesar\u00e9. Yo estoy contento porque mi vida ha cambiado por completo&#8221;. No hab\u00eda firma; s\u00f3lo dos letras: J.L., y dentro del sobre varias papeletas de empe\u00f1o.<\/p>\n<p><p>El compositor acostumbraba asistir a Misa cada domingo a la Iglesia de San Francisco de As\u00eds, en New York. All\u00ed fue una ma\u00f1ana dominguera de octubre y cuando se dispon\u00eda a levantarse, un sacrist\u00e1n le toc\u00f3 el brazo y le se\u00f1al\u00f3 a un hombre joven, de cabello rojizo, que estaba arrodillado antes el altar de San Antonio.<\/p>\n<p><p>&#8211; Quiero hablar con usted.<\/p>\n<p><p>Salieron. En un caf\u00e9 cercano, con gran sorpresa para el m\u00fasico, Jim Lacey le entreg\u00f3 dos mil d\u00f3lares.<\/p>\n<p><p>&#8211; Siento mucho haber tardado tanto. Tuve que ahorrarlos antes de hablar con usted, pero le he visto frecuentemente en la Iglesia. Ya me confes\u00e9. Desde que rob\u00e9 sus maletas nunca m\u00e1s he vuelto a robar. Ahora estoy dispuesto a recibir mi castigo; puede avisar a la polic\u00eda.<\/p>\n<p><p>El m\u00fasico le tendi\u00f3 la mano emocionado y le ofreci\u00f3 su amistad. Peri\u00f3dicamente recibe cartas firmadas con dos letras, &#8220;J.L.&#8221; Por ellas ha sabido del matrimonio Lacey, de sus ascensos, de la llegada de un hijo\u2026 de la nueva vida de un hombre arrepentido que hab\u00eda encontrado a Dios.<\/p>\n<p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Nueva York, agosto de 1980. Nunca supo Jim Lacey que aquella noche del s\u00e1bado iba a tener tanta trascendencia para su vida. \u00c9l la vi\u00f3, como tantas otras, propicias s\u00f3lo para su especial &#8220;profesi\u00f3n&#8221;. Era un ladr\u00f3n y las sombras nocturnas le serv\u00edan siempre de oscuras cortina protectora. 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